Una Oferta Peligrosa

1636 Words
Desperté con esa sensación extraña que precede a los cambios. El cielo estaba gris, el aire olía a lluvia… y yo tenía la certeza de que algo estaba por romperse. No sabía aún si era bueno o malo. Pero mi instinto me gritaba que no sería algo simple. Era muy temprano, la bruma matinal aún bañaba la mañana y un aire frío venía del norte. Esperaba el autobús bajo el techo de la parada, caminaba de un lado a otro tratando de mantenerme en calor pues el abrigo que porto está tan desgastado que apenas logra cubrirme del frío. Mientras camino rememoro lo que hablé ayer en la tarde con Anna. Ella me dijo que quiere solicitar una nueva audiencia por la custodia de Alan. Que pedirá la compartida porque duda que me den la custodia total tan fácilmente. Pero antes de poder hacerlo debo pagar al menos la mayor parte de mis deudas, y tener un apartamento con contrato de renta de por lo menos unos 5 meses vigentes. Nada es sencillo, no tengo dinero para ello. Lo que gano en la agencia apenas me da para subsistir y los gastos imprescindibles. No gasto ni un solo centavo en mi misma. No me arreglo el cabello, ni las uñas, menos aún me compro ropa o zapatos. Todo lo que tengo es lo que me quedó después de perder todo. Ropa que ya tiene años de uso. Me quedé solo con lo necesario, pues la ropa elegante de marca, los bolsos de diseñador, los zapatos caros y las joyas, las vendí para pagar parte de mi deuda hace tiempo, y me quedé con un poco para subsistir luego de que el banco me quitara mi casa y me dejara sin nada en la calle. Cuando el autobús llega me refugio en el cálido interior hasta llegar a la agencia. Llegué un poco antes de tiempo. Mi jefa, la señora Murray, me esperaba en su oficina con un café caliente y esa sonrisa tensa que usaba cuando iba a pedirme algo que nadie más quería hacer. —Tenemos una nueva solicitud —empezó sin rodeos—. Es urgente. La respuesta debe ser para hoy mismo. Asentí, cruzando las piernas mientras me recargaba en la silla. Esperaba lo de siempre: un niño con trastornos de conducta, una madre al borde de un ataque o un padre demasiado ocupado como para criar a su propia sangre. Pero no… esto era un poco diferente. —Es para una niña de seis años. Se llama Lilith. No me preguntes el apellido porque el cliente pidió confidencialidad total. Según el informe psicológico que nos enviaron, la niña es retraída, deprimida, con problemas de comunicación. Lleva días sin comer. Nadie ha podido acercarse a ella. Sentí cómo algo se me tensaba en el pecho. —¿Y los padres? —No hay madre. Solo el padre. Y no está logrando ningún avance al intentar acercarse a ella. Fruncí el ceño. Entiendo la situación, también comprendo por qué solicitan asistencia, pero he lidiado con casos peores, así que no lo veo muy complicado. —¿Qué tiene de urgente? —pregunté finalmente. —La niña está empeorando, y el cliente ofreció una paga de cuatro mil dólares semanales por una cuidadora de tiempo completo. —Murray me miró directamente a los ojos—. El acuerdo implica vivir en la casa, estar disponible 24/7 hasta que la niña mejore. Lo que sea necesario. Me reí, incrédula. —Eso suena más a secuestro que a empleo. —También implica que no pagas renta, ni comida, ni transporte. Todo cubierto. El lugar está fuera de la ciudad, en una mansión privada. Exclusiva. Me quedé callada unos segundos. Cuatro mil dólares semanales. Prácticamente lo que ganaba en un mes con los casos más complicados. Si aceptaba, podría saldar mis deudas en poco tiempo. Tal vez, al fin, mudarme a un lugar digno, sin goteras, sin cucarachas, sin vecinos gritones. Era la oportunidad perfecta. Y algo en mí… sabía que debía decir que no. Porque no podría irme cuando quisiera sino cuando cumpliera mi parte del acuerdo, pero el acuerdo es indefinido. Así que solo terminaría cuando la niña estuviera completamente sana o cuando mi contratador decidiera rescindir del contrato. Un contrato por tiempo indefinido sin duda es un dolor de cabeza. Pero... Necesito ese dinero, así podré solicitar la custodia compartida de Alan antes de lo pensado. No soporto verlo solo dos días al mes, es muy poco tiempo. Mi hijo está creciendo sin su madre a su lado. —Acepto —dije al final, firmando el contrato con manos que no lograban dejar de temblar. Esa misma tarde, llamé a Anna, mi mejor amiga y abogada. Le conté todo. No los detalles, porque había cláusulas de confidencialidad, pero sí lo básico. Que me iría por un tiempo. Que cuidaría a una niña. Que el dinero era demasiado bueno para ignorarlo. Ella se alegró por mí. Me deseó suerte, pero sobre todo tener cuidado. A la mañana siguiente, un auto n***o brillante me esperaba frente a la agencia. No un taxi. No una camioneta común. Un jodido auto de lujo con vidrios polarizados y un chofer vestido como si fuéramos a una gala de la realeza. Mi pequeña maleta fue colocada en el maletero y me abrieron la puerta con cortesía. Me senté en el asiento trasero, sintiéndome pequeña, extraña… atrapada. El trayecto fue largo. Demasiado largo. Dejamos atrás la ciudad, luego los suburbios, luego incluso los caminos asfaltados. Finalmente, el bosque empezó a rodearnos. Denso. Callado. Casi siniestro Después de más de una hora de caminos serpenteantes, el auto giró por un sendero bordeado de pinos altos y detuvo la marcha frente a una reja forjada en hierro. El portón se abrió lentamente, revelando la mansión. Una obra maestra de arquitectura gótica moderna. Gris como la ceniza, majestuosa como un castillo. Aislada. Perfectamente ajena al mundo exterior. Vonhallow Manor, decía una placa discreta en la entrada. Una sirvienta me recibió al pie de la escalera de la entrada. Tenía rostro severo y una postura tan erguida que se veía antinatural. Me guió por pasillos amplios y silenciosos, decorados con obras de arte antiguas y candelabros que parecían robados de un castillo. En el segundo piso se encontraba la habitación que me habían asignado. La sirvienta que se presentó como Magda —la jefa del personal doméstico— me condujo hasta allí en silencio, con una amabilidad seca, y me dejó sola para que me acomodara. No era una habitación ostentosa, pero sí elegante y fría. Las paredes eran de un gris pálido, y el mobiliario minimalista consistía únicamente en una cama grande, dos mesitas de noche, un espejo de cuerpo entero y un armario desproporcionadamente grande para mis escasas pertenencias. No había cuadros, ni flores, ni rastros de vida. Las gruesas cortinas del mismo tono que las paredes cubrían un amplio ventanal. Cuando me acerqué a correrlas, descubrí que la vista daba directamente al bosque que rodeaba la mansión. Era un paisaje hermoso, sí, pero tenía algo inquietante, como si bajo esa calma aparente se escondiera algo. De noche, imaginé, debía ser fácil que se convirtiera en una sombra amenazante. Tras guardar mi ropa en el armario, decidí recorrer un poco la casa. Sentía la necesidad de entender el ambiente en el que se criaba la niña, antes de siquiera intentar acercarme a ella. Quizá, si descubría qué clase de hogar tenía, podría empezar a descifrar su rechazo al alimento... y a todo. Salí al pasillo y bajé por las mismas escaleras blancas por las que había subido antes. Al llegar al primer piso me encontré con un salón amplio dividido en dos áreas. A la izquierda, una sala de estar lujosamente decorada: sillones de terciopelo oscuro, alfombras gruesas y una chimenea encendida, como sacada de una pintura. Un espacio cálido en apariencia. Al lado derecho, en contraste casi insultante, una barra moderna de mármol n***o se extendía a lo largo de la pared. Detrás, una vitrina que rozaba el techo exhibía botellas de vino, whisky y otras bebidas alcohólicas, todas perfectamente alineadas. Un bar personal. Frío, elegante, casi cínico. Esa disonancia con el resto de la casa me dejó una sensación extraña, como si allí convivieran dos mundos que no deberían tocarse. Entonces lo escuché. El eco de unos tacones apresurados rompiendo el silencio. Una joven descendía las escaleras con prisa. No tendría más de veintitrés años. Era rubia, delgada, con un vestido rojo vino que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Se arreglaba el cabello mientras bajaba, y su boca estaba manchada por un labial que se desbordaba más allá de los labios, como un borrón hecho con prisa después de un beso salvaje. O varios. Se detuvo al verme, y su mirada me recorrió de arriba abajo, evaluadora, aunque no hostil. Parecía más sorprendida que molesta. Tal vez porque solía frecuentar la casa, y yo era una cara nueva en un lugar que no recibe muchas. Iba a saludar, por simple cortesía, pero ella solo curvó los labios en una media sonrisa y pasó a mi lado con un dejo de indiferencia, dirigiéndose directo a la puerta principal. Su perfume empolvado flotó detrás de ella como una pista de lo que acababa de ocurrir. Me quedé estática, procesando la escena. Cada pieza encajaba demasiado bien en una suposición que no quería hacer… pero que mi intuición ya me gritaba. ¿Acaso el padre de la niña traía mujeres aquí, como si esta fuera una especie de hotel privado? ¿Y lo hacía tan abiertamente, sin importar que su hija pudiera verlo? Si eso era verdad… entonces el ambiente en el que estaba creciendo esa pequeña era aún más tóxico de lo que imaginé. Y eso sí que me enfurece.
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