—Hey, estaba viendo tu última película y tengo una pregunta seria—dice con diversión mi amigo por teléfono.
Me inclino para ver de reojo a mamá caminar por la cocina a través de las puertas corredizas que dan al patio interno. Luego vuelvo a mi posición inicial y dejo el cuaderno de bobos mandalas en el piso.
Me había mandado al aire libre a pintar esas cosas del demonio para “relajar mi mente” por los últimos días de vacaciones. Así, según ella, estaría despejada de la locura de las r************* , hasta me quitó el teléfono. Pero en cuanto se distrajo lo robé de la isla de la cocina con astucia y llamé a Ness para matar el tiempo. También para saber de su vida, claro.
—¿Qué pregunta?—le sigo el juego.
—¿Qué tinta usaron en tu cabello? ¡Ese tono de azul eléctrico es fantástico! Te juro que tengo envidia de cómo te queda, pareces un pitufo—ríe con ganas.
Es por esto que lo llamo cada que estoy aburrida, enojada o triste. Es un buen distractor con sus bromas, comentarios y sarcasmo.
De él espero cualquier cosa. ¡Una vez me llamó para preguntarme qué papel higiénico uso y publicarlo en las redes! Disque porque los fans le preguntaron.
—¡Nelson!—lo regaño pero termino uniéndome a sus risas.
—Eh, eh, más respeto. Sabes que detesto que me llamen así, pitufiAnn.
Me carcajeo con ganas, él gual y creo escuchar la risa de Jess a lo lejos.
—Por eso mismo.
—Eres cruel, no existe consideración en tu corazón frío como el hielo. Eres pitufi cruel—lloriquea con dramatismo.
Otra carcajada se me escapa casi haciéndome lagrimear. Cómo extraño los malos chistes de Ness.
—En serio, deja eso. No da risa.
—Tu risa de foca pariendo no me dice lo mismo, pitufi mentirosa.
—¿Y cómo sabes cómo suenan las focas pariendo, eh?—inquiero curiosa.
—Te sorprendería lo que uno encuentra en internet.
—En vez de mirar porno mira a focas parir, está cada día peor, Ann—comenta Jess con fingida preocupación.
—Le hace falta volver a Los Ángeles e ir al terapeuta.
—¡Oigan!—se queja Ness pero escucho cómo mi amiga le arrebata el celular.
—Escuché que hay uno super sexy en el centro, se llama Morgan y tiene un cuerpo de infarto. Yo por él me hago pasar por neurótica todo el tiempo—asegura en un suspiro.
—No es necesario que finjas, hace rato debías de estar en terapia—contratacta Ness.
Río por su ocurrencia y cuando voy a acotar para seguir el chiste, me sacan el celular de la mano. En un susto volteo a ver, de pie frente a mí está mi madre de brazos cruzados con mi celular en su mano.
—¿No te dije que te relajaras haciendo mandalas?—inquiere enarcando una ceja. Trago en seco y me levanto para quedar a su altura.
—Es que me aburren, ma.
Ella suspira, se da la vuelta y comienza a caminar pero se detiene de golpe.
—¿No vas a venir?
En seguida me apresuro a ir tras ella, contándole cómo van mis amigos con su trabajo con emoción, me siento muy orgullosa de ellos. Ambos son periodistas talentosos, conocidos por su eficiencia, sus noticias sin filtro y por viajar por los estados para obtener información de primera mano.
Lo gracioso es que trabajan para famosos canales de televisión que son competencia por lo que siempre están en guerra por conseguir la información primero. Pero eso no evita que sigan siendo buenos amigos, incluso han apostado entre ellos sobre noticias o por la cantidad de raitings que tiene su canal.
Ambos son figuras públicas como yo y eso hace que nos entendamos mejor que nadie. Fueron ellos quienes me dieron trucos para evitar la prensa, así como también se encargan de evitar que mi nombre salga en escándalos y cosas así.
Ahora estaban en San Diego tras una primicia sobre una serie de incendios provocados en la ciudad.
Con mamá entramos en la cocina y nos unimos en la isla a desayunar con la familia. Está la abuela, Lolo, Toni y papá ya tomando sus cafés sentados en ese orden. El único que falta es tío Juan, que se fue temprano al trabajo.
—Ya estamos todos, cuéntale las buenas nuevas a Ann, Linda—dice papá con emoción.
Le agrego azúcar a mi café y voy revolviendo en lo que espero a que mamá diga algo, pues se está tardando mucho en hablar. Ella suspira, apoya ambos codos en la mesa y dice:
—Me llamó Billy ayer, mientras estabas en el centro comercial. Me dijo que tu imagen pública estaba siendo muy positiva y que ya ha recibido varias propuestas de trabajo, también que está en un gran proyecto en el que, si aceptas, las ganancias tanto a nivel público como de dinero serán enormes.
Asiento en silencio mientras sigo revolviendo mi café. No es que no esté emocionada de tener a Billy como mi representante, soy afortunada de tenerlo y que quiera impulsar mi carrera al máximo. Tanto él como mi mamá son los pilares de quién soy hoy, les estoy muy agradecida por buscar las mejores oportunidades para mí. Vamos que a los 19 ya estaba participando como protagonista de películas que alcanzaron récords en taquillas.
Pero…
—¿Te vas a quedar callada, mocosa? Di algo de una vez que tu madre me tuvo comiendo la oreja por días por esa llamada. ¡Ni aunque le dije que no me interesaba se calló!—se queja la abuela en un bufido.
—¡Mamá!
—¿Qué? ¿Acaso mentí? Hija, que soy profesora no cineasta, o representante, o influenter. ¿Cómo quieras que entienda tu parloteo sobre publicidad, contratos, protagónicos, relaciones públicas, los influenter y no sé qué?
—Ya te dije que es influencer, abuela. No influenter— le corrige Lolo con impaciencia.
—No me intentes corregir, mocoso. Igual me entendiste. Ahora desayuna en silencio si no quieres que te cocine a ti para la cena—amenaza mientras lo mira con enojo.
Eso es suficiente para que mi primo se encoja en su lugar en silencio.
Río ante eso. Sin dudas la abuela es una persona especial, sabemos que nos ama y nosotras la amamos, pero nadie se salva de sus comentarios o amenazas. ¿Es masoquista adorarla por eso?
—Mamá—llamo su atención, en cuanto posa su mirada en mi continúo—. ¿Y si hipotéticamente yo solo quisiera hacer comerciales o cameos en series tal vez? Incluso entrevistas no estaría mal.
Por su expresión estupefacta sé que no le gustó para nada mi sugerencia.
—Ann, sabes lo importante que es tu participación en grandes cosas como películas o series que prometan mucho éxito. ¡Incluso podrías hacer un musical! Billy estaba alardeando sobre lo mucho que le gustó a la audiencia la canción que cantaste para tu última película.
Tomo un sorbo de mi café para no tener que responderle de inmediato aunque sea inevitable.
—Está bien. Sólo no dejes que me busque un personaje patético, ¿sí?—me resigno ante lo inevitable.
Amo actuar, pero últimamente lo estuve sintiendo más un trabajo forzado que uno que en verdad ame. En la última película no me llevaba bien con los otros actores y fue una tortura estar con ellos en cámaras fingiendo que nos adorábamos unos a otros.
Pero estoy segura que si me enamoro de un guión o personaje, no tendré dudas en participar. Está en mí disfrutar siendo alguien más, darle vida a un personaje que piensa y siente. Solo espero que realmente Billy encuentre alguno que me inspire.
—Claro, claro—ríe con nerviosismo mi madre.
La veo entrecerrando los ojos. Ya conozco esa expresión, me la hizo la vez que Billy quería que yo hiciera el papel de una chica llorona en un romance que obviamente no acepté.
—¿Por qué mejor no cambiamos de tema? Después de todo, aún te quedan dos días libres, Ann—dice papá para aligerar el extraño ambiente que se formó en la mesa.
—Sí, porfa. No es por nada, prima, pero estoy cansado de escuchar sobre ti. ¡Te amo con todo mi corazón!—exclama Lolo mientas usa a Toni como escudo ante mi mirada mortal.
—No te pases, Luis. Muy bien que aprovechas la mínima oportunidad para sacarme una foto desprevenida—señalo con molestia. ¡En serio qué le pasaba al querer publicar una foto mía recién levantada!
—Es que nadie me cree cuando digo que soy tu primo—se justifica.
—Y sí, eres feo—se burla Toni y Lolo le golpea el hombro.
—Soy más guapo que tú.
—No es cierto. Dile que no es cierto, Ann.
Me encojo de hombros y sigo bebiendo mi café con despreocupación. Ellos siguen su tonta pelea, mientras mis padres se ponen a hablar entre ellos sobre algo relacionado con el tío que no entiendo.
En eso, la abuela deja su taza sobre la isla y me mira intensamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, mocosa. Es que tengo una duda de Isagram—hago un sonido con la garganta para que prosiga, ignorando el hecho de que dijo mal i********:. Es gastar energías si le aclaro cómo se dice en realidad.— El otro día publiqué una foto con Ness, la de la piscina antes de que se fueran.
Hago memoria y recuerdo el día que dijo. Fue en la fiesta del cumpleaños veinticinco de Ness, fuimos toda la familia y la abuela había lucido su vestido con corte en V que casi hace infartar a mamá.
—Ah, esa foto. ¿Qué con eso, abuela?
Carraspea nerviosa, voltea a ver a mis padres que siguen sumergidos en su conversación y se acerca más a la mesa para hablar sin que los demás escuchen.
—Mi ex, el bombero. ¿Te acuerdas?—asiento lentamente en lo que me viene a la mente la imagen del bombero Jhon, un hombre veintitrés años más joven que la abuela. Buen tipo, muy hablador y quién puso a mamá de malhumor durante los seis meses de su relación.
—Pues resulta—prosigue en voz baja— que vio mi foto con Ness y empezó a dejar comentarios no gratos, obviamente está celoso. Después empezó a escribirme y ya no sé cómo hacer para que me deje en paz.
—¿Quieres bloquearlo?
—No, quiero que no vea mis fotos. Tampoco quiero que mis otros exs las vean. Ahora estoy subiendo de seguidores y creo que por eso me encontraron.
—Pones el perfil como privado, duh—se entromete Lolo.
—¡Nadie te pidió opinión, mocoso!—le regañamos tanto yo como la abuela.
El refunfuña un “como sea” y se va de la mesa arrastrando a Toni con él para jugar videojuegos en la sala. En cuanto sale por el umbral de la puerta, volteo a ver a la abuela y susurrarle.
—Lo que el dijo. Así nadie no deseado podrá entrar a ver tus fotos o escribirte sin enviarte una solicitud.
Ella frunce el ceño mientras deja su celular sobre la mesa.
—Pero yo quiero que todos vean mis fotos sexys. Además, ¿sabes cuántas viejas amigas de la secundaria me han hablado sólo porque subo fotos contigo? Qué orgullo es demostrarle a esas arpías qué soy tuyo, se mueren de la envidia—sonríe maliciosamente.
Hago una mueca de incomodidad.
—Entonces sólo bloquea a todos los exs que te escriban—resuelvo.
Ella me entrega su teléfono y yo le enseño cómo bloquear tanto comentarios como usuarios. También me sorprendo por la cantidad de seguidores que posee, así como también la variedad de fotografías conmigo o mis amigos.
—¿Ese no es Charles Keith?—señalo la foto subida con un ex compañero de trabajo. Fue mi co-protagonista en la película “Ladrona de ramos” hace unos tres años.
—Siii. Un papasito total. No dudó en tomarse una fotografía conmigo en cuanto se la sugerí sensualmente—murmura en un suspiro.
Ruedo los ojos ya acostumbrada a este tipo de cosas, le doy el teléfono y me levanto a punto de irme a dormir un rato. Pero en cuanto me alejo un par de pasos me llama mi mamá para que me detenga.
—Tenemos una cita—dice con emoción y por su sonrisa macabra asumo que no es nada bueno.
Llevamos más de veinte minutos en completo silencio, ella conduciendo, yo viendo por la ventana con la radio tan baja que es casi un murmullo inaudible. Quiero preguntarle a dónde vamos, pero poco a poco empiezo a reconocer las calles y edificios. Estamos yendo a la oficina de mi manager, Billy Ben, a lo que creo yo es una cita de negocios. Seguramente con alguna productora o director.
Al principio me había molestado, claro que sí. Después de todo, aún me quedan cerca de 48 horas para no pensar en trabajo. Pero luego de razonar un poco, me di cuenta que es mejor entrar en la movida agenda de siempre ahora porque luego todo se me acumularía y vendría encima.
Mamá estaciona su auto a las afueras del edificio de oficinas, se desabrocha el cinturón, toma sus cosas de la guantera del auto para luego girarse a verme.
—Tengo que hablar primero con Billy, mientras quédate aquí con tu móvil o algo. No me tardo—avisa con prisa antes de desaparecer rumbo al edificio.
Suspiro y decido ir a la cafetería que está al final de la calle a por un batido. Tomo mis amados lentes de aviador y la gorra de lana que puse en mi bolso de apuro. No tuve más de dos minutos para agarrar el bolso antes de salir con mamá luego de dar una rápida despedida a todos. En ese entonces papá me había susurrado al oído un “traté de convencerla de hacer esa reunión en un par de días más, pero ya sabes cómo es tu madre”.
Luego de asegurarme de dejar con seguro el auto, guardo las llaves en el bolsillo de mi jean n***o y me encamino hacia la cafetería Blue Coffe. Ya he ido con anterioridad, es un buen lugar con suficiente espacio entre las mesas para no sentir que escuchan tu conversación, linda iluminación e incluso ponen buena música a bajo volumen.
Entro por las puertas automáticas y me uno a la fila para poder ordenar, hay unas cinco personas delante de mí. Un par de chicas que deciden qué ordenar en el mostrador, una señora que está sumergida en su celular, un anciano que habla por teléfono a los gritos y por último un pelinegro alto que viste un traje hecho a medida azul marino. Le queda tan bien, reluce sus músculos, muslos, gran espalda, cintura pequeña… Uff.
De pronto él se voltea casi con enfado, me ve y enarca una ceja inquisitivo. Tiene unos penetrantes ojos grises opacos, como el humo más oscuro en un incendio, que intimidan con tan solo una mirada. Mandíbula angulosa, espesas cejas bien peinadas y unos esponjosos labios rosados que parecen suaves.
No voy a negar que es guapo.
—¿Necesitas algo?—pregunta con desinterés. Su voz es grave, rasposa y con un leve acento que no sé determinar. ¿Ruso tal vez?
—¿Mh? No, no gracias—respondo tratando de no titubear. Me causa nerviosismo tener esos ojos de humo fijos en mí.
—Entonces deja de mirarme, es molesto.
Guapo, pero con un genio del demonio. No podía ser perfecto.
—Sí, perdona—murmuro apenada. Es decir, ¡se dio cuenta que básicamente lo comía con la mirada!
Pasar tanto tiempo con la abuela me está haciendo mal. Se me están pegando sus malas costumbres.
Él tipo vuelve a darme la espalda y yo trato de leer el menú proyectado a lo lejos, en la pantalla encima del mostrador. No es que vaya a ordenar algo más que un simple batido, después de todo ya he desayunado, sino que es una buena distracción en lo que avanza la fila.
El anciano ya está terminando de pedirse un café americano con bagels y el chico frente a mí se apura en imponer su turno en el mostrador. Arrugo la nariz con descontento ante eso, ¿qué le costaba esperar unos segundos más para que el señor pudiera tomar el ticket de su pedido?
—Quiero un latte, con bastante espuma, para llevar. Y que no demore mucho, por favor.
Al menos tiene la decencia de pedir por favor, porque su tono destilaba impaciencia. La chica del mostrador le cobra, le da su ticket correspondiente y luego me insta a acercarme.
Observo de reojo como el tipo no deja de ver su caro reloj cada dos segundo echando una maldición.
Pido un batido de chocolate, me uno a la fila de al lado a esperar mi pedido. Internamente me estoy riendo del gesto odioso que le dedica el señor al chico impacienciente. Incluso le dice, sarcásticamente, si quiere que se haga a un lado y así tomar su lugar antes de matar a alguien. No sé sí ese tipo es tonto para no captar el tono de burla en la voz del señor o simplemente decide ignorarlo y tomar su puesto.
—¿También está tan apurada como ese joven?—murmura el señor volteando a verme.
Niego vehementemente.
—Oh, claro que no. Puedo esperar.
—De todos modo pase, señorita. No es de caballeros dejar a una dama atrás.
Rechazo su oferta con amabilidad, no tengo apuro ni tampoco me siento bien dejando al señor esperando más. Entró antes que yo, quién sabe cuánto tiempo habían demorado ya el par de adolescentes en pedir su orden, se veían realmente indecisas.
El señor vuelve a insistir, pero yo le aseguro que no tengo problema en esperar. Ya casi está su pedido, el mío no debe de tardar en salir.
—En serio, señorita. Por cómo viste creo que no quiere pasar mucho tiempo en el local—señala mis lentes y mi gorro—. En cambio yo vine preparado con el diario online en mi teléfono para desayunar tranquilo en la mesa de allí—apunta a la última mesa, escondida en el rincón y cerca de la ventana.
—Está bien—termino de aceptar.
Tal vez mi madre me esté buscando en este momento por aquella reunión, como no dijo nada en el camino no sé si es muy necesario que yo esté ahí. Pero estoy segura que si demoro mucho en llegar al edificio de oficinas, mamá y Billy me van a reprender.
Le agradezco al señor, me adelanto para ubicarme en su puesto y sin querer me enredo con mis propios pies. No estoy segura cómo lo hago, pero termino empujando al chico de adelante.
Escucho algo caer, al señor detrás de mí ahogar su risa en una tos fingida, a la chica del mostrador jadear con sorpresa. Pero, lo que más destaca, es el gruñido enfurecido del chico.
Mi vista pasa de su espalda al suelo, en donde está regado todo el café del tipo. Levanto la mirada y me topo con unos furiosos ojos grises. Trago en seco.
—Lo siento—musito con vergüenza.
La risa del señor se escucha cada vez con más claridad, la chica del mostrador grita que vengar a limpiar. El tipo me sigue matando con su mirada, estoy segura que si pudiera lanzar rayos por los ojos yo ya estaría recontra frita.
Él gruñe, se voltea a la cajera y le pide si puede darle otra orden. Ella en seguida le contesta que sí, a los minutos vuelve con otro latte pidiendo disculpas por el incidente.
Yo sólo me quiero hundir en la tierra.
—Me alegraste la mañana—dice el señor aún riendo bajito.
—¿Crees que haya sido bueno o malo que no me gritara?—le pregunto mientras señalo al chico que ya se está yendo de la cafetería con pasos firmes y apresurados. Estoy segura que me está deseando el mal en su mente.
—Batido de chocolate para llevar, para… ¿Ann?—gritan en el mostrador.
Me apresuro a ir, tomar mi pedido, agradecer y disculparme por el incidente a la vez. Ella me sonríe y dice que no hay problema, ya había alguien limpiando el suelo.
Paso cerca del señor antes de salir del local, entonces él suelta:
—Creo que es malo.
Quiero preguntarle porqué, pero siento mi celular vibrar en mi bolso y estoy segura que es mi madre preguntándose dónde carajos estoy. Por lo que me despido del señor, saliendo rápidamente de Blue Coffe y yendo al edificio de oficinas.
Mi mamá está en la entrada, junto con Billy. Me regaña por demorar, le enseño el batido para justificarme. Mi mánager me da un corto pero enfusivo saludo, se ve emocionado.
—¿Por qué tanta felicidad, Billbenny?—pregunto curiosa, resaltando el bobo apodo que le puso la abuela cuando lo conoció.
—Escucha, Ann—me toma de los hombros sonriendo aún más de ser posible—. En la recepción nos esperan dos personas importantes que desean verte.
Tomo un sonoro sorbo de mi batido.
—¿Quiénes?
—Es wow, un famoso director y su abogado. ¡Es lo mejor que nos pudo haber pasado! El mismísimo director solicitó una reunión contigo—exclama con emoción. Sacudiéndome los hombros cada vez que hablaba, dejándome un poco mareada.
Me suelto de su agarre, termino de beber mi batido y tiro el envase en el basurero que hay cerca de la gran puerta giratoria.
—Bien, tenemos que entrar ya— nos insta mamá después de teclear algo en su celular.
Asiento, Billy me toma del brazo casi arrastrándome a la recepción del enorme edificio. Linda nos sigue el paso, pidiendo que me comporte y sonría bonito, que no diga nada fuera del lugar, que deje todo en sus manos.
Giro la cabeza sólo para decirle que sí y así tranquilizarla.
—Ahí están—señala Billy a dos hombres, uno castaño que nos saluda en cuanto nos ve y otro pelinegro, quién lentamente se voltea a vernos, pues estaba de espaldas.
Pero en cuanto termina de darse la vuelta, logro reconocerlo. Mis labios forman una perfecta O de la sorpresa y me quedo helada en mi lugar, mi mánager se queja cuando lo detengo de golpe.
Lentamente veo cómo mi madre se acerca a los sujetos, les dice algo mientras me señala con una leve sonrisa. Entonces el tipo de la cafetería me ve, frunce el ceño y murmura algo que no logro escuchar.
—Ann, estos son Dominick Eragon y George, su abogado—nos presenta Linda con profesionalidad.
—No puede ser—musito perpleja.
—Tiene que ser una broma—gruñe Dominick Eragon, el chico malhumorado de ojos grises.
Bien, posiblemente acabo de arruinar esto.