“Eres increíblemente rápido y fuerte. Tu piel es pálida y fría como el hielo. Tus ojos cambian de color. Y a veces hablas como si fueras de otra época. Nunca tomas ni comes nada. No sales en días soleados. ¿Qué edad tienes?”
Sigo leyendo el papel sin poder creérmelo aún. Y es que, ¡¿en serio tendré que interpretar a Bella?! ¡Ella siempre me cayó mal!
—¿Quieres intercambiar papeles? — le murmuro en el oído a Bright, quien me observa de reojo mientras niega levemente con la cabeza.
—Siempre quise ser Edward, no lo doy ni lo vendo, ni aunque estés haciendo ojitos de pollito mojado — susurra sin intención de dar su brazo a torcer.
—Se dice “cordero degollado” —replico, a lo que chista como respuesta.
Irritada, empujo mi mejilla con la lengua y volteo al frente, tratando de entender el hilo de lo que sea que Luke, el escuálido y rubio asistente de director, esté diciendo. Agrega algunas indicaciones más para el comienzo del taller mañana a las 8am y nos reitera lo muy necesario que es venir con las camisetas junto con la tarjeta de identificación que el staff acaba de entregarnos a cada uno, también que nos aprendamos los diálogos designados... ya luego me distraje por estar pensando en lo mal que me caía Bella cuando leí los libros, me parecía muy dramática.
Ja, y ahora como karma tendrás que ser ella, Ann.
—...Eso es todo, gracias por venir. Nos vemos mañana —se despide Luke con amabilidad. Y sin más preámbulos, las personas poco a poco se van retirando de la habitación murmurando entre sí.
Pacientemente espero a la mayoría cruce la puerta, al igual que el hermano de Charlie quien conversa animosamente con Lisa, la estilista. Me preocupo de guardar bien la camiseta, los papeles para el taller y la tarjeta de identificación en mi bolso, a la vez que reviso las notificaciones de mi teléfono; me enfoco en contestarle el mensaje de mi tío en donde dice que ya viene en camino a buscarme y le mando un breve okay. De refilón veo que el grupo con mis amigos tiene varios mensajes, pero decido ignorarlos hasta llegar a casa al igual que las otras redes.
En cuanto noto que ya no queda casi nadie en la sala, le hago un gesto a Bright señalándole el umbral levemente con la cabeza para indicarle que ya me voy, a lo que él responde levantando el pulgar por lo que entiendo que se va a quedar un poco más. Además, noto que a la charla con la estilista también se le sumó la maquillista (de quien no recuerdo el nombre) y la actriz Clear, así que supongo que el niño está haciendo buenas migas con nuestras compañeras. Cosa que debería estar haciendo también, pero que prefiero aplazar hasta mañana. No quiero demorar en llegar a casa porque ya le prometí a papá que llegaría a tiempo para almorzar juntos. Y lo prometido, es deuda.
Ya en el pasillo, trato de rememorar por dónde quedaba el ascensor público, si era hacia la izquierda o la derecha, pero como todos los corredores se ven iguales no estoy tan segura. Además, no hay nadie cerca como para preguntar. Podría volver a entrar a la sala para preguntarle a los que quedaron allí, pero tan solo con una mirada noto que ya no están ahí.
¿Se evaporaron en el aire o qué? Suspiro.
Me dejo guiar por mi instinto, camino hacia el final del pasillo, en donde doblo hacia la derecha y me encuentro con un montón de puertas a cada lado. Sigo andando lentamente hasta llegar a la mitad del corredor, deteniéndome justo enfrente de un gran espejo e inevitablemente comienzo a arreglarme los cabellos fuera del lugar y me acomodo la blusa, arrepintiéndome de no haber traído una chaqueta pues una leve brisa hizo que me dieran escalofríos.
Es entonces cuando escucho una de las puertas abrirse junto con varias voces. ¡Oh por... que me agarre el diablo porque mi jefe me está viendo y no precisamente con buena cara! Intuyo que me metí en donde no está permitido ingresar, por lo que rápidamente comienzo a huir fingiendo que no lo he visto en lo más mínimo, sin importarme si estoy girando a la derecha o a la izquierda. Internamente grito de la emoción cuando por fin logro ver un ascensor al final del pasillo. Mis tacones resuenan a cada paso que doy, haciendo parecer aún más tétrica mi huida porque se nota bastante que ando con prisa. Casi que empiezo a chillar cuando llego a presionar el botón y la bendita caja metálica llega en un santiamén, casi, porque el director logra entrar antes de que se cierren las puertas.
Mantengo la mirada fija en los botones de los pisos, totalmente impasible y ni siquiera se escucha el ruido de nuestras respiraciones en el reducido espacio, por lo que sí —por un carajo que sí — logro percibir cuando el director se acerca a mí. El inconfundible olor a naranja llega a mi nariz, haciendo que me sea casi imposible respirar con normalidad y... ¿por qué trastabillaste Annelise? Por el amor a Cristo, ¡contrólate mujer!
—Crewe —dice con esa voz grave y demandante suya.
Mantente serena, Ann. Piensa en otra cosa que no sea en los profundos ojos del director mirándote fijamente o segurito metes la pata. Piensa, no sé, en la biblia. Padre nuestro que estás en el cielo... ¿Qué me pasa? ¡Ni siquiera soy católica!
Lentamente ladeo la cabeza, y poniendo mi mejor sonrisa, conecto mis ojos con los suyos. Me toma unos segundos darme cuenta que debo hablar, sobre todo porque se me olvidó hasta cómo pensar. ¡Y encima esta cosa del diablo parece ir más lento de lo normal! ¿No deberíamos haber llegado ya al vestíbulo? En cuanto él endurece la mirada juntando sus cejas, sé que debo decir algo, lo que sea. Pero debe ser ya.
—¿Sucede algo, director? — inquiero tranquila, sin demostrar ningún tipo de ansiedad en la voz.
Inesperadamente, él comienza a sacarse el blazer como si nada. Sin poder evitarlo, mi mirada se vuelca en lo firme que parecen sus brazos bien torneados, en cómo la camiseta se ajusta a su figura, lo marcada que está su clavícula, tal vez se ejercite de vez en cuando porque se nota que tiene buen cuerpo y... ¿hace calor de repente o soy solo yo? Aparto la vista hacia el panel de botones, mientras maldigo en mi cabeza por dejarme llevar por las hormonas como si fuera adolescente.
Escucho que carraspea, clamando mi atención. Y me toma un mundo concentrarme para enfocarme solamente en su rostro, sobre todo porque me sigue observando con esa intensidad indescriptible, con esa esa absorbente tormenta que tiene por ojos. Solo cuando deja su abrigo perfectamente colocado en uno de sus brazos, es cuando por fin decide hablar.
—Estás en el ascensor de servicio— declara con tal autoridad, que me da la sensación de estar siendo regañada.
—Usted también—suelto sin pensar e incluso tengo la desfachatez de esbozar una sonrisa socarrona.
Él aprieta los labios mientras que yo me abofeteo mentalmente. Porque no pasa ni un segundo cuando me doy cuenta que me lo decía porque quería saber por qué carajos estoy aquí. ¡Y yo bien fresca diciéndole eso como si nada con actitud bromista para completar el numerito!
Quiero decirle que no recordaba muy bien el edificio porque estuve mucho tiempo sin estar en el piso de reuniones, además de que siempre venía con alguien por lo que no le prestaba mucha atención a los alrededores. Pero como si fuera un coro de ángeles las puertas se abren en el hall siendo mi salvación a una conversación incómoda e innecesaria.
—Nos vemos—me despido y salgo, alejándome lo más deprisa posible de él. Recién cuando estoy afuera, me doy el lujo de descansar para recuperar el aliento.
Pongo mis manos sobre las rodillas, sintiendo el corazón retumbando a mil y respirando superficialmente. Cuando siento que estoy al borde de la hiperventilación, trato de tranquilizarme inhalando lo más calmada posible, incluso cuento mentalmente hasta diez. Ya estando más tranquila, me recuesto en la pared del edificio unos momentos mientras busco el celular en mi bolso, el cual no ha dejado de vibrar como loco desde hace un par de minutos.
—¡Annelise por fin contestas, carajo! —exclama totalmente exasperado mi tío. Su voz ronca y rasposa como papel de lija me retumba en los oídos, tanto que debo apartar por unos segundos el teléfono de mi oreja.
—¿Qué pasa, tío? ¿Sucedió algo grave? —digo preocupada. Raramente él me llama por mi nombre completo o eleva la voz.
—Dijiste que no demorarías en salir y han pasado casi veinte minutos desde tu mensaje, te llamé pero no contestabas y los guardias de seguridad no me dejaban entrar al edificio a buscarte porque no tenía un permiso. Pensé que te había pasado algo, me tenías de los nervios —da un largo suspiro, entonces noto que titubea nervioso, por no decir que roza el colapso —. Ya me estaba imaginando cómo decirle a tus padres que desapareciste, que te fugaste con algún chico o que algún loco te secuestró para hacerte vaya a saber qué perversidades, tenía el corazón en la garganta de solo pensarlo. ¡Jesús que en cualquier momento me iba a dar un infarto seguro!
No lo puedo evitar, comienzo a reírme a carcajadas. Me tiento tanto, que pequeñas lágrimas empiezan a deslizarse por mis mejillas y siento mi rostro cada vez más caliente. Trato varias veces de decir algo coherente, pero nada logra salir de mis labios. Hasta Juan se contagia y empieza a reírse, aunque es más una risa nerviosa que otra cosa.
—Estabas viendo otra vez ese canal de asesinatos y desapariciones, ¿cierto? Por eso andas más paranoico de lo normal—lo reprendo tratando de sonar firme, pero fallando enormemente cuando se me salen pequeñas risas ante los carraspeos incómodos de mi tío.
—Tal vez... —murmura avergonzado. Luego se aclara la garganta, volviendo a tener su tono habitual, ese sonido áspero por fumar durante tantos años — Estoy estacionado a la vuelta, ven.
—Bueno —digo, cortando la llamada y guardando el móvil.
Tardo menos de cinco minutos en rodear el enorme edificio, en cuestión de segundos visualizo el SUV rojo de mi tío estacionado casi que a la salida del estudio.
En un santiamén estoy dentro del auto, poniéndome el cinturón de seguridad bajo la atenta mirada de Juan, quien a pesar de ser más músculos que grasa y tener casi el doble de mi tamaño, luce como una mamá osa observándome todo asustado para asegurarse que estoy en una pieza.
—¿Estás lista? —asiento mientras dejo caer mi bolso a mis pies —Bien, entonces vamos. Tu padre ya me llamó para decirme que nos apresuremos, está todo cursi y emocionado por verte.
Enarco una ceja cuando rueda los ojos con fastidio. Sobre todo, porque nada puede ocultar la sonrisa cariñosa en sus labios, haciéndolo parecer menos tosco. Él siempre tuvo apariencia robusta y áspera, no ayudándole el hecho de tener las expresiones muy marcadas haciéndole parecer estar enojado todo el tiempo. También está el hecho de que, al raparse totalmente el cabello, hace que se resalte aún más sus ojos negros e inexpresivos. Es como una mezcla entre Vin Diesel y Dwayne Johnson, pero con aires más... ¿latinos?
—Lista —señalo la radio con un gesto de diversión—. Pondré música, ¡pero no cantes, eh! Prometiste cuidarte la voz hasta que vuelva tu tono normal.
Eso y que con su tono actual realmente asusta cuando canta.
Él voltea el rostro, fingiendo estar indignado, a la vez que enciende el auto. Aprovecho para poner la emisora de siempre y graduar el volumen lo suficiente para que se escuche, pero podamos hablar sin gritar. Por el rabillo del ojo noto que mi tío se muere por tararear la letra, así que decido buscar una de las botellas de agua que me dieron para entregársela. En cuanto se detiene en el primer semáforo, la toma y bebe más de la mitad mirándome con ojos de pollito mojado —borrego degollado, mierda Bright, ya no puedo decirlo bien — pero no doy mi brazo a torcer, incluso apago la radio mirándolo impasible.
Hace no mucho que decidió dejar de fumar, así que con todos lo estamos apoyando para mantener su promesa. Una de sus metas es recuperar su tono normal de voz, ese barítono que era muy grato de escuchar, porque hasta él se dio cuenta de lo jodido que sonaba. Pero, para que eso suceda, debe cuidarse mucho, cosa que a veces se le pasa por alto. En el resto del camino decido contarle sobre cómo me fue hoy, lo diversos que son mis compañeros entre otras cosas cotidianas para distraerlo.
(…)
—Entonces así fue como me perdí y demoré en salir. No creo que hayan sido más de diez minutos, pero el tío ya le estaba por dar un ataque— le comento entre risas a papá.
Ambos estamos en la cocina, sentados alrededor de la isla, hablando de nuestro día. No había nadie en la casa a excepción de nosotros tres —papá, Juan y yo —, mas este se fue a mirar televisión desde que entramos a la casa dejándonos almorzando solos con papá.
—Ha pasado todo el día tras la pantalla, viendo esos casos de asesinos seriales. Ya le dije que va a quedar completamente loco un día de estos —se burla sin ningún tipo de decoro.
Asiento, dándole la razón mientras como un bocado del exquisito pastel que horneó para mí —obviamente es para toda la familia, pero corté un trozo lo bastante grande como para demorar más de diez minutos en comerlo —, tomándome el tiempo de saborearlo perfectamente.
Papá sigue hablando de la reunión que tuvo hoy y de lo interesantes que se ven los manuscritos que le dieron, agregando que cuando quisiese puedo pasarme por su despacho para buscar una copia de estos. A lo que le respondí con una mueca de desagrado por siquiera pensar en bajar al sótano —en donde él tiene su oficina —, pues este siempre ha sido un lugar que prefiero, en lo posible, evitar.
—Bien, te los dejaré en tu cuarto —voltea los ojos, para luego mofarse de mí —. Sí sabes que allí abajo no hay nada ¿cierto? ¿O prefieres que le pidamos a un Padre que venga a revisar el sótano?
Estoy a punto de responderle algo sarcástico cuando mi teléfono comienza a sonar, por lo que me olvido momentáneamente de lo dicho por mi padre y tomo el teléfono de la isla. Me sorprendo gratamente cuando noto que es una videollamada de Jess.
—Amooooorrrrrr —chilla con emoción. La veo sonreír de oreja a oreja mientras acomoda el celular en donde... espera, ¿eso es un váter?
—¿Estás en el baño? —le señalo en donde está sentada.
—¡Y yo me estoy bañando! Annelise, dile algo. No me deja tener privacidad. En cualquier momento es capaz de entrar mientras estoy cagando para sacarse una selfie o quién sabe qué.
Veo cómo se saca uno de sus, carísimos, tacones de aguja y los lanza hacia donde creo que está la ducha, luego se escucha un grito de Ness junto con un par de insultos. Río en cuanto empiezan a discutir sobre la privacidad y sus límites, papá también lo hace, aunque intente fingir que no escucha los gritos de mis amigos.
Al final, mi amiga se calma acomodándose su camisa junto a su falda de tubo, entonces aprovecho para saludar a Ness, recibiendo otro saludo de regreso. A los minutos se oye un portazo en el fondo, por lo que supongo que él acaba de salir del baño.
Jess carraspea, volviendo su concentración a la pantalla de su teléfono.
—En fin, ignoremos al histérico —volteo los ojos. Son como perro y gato. —Quería llamarte para preguntarte cómo te fue. ¿Qué hicieron? ¿Viste al papasito del director? Uy, estuve viendo fotos de su mejor amigo, el abogado, y está que se parte. ¿Será que me lo puedo quedar? —comienza con su monólogo, así que pacientemente espero que termine de hablar mientras como lo que queda de mi pedazo de pastel —… Ayy, también estuve hablando con Eva y Pilar, y me tuve que aguantar las ganas de contarles sobre tu proyecto. ¡En estos momentos me arrepiento tanto de no haber sido actriz!
Alejo el platillo con el tenedor en la isla, de reojo observo a mi padre, quien está leyendo algo en su teléfono, me acomodo en mi asiento y finalmente, decido interrumpirla.
—¿Terminaste?
Ella toma una bocanada de aire, como dándose cuenta que se puso como adolescente flechada, y asiente. Entonces, recién ahí, comienzo a relatarle los sucesos de hoy.
—Jamás he estado en un taller, menos en uno de actuación —comenta observando fijamente a un punto en el baño.
Es entonces cuando Ness aparece en la pantalla, sentándose en el bidet con la misma expresión pensativa que Jess.
Viste apenas un short junto con lo que parece ser una remera de los minions. Estando así, sumándole el hecho de estar con el cabello húmedo y despeinado, es imposible imaginarse que sea Nelson Bush, el reconocido periodista de investigación.
—Yo tampoco. Aunque por lo que dices parece que será de locos —dice emocionado.
Jess asiente, dándole la razón.
—Sí, pero es algo bueno ya que ayudarán a los novatos a adaptarse, y la mayoría del elenco parece serlo. Ojalá me hubiesen dado la oportunidad de estar en un taller así cuando recién iniciaba —río sin emoción.
—Ay PitufiAnn, eso ya pasó. Lo importante ahora es que, si subo una foto contigo, mis seguidores en i********: aumentan... ¡Jessica no me patees!
Los dos están dándose punta-pies ignorando que los puedo ver con claridad. Jess apoyó su teléfono en el lavabo de tal forma, que puedo mirarlos por completo.
—Te lo mereces por andar siempre de chistoso.
—¡Ann me ama así! ¡Hasta dijo que se casaría conmigo! ¡¿Verdad, PitufiAnn?! —exclama observando la cámara.
—Sí, y que compraríamos una casa en Miami —digo con una sonrisa divertida, la cual después se borra para dejar paso a una mueca siniestra mientras apunto, amenazante, a la cámara —. Si me vuelves a llamar “PitufiAnn”, olvídate de nuestro matrimonio, tus discos de vinilo y tus posters de Avril Lavinge.
Ness se lleva una mano al corazón, completamente indignado. Pero cuando trata de reclamar mi crueldad, Jessica pone su mano sobre su boca para callarlo.
—Después siguen con su disputa marital —le dice, para voltear a verme —. Ya que mencionaste eso, ¿volverás a nuestro apartamento?
Ladeo la cabeza, tomándome unos segundos para contestar. Jess, Ness y yo vivimos juntos en un apartamento en Melrose Hills, que queda bastante cerca de Hollywood, mientras que mis padres viven en Oakwood, que también es cerca pero no tanto. Cuando mis amigos se fueron de viaje, decidí pasar con mi familia para no estar sola y aprovechar las “vacaciones”. Pero si bien amo vivir con ellos, tampoco puedo molestarlos todo el tiempo siendo que ya tengo mi “casa”.
—Sí, yo pensaba en ir en cuanto me reparen el auto. Según dijeron, para el viernes lo tendrán listo.
—¡Perfecto! Nosotros adelantamos nuestro viaje, llegaremos el domingo en la mañana. Así que no estarás sola por mucho tiempo —guiña el ojo.
Seguimos hablando de las cosas que hay que arreglar en nuestro apartamento, como los cables eléctricos de la cocina que son del año de Matusalén por lo que siempre se queman los focos de luz, o del insoportable chirrido de la puerta del baño, o de la ventana sin vidrio de la cocina. Sí, como que no vivimos en un penthouse de lujo, y eso tiene una explicación; tenemos demasiada arraigada la costumbre de “bueno, bonito y barato”. Pero hey, que tenemos una increíble vista hacia un parque, y entra bastante luz en las mañanas.
En medio de nuestra charla, decido ir a por otro pedazo de pastel —sí, bien de golosa —, mis amigos comienzan a quejarse de que extrañan la comida de Mason y yo bien de maldita les digo lo delicioso que está el pastel.
Ness quiere decir algo, pero se detiene observando algo detrás de mí, por lo que me volteo y allí encuentro a mi madre parada en el umbral de la puerta. No se ve para nada contenta.
—¿Qué se supone que haces, Annelise? —inquiere en ese tono de regaño que te pone los pelos de punta.
Y no entiendo a qué se refiere con eso, así que le señalo el teléfono en donde mis amigos la saludan. Ella les responde con una sonrisa de cortesía, diciéndoles que se cuiden, mis amigos le contestan un “igualmente” para luego despedirse y terminar la videollamada. Mamá vuelve a enfocarse en mí mientras apunta con desaprobación el platillo en mis manos.
—No deberías de estar comiendo eso —advierte. Miro el pastel y luego a ella reiteradas veces.
—¿Por qué? —pregunto sin entender a qué viene eso de la nada.
Por el rabillo del ojo noto cómo papá levanta la vista de su celular, dirigiéndose a su esposa mientras esboza una sonrisa de felicidad. Mamá también le observa contenta, como si se estuvieran comunicando a través de los ojos.
—Yo se lo hice por su primer día, Linda —le dice. Se acerca a ella, le rodea los hombros con su brazo y empieza a susurrarle cosas al oído.
Estoy a punto de tomar mi celular e irme para dejarlos solos en su momento cariñoso —puaj — pero mamá me llama, deteniéndome.
—Deberías dejar de comer tantos dulces, más ahora que estás a punto de filmar un gran proyecto —indica, arrebatándome el platillo de las manos.
Parpadeo perpleja en cuanto ella comienza a comérselo como si nada, hasta puedo escuchar la canción “say something I’m giving up on you...” en mi cabeza.
¡Era mi pastel!
Linda comienza a decir lo importante que es cuidarme en estos momentos para mantener una buena imagen, pero lo único en lo que pienso es en las ganas que tengo de volver a tomar otro pedazo de ese manjar. Papá le dice algo en medio de su sermón, y entonces se despide de ambas agregando que estará en su despacho. Una vez nos quedamos a solas, mamá me insta a comentarle los sucesos de hoy y le comento sin muchas ganas.
¿Por qué tiene ese afán de exigir que haga dietas estrictas cada vez que tengo un proyecto? Incluso cuando tenía pequeñas entrevistas o apenas hacía de extra, se ponía histérica si no seguía la dieta. ¡Soy un palo vestido, ¿qué tanta dieta debo hacer?! Además, ¿dónde queda eso de ser lo más natural posible? El estereotipo 90, 60, 90 es sólo eso, un estereotipo casi imposible de alcanzar que solo fomenta los problemas alimenticios y la baja autoestima.
A medida que pasa el tiempo, el resto comienza a llegar, por lo que me olvido del tema por un rato. Ceno con ellos, luego me voy a mi cuarto y empiezo a repasar esas líneas para el taller.
Puaj, detesto hacer de Bella. ¿Por qué no mejor darme los diálogos de Alice? Ella era genial.
(…)
Miriam fue quien se ofreció a llevarme al estudio, pero estoy cuestionando haberle dicho que sí.
Una vez me deja en el estacionamiento, frente al ascensor, se despide de mí con un beso en la mejilla. También hace valer su “beneficio de ser la abuela” para sacarse una foto conmigo y subirla a su Isagram. Estoy por decirle algo sarcástico, pero me doy cuenta de que estoy contra reloj, por lo que me apresuro a irme, no sin antes decirle que me venga a buscar —papá está ocupado y el tío Juan se fue a trabajar —.
Hago el mismo recorrido de ayer, solo que esta vez me tomo el tiempo de saludar a todo aquel que se encuentre en mi camino. Rápidamente llego a la sala en donde nos dijo Luke que sería el taller, pero en cuanto abro la puerta solo veo a Bright y a Clear hacer posiciones del ¿yoga?, mientras los demás están amontonados al fondo de la habitación, hablando entre sí. Veo a personas del staff caminar de un lado al otro y cuando Bright nota mi presencia, se acerca con su típica sonrisa de granuja.
—¿A dónde tan guapa? —pregunta señalando mis jeans desgastados y la remera que nos dieron ayer.
Niego, sin poder evitar soltar una risa por su elocuencia.
—La verdadera pregunta aquí es, ¿qué se supone que hacías con Clear? —enarco una ceja.
Él sonríe con malicia, haciendo que me imaginara cosas no aptas para menores. Y tal vez se me halla notado mucho, porque tanto él como mi compañera con rizos envidiables empiezan a reír.
—Pervertida. Bien dicen que las que parecen santas son las peores. —se mofa Bright. Luego me insta a acercarme y lo hago con cierta reticencia — Estirábamos los músculos para liberar tensión, ¿quieres intentarlo, linda?
—No, gracias —me suena hasta el alma si lo intento.
Parece que Clear intenta decir algo, cuando es interrumpida por la escandalosa entrada de Luke, quien se estrelló contra el marco de la puerta. Todos quedan en silencio, observando con atención cómo se reincorpora el chico del golpe mientras levanta los papeles que cayeron al piso, es doloroso hasta de ver.
¿Queda muy mal si me río ahora? ¡Se estrelló contra la puerta y volaron cientos de papeles por doquier! Vamos, es imposible que no de gracia. Pero como buena persona que soy, mantengo la serenidad y hasta le pregunto si está bien.
Luke ignora a todos los que se le acercaron para ayudarlo, supongo que por estar demasiado avergonzado como para recibir ayuda. Luego camina hasta llegar frente a todos, carraspeando para llamar la atención.
—Buenos días. Hoy comenzaremos a interactuar entre nosotros, haremos pequeñas actuaciones entre dos o tres personas usando los diálogos que les fueron entregados ayer. Se dividirán en grupos, algunos miembros del staff anotarán en la pizarra —señala a dicho objeto detrás de él —el nombre de sus compañeros. La idea es que cada grupo practique sus líneas para luego hacer una presentación frente a todos, allí podrán hacer críticas constructivas para mejorar el desempeño de cada uno. ¿Alguna pregunta? —inquiere al final, mirando a todos con seriedad.
La única pregunta que tengo es cómo le hizo para actuar como si nada si puedo jurar que escuché algo quebrarse cuando se golpeó. Se acaba de ganar mi respeto y admiración.
—¿El director va a participar? —murmura Lisa desde un rincón, o bueno esa era su intención porque se escuchó perfectamente.
—No, él no lo hará —le responde, para luego despedirse e irse llevando como pueden sus bracitos los doscientos papeles consigo. No sé cuántos años tendrá Luke, pero parece de unos diecinueve o menos; sobre todo por su torpeza, nerviosismo y su rostro infantil.
No pasa mucho hasta que anotan los nombres de todos en la pizarra, poniendo números a los grupitos que forman. Soy parte del grupo cuatro, junto con Bright y Clear Bree. Él más emocionado es el hermano de Charlie, no paró de hablar sobre lo besties que seremos los tres.
Practicamos nuestras líneas entre risas porque a cada rato le pedía a Clear que me diera su papel —¡le tocó ser Alice! — o le insistía a Bright cambiarme el suyo. También me di cuenta lo buena que es la morena para regular su tono de voz y para transmitir mil emociones con una sola mirada, cosa que le mencioné con admiración y ella se emocionó bastante, pues me dijo que esta sería su primera película siendo parte del reparto principal. Ya luego empezamos a hablar sobre lo llamativo que es que casi todos los integrantes del cast sean principiantes, lo raro de que nadie sepa el final de la película y lo inusual que es el director. Porque, ¿cómo no va a ser parte de su propio taller de ayuda?
—Apuesto diez a que ni aparecerá hasta que comience el rodaje —soltó Bright sin decoro alguno.
—Apuesto a que aparecerá al final del taller—le seguí el juego.
Y jamás hubiese pensado que la cortés chica a mi lado se sumaría, pero bien dicen que las apariencias engañan.
—Doy diez a que lo hará entre estos días —dijo con tenacidad, tan segura de ello que hasta dio escalofríos.
Ya luego seguimos practicando nuestros diálogos con seriedad.
Todo estaba bien, hasta que llegó la hora de las presentaciones de los grupos.
Es entonces cuando me arrepentí de haber apostado, Bright también.
El director apareció, y no sólo eso, sino que me besó.
Y me tembló hasta el alma.