CAPITULO 1

1318 Words
El eco de los cánticos sagrados vibra en cada rincón de la capilla. Siempre me ha cautivado la paz que esta música despierta en mi alma. Formar parte del coro no es solo un deber; es mi refugio. Hoy no es un domingo cualquiera; hoy cumplo dieciocho años. Para muchos, esta es la edad de la libertad y el desenfreno, pero para mí significa algo opuesto y mucho más sublime: es el requisito legal para entregar mi vida a Dios y convertirme en monja por elección propia. Mi nombre es Lara Ocampo. Soy hija única y sobrina del hombre que dirige esta comunidad, el padre Roger. Mi tío ha sido mi guía y protector, un ejemplo de rectitud que ha sembrado en mí un amor incondicional por la fe. Recuerdo que, durante mis años de instituto, él siempre me llevaba y traía, asegurándose de que no me desviara del camino. —No pierdas el tiempo en amores mundanos, Lara —me repetía—. No cometas el mismo error que tu madre. Mi madre me tuvo a los quince años. Se enamoró perdidamente de un chico de la preparatoria y, en una fiesta a la que asistió sin permiso, se dejó llevar por la lujuria. Ese error la ha atormentado toda la vida. Lo más aterrador fue que el chico, mi padre biológico, apareció muerto tres meses después de aquella noche. Nunca lo conocí, pero con el amor de mi tío y mi devoción a la iglesia, jamás sentí que me hiciera falta. La misa transcurría con normalidad hasta que sentí un codazo en las costillas. Era Leslie, mi mejor amiga. —¿Ya viste a aquel hombre? —susurró, señalando hacia el fondo—. No te ha quitado la vista de encima. —Estás loca —respondí sin mirarlo—. Seguro observa a mi tío. Quizás el sermón esté tocando su corazón. —Por Dios, Lara, ese hombre no parece tener corazón. Mira sus ojos, son tan negros que parecen ocultar algo perverso. Y te aseguro que no mira al cura; nos está devorando a ti o a mí. Leslie, con su descaro habitual, le dedicó una sonrisa coqueta. Decidí ignorarla. Probablemente era solo otro hombre buscando una conquista pasajera. Sin embargo, mientras mi tío hablaba, una extraña opresión se instaló en mi pecho. Aunque hoy alcanzaba mi sueño de servir a Dios, sentía un vacío inexplicable, como si algo estuviera a punto de romperse. Al terminar la misa, mi tío se giró hacia mí con una expresión inusualmente rígida. —Lara, te espero en mi oficina en diez minutos. Tenemos que hablar de algo muy importante. Su tono me dejó helada. ¿Había hecho algo mal? —¿Ahora qué hiciste? —preguntó Leslie, tomándome de las manos. —No lo sé. Quizás quiera hablar sobre mi solicitud para el convento. —¿Sigues con eso? Admiro tu fe, Lara, pero tienes dieciocho años. Deberías vivir un poco antes de encerrarte. —Es mi vocación, Leslie. No dejaré que nada se interponga. Me alejé de ella y caminé hacia el despacho. Antes de que pudiera tocar la puerta, una mano firme me sujetó del brazo y me obligó a girar. Era él. El hombre de la mirada oscura. —¿Qué desea? —logré articular, atrapada por la intensidad de sus ojos. —Vaya, cómo has crecido... ya eres toda una mujer —su voz era grave, peligrosa—. No puedo esperar más para tenerte conmigo. —¿A qué se refiere, señor? —Ahora no lo entiendes, pero en unos minutos todo quedará claro. Se acercó tanto que sentí su respiración en mi cuello. Mi piel se erizó, no de miedo, sino de una reacción eléctrica que nunca antes había experimentado. —Hueles tan bien —susurró antes de soltarme y alejarse con una sonrisa críptica. Entré a la oficina de mi tío con el corazón martilleando contra mis costillas. Él me esperaba sentado tras su escritorio. —Dime, tío, ¿para qué me llamabas? —Hoy cumples dieciocho años, Lara —comenzó él, dejando unos papeles de lado—. Y aunque ya eres mayor de edad, sigues bajo mi responsabilidad. Sabes bien por qué tú y tu madre viven bajo mi amparo, ¿verdad? —Sí, tío. Porque mi madre pecó y tú fuiste el único que no nos dio la espalda cuando mi supuesto padre la rechazó. Solo tú, mis abuelos y Dios nos amaron. —Así es. Pero hay una parte de la historia que no conoces. Cuando tu madre quedó embarazada, mi padre —tu abuelo— intentó que el chico se hiciera cargo, pero él se negó. Desesperado por limpiar el honor de la familia, mi padre acudió a Zacarías Bernard. —¿El jefe de la mafia rusa? —el nombre me provocó un escalofrío. —El mismo. Zacarías le hizo un favor a mi padre, pero el precio era alto. Mi padre ofreció a tu madre como pago, pero Zacarías la rechazó; no quería a una mujer que ya no era pura. Por eso, el trato cambió: el pago serías tú. —¿Yo? ¿De qué estás hablando? —Los Ocampo somos gente de palabra, Lara. La deuda vence el próximo jueves. Si no pagamos, todos moriremos. Máximo Bernard, el hijo de Zacarías, ha venido hoy a reclamar su propiedad. —¿Su propiedad? —el aire empezó a faltarme. —Lara, me veo en la necesidad de rechazar tu solicitud para el convento. Hay una deuda de sangre que debes cancelar tú. Te casarás con Máximo el miércoles. Eres su prometida desde el día en que naciste. Las lágrimas desbordaron mis ojos. Mi vida entera, mis sueños de santidad, todo era una mentira construida sobre una transacción comercial. —¡No! ¡Yo quiero servir a Dios! ¡No pueden hacerme esto por un error de mi madre! —Si Zacarías pudo eliminar a tu padre biológico en diez minutos, imagina lo que puede hacernos a nosotros —sentenció mi tío con una frialdad aterradora—. Es una promesa y la cumpliré. —¡Ten piedad, tío! ¡Ni siquiera lo conozco! —Me conoces más de lo que crees, pequeña —la voz de aquel hombre resonó desde la puerta. Máximo Bernard entró en la oficina como si fuera el dueño del lugar. —Máximo, veo que no pudiste esperar —dijo mi tío. —Mide tus palabras, cura. No por usar sotana tendré misericordia de ti —Máximo se dirigió a mí—. Ya escuchaste. Te casarás conmigo el miércoles. Tú solo tienes que presentarte y decir "sí". Si intentas algo estúpido, tu familia pagará las consecuencias. —¡Tío, por favor! —supliqué, pero mi tío solo asintió hacia Máximo. —Si me lo permites, Máximo, yo mismo los casaré. —Me parece justo. Ahora, déjanos solos. Tengo cosas que hablar con mi prometida. Mi tío salió de la habitación sin mirar atrás. Máximo se acercó a mí, atrapando mis mejillas con una fuerza que me hizo jadear. —Ni loca me caso contigo —le espeté con rabia—. Prefiero morir. —Deja de jugar, niña. No estás en posición de negociar. A partir de ahora, no quiero que te acerques a ningún hombre, ni siquiera a tus amigos del coro. Serás una Bernard. Cuida estos labios, porque me pertenecen. Cuida este cuerpo, porque soy el único que podrá tocarlo. ¿Entendido? Me apretó con más fuerza antes de estampar sus labios contra los míos en un beso salvaje, dominante, que me robó el aliento. Fue mi primer beso, y supo a posesión y a pecado. Cuando me soltó y salió de la oficina, me desplomé en la silla. ¿Para esto me habían cuidado tanto? ¿Toda mi pureza no era para Dios, sino para ser entregada como moneda de cambio a un monstruo?
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