CAPITULO 19

2348 Words
El espejo de cuerpo entero me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. Llevaba un vestido de seda líquida en color rojo carmesí, un tono que gritaba poder y desafío, con un escote que rozaba el límite de la decencia y una caída que abrazaba mis curvas de una manera que la Lara de hace un mes habría considerado un pecado mortal. Las joyas que Máximo había depositado sobre el tocador —un collar de rubíes que parecía sangre congelada rodeando mi garganta— pesaban, pero ya no me asfixiaban. Esa noche era la gran presentación. El debut oficial de la "señora Bernard" ante la élite de las sombras. Máximo no solo quería presentarme como su esposa; quería mostrarme como un trofeo de guerra, una prueba de que había consolidado su linaje. Leslie entró en la habitación, ya lista con un vestido azul oscuro que yo misma le había elegido. Su rostro reflejaba una mezcla de nerviosismo y determinación. —Estás increíble, Lara —susurró, ajustándome un mechón de cabello—. Pero ten cuidado. El ambiente allá abajo es espeso. He visto llegar autos blindados que parecen tanques de lujo. Los hombres más peligrosos del continente están en el salón principal. —Lo sé —respondí, dándome un último vistazo—. Pero ya no soy la niña que asustaban con cuentos del infierno. Hoy el infierno soy yo. Máximo apareció en el umbral de la puerta. Estaba impecable en un esmoquin hecho a medida, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y esa mirada de acero que indicaba que estaba en modo depredador. Se detuvo un momento al verme, y por un segundo, la máscara de frialdad se agrietó ante la lujuria pura. —Casi me arrepiento de dejar que otros hombres te vean así —dijo, acercándose y rodeando mi cintura con una mano posesiva—. Pero quiero que sepan que la mujer más hermosa de la sala duerme en mi cama. Me incliné hacia él, rozando sus labios con una audacia que lo hizo tensar la mandíbula. —Entonces asegúrate de estar a mi altura esta noche, Máximo. Porque no pienso quedarme a la sombra de nadie. El salón de baile del hotel de lujo donde se celebraba la fiesta era un despliegue de opulencia obscena. Arañas de cristal que proyectaban luces fracturadas sobre el mármol, orquestas en vivo tocando melodías clásicas que ocultaban los susurros de conspiraciones, y un desfile de hombres con trajes caros y cicatrices escondidas. En el centro de todo, sentado en una silla que parecía un trono moderno, estaba Dante Bernard, el padre de Máximo. Era un hombre cuya sola presencia hacía que la temperatura de la habitación descendiera. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad que me analizaron con la frialdad de un tasador de esclavos cuando nos acercamos a él. —Así que esta es la joya que mi hijo compró —su voz era una lija raspando seda—. Espero que seas más útil que la anterior, niña. Los Bernard no toleramos la debilidad. —No soy una joya, señor Bernard —repliqué, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Soy la mujer que lleva su apellido. Y la debilidad es algo que dejé atrás en el altar. Dante arqueó una ceja, sorprendido por mi desplante. Máximo apretó mi cintura, no para callarme, sino en un gesto de orgullo silencioso. Los capos a nuestro alrededor —hombres que controlaban puertos, drogas y vidas— murmuraban entre ellos. La presentación estaba siendo un éxito... hasta que el ambiente cambió. Un murmullo recorrió la sala. Las cabezas se giraron hacia la entrada principal. —No puede ser —susurró Leslie a mi lado, apretándome el brazo. Por las escaleras descendía una mujer que parecía haber salido de un sueño febril. Ya no era la figura demacrada, pálida y temblorosa que había visto en la suite. Esta mujer era una aparición de fuego. Llevaba un vestido dorado ceñido al cuerpo que brillaba con cada paso, su cabello oscuro caía en ondas perfectas y su piel lucía radiante, llena de vida. Era Stella. Pero una Stella que no tenía rastro de enfermedad. No había tos, no había fragilidad. Caminaba con la seguridad de una reina que regresa a reclamar su reino. Máximo se quedó de piedra. Sentí cómo su cuerpo se tensaba como una cuerda de violín a punto de romperse. La mirada que le dirigió no era de odio, era de una confusión dolorosa. Stella se abrió paso entre la multitud, ignorando las miradas atónitas, y caminó directamente hacia nosotros. Se detuvo frente a mí, ignorando a Máximo por completo al principio. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con una malicia calculadora. —Vaya, qué fiesta tan encantadora —dijo Stella, su voz clara y firme, sin un rastro de debilidad—. Siento llegar tarde, pero prepararse para una resurrección lleva su tiempo. —Stella, ¿qué significa esto? —la voz de Máximo era un rugido contenido—. Dijiste que estabas... —¿Moribunda? —ella soltó una risa melodiosa que atrajo la atención de todos, incluido Dante Bernard—. Querido Máximo, el amor nos hace creer cosas terribles. Solo necesitaba ver si aún te importaba. Y me lo demostraste anoche, ¿verdad? Me abrazaste con tanta fuerza... como si fuera lo único que te quedaba en el mundo. Sentí una punzada de rabia fría. Stella se acercó a mí, lo suficiente como para que solo yo pudiera escucharla, mientras Máximo procesaba la imagen de la mujer sana frente a él. —Disfruta de tu vestido rojo, Lara —me susurró al oído con un veneno letal—. Pero él siempre será mío. Esta enfermedad, los desmayos, la farsa del cáncer... todo fue un guion perfecto para entrar de nuevo en su cabeza. Y funcionó. Míralo. Está buscándome en ti, pero nunca me encontrará, porque yo estoy aquí, y estoy más viva que nunca. He vuelto por mi lugar, y tú solo eres el obstáculo que voy a remover. El aire se escapó de mis pulmones. La rabia me cegó. Miré a Stella y vi la verdad en su sonrisa triunfal: no había enfermedad, solo una manipulación maestra de la culpa de Máximo. —Es una farsa —dije en voz alta, mi voz resonando por encima de la música—. Máximo, escúchame. Ella no está enferma. Todo lo que te dijo, el cáncer, los desmayos... es mentira. Me lo acaba de confesar al oído. Está usando tu culpa para manipularte. La música pareció detenerse. Máximo me miró, y por primera vez en toda la noche, vi algo en sus ojos que me heló la sangre: desconfianza. —Lara, cállate —dijo Máximo en un susurro gélido—. No es el momento ni el lugar. —¡No me voy a callar! —grité, ignorando las miradas de los capos y de su padre—. ¡Mírala! ¿Te parece que esa mujer está muriéndose? Te está engañando en tu propia cara y tú eres tan ciego por tu pasado que no quieres verlo. Ella misma me lo dijo: fue una farsa para quedarse contigo. Máximo me tomó del brazo, pero no con la pasión de anoche, sino con una dureza que me hizo daño. Su rostro estaba transformado por una mezcla de vergüenza pública y furia reprimida. —¡Dije que basta! —bramó Máximo, su voz acallando todo el salón—. Stella ha pasado por un infierno que tú no podrías ni imaginar. ¿Crees que voy a creer que alguien fingiría algo así? Estás celosa, Lara. Estás actuando como una niña caprichosa porque no soportas que haya una historia que no te pertenece. —¡Máximo, te lo juro! Ella me lo dijo... —¡Cállate de una maldita vez! —Máximo me sacudió levemente, humillándome frente a todos los presentes—. Estás delirando. Estás tan desesperada por atención que te inventas calumnias sobre una mujer que está luchando por su vida. Me avergüenzas, Lara. Me avergüenzas delante de mi padre y de mis socios. El silencio que siguió fue sepulcral. Dante Bernard soltó una risa seca desde su silla. —Parece que tu "joya" tiene grietas, Máximo. Quizás deberías haber buscado a alguien con más clase y menos histeria. Stella dio un paso atrás, fingiendo una vulnerabilidad que me revolvió el estómago. Se llevó una mano al pecho, forzando una respiración agitada. —Está bien, Máximo... entiendo que ella se sienta amenazada. No quiero ser la causa de una escena. Me iré. —No te vas a ningún lado —dijo Máximo, soltando mi brazo con un gesto de asco—. Walter, lleva a Lara a la suite. Bajo llave. No quiero volver a verla esta noche hasta que recupere la cordura y aprenda a respetar a los invitados. —¿Me vas a encerrar por decirte la verdad? —pregunté, las lágrimas de rabia finalmente asomando en mis ojos—. ¡Mírala, Máximo! ¡Mírale los ojos! No hay dolor ahí, hay triunfo. —Walter. Lévatela. Ahora —ordenó Máximo, dándole la espalda para volverse hacia Stella con una preocupación que me rompió el corazón—. Lo siento, Stella. Ella no sabe lo que dice. Ven, siéntate. Walter se acercó a mí, con la mirada gacha, pero cumpliendo órdenes. Leslie intentó intervenir, pero un guardaespaldas la detuvo. Me vi obligada a caminar hacia la salida del salón, con la cabeza alta a pesar de la humillación, sintiendo las risas ahogadas de los capos y la mirada victoriosa de Stella sobre mi espalda. Cuando las puertas del salón se cerraron detrás de mí, el mundo de lujo y música se convirtió en un túnel de silencio y dolor. Una vez en la suite, Walter cerró la puerta por fuera. Leslie llegó unos minutos después, escoltada por otro hombre, y se lanzó a abrazarme en cuanto entró. —Es un idiota, Lara. Un idiota ciego —decía Leslie, tratando de calmar mis temblores—. Ella es una actriz profesional. Vi cómo te sonreía cuando Máximo te gritaba. Es una serpiente. —Me humilló, Leslie —susurré, quitándome los rubíes que ahora sentía como brasas sobre mi piel—. Delante de todos. Me trató como si estuviera loca. Y lo peor... lo peor es que ella ganó. Él prefirió creer en su mentira que en mi verdad. Caminé hacia el ventanal, mirando las luces de Londres. La seguridad y el atrevimiento que sentía por la tarde se habían transformado en un odio puro y concentrado. No solo hacia Stella, sino hacia Máximo. Había aceptado mi deseo por él, me había entregado, y él me había pagado tratándome como basura frente a sus enemigos. —No se va a quedar así —dije, mi voz volviéndose plana y fría—. Él cree que me quebró anoche con su seducción. Cree que porque le dije que lo deseaba, tiene el derecho de pisotearme. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Leslie, asustada por el tono de mi voz. —Stella cree que ha vuelto para reclamar lo que es suyo —respondí, mirando mi reflejo en el cristal. Ya no veía a la monja, ni a la esposa sumisa. Veía a una mujer que no tenía nada más que perder—. Pero si ella quiere jugar a las farsas, yo le voy a enseñar cómo termina la historia. Máximo Bernard va a arrepentirse de cada palabra que me dijo hoy. Y Stella... Stella va a desear que ese cáncer hubiera sido real antes de que yo termine con ella. Me senté en el sofá, ignorando el cansancio. Esperé. Esperé horas hasta que escuché el sonido de la puerta abriéndose. Era de madrugada. Máximo entró en la habitación, olía a whisky y a una tensión insoportable. Se aflojó la corbata y me miró, esperando que yo estuviera llorando o suplicando perdón. Pero me encontró sentada, impecable, con una copa de vino en la mano y una mirada que lo hizo detenerse en seco. —¿Te divertiste con tu fantasma, Máximo? —pregunté, mi voz cortando el aire como un cuchillo. —Lara, no empieces de nuevo —dijo él, aunque su tono ya no era tan seguro—. Lo que hiciste hoy fue imperdonable. Mi padre... —Tu padre es un anciano decrépito y tus socios son carniceros con esmoquin —le interrumpí, poniéndome de pie con una elegancia letal—. No me hables de perdón cuando tú fuiste el que me humilló por creerle a una mujer que te está viendo la cara de estúpido. Caminé hacia él y me detuve a un milímetro de su pecho. —Anoche me dijiste que me pertenecías. Hoy me demostraste que le perteneces a una mentira. Así que aquí están las nuevas reglas, "esposo": ya no hay Lara sumisa. Ya no hay deseo. A partir de hoy, vas a dormir solo. Y cada vez que mires a Stella y veas su salud perfecta, vas a recordar que la única mujer que te fue leal, la única que te dijo la verdad, fue la que tú mismo echaste de tu lado. —Lara... —él intentó tomarme de la cintura, pero le propiné una bofetada que resonó en toda la suite. El golpe fue tan fuerte que su rostro giró hacia un lado. Máximo se quedó inmóvil, la marca de mis dedos encendiéndose en su mejilla. El silencio era absoluto. —No vuelvas a tocarme —susurré—. Hasta que me pidas perdón de rodillas delante de cada persona que estaba en ese salón hoy. Y hasta que aceptes que tu preciosa Stella es el demonio que te va a destruir. Me di la vuelta y entré en la habitación, cerrando la puerta con llave. Esta vez, el peso de la traición era mi armadura. Había aceptado mi deseo, sí, pero también acababa de descubrir algo mucho más poderoso: el poder de una mujer que ya no tiene miedo de quemar el mundo entero, empezando por el ?
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