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4926 Words
    Wilmer aún no se ambientaba y en un rincón, tembloroso, aguardaba en silencio. Su mirada inocente se dirigía a todas direcciones examinando la casa, la que nunca siquiera se había imaginado. Sus menudos ojitos, cubiertos de una tenue neblina, dejaban ver que quien posee esos ojos no puede más que poseer también una belleza de alma.       Helo allí, la personificación de la pureza, de la  inocencia, de la deidad humana, sabiendo penetrar muy fuertemente en lo más intimo de quien sepa admirar esa belleza que no se pesa ni se mide sino que se demuestra a través de una linda sonrisa infantil, depurada de maldad. Así son ellos, así de lindos son los niños.      Rigoberto estaba ahora de pié en el centro del salón y Lázaro le colocó como a los demás niños que le precedieron, el vendaje en los ojos. Le dio varias vueltas sobre si mismo y comenzó el subir y bajar de la piñata. Rigoberto, sorpresivamente lanzaba golpes a  diestra y siniestra sin coordinación alguna, como a propósito. Golpes que pasaban extremadamente  lejos de la piñata, hasta que se terminó su turno, y para sorpresa de todos, hasta del mismo Andrés Eloy, la piñata seguía allí, intacta. _ Papi, que le dé ahora Wilmer.      El pequeño no daba crédito a lo que escuchaba y mucho menos accedía así por así a participar, el nunca había estado en una fiesta como esa y menos tumbado una piñata, sólo lo había intentado una vez, y sin tocarla siquiera. No fue difícil hacerlo desistir de su negativa y a poco estaba dispuesto a hacerle frente a aquel objeto que pendía como desde los cielos. El niño intentó varias veces y no logró dar en el blanco. Wilmer de manera premeditada en vista de lo hecho por Rigoberto, de manera sorpresiva no atinó un solo golpe. Era esa su demostración de fidelidad a una amistad. Ninguno de los dos lo haría y así lo entendió Andrés Eloy sin necesidad de palabras. Le tocó ahora el turno a Raúl. Andrés Eloy quiso ser cómplice nuevamente de la inocencia infantil. Comenzó entonces el ir y venir del objeto y de repente dejó de hacerlo precisamente allí, frente al niño, a su alcance y pumm... un certero golpe deshizo la integridad de la piñata siguiendo a esto una lluvia de los más variados juguetes, caramelos, y todo un mundo de fantasía contenido allí dentro.      Todos los niños se lanzaron al ataque y todos tuvieron su ración de juguetes, hasta que poco tiempo después solo quedaba el gran charco de papelillos en el medio del salón. _ ¿Qué agarraste? Mira lo que me tocó, yo agarre muchos caramelos ¿y tú?      Era lo que escuchaba y fue lo que un período prolongado, no dejó de ser novedad.      Wilmer se sintió muy importante esa noche. No se percató de lo que su presencia había ocasionado. Era muy inocente para eso.  Andrés Eloy cuido muy bien ese detalle. Sintió pena por su cuñada. Se debería aprender de todo este ejemplo de unidad y comprender que el sacrificio es el alimento que nutre la esperanza hacia el mañana, hacia una mejor manera de vivir. Los niños son capaces de lograr lo que los adultos nos empeñamos en no querer hacer. Que bello gesto el que Rigoberto y Wilmer  demostraron, y esto tan sencillo, hizo inmortalizar un recuerdo que su padre siempre recordaría. Este hecho sería guardado dentro de un corazón que palpita, que expresa a la vez que recibe todo lo que una voz amiga dirige, un apretón de manos, un tocar de un hombro, un saber escuchar, y eso que nunca se debería dejar pasar, una sonrisa divina.              La vida misma nos muestra el camino que debemos seguir, lo que pasa es que la desinencia de las personas hace ennegrecer nuestros caminos y no obstante tropezamos, muy a menudo provocándonos las heridas que nos destrozan y nos producen tanto dolor. El camino para Rigoberto se notaba lleno de gracias, lo que procuraban al doncel  sentirse como en la gloria, como en un camino al margen de todo lo feo, que le hacían ver la vida como una elite divina.      Cierta tarde cercana a los días en que se celebró  el cumpleaños, Andrés Eloy pensaba y recordaba a su hijo con tanta ecuanimidad que pensamientos y recuerdos iban tan tomados de la mano, tan estrechamente, que se confundían y llegaban al alma.      “Estar con mi hijo, Dios, es lo más extraordinario que tendré hasta que tenga algún hálito   y quisiera por siempre sentir su ternura”      Caminaban pausadamente pisando la tierna grama tocada aún por el rocío de la noche que pasó, demostrando así su huella, y Rigoberto miraba divertido en derredor admirando como siempre, las maravillas que eternamente engalanan los paisajes que siempre disfrutaban. Pronto se encontraron sumergidos en una veloz carrera él, y en un suave trote, su padre, deslizándose en el monte huidizo  del parque que solían visitar.      “Mi lindo niño anda a mi lado sintiéndose feliz, que es lo que por siempre procuraré y que te pido mi Dios, que siempre lo logre. Siento Dios eterno, que mi vida es pura simpatía si tengo a mi hijo a mi lado. Su lindo rostro al que toco paulatinamente desde la frente hasta el mentón, delineándolo y descubriendo el semblante que adorna su cuerpecito.      ¿Que es lo que siento cuando le miro? ¿Es acaso predecible lo que observo, siento y palpo? Rigoberto, lo único cierto, lo que salió de nosotros María  Elena, lo que perpetuó un amor que a pesar de la muerte, continuó desde el día en que mi ángel arribó a nuestro entorno, para decorarlo con su grata presencia”.      Ya corre aquí, se sube a una loma, baja velozmente de la misma, todo haciéndolo en un santiamén que delata lo ágil que puede ser un niño cuando de jugar se trata. _  Hijo, no corras tan rápido. _ No, papi, ya no voy a correr más así. _ Ven, sentémonos aquí mi bebé. _ ¿Dónde papi? _ Aquí Rigoberto, aquí en mis piernas.      Y no habiendo nada que enlodara su felicidad, el cielo continuaba siendo tan limpio y su rostro permanecía tan sonriente, con el cálido mensaje que una inocente sonrisa infantil es capaz de expresar.      Allí junto a ellos estaba también la presencia de un patriarca, un viejo árbol marchito, el cual producía en el niño un sentimiento de rechazo, por lo que nunca procuraba permanecer cerca de él, y mucho menos jugar ni subirse en el mismo, hasta que un día le contó una historia conocida por muchos, que se había escrito en cuentos para niños. Una historia tan bonita como triste, pero muy educativa.      “Escucha con atención hijo, en un pequeño bosque crecían muchos árboles muy lindos, de varias especies, que en un momento de grandeza habían sido plantados por unos niños. Nunca se había visto de tal forma  aquel bosque  con tanto espécimen bello en pleno crecimiento. Pero junto a ellos, un viejo árbol, seco y con horrendas señales de quemaduras en su haber. Los otros árboles no escatimaban esfuerzo para ofender al viejo árbol con los más variados improperios, tan fuertes como injuriantes. Ya ni siquiera las aves anidaban en él. El viejo árbol, no obstante, de lo que su horripilante vida le ofrecía, también sentía la humillación a cada momento, de sus pequeños vecinos. Muy dolido contó lo siguiente:      _ Hace años, aquí en este bosque, había un gran árbol frondoso, muy hermoso. Nada ni nadie había hecho doblegar si quiera una de sus ramas. Solo sus hojas secas ya, caían porque ya no había otra alternativa. A  su alrededor, uno a uno fueron plantados otros árboles, quienes fueron asomando su verdor desde las entrañas mismas de  la tierra. En poco tiempo alrededor de aquel gran árbol, muchos crecían contentos, refugiados en su sombra, encantados con su belleza, y escuchando sus sabios consejos. Era aquello llamativo a la vista, capaz  de dominar la pasión y cautivar al artista.      Hasta que la mano criminal de un hombre incauto dejó crecer un intenso incendio que amenazó con destruirlo todo. El fuerte árbol cubrió con sus ramas a sus pequeños compañeros y poco después el fuego cesó, dejando a sus compañeros intactos, pero realizándose en el toda una destrucción. Es por eso que hoy en día, el medio de un tan lindo bosque, existe un árbol tan feo.       El escuchar el breve pero significante relato, todos los árboles sintieron pena  y sus conciencias le atormentaban. Para remediar en algo sus durezas, decidieron hablar con los pájaros, las abejas y muchos otros animales del bosque. Al día siguiente cuando despertó el bosque, el viejo árbol amaneció completamente cubierto de color. Un centenar de aves se habían posado en sus ramas, muchos trinares se dejaban escuchar. Las abejas revoloteaban también sobre él y todos los demás animales danzaban alrededor del gran héroe. El árbol nuevamente volvió a florecer y nunca jamás volvería a sentirse desolado y muerto.”      Desde el día  en que su padre le contó esa historia, Rigoberto sintió una gran admiración por todos los ancianos, y en especial por aquel viejo árbol a quien desde entonces trató con sumo cuidado y siempre permanecía largo rato a su pie, recordando y reflexionando sobre lo que del viejo árbol le había dicho su papá.      Así eran sus vidas, sublimes, reales y muy amenas. Sabía Andrés Eloy educar a su pequeño y cada hecho, por común que pereciera, inspiraba una historia  con la consiguiente moraleja, la que el niño asimilaba siempre y la ponía en  práctica. Enhorabuena.      Aquella mañana, padre e hijo  se dirigieron muy temprano como todos los domingos a misa. Era muy temprano, la iglesia apenas contaba con muy pocos feligreses, faltando todavía más o menos una hora para completar la grey y dar comienzo al sagrado culto católico.      Rigoberto sabía desde la más tierna edad, que Dios siempre está por sobre todas las cosas y que nunca debería desobedecerle. El temor a Dios es lo más primordial, por lo que al llegar a la casa del señor, sus travesuras deberían aguardar  y su cambio era completo. Se  podría decir, que ese niño sentado tan estrictamente callado, era otro niño, pero así era que tenía que comportarse y era así como se lo había educado su padre.       El padre Ignacio había llegado, a juzgar por el sonido del vehículo que  se estacionaba muy  cerca de allí. Pronto aparecería la figura bonachona del sacerdote y los pocos que allí estaban le saludaban muy vehementemente.      Era una iglesia modesta, por lo que acudía  solamente  la gente de los sitios circunvecinos, es decir dos urbanizaciones y unos cuantos barrios, pero la deliciosa majestad que ponía el padre Ignacio a cada una de sus enseñanzas y consejos lo hacían un sitio por demás acogedor.      Las paredes exteriores, no muy altas permitían ver observar su jardín, varios árboles florales le decoraban, un pequeño camino de concreto conducía hacia el portal que daba su entrada. Un largo pasillo rodeado de bancos cómodos y pulcramente pulidos, donde varias damas, con sus pañoletas rezaban un rosario, o elevaban alguna lisonja al ser supremo.      El altar era otra maravilla. Muchas gardenias y rosas estaban presentes decorándolo todo. Candelabros, copas y una gran Biblia completaban el ajuar. _ Hola hijo. ¿Cómo está ese pequeñín?- saludaba a Andrés Eloy  con tanto cariño como el que por él sentía desde que lo vio por primera vez. _ ¿Cómo está usted padre? Es un honor saludarle. _ Es un honor para Dios tenerlos en su casa, y tan temprano, ya lo vez, llegaron primero que yo. _  Bendición padre.- decía Rigoberto tumbándose abruptamente sobre el prelado, con otro tanto de amor. _ ¿Pero a quien tenemos aquí? Nada menos que a Rigoberto, el niño mas travieso de la parroquia. ¿Te estas portando bien? _ Sí padre, muy bien- contestaba como todo un adulto- _ Debes portarte bien, por que si no... _ A Dios no le gusta y me castiga. _ Ya veo que le enseñas muy bien los principios cristianos a tu niño, te felicito. _ Gracias a usted padre, que ha sabido ser nuestro guía. _ Es un placer hijo, es un verdadero placer, créeme. Ahora los dejo, ya voy a iniciar la misa.         Continuaban llamando a misa las campanas. _ Fieles a la recomendación de nuestro salvador y siguiendo sus enseñanzas nos atrevemos a decir: padre nuestro... esta vez no lograba  seguir la oración que nos enseñó Jesús, con el resto de la congregación como lo hacía todas las veces ya que sus recuerdos vinieron a él como llegan las olas a la orilla, de una manera inevitable y lógica.      “Vida mía, aquí, en ésta iglesia evoco tu presencia ante el creador, para decirte que mi amor por ti es para toda la vida. Si vieras como está de lindo nuestro hijo, si le miraras  como se está haciendo un hombrecito, correcto, cariñoso y tan obediente que tu orgullo allá en el cielo debe ser tan grande como el que yo siento. Como te extraño mi amor.      Al igual que yo, debe extrañar tu presencia, pero nunca he tenido el valor de hablarle de tu muerte, se sentiría hasta culpable si algún día se enterara. No se si hago mal, tal vez si, pero es que definitivamente no tengo valor, por lo que te dedico este pensamiento para que  me ayudes a tomar una decisión urgente.       María Elena, te amo, nunca más la felicidad llegará de manos de otra mujer. Fuiste y serás mi gran amor, ante Dios te lo prometo. Que bello está el niño, como ha crecido, si vieras como se pone de contento cuando viene conmigo a misa. Es  muy obediente y ama mucho a Dios como a ti te gustaría. Si estuvieras tú, mi universo sería colmado de felicidad, si no te hubieses marchitado, si no me hubieses dejado tan solo en este mundo al que solo mi hijo me hace aferrar. Si no desde cuando estuviera en tu compañía.  Que desgraciado  soy al no tenerte a mi lado”.      Un  grueso caudal de lágrimas rodaba por sus mejillas y empapaban todo su rostro, dándole una mueca de sufrimiento que  a la vista de todos no se podía ocultar, para que hacerlo. Sus lágrimas no las sentía gastadas en balde, eran dedicadas a ella, a su ternura, a su sencillez, a su inimaginable carisma. Eran lágrimas de amor derramadas con amor, de un hombre a quien le destrozo el alma la muerte y le dejó imposibilitado de sentir amor por alguna otra mujer como lo juró en la casa de Dios.      ¿Por quien escapan esas lágrimas tristes?, ¿Que tristeza alberga su alma?, ¿Que grandeza mide su pesar?, ¿Por quien son esas lágrimas?  – Esas lágrimas son por ti mi amor.      La muerte le supo herir, ella hizo a su alma deleznable ante el dolor, hizo para él un castigo draconiano, capaz de hacer que sus sufrimientos  fuesen infrangibles y permanecieran perpetuos. La muerte fue, desde que la conoció, su rival, de quien no pudo recuperar lo que le arrebató aquella noche  que se empecinó en ser imprecaria y lo logró.      “Acaso el amor es  un pecado, y de ser así, ¿Es que acaso yo no te inspiré compañía, que no fui el elegido, dama egoísta, que supiste desprender de su cuerpo su alma, de mi alma su vida y de nuestro hijo a su madre? ¿Por qué quisiste increpar con tanto empeño a mí y a mi hijo? ¿Qué no mereces acaso el odio de toda la humanidad?     Tal vez tuve yo la culpa  por no darte amor mío lo que mereciste, mucho era poco, pero al final de cuentas el amor solo no fue suficiente, y tu que no exigías mucho en la vida te conformaste con tan poco.             Tu corazón tan bello no sabía de lo material, solo el sentimiento tenía lugar y tus sentimientos te hicieron languidecer a la vida. Tu cuerpo físico no se alimentaba de amor como tu alma y apenas pudo mantener al niño en tu interior por el tiempo necesario, y se terminó todo, y heme aquí Dios mío, que mal me siento, que culpa tan grande tendré  que soportar hasta el final de mi vida. Perdóname Dios mío, perdóname María  Elena, perdóname Rigoberto, que me perdone el mundo entero, porque yo nunca me podré perdonar”.      Un Derviche que a viva voz expresaba su religión acompañado de un séquito de musulmanes a rendirle culto a su dios, pasaban a esa hora por allí, procurando sin éxito, interrumpir lo sagrado. El ensimismamiento del pensador cual Rodín imaginara, no logró percibir ni lo más mínimo, hasta que una voz  conocida le hizo reaccionar. _ Papá, no nos vamos a ir- Rigoberto besándole la mejilla a su padre, ignorando las actitudes que los adultos, muchas veces, dejamos que nos dominen. _ ¿Que? ¿Qué pasó con la misa? _ Ya  se terminó- Solo agregó el niño esperando que su padre reaccionara ante la realidad. Por su parte el padre Ignacio  ya sentado en un banco ubicado al lado del que ocupaba la pareja, le  miraba  tiernamente. _ Que tristeza hijo mío, acepta de una  vez por todas que lo ocurrido fue por que el Señor así lo dispuso, y lo que el Señor dispone debemos aceptarlo. Piensa que esa actitud, esa tristeza, lo que haces es transmitirla a tu hijo. Tienes un mundo por delante, tienes  a ese hijo que inicia su vida. Ustedes merecen la oportunidad de seguir en ella, no te sigas haciendo tanto daño, que también se lo haces a ella que debe sufrir mucho al sentirte así. ¿Qué hijo es feliz mientras  observa sufrir a su padre? Ve con Dios hijo mío.       Se levantaba y guiñaba un ojo a Andrés Eloy, quien le respondió solo con una sonrisa apenas perceptible, pero que cumplía su cometido.       Habiendo finalizado el sagrado culto el cual ni escuchó, se dirigieron por una larga avenida. Al niño le encantaban las largas caminatas, y ya muy pronto  se acercaban al barrio humilde donde la acostumbrada visita era esperada.      Un grupo de niños corrían alegremente cerro abajo, se detenían a mirar a Rigoberto y a su padre en silencio y continuaban su veloz carrera como si el mundo no existiera para ellos, con sus problemas que para ellos eran muchos. Así es el mundo para los niños, tan hermoso.      La casa modesta, a la que se podría acceder sin subir al cerro, estaba frente a ellos. Rigoberto mira a su padre y este haciéndole señas, le permitía  al niño tocar la puerta en su anuncio. _ ¿Quién es? – Contestaba una voz femenina desde el interior de la misma, indudablemente la de Felicita, lo que era indiscutible, delatando su origen. _ La policía secreta – Bromeaba Andrés Eloy. _ ¿Y que se le ofrece?- Continuaba desde dentro Felicita siguiendo la broma. _ Queremos hablar con ustedes, nos venimos a llevar a un muchachito que se llama Wilmer. _ Si se lo tienen que llevar a él, también tienen que llevarnos a todos. _ Si es así, nos los llevamos, pero por favor abran ya la puerta que queremos pasar.      La tardanza en abrir la puerta de la casa era que sin lugar a dudas, Felicita debería estar descolgando alguna hamaca, o recogiendo la sala de la casa, ya que por ser tan pequeña y con cinco integrantes en la familia, su capacidad resultaba insuficiente y había que improvisar para sentirse cómodos en ella.      Por fin se abrió la puerta  y ya Wilmer detrás de su madre se preparaba para iniciar un día de juegos y alegrías. Después de los saludos de rigor, los niños fundidos en un abrazo se dispusieron en el patio posterior de la casa y las  risas no se hicieron esperar, los traviesos niños iniciaban su diversión.             Al ver esto en los pequeñines, sus nobles sentimientos, sus excelsas inocencias, teniendo ahora para ellos la ayuda de Lázaro y Herminia aunado a la cómoda vivienda en que habitaban sin que significara que su amistad no siguiera prosperando, Andrés Eloy se sentía como el Ave Fénix, ya que se levantaba desde lo más profundo que su pena lo colocaba, inspirado en el amor de su hijo.     Una roca grande en medio del patio donde se colocaba una tabla de unos dos metros, y ya bastaba para hacerse balancear en aquel rudimentario juego. Donde la imaginación y la creatividad no le restaba importancia, sin envidiarle nada en lo más mínimo a un vídeo juego, a unos patines lineales, logrando que ambos soñaran de lo lindo, mientras ahora esta arriba, ya abajo, y se sucedía por largo rato hasta que cansado de la rutina, dejaban este juego para iniciar otro y continuar con la cadena de juegos  que pronosticaban nunca terminar, a no ser por la llegada de la hora de comer o de despedirse hasta la próxima ocasión que no estaba distante en el tiempo, salvo algunos días.      El instrumento llamado juego unía a esas  dos vidas donde se hace una amistad que pudiera ser eterna. Rigoberto y Wilmer, los dos hijos de los grandes amigos, se fundían en una sola persona gracias a la magia de la amistad. Que bello sería el mundo  si imitáramos la actitud de los niños. Si tomáramos al mundo por las riendas del amor y la amistad. Lamentablemente habría de esperar mucho tiempo para que esta realidad se pose sobre nosotros, si nosotros mismos así lo queremos.      Pasaban alegremente los años y los dos niños, estudiosos, adorables, muy llenos de fe, continuaban sus rumbos en la vida, tomados de las manos de una linda amistad.      Luego de servida la cena, la familia se reunía siempre en las afuera de la casa y platicaban de diversos temas. Los niños contaban las historias y aventuras  vividas en el colegio o bromeaban con chistes ya  narrados anteriormente, pero que causaban  risas por los ademanes utilizados para tal fin.      Pero aquella tarde no fue así, Wilmer, luego de constatar que su papá no había comprado el juguete que le había ofrecido, casi no quiso comer y se  fue a la cama antes de lo acostumbrado. Juancito y Minerva por su parte, culminaron de ayudar a Felicita en los quehaceres que en la cocina queda después de la cena y se dispusieron a dormir alrededor de las ocho de la noche. Ya llegadas las nueve, todos estaban acomodados y dispuestos a entregarse al sueño. Nicolás no había pronunciado palabras hasta el momento. Su ánimo al ras del suelo, no le facilitaba el poder hacerlo. _ Vieja. _ ¡Ah! _ ¿Ahora que vamos a hacer?- Hacía esta pregunta a sabiendas de que no tendría respuesta alguna. _ No se mijito, no se.      Nicolás reposaba en una hamaca, mientras que Felicita junto a Minerva y Wilmer, se había ubicado en la cama. Juan ocupaba otra hamaca también colgada en la única habitación de la casa. En la sala estaban presentes otros colgaderos, pero esta vez coincidieron todos, y allí estaban ocupando la habitación la familia entera. _ Nicolás. _ Que vieja- que era como siempre le llamaba. _ Eso que me dice que le consiguió el doctor, esa, esa... _ Hernia, vieja, hernia. _ Eso mismo. ¿Es muy peligroso? _ Yo no sé mi amor, lo que sí me dijo era que había que operarla, que no había más que hacer, y que podía también... como fue que dijo... esté... estrangularse. _ ¿Y que es eso? _ No sé, pero debe ser bien grave porque me dijo que tenía que andarle ligerito. _ ¿Y te vas a operar? _ Tendría que hacerlo, pero pa’ eso hay que tener real parejo y eso es precisamente lo que nos falta. _ Uy, Colás, y mientras tengas eso, nunca vas a conseguí trabajo en ninguna parte. _Ya pensaremos en algo vieja, ya vas a ver, vieja, vieja...      Ya Felicita no le escuchaba, Morfeo la había acogido en su seno y el resto de la familia había corrido igual suerte, y solo los ronquidos se dejaban fundir con el concierto de los grillos. Lejos, un perro pronunciaba su voz, quien sabe si por algún vecino quien le provocaba, otro perro con el que se comunicaba, o tal vez tratando de alejar a uno de sus eternos enemigos.       Solo Nicolás permanecía despierto, y pensaba en sus hijos y su esposa, esas personas que lo hacían muy feliz. Pensaba en la carita de tristeza que Wilmer dio a la luz al ver que no le había cumplido la promesa. Pensaba también en lo bueno y bondadoso que Andrés Eloy, su amigo incondicional había sido con su familia, y sobre todo los muy buenos amigos que eran Wilmer y Rigoberto. Todos esos elementos hacían feliz su existencia, y le elevaban el ánimo que muy por el suelo estaba situado.       Pero también pensaba en lo inseguro que se sentía al no contar con algún trabajo, y le apesadumbraba el recordar que su mujer tendría que seguir lavando ropa ajena para lograr el sustento de la familia. Fueron largas las horas que transcurrieron antes de que lograra conciliar el sueño. Cuando abrió los ojos la claridad que penetraba le turbó la mirada, era ya de día. No supo a que hora se quedaría dormido, los problemas que le asechaban habían tenido dominio sobre su control del tiempo. _  Bendición paíto- Dijeron el trío al unísono. _ Que Dios me los bendiga mis muchachos. Felicita, Felicita... _ ¡Qué... ¡ _ Que es eso de que no me despertaste temprano. _  Es que te vi tan dormiíto, que me dio lástima despertarte. _ Paíto.- Corrió hacia su padre, Wilmer, y subiéndose en la hamaca en la cual aún continuaba Nicolás, le cubrió todo el rostro de tiernos besos. Que regalo del amor para comenzar el día- Hoy me tiene que llevar pa ’la casa de Rigoberto. _ Verdad, se me había olvidado, Andrés Eloy me debe estar esperando- Decía mientras como un rayo saltaba de la hamaca y poniéndose las cholas, corría al baño. _ Felicita, vieja, anda vistiendo al muchacho y le das su desayuno-  Gritaba desde el baño. _ Ya esos muchachos comieron Colás, y si no te diste cuenta, Wilmer ya está listo, no más te está esperando. _ Bueno ya casi toy listo. _ Que bueno, voy a pasar el día en la casa de Rigoberto, que bueno- Decía el niño lleno de regocijo y presuroso a comenzar otro día de travesuras.      Momentos después, padre e hijo se dirigían a lo que sería una linda posada para Wilmer las siguientes  horas. Por su parte Rigoberto que se había levantado más temprano que de costumbre, había dispuesto muy bien el patio de su casa, para acoger a su amigo y ambos entregarse al entretenimiento sin contratiempo alguno.      Muy cerca de la mansión de Lázaro y Herminia había una pequeña casa  muy modesta como acogedora, que don Ignacio o don Nacho como le decían los más allegados, había recibido como parte de pago por la negociación de un lote de reses, y que le había alquilado a una pareja de ancianos a  quienes sus ingratos hijos los habían dejado solos. A la muerte de la viejecita, el esposo cargando mil kilos de dolor, se albergó en un asilo para no hacer algo monstruoso por temor a que Dios no lo llevara al lado de ella, y allí esperar sus últimos días, por lo que no creyó Lázaro mejor oportunidad que ofrecerla a su orgulloso hermano, para que aceptara permanecer cerca de ellos.      Allí estaba, sus paredes tan flavos, hacían juego con el dorado de los protectores de puertas y ventanas. Era una casa vieja, pero arreglada muy delicadamente, el punto más  sobresaliente eran los dinteles coloniales que le daban un aire majestuoso, ya que era muy linda. Sus motivos como aquellas casonas coloniales que han ocupado un sitial muy importante en nuestra historia, sobre todo, aquella tan famosa que tiene las ventanas de hierro.      A la entrada, una sala amplia, en cuyo poder, unos bellos muebles tapizados en telas suaves floreadas, hacían juego con unas plantas estupendas que  estaban colocadas a todo lo largo de dicho lugar y daban un inigualable ambiente  natural al recinto. La decoración con plantas era la adoración de Andrés Eloy. Se dice que mayormente son las mujeres las que dominan cuando de decoración se trata, pero fue él quien decoró la casa con la idea de hacer de ella un ensueño. Solos los dos, hacían de su hábitat lo más agradable posible y así lo disfrutaban a lo máximo.      Después de la sala, y separado por un largo pasillo, dos habitaciones, una al lado de la otra, recibían  en su interior a quien tuviera el honor de ser albergado. Frente a las alcobas, la cocina y el comedor, fundidos en uno solo estaban muy bien equipados y daban la bienvenida a los embajadores del arte culinario. Una mesa ovalada, de material niquelado cubierta por un grueso vidrio oscuro resistente a los golpes, invitaba a deglutir los más ricos manjares que allí eran llevados a cabo.      La sala de baño, según el refinado gusto de Andrés Eloy, era lo más encantador de la casa. Era completamente cubierto de una cerámica con motivos alusivos a figuras geométricas  en un delicado color beige, que instaban al tacto  y que al contacto con el
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