Una vieja vitrina ocupaba un sitial de honor en la sala. En su interior, un sin fin de retratos lo tapizaban todo. Viejos retratos, la mayoría a blanco y n***o. Retratos de todos los miembros de la familia, de muchas generaciones. Hasta de algunos animales y de los primeros carros del patrimonio familiar. Unos pasos más y allí estaba la cocina con su eterno fogón, donde se esperaba por el chivo que ya era degollado en el patio, y que la cocinera, la vieja Nicolasa, preparaba como solo ella sabía hacerlo. Una vieja tinaja daba la impresión de que había estado allí por siempre y que seguiría estándolo. Posteriormente las habitaciones con sus camas que nos hacía descansar después de un largo día de tantas travesuras. Pieles de varios ofidios formaban un tapiz en una de las paredes de una de ellas y hasta la de un pequeño felino. Algunas plumas también permanecían como decoración y los viejos baúles que siempre quise saber que contenían, pero que siempre estaban bajo llave. Nunca supe que contenían ni tampoco quien tendría guardadas esas llaves.
Era muy bonito el patio interior. El piso cubierto de antiguas lozas rojas donde había una en que se leía la fecha de 1876. Muchas veces me acostaba sobre su calidez hasta quedarme dormido y mi querido Ibrahím me llevaba en sus brazos hasta la cama donde Lázaro ya esperaba por mí. También llega hasta mis recuerdos, la pequeña laguna en donde aparecían las más singulares criaturas, formando un gran carnaval de vida, donde el croar de las ranas aunados a los cantos de las aves nocturnas, la transformaban en un sub – mundo, para hacer que tanto Lázaro como yo permaneciéramos horas enteras mirando sus aguas y a sus habitantes.
El ataúd como de costumbre lo hacían sus familiares más cercanos, en ese caso Asdrúbal y Lorenzo, sus hijos mayores ya entrados en años. Yo corrí hacia la laguna y acompañado de mi llanto no quise escuchar el golpe del martillo sobre la madera, ya que no fue hasta que papá llegó que comenzaron a hacerlo. No quería escuchar el sonido que significaba que mi pobre viejo quedaría atrapado por siempre en un pequeño cajón de madera, y que no lo volvería a ver. Ese sonido taladraba mis sentidos así como aquellos quejidos de dolor que proferiste aquella vez en que te despediste de nosotros para nunca más volver.
Cuando llegué a orillas de la laguna para escapar de lo que mis ojos no querían ver, allí estaba mi hermano Lázaro que también quiso hacer lo que yo, llorando amargamente como también lo hacía yo, y nos perdimos en uno de esos abrazos con los que nos dimos felicitaciones muchas veces, y con los que nos uníamos en alguna pena como la de la muerte de Ibrahím, y como ahora que sufrimos por lo que la vida nos quita.
Se lo llevaron en hombros de sus amigos y familiares, cortejo que iba encabezado por mi padre y al que no quise acudir para no darle un adiós a quien nunca se iría de mí. La casa luego quedó vacía, nadie hablaba, las palabras estaban de más, y esa noche en silencio, todos acudimos a dormir temprano. Los becerros mamaron mucho al día siguiente, ya que el ordeño no se realizó durante algunos días. El duelo no permitía que nadie hiciera nada, así lo dispuso papá.
Nos quedamos el resto de la semana en la casona, y mi padre notoriamente afligido, pues lo unía un fuerte lazo de amistad con la familia de Ibrahím, les hizo varias visitas para demostrar ese pesar que no podía disimular bajo la recia mirada y el altivo semblante.
Fue mi primer contacto con la muerte y hasta entonces nunca sospeche que su sabor tan amargo dejara una huella eterna. Desde ese entonces respeté la vida y la quise mucho. No me gustó más matar animalitos del monte como solía hacerlo con mi “tira – tira” ya que era más lindo verlos abrazar a la naturaleza que derramaran su sangre por una travesura mía, enseñanza post – mortem de mi querido viejo. Desde ese día la cacería dejó de tener importancia para mí, comprendí entonces la belleza de la vida, su magia, el respeto hacia el prójimo, el comprender que por mucho poder que se tenga no somos dueños de las vidas ajenas, ni siquiera de la nuestra cuando decimos que hacemos con nuestra vida los que nos dé la gana, cuando deberíamos entonces decir que haremos lo que el señor nos permita y con lo cual obtendríamos ese tesoro hermoso como lo es la gloria.
El tiempo con su enorme poder hizo, no que olvidara a Ibrahím porque hasta el momento no lo he olvidado y estoy seguro que nunca lo olvidaré, pero comprendí que la vida continúa y que como es lógico debemos también continuar en ella. El encanto de mi pueblo siguió provocando en mí, miles de sueños y fantasías memorables por siempre, y aunque papá puso en venta las propiedades en nuestro estado natal para realizar algunas inversiones en la capital, procuré viajar en cuanto la ocasión lo permitía hacia mi pueblo hasta que solo quedó en mis recuerdos. El lindo pueblo nunca dejará de existir, mi memoria es dueña de sus encantos y ellos, esos encantos sin límites se apoderaron de mi vida”.
El trampolín de los recuerdos de Andrés Eloy siguió haciendo su juego de presentar hasta él, infinidades de los mismos, éstos los disfrutaba o lamentaba según era el caso que le tocara revivir. Llegaron a su mente más recuerdos, vio a un ave volar, así como lo hacían sus pensamientos. El antiguo reloj denotaba el tiempo, la población de la casa dormía ya.
“La feria del pueblo comenzaría dentro de poco y papá con el mejor ganado de exposición ostentaba los mejores premios. Blanquita y Teresa, las vacas lecheras no tenían opositoras algunas. Dos premios más para la colección. Allí estaba don Manuel siempre con nosotros, mamá se quedó en casa compartiendo con sus amigas, negándose como siempre a presenciar esos eventos. Mi padre, mi adorado y gran señor. Me sentía muy orgulloso de estar siempre a su lado, él también me dijo que se sentía orgulloso de tenernos como hijos, hasta que mamá le ordenó que me hiciera a un lado en sus vidas cuando les confesé que me había enamorado de ti mi amor.
Recuerdo ahora como si hubiera ocurrido hace poco, aquel niño de la casa más grande del pueblo, hijo de los más adinerados habitantes del mismo, lo que me inspiró a escribir una pequeña historia en su nombre, porque tampoco lo olvidaré nunca.
“El trencillo recorría velozmente la pista, con su silbato constante y persistente. Cada vuelta que daba tardaba alrededor de dos minutos. Encendía constantemente unas luces que centelleaban de varios colores. El gran ruido se escuchaba en toda la habitación, se filtraba por entre las paredes forradas de colcho y se hacía presente en la sala de baile, en el salón de billar y en la sala de las visitas, donde la madre, una señora muy bien arreglada tocaba muy melodiosamente el piano.
Aquel trencillo era el preferido, el más grande de los que tenía, regalos de su padre, además de las pistas de autos de carrera, tan grandes y sofisticados que parecían un sueño, con todos los ruidos de una real. Una tropa d infantería completa, con soldaditos hermosos que hacían guerra entre ellos. Poseía también buques, barcos y submarinos. Osos de felpa pendían del techo, patines, patinetas y hasta un carro eléctrico existía, el cual nunca podía correr por la habitación ya que estaba atestada de juguetes por doquier.
Sus bicicletas eran lindas, muy lindas y estaban valoradas en una pequeña fortuna, estaban intactas, nunca les había dado uso. No había aprendido a usarlas, o más bien, nunca nadie le enseñó. En medio de aquella selva de juguetes, revistas infantiles, ropas y platillos a medio comer en quienes caminaban muy rápidas y asustadas varias hormigas, completaban el ajuar, además de una gran cama y varias mesitas de noche con sus respectivas lámparas en forma de oso.
El niño en cuestión, hacía poco que había terminado la clase de ingles que el profesor subía a explicarle directamente en su habitación y reposaba su mente de esa forma, haciendo andar el trencillo con tan solo movilizar uno de sus dedos. Pronto se cansó del juego y tiró el control remoto hacia un lado. Ese sitio sería la más grande hazaña para cualquier niño, pero no para él. Se trasladó lentamente hacia la ventana y miró hacia la calle, y su mirada quedó fija en algo que le impresionó. Un niño humilde de los tantos que habitan en nuestra sociedad actual, retozaba junto a su padre, en la plaza del pueblo, cercana a la gran residencia. Sus risas no las escuchaba, pero las imaginaba. Un caballito de madera deteriorado por el constante uso era su juguete. La felicidad se hacía presente en aquella pareja. Padre e hijo se suponía, entregados a la diversión corrían por todo el sitio, se abrazaban, se unían en besos de amor. El niño pensó en su padre, al que veía muy poco ya que siempre estaba de viaje y que de negocios, también pensó en su madre a quien solo veía pocas veces, pensó en la falta de amor de ambos. Miró sus grandiosos juguetes, los cuales no lo hacían feliz. Lloró mucho, lloró de rabia al ver la silla de ruedas sobre la que estaba desde que era muy chico, al ver sus delgadas piernas a las que nunca había podido mover”.
Ese es el recuerdo que permanece en mí de aquel niño que siempre llevaban a la feria en una silla de ruedas, y a quien nunca logré ver sonreír. Cada situación de mi vida, todo lo que presenciaba, producía en mí una inspiración, la cual dejaba plasmado bajo el poder de la escritura. Algún día escribiré la historia de mi vida, pero en ella tú no morirás jamás, tu perpetuidad será mi subsistencia. Que gratificante es recordar los momentos bonitos, ya que al recordarlos ellos nos motivan a querer recordar más, porque mi vida sin tus recuerdos no sería vida, porque yo te recuerdo vida, porque yo te amo. Todas esas épocas memorables de mi infancia y juventud quedaron plasmadas eternamente con la dulzura que cubre con sus encantos mágicos, que al recordarlas revivo porque no me queda más que querer inmensamente a mi hijo y recordar la deslumbrante felicidad que fue mi vida a tu lado mi amor”.
Andrés Eloy cerró fuertemente los ojos, el cansancio y el sueño hicieron que cesara sus recuerdos y se dirigió a la habitación a dormir para soñar con lo que no pudo recordar.
Faltaba muy poco para que el sol se ocultase ya y el bullicio total se había apoderado completamente de la casa, resaltando suaves melodías infantiles que entonaban un grupo de payasitas. En la sala de fiesta se había aglomerado un nutrido grupo de niños, quienes jugaban, bailaban, corrían y se divertían mucho entre ellos, mientras sus acompañantes adultos se deleitaban con algún bocadillo preparado con mucho esmero para la ocasión a su vez que miraban a los niños mientras las más variadas conversaciones eran llevadas a cabo.
El centro de toda aquella algarabía era el travieso niño que jugueteaba y corría en un interminable gesto de travesura que delataba la tierna edad que poseía, era el alma misma de la celebración, el epicentro de aquel sismo de alegría que se había activado en aquella casa y ponía el punto dorado en la fiesta.
Era de admirar el gran poder de seducción paternal que Andrés Eloy demostraba y obsequiaba a su hijo, quien llegaba para regocijo de su padre, a la edad de seis años ese día. Estos, compartidos muy amorosamente con quienes desde un principio le demostraron tan fervientes muestras de adoración.
El enorme salón de fiesta estaba fielmente decorado para tan significativa ocasión y todos se sentían muy a gusto en él. Era de un espacio amplio y muy ventilado, cuyas enormes ventanas permitían la suficiente claridad que lo invadía todo y que le procuraba un toque de naturalidad a la celebración.
Las mesas decoradas con lindos manteles azul cielo y cuyas cómodas sillas también cubiertas por el mismo color, permitían a sus ocupantes sentirse de una manera agradable y porque no decirlo, de una manera feliz.
Bella ocasión para Rigoberto quien de ese modo, daba un gran paso en su menuda vida, que aunque corta, había tenido tantos placeres, tanta armonía, contradictorio esto al momento que le procuró el nacer, que siempre sería relacionado con la muerte de su madre, ya que se celebraría su cumpleaños a la vez que se recordaría el día de la muerte ella, inolvidable ocasión, así lo sentiría para toda su vida.
Al cumplir seis años comenzaba también para Rigoberto una etapa que marcaría por siempre sus vidas, es decir, comenzaban sus primeras enseñanzas. La estridente música que en el salón de bailes invitaba por supuesto a bailar, había logrado su cometido. Un gran grupo de niños se contorsionaban al ritmo de ésta, mientras otro grupo aún más grande, ensordecían a los presentes cantando a gritos, la canción que a su vez se dejaba escuchar.
“Cuando se mira a un hijo, este, al sentirse feliz irradia un gran rayo de felicidad que hace feliz a quien le mira. El padre que mira feliz a su hijo, que se apodera de su felicidad, siente un gran poder interno que carece de nombre y a la vez los tiene todos. Orgullo, amor, ternura, dicha. Sensaciones estas que siento yo, que las he sentido desde tu llegada y que sentiré por siempre, hijo de mi existencia. Eres lo más grandioso para mí, lo más grande nuestro señor que es tan bondadoso, me lo obsequió con tu nacimiento. Te amo tanto hijo mío.”
Transcurridas ya algunas horas en las que el nutrido grupo de pequeñines departía muy alegre y divertido, llegó el momento esperado para todos, el momento en que se disputaba el honor y la proeza de tumbar la piñata. El honor que engalana el poder disfrutar de este éxtasis divino para cualquier niño, pero que para Rigoberto, el consentido y mimado anfitrión, era aún mucho más. Era la gloria misma, el paraíso total, el ser feliz. Para Rigoberto, poder tumbar la piñata era toda su vida en ese día de su cumpleaños. Pero antes, algunos invitados deberían probar suerte, y él ansioso, esperaba que al llegar su turno nadie la hubiese tocado, como en efecto ocurrió.
La figura de un canario, su ave preferida, esa era su piñata. Dentro, los mas variados juguetes y golosinas eran contenidos, amen de la gran gama de confites, papelillos y todas esas delicias que se aglomeran en el interior de una piñata y que todo niño quiere ser “el que más agarre.”
Daniel, un pequeño de cinco años, fue el primero en probar suerte, luego de ser privado momentáneamente de su visión, mediante un seguro vendaje, y darle varias vueltas sobre sí, quedó preparado para iniciar el rito. Andrés Eloy manteniendo el extremo libre de la soga que sujetaba a la piñata, daba inicio al constante subir y bajar del gran canario repleto y Daniel comenzaba a tratar de golpearla en vano. Un pequeño trozo de madera cubierto de un hermoso papel de seda azul servía para tal fin. Sus lanzamientos a diestra y siniestra provocaban la gran algarabía. Los gritos y las risas se confundían entre sí. La gran piñata se balanceaba sin ser tocada. Pronto terminó para Daniel su tiempo reglamentario y la piñata era virgen de cualquier daño. El turno era para Raúl, el hijo de un amigo de Herminia que había viajado con sus padres expresamente para tan importante acontecimiento. Después de los preparativos de rigor intentó también en vano, tumbar la piñata. Mientras ocurría esto, Rigoberto miraba detenida y largamente hacia el jardín quedando fijo esa mirada hacia un punto determinado y de pronto corrió hacia los balaustres de la lujosa residencia donde un niño de aspecto humilde observaba sin moverse la divertida escena.
Fueron dos los meses durante los cuales habían sido llevados a cabo los preparativos de aquel agasajo y cada detalle había sido cuidadosamente guardado por encargo de Herminia a través de gente profesional en el ramo. Una prestigiosa agencia de festejos salió favorecida, ya que la inversión era considerable. Cada uno de los invitados era dueño de una especial tarjeta con la cual se les hacía invitación a la fiesta. Lázaro y Herminia habían tenido cuidadosa discreción al momento de escoger los invitados: “Deberán ser gentes muy distinguidas” les escuchaba decir Andrés Eloy a cada instante, cosa claro está, con lo que nunca estuvo de acuerdo, pero en vista de la motivación de que era dueño el niño, terminó por aceptarlo, y así se hizo.
Todo quedó divinamente preparado y el gran día llegó, con el que también hicieron su aparición un sin fin de obsequios que llenaron mucho más de emoción al ya contento travieso. Rigoberto con un orgullo innato, quiso que también asistieran los niños que día a día compartían con él, sus amiguitos del colegio. Quiso el agasajado que aquel niño, que si bien no compartía los momentos escolares, había prácticamente iniciado en él, ese sentimiento de amistad que cada persona siente desde la más tierna edad, asistiera también a su fiesta. Se trataba de Wilmer. Su compañerito, hijo de Nicolás y de Felicita, y quien nació siete meses después de que él lo hizo, ya que cuando Andrés Eloy y Rigoberto pernoctaron en su casa cuando la muerte de María Elena, Felicita estaba encinta, para aumentar a tres la descendencia formada ahora por Minerva, Juan y ahora Wilmer, el más pequeño de los tres, con quien desde que su padre lo llevó por primera vez de visita a la modesta casa de la humilde familia, le unía una amistad que con el tiempo se fue nutriendo de ese valor que le da una buena amistad a la vida.
Ese sentimiento noble que es la amistad lo había descubierto Rigoberto al lado de Wilmer, y cada vez que Andrés Eloy lo llevaba de visita a casa de Nicolás, todos los momentos dichosos de la vida eran para ambos. Era de encantar como corrían los dos niñitos retozando por el solar de la casa, ya que en muy pocas oportunidades llevaba a sus amigos a la gran casa de su hermano, por no decir nunca, pensando que a su modo de ver las cosas, no les agradaría ver gente pobre caminando por tan impecable inmueble y mucho menos descubrir a un pequeño pobre correr por los tan hermosos jardines, trayendo a colación los momentos en que su madre criticó duramente la presencia de Nicolás en su casa. Tanto Andrés Eloy como Rigoberto no pensaban de igual manera y para el niño la bella amistad con Wilmer era muy importante. De igual manera como aún perduraba ese gran sentimiento con sus padres que con el pasar de los años se había vuelto más sólido y con una importancia tal para ellos, que de no existir el amor y la amistad según se comprobaba con sus ejemplos, este mundo, como mundo, como aglomeración de personas, como esperanzador de mañanas, no tendría ningún valor.
Rigoberto le había pedido a su padre que su amiguito pudiera asistir a su cumpleaños, a lo cuál éste había accedido. El problema se presentaba cuando se lo comunicaran a Herminia. Aunque pobres, cualidad inevitable en muchas, muchísimas personas, aquella familia era feliz, aunque una felicidad muchas veces resquebrajada por las limitaciones de las que eran víctimas. Unidos, como todos deberíamos ser, con una gran fe en Dios, por los que las limitaciones no dejaban de ser solo eso, y eran superadas heroicamente con el trabajo constante aunque duro de Nicolás y Felicita, para lograr la superación del cuadro familiar.
No todo lo es la riqueza y no toda la riqueza se perfecciona y se crece mediante el dinero. Esta familia había demostrado que la riqueza humana, esa que nos hace grandiosos, se forja mediante la unión y la fe en Dios, en ese gran amor que cada integrante de la familia sentía y demostraba por los demás miembros, y esa constancia con que Nicolás procuraba a cada situación que se presentaba, por más difícil que pareciera y también con ese placer que la familia toda sentía al saber que a nadie perjudicaban, y que sus trabajos importantes, beneficiaban a muchas personas, placer éste que le hizo conocer a ese buen muchacho que significaba ahora y siempre, un inmejorable amigo.
Fueron muchas las oportunidades en que Rigoberto y Wilmer se reunían, bien sea en la casa de Nicolás, o en la Andrés Eloy, para permanecer largas horas entretenidos en los diversos juegos en los que ambos participaban y con los que se divertían a montones. En ese mundo de los dos solo el divertirse era lo primordial y ellos lo lograban como quien le desprende la cáscara a la mandarina. Y era muy recreador verlos divertirse, que al ser espectador perecía que se estaba participando en la faena. Como compartían ambos niños la alegría de un parque, el correr sin avanzar en las huidizas dunas de los médanos, cuyas arenas, agitadas por la brisa, abrazaba a quienes osaban penetrar en sus dominios. Las tenebrosas noches de monstruos y fantasmas en el campamento que hacían en el jardín de la casa de Andrés Eloy.
Compartían así mismo las húmedas arenas de la playa empapados por el sol que dora las pieles, dándoles un tibio color a sus dueños. De igual forma eran inmensamente felices cuando corrían calle abajo por el barrio en sendos carritos de “Rolineras” que Nicolás y Andrés Eloy fabricaban muy entusiastas para colmar a sus pequeños de las más grandes satisfacciones, los juegos. Provocaba ver sus caritas risueñas mientras esperaban sentados en el quicio del cuarto de la casa mientras ambos amigos acababan su trabajo, y primeramente, al concluirlos, ambos los dejaban rodar a manera de ensayo, aprobando el resultado final. Luego Wilmer tomaba posesión del suyo mientras Rigoberto empujaba con las fuerzas que su pequeño cuerpo le proporcionaba y a los pocos instantes gracias a la fuerza de la gravedad, se deslizaban como unos bólidos por la pendiente.
Cada uno sobre su máquina, ya que Rigoberto, tan pronto Wilmer se defendía solo, literalmente volaba en busca de su carrito y dándole impulso, se instalaba y ya pronto se igualaba a su amigo para ser en ocasiones el primero en llegar a la meta que se habían trazado, y nuevamente subían cual bacalao a cuesta a iniciar nuevamente el recorrido, siempre con el mismo resultado, una competencia ganaba uno, en otra, el otro. Pero nunca se caía en la monotonía, y de no ser porque sus padres prácticamente les obligaban a abandonar el juego, debido a que era ya el momento de la cena, ellos permanecerían horas eternas en el mismo ir y venir, bello producto de la inocencia.
Esos muchos amigos que sus tíos le procuraban, nunca habían hecho sentir a Rigoberto lo que sentía al estar con un verdadero compañero de travesuras, esos compañeros que cuando niños todos tenemos y que queremos que sean nuestros amigos para toda la vida, con los que imaginamos nuestras vidas de adultos compartiendo momentos, siendo vecinos y hasta también nos imaginamos igualmente a nuestros hijos de amigos.
“Así como los recuerdos llegan ahora, las imágenes de los amigos de juventud, grandes amigos, únicos, con los que compartí sueños, alegrías, planes y también frustraciones, Dios los haya recibido en la gloria. Uno, amigo desde niño, el cual por ser mayor daba sabios consejos e íbamos juntos al cine, a una verbena, en fin íbamos juntos a todas partes disfrutando de una gran amistad. El otro conociéndolo ya siendo adolescentes también brindaba palabras de apoyo, se compartían anécdotas de lo más bello que existe, la mujer, y se disfrutaba de las románticas melodías de los Beatles y las movidas notas del Queen. A ambos la vida se los llevó del lado de un gran amigo. Se encargaron de ello, una gran descarga eléctrica y una potente peritonitis”.
_ Hola Wilmer- decía Rigoberto mientras abría la pequeña puerta que había en el portal.
_ Yo, yo... – solo atinaba a decir el pobre de Wilmer todo apenado al ver aquel caserón y aquel montón de niños desconocidos.
_ Pasa Wilmer, que la fiesta empezó hace tiempo, ¿porque no habías venido? ¿No te dejaban venir tus papás? Ya están tumbando la piñata, ven para que tú le pegues bien duro.
_ Vamos que no se me va a escapar.- Wilmer había tumbado varias piñatas y quería probar suerte en la de su amigo, pero le daba pena pasar a ese mundo desconocido para él.
_ ¿Vas a pasar o no?
_ Vamos, ¿quien dijo miedo?
Un gran silencio cubrió todo el gran salón de fiestas. Las risas dejaron de escucharse, la música ya no llegaba a los oídos. Una tonelada de silencio se dejó caer sobre cada uno de los asistentes a la fiesta. La piñata dejó de subir y bajar repentinamente y todas las miradas se dirigieron instintivamente hacia el recién llegado. Nadie decía nada, solo le miraban, sobre todo Herminia quien no daba crédito a lo observado, el silencio lo decía todo, ¿Acaso había que agregar palabras?, no, era evidente la gran osadía de un pobre en penetrar en un gran imperio y querer compartir con los imperiales, Aunque se tratara solamente de inocentes niños que deberían estar ajenos a esas mezquindades de los adultos, que levantamos tantas veces y en los más variados lugares, murallas gigantescas que nos clasifican según el se tenga o no, dinero.
¿Pero como se le va a ocurrir a un niño pobre compartir una fiesta de cumpleaños en la casa de millonarios? A Rigoberto le parecía lo más natural del mundo y quería que se respetara su voluntad, él quería que su amigo le acompañara, tenía más derechos que todos lo que estaban allí, pues era el único amiguito, los demás eran hijos de los amigos de sus tíos, pero no los conocía. Tenía derecho de exigir algo así, pues era su fiesta, entonces ¿Quien querría celebrar de esa manera?
Poco a poco se fue rompiendo el silencio y los más inverosímiles rumores se dejaron escuchar de todos los lados. Miradas de asombro, murmullos de sorpresa. ¿Qué excusa se les iba a dar a los ilustres invitados? Al cabo de unos minutos toda el aérea, antes llena de alegrías, risas, aplausos y entusiasmos; estaba cubierta totalmente de murmullos, exclamaciones de sorpresas y las más inexplicables muecas de incredulidad ante lo observado. Fue Herminia quien rompió el silencio, iniciando nuevamente el tráfico de palabras en aquella casa.
_ Rigoberto por favor ven conmigo ¿sí? _ Mientras le tomaba tiernamente de la mano y trataba de apartarlo hacia el salón contiguo, para de esa forma, poder platicar libremente con el niño.
_ Tía, no ves que ya me toca a mí- respondía a todas estas Rigoberto sin entender el gran revuelco que sin querer había propiciado- Ahora si van a ver que yo si tumbo la piñata.- Hablaba mientras era casi arrastrado por su tía hacia el interior del salón. Habiéndolo sentado en una mecedora, Herminia se dirigió a él de una manera muy sutil para así tratar de hacerse entender de la mejor manera posible, y evitar herir los sentimientos de la criatura.
_ Mira Rigoberto, quiero que prestes atención a lo que te voy a decir para que puedas entender. El niño que acaba de llegar no se puede quedar, tienen que irse, tiene... – fue interrumpida bruscamente por el niño olvidando así todas aquellas normas de cortesía que le habían enseñado desde pequeño.
_ No, tía, Wilmer no se va, yo quiero que se quede en mi fiesta, mi papá me lo prometió el otro día cuando le pedí que dejara que Wilmer viniera.
_ Escúchame bien mi vida, yo se que es tu amiguito, pero eso es allá en el parque, en su casa, o que se yo, en cualquier otro sitio, pero aquí en la casa es distinto, aquí están todos tus verdaderos amigos, todos ellos, que vinieron a compartir contigo en este día tan especial. Con ellos es que tienes que jugar hoy día, por eso él no puede estar aquí, entiéndeme por lo que tu más quieras por favor- a pesar de la dulzura de la mujer, de lo comprensible que pudiera resultar, de lo sincera y buena, no escapaba de la magia que produce el dinero, en hacerlos alérgicos a todo lo que no esté tapizado en él.
_ Yo no quiero que se vaya tía, él es mi amiguito y mi papá me dijo que iba a venir. ¿Por qué no quieres que se quede?
_ Pero hijo, no puede quedarse, no puede... – fue interrumpida tajantemente, pero ésta vez por el propio Andrés Eloy quien había escuchado la increíble conversación llena de palabras sin sentido, provenientes de una persona tan ligada a él.
_ Claro que si se puede quedar, claro que se va a quedar Herminia.
_ ¿Verdad que sí papá? ¿Verdad que Wilmer puede quedarse? ¿Verdad?
_ Pero por supuesto que sí mi hijo, claro que puede estar, esta es tu fiesta y él es tu amigo, desde luego que se queda.- decía esto sin dejar de observar a la dama, que incrédula también le miraba en silencio.