Habiendo quedado a solas, Lázaro insistió paulatinamente, casi hasta el ruego, tratando de convencer a su hermano de que se quedara a vivir en la gran vivienda, a lo que solamente recibía negativas. Sólo quería Andrés Eloy que su hermano le apoyara moralmente para lograr el valor necesario de poder enfrentar lo que hasta ahora le parecía y le resultaba demasiado difícil.
_ Míralo desde este punto hermano. ¿Dónde vas a dejar al niño mientras vas a trabajar? Entiendes el porqué deberías quedarte en la casa, o es que quieres seguir pasando más penurias. Hazlo por ese niño, no creo que merezca vivir pasando necesidades si se pueden evitar.
_ Bueno en eso tienes razón- mientras Andrés Eloy hablaba, su hermano caminó hacia el final del corredor que daba hacia un bar, sirviéndose él mismo un trago y llevando otro que con agrado le ofreció- Es necesario que consiga un sitio para vivir, no quiero seguir poniendo en apuros a Nicolás, ellos tienen ya bastante con sus propios problemas para llevarle yo los míos. Necesito tener un trabajo, ahora quisiera saber cual y donde.
_ Te das cuenta, me das la razón. Ya está resuelto el asunto. Te quedas en mi casa, a no ser que no te parezca adecuado este sitio. ¿No crees que mi mujer te lo pueda cuidar?, apuesto que lo haría como la mejor madre del mundo, y mira que de eso tiene muchas ganas, de ser madre.
_ Pero Lázaro, entiéndeme por favor...
_ Yo te entiendo, quieres valerte por ti mismo ¿no es así?
_ Claro.
_ ¿Y quien te dijo que no lo harás?, Pero para hacerlo no necesariamente tienes que hacer que tu hijo viva mal, si puede vivir como un Palacios se lo merece. Si no quieres pensar en ti, hazlo en ese inocente por lo menos.
_ Desde que papá y mamá me pidieron que me fuera de la casa no he sabido más que valerme por mi mismo, pero con el niño se me hace difícil, ¿Cómo lo dejo sólo?
_ Bueno, que no se hable más del asunto, te quedas en esta casa.
_ No lo tomes tan a la ligera, todavía no te he dicho que me voy a quedar en esta casa.
_ ¿Entonces tienes una idea mejor? Hermano, dame el gusto de estar a tu lado después de tantos años. No insistas en alejarte de nuevo, deja que te tenga conmigo, deja que tu hijo sea feliz, que no le falte nada.
_ Es que me gustaría buscar algo más sencillo, no creo que me merezca tanto lujo después de quedar desheredado.
_ Yo no te he desheredado, lo hicieron nuestros padres, así que no digas nada de eso.
_ Insisto en que me gustaría algo más módico, más sencillo.
_ Que necesidad tienes de eso, mi casa es tuya también aunque no lo quieras aceptar. Es nuestra herencia.
_ No hermano, no lo acepto.
_ No creo que no aceptes quedarte con tu familia- agregaba Lázaro tristemente, a causa del gran detrimento que las palabras de su hermano le causaban- no puede ser que ahora que te encontré vuelva a perderte.
_ ¿Perderme? ¿Acaso crees que después de tanto tiempo maquinando y planificando éste encuentro haya en el mundo quien nos separe ahora? No hermano, eso nunca, déjame decirte que me haz hecho mucha falta y sé que yo a ti también...
_ Desde luego Andrés Eloy, nunca lo dudes. – Le interrumpió Lázaro. Se abrazaban así, llenos de una hermandad que nunca languidecería.
Luego de un corto período, los hermanos se trasladaron a una pequeña terraza situada en la primera planta, donde en forma aislada del resto de la población de la casa, hablaron largamente de todo lo ocurrido en la vida de ambos después de tanto tiempo. Muchas lágrimas de tristezas eclosionaron de los ojos de los hermanos, pero también muchas sonrisas de felicidad, pero lo más notable, eran el gran poder de superación y el deseo de algo mejor que ambos colocaban en todas sus actividades, donde la fe en Dios lo engrandecía todo.
Nadie se percató de lo que en la habitación principal ocurría. Herminia con lágrimas emotivas que emergían con esperanzas, caminaba con pasos lentos dentro de dicho aposento, mirándose a sí misma reflejada en un gran espejo. Por su parte, el niño curiosamente miraba a la bella mujer. Sus ojitos vivaces brillaban de inocencia, no había cabida para otro sentimiento. Representaban ambos un cuadro espectacular y realista, donde hay tanto amor para dar y tanto que esperar. Ella, una mujer que materialmente lo tenía todo, pero quien no había visto colmada su vida con un hijo. Él, un niño nacido en medio de tanta pobreza, engendrado por quienes no tenían nada además de amor, pero que llevaba consigo la insignia de lograr magnificar un sentimiento que repercutiría en todos por toda la vida.
Lázaro y Andrés Eloy por su parte, entregados a la animada plática, parecían olvidarse de que el mundo existía y que ellos también eran parte de él. Risas sonoras se dejaban escapar de vez en cuando. En ocasiones miradas asombrosas ante un relato que parecía increíble, y la mayoría, leves disputas por querer Lázaro que su hermano se decidiera a compartir su casa y éste a continuamente rechazarle.
A la hora de la cena, cuando el gran reloj de péndulo con su característico sonido marcaba las ocho en punto, dejaron la eterna charla y anunciados por Rita, una de las criadas, la que mayor tiempo llevaba en la casa y que más lealtad les había demostrado, se dirigieron hasta el comedor, donde los esperaba Herminia ya presta a recibir la cena, y juntos, elevando primero una oración al señor, se entregaron al banquete.
Acabada ésta, el sonoro anunciante de la puerta principal indicaba con una linda melodía, que una visita había llegado. Inés hizo acto de presencia después de atender el llamado, seguida pocos pasos después de un sacerdote amigo de la familia que iniciaba su ya acostumbrada visita.
_ Que Dios y la paz estén presentes en este hogar.- Era el saludo del párroco.
_ Buenas noches padre Ignacio. Déjeme decirle que nunca me había alegrado tanto de verlo. Parece que mis pensamientos lo hubiesen atraído como por arte divino.- Expresó Lázaro.
_ ¡Caramba!, esas palabras tuyas me suenan a favor hijo, tu dirás.
Acostumbrado el sacerdote a escuchar las palabras del matrimonio amigo, siempre daba su opinión justa y sus sabios consejos que a todas luces eran oportunos. Él era la principal piedra en la edificación cristiana de Herminia y Lázaro. También significaba un gran consiliario en la desesperación de la pareja, inhabilitada para tener descendencias. Presente en todo momento y ofreciéndose en las situaciones que producían siempre desconsuelo estaba el padre Ignacio.
Su vestimenta adecuada a su presencia eclesiástica. Un grueso crucifijo pendía de su cuello. Su mirada regia y su rostro aleccionador le procuraban un aire dominante, aunque su dulzura y su buen humor eran una delicia y siempre brindaban una carcajada por cualquier chiste improvisado o anticipadamente preparado.
Quedó sorprendido con Andrés Eloy y el relato histórico que hiciera de él Lázaro, y fueron las palabras reconciliadoras del padre Ignacio quienes lograron milagrosamente que Andrés Eloy aceptara convivir junto a su familia.
_ Pero solo si aceptas mi propuesta, esa, la de la modesta casa de la que me hablaste. Viviré en ella y te la pagaré poco a poco para ponerla a nombre de mi hijo, de lo contrario no acepto nada.
_ Está bien hermano, trato hecho- llegaban a un grato acuerdo los hermanos que tanto se querían, y quienes juntos serían los autores de unos de los episodios más nobles producidos por la grandeza del sentimiento más grande que haya existido.
Pasaron algunos años sin que se presentaran nubes grises en el cielo limpio y divino que conformaban las vidas de Andrés Eloy, Rigoberto, Lázaro y Herminia. El niño formó un pilar fundamental en la felicidad que cubría a esa familia. Lejos quedaron los días de hambre en los que Andrés Eloy tanto gimió.
La suave brisa movía el césped, el niño correteaba tocando con sus suaves pasos el verdor húmedo, sonriendo juguetón, mientras la mirada complaciente de Herminia lo seguía. Habían pasado cinco años ya desde que su advenimiento produjera los más diversos sentimientos y sensaciones. Era un chico como tantos otros, pero con un delicado afecto hacia quienes lo rodeaban y también hasta todos los que le conocían, lo que hacía prácticamente imposible el no quererlo como quien quiere y ama a lo más esencial.
La casa parecía cada vez más grande y pulcra, amen de inmensamente decorada. Daba la impresión de que quien la poseía deseaba más que habitarla, admirarla y disfrutar uno por uno los majestuosos detalles. Linda, la preciosa e inquieta chiquilla llegaba hasta donde el niño ya cansado de la monotonía del juego, se había extendido en el césped mirando las nubes en la inmensidad que dibujaban raras imágenes como sacadas de un gran depósito de fantasía, y se tiró junto a él.
Ofelia desde la puerta les indicaba que lo llevara al interior de la casa, ya que a esa hora el sol iniciaba su gran poderío, superando y transformando los primeros rayos que producían un tenue calor que acariciaba. Le gritaba tenuemente a su hija para que tomara en sus brazos a Rigoberto, ya que éste se negaba a obedecer acostumbrado a los mimos incesantes que para él, prodigaba Herminia.
Esta experimentaba una felicidad desde siempre esperada, producida por el niño que llegó a su casa para quedarse y para transformarse en un motivo de vida. La figura de un hombre alto se acercaba y al ser percibido por el niño un rebullicio inmenso se produjo, continuando una carrera sin igual hacia el recién llegado.
_ Papi, papi, ¿por qué no habías venido?- le gritaba a la vez que de un salto llegaba a los brazos de su padre.
_ Hola mi vida. ¿Cómo se ha portado mi niño lindo? ¡Ah!, Mira lo que te traje- mostrándole una golosina que traía consigo.
_ ¡Que rico papi! – Decía soltándose y exhibiendo la glotonería común en un niño de su edad. Quedaba minutos después con un antifaz de chocolate que provocaban las risas en quienes le observaban, y por supuesto en él mismo, dado lo contagioso de la misma. Fue tomado nuevamente en brazos de su padre, quien pañuelo en manos retiró los restos del dulce que había quedado adherido en el rostro del niño y acto seguido se dirigieron celebrando entre risas y besos hacia la casa.
Linda lo condujo hacia la sala de baño para allí completar la higiene del niño. Andrés Eloy se quedó en la sala donde lo esperaban Lázaro y Herminia quienes a su vez platicaban animadamente con sendas copas de un fino vino tinto en su haber. Habían visto pasar al niño y a su padre sumergidos en toda una ola de amor y alegría y esto producía en ellos un placer tan inmenso que por supuesto, hicieron saber a éste.
El tamaño del amor hacia un niño es del tamaño de su inocencia y su pureza, y estas son enormes, por lo que no pueden ser medidos. El amor hacia un hijo no se puede medir en cantidad, sino en orgullo, en pureza, en lo bello que el corazón siente cuando se está cerca de él y aún cuando se siente lejos, haciendo extrañeza de sus palabras de amor, de sus sonrisas y de toda su vida.
El eterno pensamiento del orgulloso padre: “Hijo de mi vida, elevo mis plegarias hacia nuestro creador para que nuestras vidas permanezcan unidas por los lindos lazos del amor. Quiero que se lea en mi vida y en la tuya, tesoro mío, que desde tu llegada, mi vida comenzó de veras, siendo así una vida cargada de ilusiones y advenimientos de felicidades que tú colmas. Haces mi vida sublime y grandiosa porque sencillamente, tú eres sublime y grandioso. Dios te bendiga hijo de mi alma por hacerme el ser más feliz de este mundo, para ser feliz a medida que te haga feliz y estoy seguro que me harás feliz eternamente. Debo decir que una vez que tu llegada se materializó, mi vida es la vida que cualquier hombre desea, una vida adornada de tu amor”.
Era de extraordinaria dimensión el reflejo que producía la luz de Rigoberto en las vidas de quienes compartían con él. Hasta en la sala se escuchaban las risas del niño y las protestas de quienes estaban tratando de controlar lo que parecía incontrolable, porque Rigoberto era todo un volcán de travesuras.
_ ¡Estáte quieto niño! - Se escuchaba de parte de Linda, quien a su vez, era su compañera de juegos y ayudaba a su madre en el cuidado del mismo.
Ofelia, terminado el baño divertido para el niño, lo condujo hacia su recamara e internándose en ella, inició la ceremonia de hacerle dormir la siesta, todo eso con la compañía eterna de su hija. Mientras tanto en la sala, el trío conversaba muy animadamente celebrando entre copas que les hacía llegar Inés en períodos más o menos cortos. Al cabo de varios minutos Ofelia llegaba con la noticia de que el niño ya estaba bajo el dominio de Morfeo.
_ Señor, ya el niño se quedó dormido.- decía dando muestra del cansancio producido por su logro y retirándose acto seguido.
_ Gracias Ofelia- esto lo alcanzó apenas a escuchar ya que su partida fue tan deprisa.
_ Andrés Eloy- hizo cambio de conversación Lázaro- ¿te das cuenta del gran vuelco que ha ocurrido en esta casa desde que ustedes llegaron?
_ Es evidente- le contestó Andrés Eloy- en la vida de un hombre un niño es imprescindible, como también lo es una buena mujer.
Cuando estas palabras fueron pronunciadas, un largo silencio se hizo sentir, silencio éste muy lógico, proviniendo de boca de quien lo decía.
_ Bueno. Como ustedes dicen- acotó nuevamente Andrés Eloy- mi hijo ha traído alegría a este hogar, así como ustedes le han demostrado gran afecto desde que llegamos a él. Es así como se logra el equilibrio mágico en las vidas de personas como ustedes, que bastante falta les hace el sonreír, cuando la tristeza ha abarcado un gran campo en sus vidas.
_ Si hermano, no sabes lo que se sufre, al sentir la gran impotencia que hemos vivido todos estos años.
_ ¿Que no sé lo que se siente dices? Claro que si sé lo que es una gran impotencia, sobre todo cuando no hay esperanza de volver a sentir el amor de quien se ha marchado eternamente.
Andrés Eloy sintió lo que tantas veces había sentido ya, una profunda melancolía cuando calaba en su mente y corazón el recuerdo triste de una enorme felicidad que alguna vez sintió al lado de María Elena. Compartía su soledad y tristeza al lado de los suyos a la vez que también compartía el amor que su hijo extendía para ellos. Era así como ese oasis mantenía vivas las expectativas de esas personas que estaban marcadas por el oscuro manto de la soledad y la horrible sensación del sufrimiento.
_ Lázaro, sé que mi hijo ha sido para ustedes un gran apoyo. Que ha traído las esperanzas de que las risas, voces y travesuras de un niño estén inundando las vidas nuestras, pero tienes también que tomar en cuenta que ustedes han sido para nosotros, más que una esperanza, toda una realidad, un apoyo inmenso. El tener una vida sin sufrimientos, sobre todo el tibio hogar que todo niño necesita. Por eso querido hermano, más que agradecerte, necesito vivir ahora con más ahínco para compartir con ustedes la dulzura y la dicha que mi hijo nos regala en cada una de sus travesuras.
_ Hablas muy bonito.- Admiró Herminia casi perpleja cuando fungía como oyente- a pesar de...
_ A pesar de que haz sufrido tanto- trató en vano Lázaro de interrumpir lo que su esposa había comenzado a decir. Expresión esta que no era necesario culminar, ya que había sido concluida sin necesidad de ser hablada.
_ No te avergüences de decirlo cuñada- agregó Andrés Eloy al escuchar el comentario de la bella mujer- a pesar de lo que soy, ¿verdad que es eso lo que querías decir?, pero no te preocupes, dilo. Sé que conviví con la miseria tan de cerca que de seguro me confundo con ella, pero mi pobreza fue desde toda la vida, fue una pobreza de comprensión, de amor, de querer vivir mi vida sin las limitaciones que me fueron impuestas por quienes no me permitieron amar con la libertad que yo quise y prefirieron lanzarme a la calle, antes de verme con una mujer humilde sin importarles para nada lo que yo sintiera. Mi pobreza no es de cultura ni de ideas, es por ello que no te debería extrañar que sepa expresarme, y no te culpo.- Todos hicieron un largo y profundo silencio.
Aquella tarde el sol agonizaba ya y la noche se preparaba a dar inicio a su oscuridad que lo envolvería todo. Andrés Eloy con su actitud acostumbrada en él, miraba por el ventanal que daba hacia el jardín contemplándolo todo y acumulando un sin fin de recuerdos y pensamientos evocando en alguno de ellos a su gran amor. Ernesto, el eterno guardián de la mansión se paseaba distraídamente por entre los autos, acariciando constantemente el arma que siempre llevaba consigo. Era de resaltar la enorme estatura de la que era dueño el centinela y la impresionante musculatura, como también lo era su gran lealtad para con la familia toda. Jamás sospecharía que era observado, sería también porque Andrés Eloy lo miraba porque casualmente se interponía en su campo visual, aunque sus ojos no parecían mirar con detenimiento a quien delante de él hiciera movimiento alguno.
El recuerdo de su infancia se apoderó de él, y como un film, fue recorriendo detenidamente todos los bellos momentos que transcurrieron cuando era un niño. Era como si delante de él, la vida transcurriera nuevamente, con todos esos detalles que siempre es bonito recodar. Aquella casa en la hacienda de su padre, aquel pueblo que parecía sacado de un mundo ficticio, con sus anchas calles, su pequeña plaza decorada en el centro con el busto de un prócer de la guerra federal. Sus casas con sus estructuras arcaicas, con aquellos tejados castigados por los rayos inclementes del sol que en los larguísimos veranos de la zona, eran como más castigadores. Pero lo que más resaltaba en ese pueblo, era su preciosa iglesia, prácticamente el centro de todo, pintada de un blanco perfecto que casi enceguecía a quien tuviera la dicha de mirarle, así como también eran de encantadores las dos campanas situadas al lado de ella, que con un trozo de cuerda era tan fácil llamar a la feligresía al sagrado culto, o como siempre ocurre, también doblaban a muerto.
Aquel pueblecito de su infancia, donde transcurrieron momentos inolvidables, con sus inmensos cardonales, donde los chuchubes, cardenales y chamacos devoraban los frutos exquisitos de los mismos, para decepción de quienes querían probar el dulce néctar de ellos y se encontraban con que ya las traviesas avecillas habían hecho un festín.
“Mi pueblo, tan alejado de mi vida. Que momentos viví en él, momentos que ahora extraño y añoro tanto, cuando mi alma no hace más que descubrir desgracias, y mis ojos casi agotan las lágrimas que la tristeza arranca de mi vida. María Elena vida mía, como me hubiese gustado que tú y yo junto a nuestro hijo, nos paseáramos por la calle principal de mi pequeño rincón soñado, y nos deleitáramos viendo correr a los chivos por entre los cardonales y cujíes. Allá mi vida, donde transcurrieron los primeros años de mi existencia, cuando jamás me hubiese imaginado que mi vida albergaría tanta desdicha. ¡Oh pueblo mío!, ¿Aún estarás igual como si el tiempo no avanzara para nada?, porque tu belleza no permite el paso de los años. No transcurre en ti el tiempo, y los amores que fueron adheridos a tus entrañas son los mismos amores que se sentirán por ti por siempre. El tiempo en mi pueblo debe haberse quedado inmóvil esperando que alguien como yo llegase nuevamente a sus dominios para volver a sentir la dicha de haber nacido y dado mis primeros pasos en él.
Recuerdo también cuando mi padre, Lázaro y yo llegábamos los domingos para vender el producto lácteo y para también nosotros observar a las muchachas a quienes, escondidas en sus casas, mi padre casi las obligaba a conocernos. Recuerdo las bellas miradas tímidas de aquellos también bellos rostros, solo Dios sabe que será de ellas en estos momentos, me gustaría verles de nuevo, tal vez también recuerden aquellos encuentros con tanta gratitud como lo hago yo. Que bellos recuerdos, cuando mi imaginación volaba con el viento que soplaba fuerte y nos hacía llegar el olor del ganado que pastaba cerca, así como también el mugido de las vacas llamando a sus becerros.
Mi espíritu virgen de dolor nunca palpó tan de cerca la gloria como en aquellos días, cuando mi madre, al bajar nuestro rendimiento escolar, se preocupada por mi educación y por supuesto por la de mi hermano Lázaro (nombre que según relataba mi padre en sus largas jornadas de historia familiares cuando algún pariente nos visitaba, era en honor de un ancestro que llegó desde muy lejos y formó uno de los pilares más importantes en nuestra familia aunque nadie sabía en realidad si existió o no, o si en realidad se llamó de esa forma) nos castigaba con no dejarnos viajar con papá hacia sus propiedades y en el peor de los casos, hacia la hacienda, la más bonita para mí. Donde mi infancia tuvo su cuna, sus encantos, mi formación moral para la vida y por lo que en ella ocurre, debido a que la distracción era tanta y tan fascinante que los estudios eran temerosamente descuidados, hasta tal punto que las calificaciones sobresalientes de ambos, bajaban considerablemente, cuando la magia de la cacería nos atrapaba. Era tortuosa la forma en que mi madre nos invitaba a reflexionar sobre la importancia de nuestra formación en el colegio, diciéndonos: “Este fin de semana se quedan estudiando, porque allá en la casona lo que hacen es jugar y estar escuchando esas historias de los peones que de paso los llenan es de miedo y no me estudian nada, así que no señor, se me quedan estudiando mejor” y por supuesto papá religiosamente obedecía, ya que sus palabras eran una orden y obviamente no nos quedaba otra alternativa que quedarnos sumergidos entre un mar de libros y cuadernos que debíamos aprender para equilibrar nuestras calificaciones y así poder internarnos en el recodo de nuestras dichas que nos producían los viajes a nuestras propiedades y sobre todo a mi pueblo natal, donde papá nos dejaba el viernes en la tarde y pasaba por nosotros muy temprano en la mañana del lunes, prestos a iniciar otra jornada de clases.
Recuerdo ahora amada mía, a Ibrahím, el peón más viejo, el que prácticamente se crió con mi abuelo y llamaba a papá “patroncito”. El tiempo, como siempre había dejado la huella imborrable de su presencia en él. Ibrahím, cuanto lo amé y cuantas veces me refugiaba entre sus viejos brazos cuando sus historias me hacían sentir temor. Aquellos surcos en su rostro denotando su longevidad, aquellos cabellos plateados, que después fueron blanquísimos. Su dentadura intacta y su forma peculiar de escupir por entre los dientes cuando su boca, atestada de tabaco, le producía una intensa salivación oscura que debía dejar escapar. Tantas veces intenté escupir como él y nunca lo logré.
Recuerdo María Elena, cuando aquellas historias de Ibrahím de cuando él era niño, cuando comenzó a trabajar para la familia, y lo que más llenaba mi imaginación de orgullo, sus historias de cacería, que para mí eran sagradas. El señor es grandioso lo demostró un vez más al crear un ser tan especial como lo fue Ibrahím”
El sonido de una bocina que llamaba a alguien o daba aviso para que se abriera el paso, sacó a Andrés Eloy momentáneamente de sus pensamientos. Se enjugó las lágrimas con su eterno pañuelo blanco tan perfumado de lágrimas anteriores, y continuó mirando hacia todo y hacia sus recuerdos.
“Querido viejecito, querido abuelito Ibrahím, ¿Porque no estabas a mi lado ese día?, estoy seguro de que no dejarías que nada malo nos hubiese pasado. Este recuerdo que me acompaña y que siento en mi alma como un tesoro sagrado, es del valor que solo se le da a lo más importante, a lo espiritual, Ibrahím, que bello es recordarte. Que tierno se siente cuando se siente el recuerdo que hoy deposita en mi un cálido beso de amor, el tocar de sus manos cubiertas por mil años, completamente empapadas de mil bendiciones.
Se recuerda lo magno, se recuerda lo que nos hace sentir la libertad de vivir para tener recuerdos hermosos en los tiempos en que la tristeza nos arranque del alma las lágrimas de algún sufrimiento.
Recuerdo aquellas historias que me creía y que me llenaban de espanto, las cuales plasmé después de varios años, bajo el embrujo que me produjeron con el tiempo, en algún papel que aún conservo. Que terrible dolor produjo la partida de Ibrahím, (lo recuerdo bien, por que mi memoria se ha encargado de eso, pues el tiempo nunca lo borrará), cuando muy temprano en la mañana de aquel fatídico miércoles de un día, un mes y un año que nunca voy a mencionar, llegaron a nuestra casa, dos de los trabajadores como yo los denomino para no utilizar el término despectivo de peón, y llamaron a papá hacia el privado de éste. Eran José Gregorio y Luis. Se reunieron en el salón que quedaba algo aislado de la casa, y en el cual recibía las visitas más importantes en medio de aquellos estantes colmados de libros que nunca leía, todos de colores oscuros y letras doradas. Solamente uno de esos libros nos dejaba papá leer y yo me la pasaba con él entre mis manos admirando una infinidad de países con muchos paisajes, lugares estos que siempre soñé con visitar y que papá siempre nos decía que algún día los conoceríamos.
Ese día ambos personajes llegaron muy serios en uno de los vehículos rústicos que se usaban en la hacienda y con expresión grave, después de dirigir cada uno el respectivo saludo a papá, le expresaron la noticia de la muerte de Ibrahím. Papá con su eterno tono inexpresivo y frívolo, solo atinó a decir: “Pobrecito, pero ya estaba muy viejo. Pero por más que sea, tenemos que irnos para allá, vayan que yo voy más tarde”. Era de resaltar y evocar tristemente la honda conmoción que nos sacudió a lázaro y a mí cuando mi padre nos comunicó la funesta noticia de la muerte del viejo roble.
Cuanto le lloré, era la primera vez que la muerte hacía estragos en mis sentimientos y en mi alma y que me quitaba algo que quería tener para siempre y que se lo llevaba también para siempre. Mi alma desconsolada buscaba refugio en los brazos de quien ya no existía, como ahora lo siento mi amor, cuando busco refugio en los tuyos alma mía, y cuando siento que ellos no pueden acariciarme bajo su manto. Sufro como ahora lo hago y como una vez en mi infancia sentí que lo hacía. Que desconsuelo ocasiona la muerte de quien se ama, de ese ser que se cree que vivirá eternamente y que pensamos que nunca dejará de estar, pero que cuando se marcha nos deja sumergidos en este inmenso dolor, este dolor con que tengo que vivir ahora. La muerte nos arranca esos lindos momentos en que la felicidad debería poblar todos nuestros sueños, y nos deja esto que nunca se podría describir jamás.
La muerte aparta de nuestro lado a aquellas cosas maravillosas que nos acostumbramos a querer desde siempre y para siempre y que nunca queremos perder, como aquellos sueños que se perdieron en la distancia de la vida y a quienes nos ha ligado muy fuerte los lazos del amor, y que nos destroza para siempre, así como me siento destrozado ahora, cuando lágrimas de dolor penden de mis ojos y de mis sentimientos y caen en el abismo que se ha convertido mi existencia.
Después de la hora del almuerzo y habiendo ya comunicado en el colegio el porque de nuestro repentino viaje, nos dispusimos a partir hacia la hacienda, en donde Ibrahím había pasado los últimos años de su vida, o para decir mejor, casi todos. Los muebles de la sala fueron colocados de distinto modo a como siempre se acostumbraba. Bien lo recuerdo, la gran casona vieja, hecha de aquel material con que se construían las casas desde tiempos remotos. Su magna presencia daba la bienvenida, la sala, un escalón más bajo que el piso de la entrada permanentemente estaba ocupada por la familia, ya que siempre, sentados en los antiquísimos muebles de madera fina, platicaban de temas diversos, mientras hacían alguna tarea acostumbrada a llevar a cabo en ese acogedor sitio.