tiempo parecía estático, solo el canto de las aves que continuaba inalterable y rítmico, delataba la realidad. Al cabo de unos largos minutos, el elegante caballero dibujó en su rostro una sonrisa y corrió hacia el visitante, extendiéndole un abrazo a la vez que sus ojos eran cubiertos de una densa capa que finalmente escapaba y rodaba por las mejillas.
_ Andrés Eloy hermano mío, que te habías hecho por Dios- exclamó sin apartarse un centímetro de su hermano al que creía resucitado. Este aún en silencio correspondía al abrazo y sus ojos también expresaba mediante las lágrimas la emoción vivida.
El amor producía así el encuentro de dos hermanos separados por las circunstancias y que habían sido apartados del seno de un hogar aparentemente feliz, pero en el que se había destruido la sensibilidad humana. Sucedía entonces que dos seres como ellos se reencontraban después de tantos años.
_ Lázaro, sí, soy yo hermano, aquí me tienes después de tanto tiempo de buscarte. Me hacen tanta falta tus consejos hermano de mi alma- expresaba noblemente.- Aquí me tienes, Lázaro, aquí nos tienes- apartándose de su hermano y dirigiéndose hacia donde ambos en ese momento visualizaban una pequeña caja de cartón donde retozaba inquieto un pequeño bebé.
La menuda figura del niño resaltaba por entre el blancor de una tibia pieza de tela que lo protegía de la intemperie y lo cobijaba muy suavemente, como arrullándolo maternalmente con una caricia divina.
Lázaro se separó bruscamente de su hermano menor impresionado fuertemente por lo que hasta sus ojos llegaba. Era de comprender, en un hombre poderosamente rico y al margen de los tentáculos de la pobreza, que el hecho de observar a un niño tan pequeñito e indefenso oculto prácticamente en algo que estaba lejos de ser una cuna, le impresionara demasiado, más estando en el gran patio de su casa, más aún si ese niño era lo que se imaginaba, el hijo de su hermano, es decir, su sobrino.
Se acercó lentamente dando la impresión de que tenía mucho cuidado de no hacer ruido. No quería que su presencia lo inquietara. El tiempo transcurría velozmente mientras Lázaro, todo lo contrario a este, daba un paso, luego otro, ante la mirada atónita de Andrés Eloy y Ernesto, que dudosos de lo que observaban no salían de su asombro. ¿Que estaba pasando por la mente de aquel hombre soberbio que miraba de aquella manera al bebé? Le miraba de una forma un tanto extraña si se quiere, y más extraña aún la forma tan silente de acudir a él. Cuando al fin se ubicó a lo sumo a dos pasos de la pequeña caja de cartón que hacía alusión comercial a una marca de aceite comestible, no reparó en nada al tener una idea fija en mente. Se sentó en la grama húmeda recién podada y desde allí se extasió contemplando a la criatura sin tocarlo, detallando el hermoso ser que le miraba inocente y que no cesaban sus movimientos como todos los recién nacidos lo hacen.
Al poco rato extendió sus brazos también lentamente y separando la blanca cobija que le cubría, tomó al pequeño en su poder y lo acercó a su regazo abrazándolo mientras miraba hacia el firmamento libre de nubosidad alguna, y donde un sol brillante y luminoso, abarcaba todo a su alcance.
En esta posición permaneció mientras Ernesto no entendiendo nada de lo que estaba presenciando tuvo que alejarse al sentir que Inés, la criada encargada de la cocina lo llamaba, probablemente para procurar la compra de algún comestible que hacía falta. Transcurrieron algunos minutos durante los cuales ninguna palabra rompía el silencio y solo el trinar de las avecillas lo inundaban todo, uniéndose esto a las risas y sonidos que gesticulaba Rigoberto.
Andrés Eloy, estático, inerte casi, se limitaba a observar a su hermano y a su sobrino, comprendiendo a su vez que la reacción de éste era hasta cierto punto lógica y comprensible. Continuó mirándolo, él que al verlos tan compenetrados entre sí, le proporcionaban una dicha extensible hasta lo inimaginable. Nunca se había percatado de la inmensa falta que le hacía, el poder ver a su hijo en los brazos de algún familiar suyo, y con mucha más fuerza, de los brazos de su único hermano, del tío, de Lázaro a quien amaba mucho, y a quien por siempre había extrañado y por cuya separación sintió un terrible dolor.
Lázaro, transcurrido algunos minutos en esa posición digna de admirar, durante los cuales no había hecho otra cosa que mirar al niño, mirarlo ininterrumpidamente, admirando sus detalles, detallándolo íntimamente, hacerlo sentir cerca de él y sintiéndolo fervientemente también él, ahogando de éste modo la gran soledad paternal que le había acompañado desde hacía muchos años ya. Un hombre de quien se podría decir que tenía todo en la vida, pero que no era feliz. Las risas y llantos de un niño decorando la casa le hacían casi enloquecer ya que nunca había podido escucharlos. La esterilidad de su esposa a quien amaba en extremo, no le habían permitido ser padre.
Al incorporarse también de una forma muy cuidadosa, demostraba que su sutilidad era espontánea para un ser que no reclamaba otra cosa, un pequeñín que proclamaba las más grandes atenciones que nunca serían negadas, faltando solo las de su madre que aunque materialmente no estaba presente, de seguro de alguna u otra forma él las sentía.
Ya de pié, Lázaro miró de una manera interrogativa a su hermano, y no habiendo necesidad de pronunciar palabra alguna, quedó en el ambiente, ya lleno de misterio, una pregunta.
Andrés Eloy caminó hacia donde estaba su hermano y le expresó una mirada tímida, pero el silencio que era insoportable ya, reclamaba una palabra, un gesto, la retirada de alguna mirada, o por lo menos, el ruido que alguien podía dejar escapar al respirar libremente. Pero ante la premura del hecho, el silencio amenazaba más hondamente permitiendo que alarmadas, las criaturas de la inmensa jaula también callaran asustadas por la presencia de ese pequeñín que ni siquiera atinaba a llorar, rodeado de dos hombres mirándose detenidamente y en silencio.
Hasta que Lázaro caminó esta vez con pasos presurosos hasta el padre de la criatura y rompiendo el mutismo, exclamó la siguiente pregunta, hecha de una forma muy particular.
_ ¿Y bien Andrés Eloy?
Instintivamente, el aludido, de forma tajante agregó:
_ Si hermano, es mi hijo. ¿Te acuerdas de María Elena, la muchacha que una vez te presenté como el gran amor de mi vida? - Lázaro le escuchaba atento con el niño entre sus brazos- esa mujer de la que me enamoré y por la cual papá y mamá me corrieron de la casa, ¿te recuerdas? ¿La recuerdas hermano?
_ Pero claro que sí hermano, como no la voy a recordar, esa mujer bien bonita, esa que ha hecho, me imagino, muy feliz a mi hermano. Como crees que no la voy a recordar, no me digas que...
_ Si Lázaro, él es mi hijo, te presento a Rigoberto, tu sobrino.- una gran alegría se dibujó en el rostro de aquel hombre, transformando su expresión en un ademán de sorpresa, producto de la cercanía de alguien íntimamente ligado a sí por los lazos de la sangre.
_ Un sobrino, que maravilla, con lo que me encantan a mí los niños, no te imaginas lo feliz que me haces. Comprendo lo feliz que debes estar con este regalo tan especial que te ha enviado Dios.
_ Si hermano, mi hijo es mi vida, mi todo, desde antes de nacer, mi felicidad, mi razón de ser.
_ Pero cuéntame, por que están ustedes aquí solos, y en estas condiciones. ¿Dónde está la madre del niño? Por que tienes al niño acostado en esa caja de cartón, ¿Es que acaso te haz vuelto loco?- hace una pausa, parecía no hallar que pregunta hacer, ya que quería hacerlas todas a la vez, quería saber tantas cosas de su hermano y quería que el también supiera tantas cosas de él.- disculpa hermano, pasa adelante que esta también es tu casa, quiero que tengamos una conversación.
Ambos se adentraron a la gran mansión cuya sala estaba decorada a un estilo hermoso, donde una inmensa fortuna debió haberse invertido en el proyecto de embellecer dicho sitio. Varias obras de arte pernoctaban en las paredes, varios pintores famosos y otros desconocidos pendían de la pared del extremo este, mientras que en el otro, una naturaleza muerta cuyo autor no se apreciaba, colmaba aquella colección maravillosa y millonaria, complementada además con valiosas piezas de cerámica oriental, orfebrería y mosaicos árabes hacían un todo digno de los reyes.
Especiales muebles y otros artículos propios de la estancia, hacían un juego majestuoso con las cortinas púrpuras que parecían provenir desde el mismísimo cielo, produciendo la sensación que cualquier mortal podría sentir al mirar semejante monumento a la riqueza. Lo que se mira, lo que puede proporcionar el dinero, el hambre que se podría aplacar con un retazo de aquella tela.
Una alfombra persa acariciaba el paso dentro de la casa, pocos pies humanos han sentido semejante sensación. Hay muchos niños que pisan los basureros y se producen heridas con los trozos de vidrios que pasan desapercibidos hasta que rasgan las carnes. Hay muchos también que colocan sus pies sobre aguas miserables y ricas en detritus. Hay muchos que guían sus caminos por el lúgubre sendero de la infelicidad y la tristeza. Hay muchos pies ansiosos de no pisar el mundo, de no dar un paso más, hay muchos arrepentidos de estar hostigados por el hambre y el tormento de padecer lo que nadie debería.
El agradable aroma de ambientadores de diversas fragancias lo colmaba todo. El resto de la casa era un delirio, una exquisitez.
Atormenta el olor a miseria, a basura, a desventura que siente el pobre pueblo mío. Olores que llegan a los olfatos sedientos de percibir el olor de la comida, y no sentir más que los nauseabundos de los desperdicios que comparten con las aves de carroña.
Olor feliz el que siente el niño al ser amamantado y saber que está en el seno de su madre que feliz, lo arrulla.
Cuando se comparan ambas vidas se siente pena y compasión, no por despertar el pecado capital de la envidia, y negarle lo que cada cual ha logrado con gran esfuerzo, si no por que es triste ver la miseria, por eso las lágrimas se florecen, emergen por los niños que son los que pagan las culpas ajenas, los que llevan las cargas más pesadas, a los que ase les niega el derecho a ser felices, a vivir, a crecer. Un niño es lo más grande, ¿por qué entonces en este mundo millones de ellos son tratados como lo más pequeño?
Andrés Eloy miraba curiosamente lo que alrededor se presentaba en forma exuberante y exagerada, en su infancia y juventud palpo de cerca el lujo y la comodidad, pero ese mundo era de fantasía. La estadía es ese ambiente no le provocaba ningún deseo de sentirse cómodo, al contrario pensó que se asomaba a una de las grandes ventanas y miraba hacia el resto del país donde millones de seres sufren.
Rigoberto dormía. Lázaro miraba a su hermano y éste no miraba ya nada. Las falacias de la vida no deben ser muchas veces tomadas en cuenta.
_ Bueno, cuéntame, ¿por qué no me has contestado que por que tu mujer no está aquí? ¿No me digas que se pelearon?- la alegría presente en el rostro de Lázaro denunciaba que esperaba una respuesta que también le iba a alegrar, y teniendo la sensación que a manera de broma, se abriría la puerta repentinamente y allí estaría ella, esperó que su hermano terminara de responder por fin su interrogante.
_ Lázaro- su rostro cambió por completo- María ya no existe- Lázaro le miró incrédulo.
_ ¿Que es lo que dices Andrés Eloy? ¿Qué abandonaste a María Elena?, ¿Pero es que te haz vuelto loco? Y además ¿le haz quitado a su muchachito? Tú no te das cuenta que...
_ Lázaro- elevando la voz para lograr que interrumpiera lo que parecía un sermón dominical- María Elena murió.
Atónito, Lázaro guardó silencio y cabizbajo dejó escapar poco después, unas lágrimas que lentamente bajaban por sus mejillas. Lágrimas que lo decían todo.
Ligeros taconeos se escuchaban bajando las circulares escaleras que conducían a la planta alta de la lujosa mansión. Una espléndida y linda mujer de intensos ojos azules y un cabello tan dorado como el oro, descendía. Un lujoso vestido lucía aquella belleza terrenal, que daba la sensación de ser más bien celestial dado su angelical aspecto.
_ Mi amor, ¿con quien hablas?- preguntaba desde lo lejano al haber escuchado voces desde su alcoba, y como siempre, arrastrada por una inmensa curiosidad femenina, quiso averiguar de quien se trataba. Al llegar a la gran sala, hizo silencio repentinamente, enmudeciendo la canción típica del folklore mexicano que venía tarareando. Quedó prácticamente atrapada entre dos miradas tristes, entre dos hombres asombrosamente parecidos físicamente. Pero lo que más le llamó la atención era el hecho de mirar a su esposo con un recién nacido en sus brazos, el cual dormía plácidamente, y a su lado, el hombre parecido a él vestido con ropas muy gastadas.
Parecía que el tiempo no avanzaba en ese sitio. Era cargado de una pesada atmósfera que hacía respirar un aire de sorpresa a todos. Pero no salía de su estado estático la recién llegada al contemplar lo que estaba frente a sí. Lázaro entregándole el niño a su hermano se dirigió hacia su esposa y tratando de ocultar sus lágrimas que aún manaban de sus ojos le explicó la situación.
_ Herminia, acércate para que conozcas a alguien especial- no cambiaba el estado sorpresivo de la mujer- ven, quiero presentarte a estas personas- prácticamente la arrastró tomándola de la mano, ya que conocía perfectamente sus perjuicios y quería sacarla cuanto antes de su error.
_ Herminia, él es Andrés Eloy, mi hermano, de quien te he hablado tantas veces, y este es su bebé, Rigoberto.
Al escuchar esas palabras, Herminia sin apartar su mirada del niño el cual en brazos de su padre permanecía aún dormido, sólo logró atinar una palabra.
_Hola- aunque había escuchado mucho sobre él, su gran deseo de conocerlo siempre estuvo latente, pero ahora que lo estaba conociendo, no daba crédito al acontecimiento, conocer al hombre al que su esposo idolatraba y había extrañado tanto, sabiéndolo perdido. Ahora estaba allí, frente a sí, y con una maravilla entre sus brazos.
Andrés Eloy sentía la mirada examinadora de su desconocida cuñada, cuando de una forma tajante le dejaba caer sobre él y su pequeño todo el peso de esa mirada. Se puso de pié y caminó hasta quedar cerca de el cuadro de un paisaje magnífico y lo observaba procurando hacerles creer que lo estaba detallando, para así evitar ese peso estrangulador que le estaba haciendo sentir Herminia.
_Yo... yo me siento muy apenado, no debí haber venido. Les debo causar mucha vergüenza, no creo que ustedes reciban mucha gente como yo en su casa.
_ Pero Andrés Eloy ¿te has vuelto loco? ¿Qué disparates dices?- protestó Lázaro toda vez que tomaba de la mano a su esposa que se acercaba a él.
_ Señor no diga eso, es desconsiderado al expresarse así de nosotros- acotó Herminia- usted no se imagina el dolor que siempre ha sentido su hermano por no saber nada de usted, a mí me consta.
_ Es verdad hermano, desde el día en que te fuiste, mi corazón dio un vuelco total, y quedó en un hondo vacío, un vacío de ti, un tremendo vacío el cual solo podrías ocupar tu, con tu presencia, y no te imaginas cuanto te busque, y lo que sufrí por no encontrarte.
Un encuentro luego de tantos años de ausencia, de lejanía, de distancia. El encuentro de dos mundos tan distintos, tan separados y a la vez tan compenetrados, que uno depende estrictamente del otro, sobre todo el que está arriba, por que debe tener a alguien debajo que lo sujete y apoye, para no caer en el abismo que se llama pobreza.
Dos mundos diferentes estaban allí en una rica mansión colmada de lujos y delicias, tan cerca el uno del otro, pero con desigualdades tan notorias que lo colman todo de una densa neblina que ciega. Se puede comprar el goce, más no al amor, una preciosa y cómoda cama, pero no el sueño, ricos manjares aunque no se pueda exterminar al hambre. Con dinero en las manos podemos comprar grandes libros, no así la inteligencia, podemos comprar un momento de placer, pero no la calidez de un tierno beso de amor ni de una sonrisa afectiva. Deberíamos pensar un poco más y reflexionar que con lo material podemos viajar y conocer un gran número de países, donde diversidades de lugares hermosos son exaltados por ojos humanos que miren y admiren todo, pero no nos olvidemos que ningún dinero en el mundo podría comprar la vista. No hay cantidad alguna de dinero que pueda contener el avance de la muerte cuando esta se decide a llegar.
Lázaro se acercó a su hermano en una forma sigilosa, y estando frente a él, le miró directamente a los ojos utilizando una mirada desafiante con la cual, como hermano mayor exigía el respeto necesario.
_ Mira Andrés Eloy, se vuelve a repetir de una manera la historia del hijo pródigo. Te creí perdido, extraviado. No sabia si en verdad habías sobrevivido. Te das cuenta cuanto he sufrido hermano de mi alma. Nosotros no estamos acostumbrados a esa vida, sobre todo tu que siempre estabas pendiente de la ropa, de los carros, de los lujos, sin importarte un poco siquiera cualquier cosa que no tuviera que ver con el dinero.
_ En eso si que tienes razón. Para mi todo esto fue muy difícil, demasiado duro diría yo. Desde el primer día que me alejé de ustedes sentí un enorme peso aquí dentro, me sentí demasiado solo, no te imaginas cuanto temor sentí, era una desesperación, una angustia, un... - en ese momento fue interrumpido por su hermano.
_ ¿Pero por que tuviste que alejarte así?, Sin ninguna explicación, por lo menos para mí no. Tu sabes que nunca estuve en tu contra, todo lo contrario, te hubiera apoyado en todo.
_ Si es verdad, tienes toda la razón, pero que ni siquiera tienes una vaga idea de lo que se siente al precisamente no sentir amor propio, calor de hogar, un cariño de padre o de madre en alguna noche larga de fiebre. Eso verdad, eso fue toda nuestra infancia. Ver juguetes caros por todas partes, juguetes con los que compraron nuestras sonrisas, que en vez de ser de orgullo por nuestros padres, eran más bien de frivolidad y de superioridad al sentirnos envidiados por todos los demás niños. Eso hizo que no quisiera seguir viviendo dentro de tanta falsedad.
_ ¿Y por que no me buscaste? Así como siempre lo hacías. Como cuando tenías miedos por las noches, y te ibas corriendo para mi cuarto y de pronto te sentía dentro de mi cama, asustado. Como cuando querías saber algo y me acribillabas a preguntas, algunas sin ningún sentido, pero que siempre te las contestaba una por una. Me pregunto ¿por qué en ese momento no acudiste a mí?
_ Por miedo Lázaro, tenía mucho miedo que me detuvieras. Conocí el amor, el amor puro en los brazos de María Elena, y poco a poco nos fuimos enamorando cada vez más, hasta que nuestro amor se materializó y dio este fruto, y aquí estamos.- se quedó un momento en silencio- pero hermano, no quiero que sigamos hablando de eso, por favor, por lo que tu más quieras.
Mientras habían estado hablando los hermanos, Herminia, sonrosada, les miraba estupefacta. Minutos antes había tirado de un cordón que pendía del techo y que daba aviso a la servidumbre de que era necesaria. Ofelia se presentó en la sala y tomó al niño consigo. Un pulcro uniforme rosado terminado en una falda prudentemente larga, determinaba lo grandioso del poderío que manaban de las manos que hacían posible semejante palacio. Una niña de más o menos cinco años estaba constantemente pegada a la falda de Ofelia cual rémora, no dejándola sola un instante. Se paró la distinguida dama, a orillas de una de las grandes ventanas que daban hacia la calle y apartando la delicada cortina miró con detenimiento, ocultando de ese modo su cavilación por lo que se presentaba.
_ Bueno, esta bien, pero disculpa que te traiga a la memoria todos esos recuerdos tristes, pero creo que debo saberlo todo. ¿Cómo es eso de que se murió María Elena?- Por primera vez Andrés Eloy tomó asiento en un lujoso mueble de terciopelo dorado que dejó escapar un sonido característico al contacto con el peso de éste. Tocando suavemente la fina pieza de mueblería, miró hacia uno de los costados y constató un enorme y antiguo reloj de péndulo que marcaba el tiempo, dejando escapar el eterno Tic- Tac el cual había escuchado anteriormente, ya que era el ruido que le hacía imaginar voces cuando sentía miedo en las noches oscuras, en la casa de su infancia.
_ Si Lázaro, murió, se murió el gran amor de mi vida. Después que me alejé de ustedes, viví en casa de un amigo, de Nicolás ¿te recuerdas de él?
_ Claro que me recuerdo de él. Como olvidar el episodio. Salió despavorido aquella vez que mamá lo descubrió en la casa y formó aquella algarabía por que había visto en su casa a un muchacho pobre.
_ Ni me lo recuerdes, que cada vez siento más repugnancia por todas esas cosas, que se me ha hecho difícil superar y olvidar. Bueno como te venía diciendo, me fui a casa de la familia de Nicolás y allí traté de comenzar una nueva vida, ya que no me quedaba otra cosa que hacer. Papá y mamá fueron muy duros e injustos conmigo, querían manipular nuestras vidas a su antojo sin importarles lo que uno sintiera. Pero hermano no sigamos hablando de lo que me pasó, cuéntame de ti- comenzaba a nacer una mueca de alegría en su rostro cuando de repente se transformo nuevamente en otra de tristeza- cuéntame de papá y mamá- Un pesado silencio se dejó sentir.
_ Papá y mamá murieron. A los dos años después de que te fuiste, en un viaje que hicieron, el carro se volcó y murieron en el acto. Nunca más hablaron de ti, si yo decía algo, mi mamá me gritaba diciendo que quien eras tú, y papá como siempre hacía todo lo que ella dijera, aunque siempre le note triste, supongo que por ti.- Andrés Eloy se sintió extraño. El saber de la muerte de sus padres después de tanto tiempo, le había causado una conmoción lógica.
Lázaro, al notar la reacción de su hermano y a sabiendas de que era ya suficiente el dolor que debería estar sintiendo, cambió el tema.
_ Pero ¿qué pasó con María?- Preguntó Lázaro ávido de una respuesta que lo hiciera salir de la pesadumbre de lo que ya había escuchado.
_ María Elena murió el mismo día en que nació Rigoberto. Fue muy valiente, muy fuerte al enfrentar su responsabilidad, pero la mala situación en que vivíamos no la ayudó para nada. Estaba muy mal alimentada por que a veces no teníamos ni que comer, tenia mucha anemia, estaba demasiado delgada, todo eso no permitió que sobreviviera al parto. Ahora te podrás imaginar lo que me ha hecho llegar hasta tu casa.
_ Lamento mucho todo eso que les tocó vivir, pero quiero que cuentes con nosotros para lo que sea necesario, para todo lo que quieras.
Herminia se había acercado al escuchar el relato de su cuñado sintiendo compasión por sus palabras empapadas de hechos lamentables y tristes. La vida de éste hombre era un gran holocausto. Regresaba ahora Ofelia con el carrito de servicio, sobre el cual una tetera de plata era acompañada por varias tazas de cristal y una azucarera del mismo material. Lindísimas cucharillas también de plata le decoraban al igual que tres servilletas de tela con unos bordados estupendos representando dragones, exteriorizando así su procedencia, exportados desde un país asiático, para complementar el fino gusto que proporciona el dinero.
Servido el té y antes de tomarlo, Andrés Eloy dirigió una mirada indagatoria a la chica del servicio, a lo que ella sin titubear respondió:
_ El niño duerme en el cuarto de... - no continuó su respuesta. Las miradas de Lázaro y Herminia, aunadas a las de Andrés Eloy, le hicieron marcharse aprisa del elegante salón de recibimiento.
_ Pero... - Atinó a decir Andrés Eloy, extrañado de la reacción de Ofelia, mirando ahora a su hermano y a su cuñada, esperando que ellos por lo menos dijeran algo de la reacción antes observada. Lázaro rompió el mutismo.
_ Ofelia quiso decir que el niño está descansando en el cuarto que le tenemos preparado a nuestro hijo.
_ ¡Que bueno!, ¿Y donde está mi sobrino? Siempre soñé en tener muchos sobrinos.
Herminia no pudiendo ocultar su desconsuelo, lloró amargamente al escuchar esas palabras. Lázaro por su parte quiso explicarle a su hermano, su realidad.
_ Andrés, ahora que estamos hablando de tus dificultades y de tus desgracias, quiero contarte la más grande tragedia, o sea la que hemos vivido Herminia y yo.
_ ¿A que te refieres hermano?
_ Ese sueño que tu dices que haz tenido toda tu vida no se podrá cumplir.
_ No te entiendo- refirió Andrés Eloy dado que no lograba comprender lo que su hermano trataba de explicarle.
_ Si Andrés, como lo escuchas, ese sueño que haz tenido, nunca será realidad. Yo también he soñado toda mi vida con un hijo, pero mi esposa, lamentablemente, es estéril y nunca lo vamos a lograr.
_ Que problema hermano, pero no han intentado la inseminación artificial, he escuchado de muy buenos resultados.
_ Ni siquiera eso, los médicos nos han hecho perder cualquier tipo de esperanza.
A todas estas, Herminia lloraba en silencio para no interrumpir la conversación de los hermanos. Callando también las ganas de gritar a todos lo que sufría por no poder tener descendencia.
_ Entonces, el embarazo es in... – Evitó continuar el argumento, ya que sabía lo que significaba para Herminia el contenido de aquellas palabras, por lo que prefirió guardar silencio.
_ Bueno no hablemos más de cosas feas, ahora quiero que hablemos de lo bello, de lo feliz. Quiero que hablemos de mi sobrino.
En cierto modo, Lázaro veía en su sobrino, el refugio de su paternidad frustrada. Su sobrino le haría sentir y ya lo percibía, lo que siempre había anhelado. Tocar la tibia piel, escuchar el sonoro llanto, el olor característico. El hecho de sentir que un ser tan maravilloso compartía su casa, era la máxima expresión de la felicidad, máxime si ese chiquillo era hijo de quien amaba mucho, del hermano que había regresado para quedarse y compartir con él ese regalo de tanta deidad que había llegado a sí y que lo colmaría para siempre.
_ Demás está decirte que esta también será tu casa desde ahora. Bienvenidos sean. Quiero que sepas que desde hoy tus problemas se han terminado. Ahora podrás comprobar que tu vida y la de tu hijo todavía tienen esperanzas.
_ No Lázaro, la intención de venir en tu búsqueda no es precisamente esa, como lo estas diciendo. Yo he venido a ti, no a tu dinero. He querido establecer un contacto de hermandad, no un negocio, donde mi hijo y yo seríamos los receptores de tu dinero, no hermano, te equivocas.
_ Pero Andrés Eloy, ¿hasta cuando vas a seguir con ese orgullo que no te hace reaccionar?
_ No se trata de orgullo como tú lo dices. Para ti nunca lo he tenido. Yo diría más bien que es responsabilidad. Estoy frente a una situación que he provocado, de lo cual soy responsable, y de la cual quiero salir adelante. Por eso he venido, para contar con tu apoyo, no para pedirte nada.
Mientras transcurría esta conversación que tenía vicio de una discusión interminable, Herminia, alegando una terrible jaqueca muy frecuente en ella, se retiró a su alcoba para descansar un poco.
Era de sorprender el rostro delicado y bello de Herminia. Toda una diosa, la mujer soñada por el más genio de los artistas. Pudieron ser felices, pero no. Vale decir, los ricos lloran lágrimas aún más tristes que los desposeídos en situaciones como aquellas. Cuando el pobre hombre padece de hambre recuerda si alguna vez tuvo tiempos mejores o degustó algún plato exquisito, soñando que pronto, al conseguir algo de dinero, comerá junto a los suyos, algo que le transporte a algún pasado recordado. Los problemas de los pobres en su mayoría, obedecen a desigualdades sociales y humanas, debido a que ellos son productos del poder del adinerado, patrono o gobierno, que los aplastan. Y sus lágrimas algunas veces llevan un mensaje de reclamo, de exigir que algún día sus problemas tengan cabida a las soluciones.