_ Dios mío- Musitó en aquel conticinio- quisiera un pedacito de cielo en este terrible infierno que estoy sufriendo- Sintió un fuerte dolor en su abdomen, indicándole este que la necesidad de alimentos era apremiante. Trató de ignorarlo pero hacía dos días ya que no se alimentaba, por lo que era poco probable que lo lograra. Se incorporó y caminó larga y lentamente por el oscuro pasillo y se sentó cerca del gran portón, por donde se podía escuchar el eterno concierto de los grillos, y por donde se asomaba gracias a unas ranuras en la parte superior, la tenue luz de un farol. Se asomó por una ventana cercana, y divisó la ciudad vacía, el quieto ambiente placentero y estéril de vida, y sintió el frío abrasador de aquella hora. Estando allí, el alba le toco el rostro y le convidó a percibirlo con esperanzas. Comenzó su trabajo bajo un fuerte estrés debido al hambre y el desespero. No medió palabra alguna y trabajó sin interrupción hasta el mediodía. Pensaba en su hijo, llevaba ya mucho tiempo sin sentirlo, días que parecían eternos siglos. A sabiendas de que estaba en buenas manos, le preocupaba mucho el hecho de no estar junto a él. Faltaban todavía cuatro días para culminar todo el trabajo planificado, mientras tanto debería permanecer allí, y sin probar alimentos dudaba mucho de poder lograrlo. “Si lo haré”, se lo prometió y temió dudoso, cumplir su promesa.
Durante la comida, los hombres todos reunidos entre las risas que producían sus propios chascarrillos, disfrutaban de la hora libre, mientras que él se retiraba al lugar ya determinado que le esperaba impaciente para compartir su miseria. Pensó en su mujer y le ofreció una alabanza mientras soportaba el agudo dolor que le producía el hambre.
_ “María Elena, vida mía- pensó- intercede ante Dios para que derrame su maravilloso poder sobre nosotros, y que nuestro hijo vea la luz de la esperanza, esa luz que se apagó en mala hora para ti aquella desgraciada noche.
Una voz recia le sacó de su pensamiento, pensamiento éste que le permitía aferrarse a esa vida que ahora le torturaba.
_ ¿Tienes hambre? – Su respuesta no había cambiado- si quieres por ahí tengo algo que me sobró, si quieres.
_ No vale, no quiero nada.
_ Deja el orgullo vale, mira que el hambre es muy mala compañía.
_ Pero es que no quiero, ya comí.
_ Que vas a estar comiendo, si todos sabemos que te vienes aquí es para hacerte el loco, o te da pena, no sé, lo que sí sabemos es que no tienes nada que comer, y con este trabajo tan arrecho te vas a enfermar.
_ No vale, no me va a pasar nada, tranquilo.
_ Pero coño, no seas tan palurdo, comete eso ya. Este si es pendejo, ahora que pasando hambre por gusto.- se marchaba molesto por la actitud arrogante e increíble de su compañero de faena. Mientras tanto, Andrés Eloy se preparaba a continuar luchando con ese monstruo de las mil cabezas que desde ya sentía que le estaba ganando la batalla. El hambre atroz que le vencía, que le arrastraba a una derrota segura si no lograba comer.
Pasadas las horas, la sensación de hambre era insoportable, y por ende, continuar trabajando, sobre todo ese trabajo tan exigente de energías, era prácticamente imposible. Amilanado por dicha sensación se abalanzó hacia la salida y caminó por el lugar, sin rumbo premeditado. Recordó no obstante, que en los alrededores había observado varios expendios de comida, que si bien, no eran lujosos restaurantes, eran muy acogedores, por la figura que mostraban. Se dirigió hacia uno de ellos con pasos apresurados, el hambre no le permitía razonar, y el instinto animal de conservación le impulsaba. Entró al que parecía más grande, y en que de seguro encontraría, sino una comida gratis, por lo menos unas buenas sobras, que por bendita piedad alguien le regalara. No había gente, pero igual necesitaba comer y se ubicó en una de las mesas que estaban muy cerca de la entrada y desde donde se podía mirar hacia la calle sin ningún esfuerzo, o desde donde le sería fácil, alcanzar la calle de ser necesario. Observó detenidamente toda la sala, al igual que la soledad reinante, cosa que le extrañaba muchísimo, ya que a esa hora y en una zona como aquella, era lógico la gran afluencia de comensales. Pasaban lentamente los minutos y su mirada se extendía más allá del horizonte, cuando alguien le sorprendió nuevamente sumergido en sus pensamientos o en sus recuerdos.
_ Buenas tardes señor. ¿Qué va a pedir?
Era una señora, quien lo sacó de ese mar de ideas. La dama toda ataviada de n***o, septuagenaria, se había acercado hasta él en silencio, por supuesto que no la había sentido llegar. Sus vestimentas incluían un chal del mismo color, pero más brillante, lo que le daba un aire misterioso. Ojos tristes, palabras secas, distantes, como no queriendo ser pronunciadas, por lo que llegaban apagadas hasta él. El cabello que asomaba era encanecido. Una honda tristeza no podía ser ocultada. Andrés Eloy no le respondió, era la última persona a la que esperaba enfrentar. Solo permaneció allí, inmóvil, en silencio, mirando a la anciana detenidamente, como queriendo explicar con su mirada, la imperiosa necesidad que le había conducido hacia ese sitio. ¿Cómo podría explicarle que tenía hambre, que necesitaba comer, pero que no tenía dinero para pagarle? Nunca podría hacer aquello que en mala hora pasaba por su mente, y que el solo hecho de tenerlo en mente le producía un sentimiento de culpa grandioso, del tamaño de su honestidad. Era muy orgulloso y generoso para cometer ese pecado.
_ Señor buenas tardes ¿No me oye? –Aumentó el tono de su voz al percibir el silencio de Andrés Eloy.
_ Buenas tardes, disculpe usted, lo que pasa es que no la había escuchado_ Se excusó ante la anciana.
_ Si, ya me di cuenta. Pareciera que anduviera en otra galaxia. ¿Va a comer algo?
_ Si señora, si me hace el favor. -Pensó en pedir algo que no representara mucho valor, pero que le hiciera desaparecer el hambre que ya le hacía desesperar.
_ Dígame.- Decía esto, mirándolo tiernamente, con una mirada que solo le obsequian las madres a los hijos.
_ Un vaso de leche y unos panes, si me hace el favor.
_ ¿Eso no más? A caray, ahorita se los traigo.- Se alejó dejando a Andrés Eloy muy triste.
Aproximadamente cinco minutos después, regresó la anciana trayendo consigo, un flamante vaso de leche muy fría, y algunos panecillos, los que Andrés Eloy despachó inmediatamente con glotonería insaciable, logrando de éste modo, que los flagelos del hambre dejaran de torturarlo. La señora por su parte, ubicada en una silla cercana, le observaba mientras le hablaba muy curiosamente.
_ Sabes hablar muy bonito, muy bien diría yo. No pareces uno más de esos muchachos que se desviven trabajando para esos muérganos explotadores, ladrones, que les pagan una miseria. ¿Sabes? Me haces recordar a mi muchacho, mi buen hijo, a mí adorado muchachito. Anda muy lejos por que ¿Sabes? Es marinero, y viaja por toito el mundo. Te pereces mucho a él, debes tener más o menos su misma edad, y es tan buen mozo, tan adorable. Que hambre tenías, te comiste todo eso en un santiamén.
Como respuesta Andrés Eloy solo sonrió y le miró largamente. No articuló palabra alguna, no podía hacerlo, ya un remordimiento comenzaba a anidarse en su alma, para recordarle que había fallado ante su forma de actuar, ante la pulcritud de su majestuosa formación moral. Había mentido, le había pedido a esa mujer que sirviera comida a sabiendas de que no podía pagarle.
_ Enseguida te traigo la cuenta hijo- Refirió la señora, al ver que el comensal concluía ya su comida, y que no exclamaba palabra alguna.
Quedó Andrés Eloy nuevamente solo cuando la señora se retiró, el hambre por fin dejaba de atormentarle, pero ¿Hasta cuando?, ¿Cómo haría la siguiente vez que se presentara?, ¿Cómo no mentir ahora? Pensaba a manera de reproche. Su mirada se dirigió hacia el azul del cielo y lloró amargamente lo ocurrido. Cubierto era su rostro de lágrimas, lloraba de impotencia, de la incapacidad para seguir padeciendo, del hecho de no poder cumplir la penitencia que él mismo se había impuesto, gracias al complejo de culpabilidad que lo conducía a querer sufrir para pagar lo que creía su error. Lloró por su vida, por María Elena, por Rigoberto, lloró por la mentira que tuvo que utilizar para poder mitigar el hambre de la que era víctima. Bajó lentamente su rostro y tocó con él, la tibia madera de la mesa donde permanecían los dos platillos y el vaso aún. Lloraba por no saber que hacer ante la realidad que se presentaba. El ruido de la ciudad llegaba hasta él, indicándole que debía continuar, pues la vida también continuaba, y que había que irremediablemente, aunque no quisiera, seguir viviéndola. Que tristeza es ver cuando un hombre llora, cuando exterioriza con el llanto, todo ese gran dolor que siente, así como él lo hacía ahora.
Sintió la presencia de alguien. Sintió una presencia muy cerca y una mirada que se posaba sobre él y que le exigía la presencia de una mirada suya. No podía mirar, su llanto ya apagado no lograba extinguir la vergüenza sentida. Pocos minutos después la mirada que sentía posesionada de su integridad se alejó, luego de lo cual pudo incorporarse lentamente. Habiéndolo hecho descubrió que los utensilios que habían sobre la mesa habían desaparecido y en lugar de ellos, empacados maternalmente, unos platos de deliciosos manjares, y debajo de ellos, unos billetes que la misteriosa señora había puesto allí para el joven hombre, tocada muy hondamente en sus sentimientos de madre que siente a su hijo lejano, y siente también que alguien necesita del apoyo de una madre como ella. Quedó Andrés Eloy nuevamente solo en el lugar, con el silencio como compañía.
Lloró ahora, pero de alegría, de entusiasmo por seguir luchando, por que ahora más que nunca no flaquearía, ahora que necesitaba de la vida para dedicársela enteramente a su hijo. Lloraba por sentir que la gente aún es noble, es amable, es capaz de sentir necesidad de socorrer al prójimo. Lloraba por querer seguir adelante ahora más que nunca. Por que siempre que lo necesitamos, encontramos a alguien que nos acompañe. ¿Acaso no tiene el pez al agua? Así como también tienen las aves a la libertad, la luna los maravillosos ojos de los enamorados que la contemplan, y que a su luz, despiden eternas frases de amor. Lloraba por el amor, por ese noble sentimiento quien hoy más que nunca debemos seguir sintiendo, y que tanta falta nos hace. Por que era el amor hacia el prójimo el que había hecho la realidad de que la buena dama permitiera seguir el ejemplo, y procurar que alguien martirizado por la pena, pudiera creer que no siempre que se cae, se golpea.
Que aunque no podamos ver lo bueno de la vida, ella siempre esta allí, brindando su bondad y su belleza. Que bello es vivir, luchar, soñar y admirar. Admirar el sentimiento de una nobleza que despide un ser que al percibir la pobreza y el sufrimiento ajeno, brinde su mano generosa. Es bello evitar el flaqueo de quien ha hecho de esta vida una empresa, y quiere que ella sea nido de hijos, de hijos amados y bendecidos por la deidad del buen comportamiento humano, cuna de buenas obras, edificadores de seres dignos de un mejor vivir. Había regresado al almacén con muchas esperanzas, aunque envuelto aún es su silencio que lo caracterizaba ya, con una nueva visión positiva de la vida, esa que nos enseña a creer aunque hayamos dejado de hacerlo. Andrés Eloy continuó su rutina en la vida, el dinero le había alcanzado para su sustento hasta que acabara el trabajo en el almacén, y por el cual ganaría lo necesario para que a su hijo no le faltara por lo menos comida, ropa, etc. Antes de partir había dejado lo suficiente para una semana, por lo que ya estaba sediento de volver a verlo y derramar todo su amor en él, para producto de su gozo, además de acudir en ayuda de sus amigos Nicolás y Felicita que tanto habían hecho por ambos, sobre todo después de la muerte de María Elena.
Había transcurrido una semana desde su partida, una larga semana donde sólo había convivido con la soledad y el silencio en medio de una selva de cajas, herramientas, utensilios de manufactura extranjera, y algún otro producto de encargo que habían requerido algunos entes gubernamentales. También convivían con el, el recuerdo de su protectora, la presencia de la bondad, la ternura, el cariño que un ser humano es capaz de profesar hacia su semejante a sabiendas de que la vida en muchas ocasiones está colmada de ingratitudes, y solo quien merece un dejo de ternura, bondad y cariño, nunca lo busca, pues la espontaneidad le caracteriza. Su anciana protectora estaba en su mente desde el primer día, y estaba seguro de que estaría por toda su vida. Aquella noche el camino le pareció demasiado largo, a pesar de que era costumbre caminar diariamente mucho. El deseo grandioso de ver a su hijo le convertía los minutos en siglos y su pensamiento no lo apartaba un segundo de sí. Necesitaba pensarlo, dejar que su mente lo acariciara como solo se acaricia lo adorado. Porque su hijo era lo más grandioso que su vida le había ofrecido. Su hijo desde aquella inolvidable noche, había sembrado en él un indeterminable flujo de amor, que nunca podría describirlo ni descifrarlo, porque sencillamente era indescriptible e indescifrable.
La noche había llegado con un toque de candorosidad que le hacía parecer más tierna aún, dada la gran cantidad de estrellas que adornaban la inmensidad. La luna también estaba allí, brindaba su más delicada luz que invitaba a palparla con una mirada que se refugiaba en ella para ser siempre recordada. Un recuerdo que siempre sería llevado en lo más hondo de un sentimiento que nació una noche en la que ella estaba distante, tanto era su apego a aquella luz deliciosa que le hacía sentir nostalgia por ser delicada y soñadora, inspiración de los más grandes artistas que hacían de ella la princesa de las noches. Así era la hermosa luna que esa noche daba la recepción a la vida que esperaba y la que llegaba, al hijo añorado, a su padre, y a la vez, al padre que vería a su hijo con la esperanza de conducirlo por lo más bello que una guía de padre ofrece a quien la espera.
Al llegar pernoctó algunos pasos distantes y contempló lo que a su vista estaba, un panorama sombrío y miserable en la geografía total del cerro. Allá estaba su otrora humilde casa, los demás ranchos, la huella de donde habían estado algunos otros. Todo lo observado daba cuenta de una cruel realidad que estaba viviendo un país tan hermoso y rico como el nuestro, donde a cada habitante por derecho natural debería corresponderle parte de esa fortuna que nuestra tierra lleva en sus extrañas, la fortuna negra. Pero en cambio, por negligencia de una falsa guía que poseemos, personas que simulan muy malamente ser lideres, estos se quedan con todos los recursos destinados a un país sin importarles que los moradores de nuestra patria, el pueblo, nosotros que los llevamos a un sitial ansiado y codiciado, perecemos de hambre, de frío, decadencia moral y espiritual, y un sin fin de otras penurias que nos regalan nuestros gobernantes en lugar de permitirnos los paraísos inexistentes que nos ofrecen. Una brisa fría colisionó contra su rostro haciéndolo regresar del viaje al que sus pensamientos le habían transportado. Buscó instintivamente la pequeña vivienda de Nicolás, allí estaba la puerta, tan cerca que podía tocarla y abrirla. Lo hizo recibiendo la calidez del hogar que encierra toda la armonía familiar que había en él.
_ Pero caramba, mira quien es Felicita, nada menos que Andrés Eloy- dijo emotivamente Nicolás toda vez que corría a abrazar a su hermano, a su amigo.
_ Andrés Eloy tanto que no te veíamos, pasa adelante- agregó Felicita no pudiendo ocultar la emoción que sentía.
Hombre de pocas palabras, Andrés Eloy dio algunos pasos luego de separarse de su amigo que lo recibió, siguió caminando dirigiéndose hacia la habitación donde se suponía estaría Rigoberto dormido ya, por que de seguro Felicita se habría encargado de que fuera así.
_ ¿Dónde está el niño?- preguntó a quemarropa, detenido en la puerta de la alcoba.
_ Pasa- contestó Felicita- ya está dormido, hace ratico que le di el biberón y se quedó rendido como lo que es, como un angelito.- de esta forma le invitaba a que hiciera lo que llevaba días enteros planificando: el reencuentro posterior a la primera separación de su hijo. – “Quiera Dios que no hayan más”- pensó. Traspasó el umbral con tan sólo apartar las cortinas que separaban esas partes de la casa y quedó frente al tan refrescante episodio de la noche tan esperada. Él estaba allí, en una de las camas. Estaba dormido en efecto, tan indefenso de la vida. Hubiese respetado ese sueño de no ser por la urgencia que tenía de albergarlo inmediatamente entre sus brazos. Estaba allí, tan desconocedor de todas las maravillas y sinsabores de la vida, helo allí, a su hijo, ese ser quien había transformado su vida desde mucho tiempo antes de su llegada a ella.
Presuroso caminó hacia él deteniéndose en un extremo del aposento, pudiendo captar cada parte de su anatomía perfectamente, propiciado por la brillante luz lo que le proporcionaba dicha facilidad.
_ Que Dios te bendiga mi amor, que nuestro señor haga de tu vida tu encanto y mi triunfo- a la vez que le depositaba uno de los tantos besos de amor que guardaba para él, para toda su vida. Le acarició suavemente el rostro, cubrió su cuerpecito con la manta que debido a sus movimientos constantes el mismo había apartado de sí y le observó detenidamente por largo rato antes de salir de la habitación. Ya en la sala, quedó en medio de la misma, confundido, no pudiendo ni queriendo iniciar una conversación. Nicolás y Felicita lo miraban extrañados preguntándose cuál seria ahora el motivo de la actitud de su amigo.
_Pero hombre, siéntate, no te vas a quedar ahí parado y tan callado, tu sabes que no nos gusta verte así. Siempre que te pones así es por que ha ocurrido algo grave que no quiere decir y menos explicar.
Andrés Eloy parecía no escuchar y permanecía en el mismo sitio y con la misma actitud. Nicolás y Felicita lo acompañaron ahora con sus silencios. Minutos después camino hacia uno de los muebles y distraídamente se sentó dando la apariencia de que retornaba desde un viaje a sus pensamientos, como acostumbraba ya.
_ Estaba pensando en algo que me pasó, pero la verdad es que de tanto pensar en el niño, no lo había analizado muy bien que se diga- explicaba detenidamente como para hacerse entender- pero después hablamos de eso, cuéntenme, ¿ como les ha ido todo este tiempo?
_Vaya, hasta que te decidiste a hablar- le contestó Nicolás sentándose en un sillón que estaba muy cerca al de su amigo- hablas como si hubieras estado muchos años lejos de aquí, apenas pasaste una semana. Bueno, tu hijo no ha hecho otra cosa que hacernos felices a todos. Mis hijos están contentísimos con él, y se la pasan todo el santo día hablando de él y hasta se pelean para atenderlo. Es que tu hijo es una bendición.
Andrés Eloy escuchaba esas melodías que llegaban a él para la gloria de su vida, melodías que escuchaba sonriente, aunque hubiera creído que el sonreír estaba prohibido ya para él. Pero, ¿Quién no sonríe de orgullo por un hijo? ¿Quién no siente la felicidad al verlo feliz? Y en ese momento percibía que el niño no solo lo hacia feliz a él, si no que había personas que también lo adoraban y que también eran felices a su lado, y eso llena de ternura a un corazón herido. Felicita regresaba ya con dos humeantes tazas de café dirigidas a los hombres que entretenidos en sus conversaciones, decidían sobre el posible futuro del niño. Tomaron el café sin dejar de platicar un solo instante, hizo Andrés Eloy hincapié sobre lo sucedido con la anciana del restaurante y que había despertado en él un sentimiento de credibilidad que le hacían ver la vida ahora con otra óptica, sobre todo, acerca del futuro de él y de su hijo. En esos días que permaneció lejos del bebé, Andrés Eloy había pensado mucho en lo que habría de hacer en el futuro inmediato y tenía la seguridad de que su decisión sería enormemente positiva, y ojalá no estuviera en un error, que por supuesto sería muy desalentador tomando en cuenta que no eran muchas las alternativas con las que contaba en una sociedad que no ofrece mucho a los necesitados, pero que al contrario quita muchas esperanzas.
_ Mira Andrés Eloy, yo te quiero preguntar algo y me vas perdonando la entrepitura- exclamó Nicolás exhalando una bocanada de humo producto del cigarrillo que casi terminaba y al que ya había lanzado lejos de sí, dibujando una curva en el aire para producir destellos de color rojo al caer. Andrés Eloy quedó mirando detenidamente a su interlocutor, un prolongado silencio permaneció en el ambiente.
_ ¿No has ido al cementerio? ¿No le has llevado flores a María Elena?
La pregunta le transformó el rostro y ahora lejos de la alegría que había estado en él, se había transformado en una mueca de sorpresa y dolor. Meditó por unos minutos la respuesta a dar a su amigo.
_ No, no he ido- miró hacia el piso sin levantar un solo instante la mirada- no he vuelto a ese lugar desde que enterramos a María Elena- se paró y dio unos pasos quedando de espaldas a Nicolás quien seguía con su mirada a su amigo, esperando atento la respuesta- Desde un primer momento la quise mucho, fue un amor que desde que nació, fue muy lindo y mágico, y siempre fue creciendo todos los días, y a pesar de que pasamos tanto trabajo y necesidades ella no dejó de quererme ni yo a ella, no te imaginas lo grande que es este amor que siento, nunca la olvidaré. Después llegó la sorpresa de que estaba embarazada y esa fue la cereza del helado, la máxima noticia, lo que más alegría me ha dado la vida. Nicolás esto que me está pasando es una gran tragedia, yo la amé desde el primer día y la voy a amar hasta el último día de mi vida y estoy seguro que hasta después de mi muerte si Dios me lo permite, pero yo la quiero viva, no muerta, por eso no quiero volver a ese sitio donde sólo sé que está eso, solamente el cuerpo sin vida de ella. Quiero vivir recordándola.
Miraba por la ventana como meditando cada una de las palabras pronunciadas, mientras ausente dejaba escapar todo lo que sentía. Mientras halaba cada palabra la pronunciaba con meticulosidad. Nicolás le observaba muy detenidamente, tratando muy difícilmente de entenderle, ya que se expresaba de una forma muy complicada para él.
_ Bueno, si es así tienes mucha razón, pero yo pensé que con lo tanto que la quieres como me has dicho y como siempre uno se daba cuenta, no sería malo llevarle unas cuantas flores a su cuerpo, rezarle algo.
_ No amigo, ya te lo expliqué. Mi amor es por una mujer que nunca se morirá, entiéndeme por favor, ella nunca se va a morir, siempre va a estar viva para mí.
_ Bueno, lo que tu digas, si es así, si. Es difícil entenderte, lo que pasa es que tu hablas así como los ricos, todo enredado.
_No, no es que hable enredado, bueno, tal vez si, lo que pasa es que mis sentimientos son de verdad, verdad. Te quiero pedir un favor y disculpa tantas molestias- decía mientras tomaba asiento nuevamente.
_El que tú quieras- propuso Nicolás enérgicamente esperando el favor como quien espera una orden.
_ Quiero que cuando pueda conseguir dinero para hacerle un pequeño trabajo a ella en ese sitio, le hagas poner una fotografía en la que quedó muy bonita, como un recuerdo eterno, así como era bonita ella, era una foto que nos tomaron el día de nuestro matrimonio, ¿te acuerdas de ese vestido lindo que estreno para ese gran momento? - escapaban varias lágrimas de sus ojos, era infructuoso ocultarlas.
_ Lo que tu quieras amigo, yo mismo le voy hacer el trabajito y le pongo esa foto tan bonita que tu dices- se hizo un corto silencio que interrumpió Nicolás para hacerle otra pregunta.
_ ¿Y cuando el muchachito te pregunte por su mamá, lo vas a llevar al cementerio?- en ese momento, el llanto del niño irrumpió para alegría doble de su padre, ya que quería que despertara para agarrarlo y llenarlo de besos y caricias, a la vez por que se interrumpía una conversación que había iniciado y que le estaba resultando demasiado difícil mantenerla. Al poco rato, Felicita llegaba con el pequeño niño en los brazos, quien al ver la claridad intentó apartar la mirada, colocando sus manitas en los ojos haciendo que el llanto se hiciera más fuerte por la incomodidad. Le tomó Andrés Eloy y con caricia divina inyectó una gran dosis de amor a través de palabras mimosas y un cariño paternal infinito. El niño respondió con un silencio asombroso, lo que se hubiese podido entender como una respuesta hacia su padre, al recibir ese caudal de ternura esperado. Que bella pareja se dibujaba en ese momento, todo el amor que un ser humano puede sentir por un hijo, y todo el que un niño puede y quiere recibir de su padre cuando se quiere de verdad, cuando nace un noble sentimiento y cuando igualmente se hace nacer algo grandioso como divino e insustituible.
Recorrió con una mirada examinadora todo lo que a sus ojos llegaba. Era una lujosa residencia. Un enorme patio habitado por un sin fin de plantas ornamentales daba la bienvenida. Varios rosales decoraban la estancia y engalanaban con sus bellos colores y su fragante aroma. La grama recién cortada dejaba escapar un exquisito olor a frescura. En un aparte, una inmensa jaula contentiva de varios canarios que retozaban y jugueteaban entre sí, hacían de sus lindos trinares un adorable adorno que llegaba a los oídos ansiosos de la linda música. Era una mansión, se podía decir que la más bonita de todas la que formaban esa pudiente urbanización. Al fondo se podían distinguir dos automóviles de modelo reciente, de ensamblaje extranjero que de seguro costaban una fortuna. Había dado varios pasos ya y estaba justo frente a la casa. Podía distinguir voces lejanas, se detuvo instantáneamente cuando una voz sorpresiva le detuvo.
_ ¿Quien eres tú y que quieres? - un hombre excesivamente alto, de piel clara y rasgos europeos le interrogaba. Llevaba un pulcro uniforme de color azul y con un arma de fuego apuntaba al recién llegado.
_ ¿Yo?- respondió con un nerviosismo que ya se iniciaba.
_ Sí, quien más, ¿acaso ves a alguien más aquí?- continuaba apuntándole mientras esperaba una respuestas de ese hombre que sorprendido por lo intempestivo de su captor, no articulaba la esperada respuesta.
Yo, yo...
_ Párate ahí- gritaba al notar que sus pasos lentos pero decididos le incitaban a detonar el arma- patrón, patrón, rápido, llame a la policía, que aquí tengo a uno de estos ladrones que desde hace días nos tienen azotados, rápido, llame que parece que es muy machito el hombre- gritaba hacia el interior de la lujosa vivienda.
_ Pero, pero es que yo... - los movimientos del alto personaje le producían la torpe forma de titubear al hablar y avanzar involuntariamente, lo que hacía que el centinela decidiera accionar el arma. En ese preciso instante, un hombre elegantemente vestido salió apresurado por la enorme puerta de madera.
_ Pero ¿Qué es lo que está pasando Ernesto? ¿Qué son todos esos gritos? Quién... - sus palabras fueron interrumpidas bruscamente por una gran impresión que le produjo un fuerte impacto.
_ Está bien Ernesto, puedes retirarte, yo arreglo esto.- el centinela se retiró aunque no apartaba la mirada del intruso.
_ Pero jefe.
_ Que te vayas por favor Ernesto- le miró desafiante, para después seguir mirando la silueta de su huésped del jardín. Era una mirada correspondida, ya que ambos no cesaban de hacerlo, como no creyendo creer lo que a la vista estaba. El centinela se ubicó a unos pocos metros de los dos hombres, que inmóviles, se miraban de una forma tan extraña. Se ocultó entre unos arbustos para mirar sin ser mirado, y también para fielmente cuidar a su jefe de lo que creía un ladrón de lo que frecuentemente asechaban por la lujosa zona residencial de la ciudad.