Tú sabes que no me gusta ni me ha gustado que me digas que les pida ayuda a mis viejos, ¿no ves que ellos me botaron de la casa, que no me entendieron, que me dieron la espalda? Para ellos dejé de existir desde hace mucho tiempo. El único que debe haber sufrido por mi partida es mi hermano, pues nunca más ha tenido noticias de mí.
_ ¿Un hermano? No sabías que tenías un hermano.
_ Si amigo, tengo un hermano, se llama Lázaro. Él es un muchacho muy especial, nosotros compartimos muchos momentos bonitos. Era el testigo principal de mis travesuras y yo de las de él. Nunca pediré ayuda a mis padres, mucho menos ahora, que tengo esta gran responsabilidad que es únicamente mía, ya veré como hago, pero te aseguro que echo a mi muchacho pa’ lante. Rigoberto no va a pasar necesidades.
_ Rigoberto, ¿Quién es Rigoberto?
_ ¡Ah! No te lo había dicho todavía. Ese es el nombre del niño. Ese nombre le gustó a ella. Ya se lo había puesto desde antes de salir embarazada, y de haber sido hembrita la hubiese llamado Bella Violeta en honor a mi mamá, aunque no la quisiera, quiero decir, mi mamá a ella.
_ Qué bonito gesto. De modo que Rigoberto, un hermoso nombre para un hermoso niño. Que Dios te lo cuide y te lo bendiga hermano.
_ Amen.- Solo atinó a decir Andrés Eloy.
_ Volviendo al tema, entonces ¿Qué piensas hacer? ¿Volver a tu rancho? ¿Vas a continuar viviendo allá, después de lo que paso, o sea, con ese muchachito recién nacido?, Si quieres te puedes quedar viviendo aquí todo el tiempo que quieras.
_ No Colás, eso sería un abuso.
_ Eso ni lo digas hermano, sabes de más que no es ningún abuso, es más, desde hoy se quedan en esta casa.
_ Es verdad que es un abuso, y es cierto que no sé lo que voy a hacer, para salir adelante.
_ Eso si que esta mal, tenemos que buscar una solución y rápida.
_ Sea cual sea la solución, no quiero buscar ayuda en mis papás, eso nunca, lo juro por mi hijo.
Asestaba así, con toda la congoja que podía haber en su interior, no odio hacia sus padres, más bien un resentimiento hacia quienes habían propiciado todos esos momentos vividos cubiertos de desgracias. Sentía también gran constricción por las veces que había blasfemado hacia Dios que nunca se ensaña en contra nuestra. Nicolás lamentaba no poder ayudar a su amigo más que dándole albergue a ambos por el tiempo que fuese necesario, no importando que eso le produjera incomodidades a su propia familia, eso era insignificante si se trataba de ayudar a quien se quería, y a quien había ayudado tanto a tantas personas. La sonora voz de Felicita llamando a los niños les hizo salir a flote desde lo sumergido de la conversación, les anunciaba ahora a ellos que podían sentarse a la mesa. Ella, mujer hermosa y afable, llevaba en sus brazos, en ese momento, una bella joya, a un hermoso retoño.
A pesar de que se encontraban en una situación que no era nada envidiable, Nicolás y Felicita habían dispuesto su hogar de una manera sencillamente agradable. Juan y Minerva, dos niños de ocho y seis años respectivamente, eran la delicia de la pareja. A pesar de carecer de lujos o de algo que se asemejara, Nicolás con máximo esfuerzo, logró construir una vivienda que pudiera albergarlos con comodidad a su esposa e hijos y uno que otro huésped ocasional. Una pequeña sala en la que ubicaban unos muebles viejos, pero bien limpios y decorados con gusto, daban una acogedora bienvenida a la humilde morada. El resto de la casa eran dos habitaciones y una cocina, en ella una mesa con seis sillas, y otra mesa mucho más pequeña servía como depósito de los enseres propios de la tarea que allí se realizaba, y dos vasijas donde se almacenaba el agua. El baño quedaba fuera de la casa y no era más que una letrina construida por el mismo Nicolás, y un espacio reducido donde se bañaban.
Se dispusieron ordenadamente uno por uno, hasta completar el comedor, mientras el niño, alimentado ya, dormía en la cama de Minerva. Después de la cena, de la que Andrés Eloy no probó bocado alguno se dispusieron los niños a lavar la loza mientras Felicita barría la casa. Los hombres volvieron a ubicarse donde antes de la cena habían permanecido. Nicolás sacó un cigarrillo y del mismo modo, ofreció uno a Andrés Eloy, quien se negó al ofrecimiento. Grises nubarrones cubrieron el cielo y una gélida brisa se sentía ahora en el ambiente. El brusco cambio de temperatura y la inminencia de otra lluvia, les hizo resguardarse a cada habitante en sus respectivos hogares, incluyéndolos a ellos. Al cabo de unos minutos, la lluvia era nuevamente dueña y señora de toda la comarca. La lluvia, compañera de esas noches como aquella tristemente inolvidable, era bienvenida por muchos y temida por muchos más. Ella le hizo recordar lo que por apenas unos pocos segundos apartaba de su mente, y el recuerdo le produjo aún más tristeza. Eran pues, recuerdos empapados en desgracias. El niño dormía plácidamente ajeno a todo cuanto ocurría.
Recordó aquella tenebrosa noche que desde que llegó se albergó en sus sentidos y no le daban paz día y noche, atormentándole hasta hacerle brotar llantos amargos que nacían de su alma. Miraba aún el cuerpo inerte de su amada, rodeado en esa habitación de todo cuanto poseían, rodeado de miseria. Luego de haber terminado con la limpieza de la casa, Felicita y los niños colocaron varios envases en distintos puntos de la casa, que recibirían un sin fin de goteras que amenazaban con inundar el inmueble. Posterior a ello, se marcharon al cuarto de la pareja donde Nicolás, a pesar del ruido ocasionado por la lluvia, trataba de leerles explicativamente la Biblia, luego de lo cual, encendió como siempre a esa hora, el pequeño radio para los fines de siempre, colocándolo muy cerca de su oído derecho. Andrés Eloy, junto a la ventana, miraba hacia la cimera del cerro donde estaba ese sitio que ahora odiaba como nunca lo había sentido, a pesar que en ese sitio nació su hijo, pero fue allí en el que sufrieron muchas penas, y donde María Elena perdió la vida de esa manera tan injusta.
Cortaron la energía eléctrica como era la costumbre cada vez que caía un aguacero por muy pequeño que fuera, y gracias a las luces de los rayos, se divisaban ríos inmensos de lodo que descendían desde lo más alto del cerro, en el cual, miles de kilos de basura eran arrastrados cerro abajo, para depositarse justo a pocos metros de la casa. Un pequeño candil les ofrecía su luz, mientras el resto de la casa era envuelta en los obscuros brazos de la noche. Al cabo de una hora todos se dispusieron a dormir, mientras que Andrés Eloy con el niño entre sus piernas, le quitaba el paño usado, y después de la limpieza y de haberle colocado un blanco polvo muy fino y de agradable olor, le colocaba otro paño nuevo, y cubría su menudo cuerpecito con una manta azul celeste de seda que le procuraría el calor necesario.
Una pequeña lámpara alumbraba en esa parte de la casa y los ojitos vivaces del niño lo miraban todo, sobre todo a su padre, quien le regalaba a cada momento, una cascada de besos y caricias. “Ya verás que todo va a ser distinto para ti” – pensó mientras le acariciaba el rostro y el n***o cabello, haciendo el niño un ademán que no tardó en complementarse en un largo llanto, el llanto por lo desconocido. Se paró el tierno padre y arrulló a su hijo paseándolo por la pequeña sala hasta que el sueño se apoderó de él, logrando una quietud que solo era rota por el ruido de la lluvia y de la gran cantidad de porquería que descendía desde lo alto del cerro. Minutos más tarde el silencio lo cubría todo, y el sueño se había contagiado a todos los habitantes. La llama del candil vaciló y finalmente languideció después de algunos minutos de feroz lucha por mantener la vida en sus llamas, dejándolo todo en la más completa oscuridad.
Sólo Andrés Eloy permanecía despierto, no había sido abrazado por el sueño, y absorto en sus pensamientos, intentaba tocar las íntimas fibras de su esperanza, tratando de lograr una salida satisfactoria a su situación y a la del niño. Avanzaban las horas lentamente, el niño se movía constantemente para luego continuar dormido como un angelito. El hombre sintió frío y abrazándose, trató en vano de darse calor. Jamás se imaginó que viviría una situación semejante y no permitiría que su adorado hijo lo hiciera. Le iba a procurar un mundo distinto, mejor decorado, con un sabor agradable, en lugar de ese tan amargo que ellos sintieron, y haría lo imposible de ser necesario, para brindarle la felicidad que estaba seguro que existía. Unos gritos se empezaron a escuchar en la lejanía, apenas perceptibles, y muy débiles para lograr despertar a quienes, a esa hora, dormían profundamente. Siempre ocurría, era normal ya que se escucharan gritos de sufrimientos de esas pobres gentes. Pensó Andrés Eloy en los gritos que aquella madrugada él realizó de dolor, rabia e impotencia, y como también ocurrió en ese entonces, en esos momentos nadie acudiría a ver de que se trataba o quien estaba viviendo una situación difícil por lo resbaladizo del suelo y por el temor de ser arrastrado también como la basura.
Siguió con detenimiento el curso de los gritos y escuchó a duras penas llamados de auxilio. De seguro alguien vivía momentos tan desgraciados como le tocó a ellos, ahora si estaba seguro de ello. Luego de algunos minutos, los alaridos eran más fuertes y ya se distinguían las palabras, que, como se esperaban, eran de auxilio. Nicolás los había percibido y se incorporó del lecho y acto seguido encendió la luz del candil, divisándose ahora a los chicos dormidos y a Felicita que, con el bebé junto a si, de lo cual Andrés Eloy no se había percatado, escuchaba atónita y con ansias de descubrir de que se trataba. No tardaron en llegar a sus oídos, como vociferaba la gente, unos gritaban mientras corrían en todas direcciones. También se escuchaban llantos, lamentos y muchas maldiciones. Algo muy penosos había ocurrido y como era de esperar los vecinos se entregaban a socorrerse mutuamente. Andrés Eloy y Nicolás presurosos se unieron al grupo, corriendo como solo ellos sabían hacerlo, sobre el resbaladizo lodazal. Las luces de las linternas alumbraban en todas direcciones. Un joven de no más de veinte años cedió ante el barro, y parándose todo embarrado continuó su veloz carrera.
La algarabía de la gente era mucha, y muchos sabían ya de que se trataba toda aquella confusión de gritos y llantos. Alguien exclamó que eran poco más de la una de la madrugada. Después de organizarse y buscar con calma, si es que en verdad se podía tener en esos casos, se dirigieron hacia uno de los extremos del cerro y constataron atónitos la verdadera causa de aquel alboroto. Se había desprendido parte de éste, y con él, una veintena de casas quedaron sepultadas. Parecía la más perfecta secuencia de alguna obra de terror de cualquier autor, el contemplar aquellas imágenes que se presentaba en lo que pudo ser una romántica noche de lluvia. En las labores de rescate, solo ellos participaron, ningún ente público llegaba para asistir a los olvidados. Ya llegarían para cubrir las noticias y llenar con fotografías espeluznantes, una avalancha de diarios al día siguiente. Recogían a los sobrevivientes y los trasladaban hacia las casas más seguras, por llamarlas de alguna manera a las que estaban en terrenos planos, y que no eran muchas. Muchos cadáveres, tapiados, eran casi imposibles de ser rescatados. El primer cadáver en ser librado de entre el montón de barro, era el de un bebé de aproximadamente tres años, el cual murió triturado sin piedad por una gigantesca roca. A su lado se encontró a quien seguramente era su madre, también destrozada y además en avanzado estado de gravidez.
Los cuerpos, a medida que eran sacados de la masa enorme de lodo, eran colocados uno al lado del otro en un lado del camino. Mientras más avanzaba el tiempo, mas seres eran colocados en la inmensa hilera, hasta que no pudo rescatarse a nadie más. Un anciano falleció víctima de un mortal ataque cardíaco al observar aquellas espeluznantes imágenes. Algunas mujeres ayudaban asistiendo a los heridos, mientras que los niños más grandes, cuidaban a los más chicos y también ayudaban a los adultos en sus labores. Una mujer joven fue descubierta con todas sus vísceras fuera, debido a que un trozo de vidrio se le había incrustado en el abdomen. Era horrible aquel espectáculo vivido, dantesco. Ellos enfrentaban aquella situación lo más unidos que podían, y haciendo esfuerzos sobrehumanos para no ceder ante el terror observado y ante el miedo, la impotencia y la angustia de esperar encontrar a algún ser querido entre los escombros.
Andrés Eloy mirando el cielo que ya dibujaba el amanecer, pensó: “Señor, ¿qué es esto que esta pasando?, ¿Que más nos tocará vivir? Dios, sé que nunca nos dejarás solos, acompáñanos sobre todo en estos momentos tan difíciles de enfrentar. Danos fuerzas señor para poder soportar tanto dolor, danos fuerzas para poder soportar esta carga tan pesada. Danos la oportunidad de poder cambiar nuestras vidas. Ayúdanos señor todopoderoso, ayúdanos te lo suplico”- pensaba mientras una anciana con el cráneo destrozado era colocada de último en la larga hilera. Pasadas varias horas desde que se inició la tragedia, llegaron las autoridades, los cadáveres fueron trasladados, y los heridos ingresados a los hospitales del área. Quedaron solos los vecinos tirados al piso, exhaustos, opinando sobre lo ocurrido y maldiciendo la horrible pobreza que los inducía por esos caminos. Muchas personas habían perdido sus pertenencias, que no eran muchas, pero que era lo único que tenían en la vida. Otros habían perdido lo más valioso, la vida.
Al aparecer el nuevo día, Nicolás cuando llegó a su casa, recibió la desagradable sorpresa de que ni Andrés Eloy ni el niño permanecían en la misma, y nadie había notado su desaparición. Iniciaba de este modo su gran peregrinar por ese largo sendero depurado de lo más mínimo para ofrecer a su hijo, todo cuanto había jurado. Su único equipaje consistía en un paquete con los enseres del bebé y algunas pertenencias personales suyas. Caminó largamente con el niño en brazos, quien de vez en cuando dejaba escapar su llanto y solo era calmado cuando el hambre le era saciada o al quedarse dormido. El alimento del niño casi se terminaba y el hecho de no tener algo de dinero con que comprarle más le preocupaba, pensaba como hacer para encontrar empleo urgente.
Atravesó la larga avenida y las personas que lo miraban con el pequeño en brazos, no podían evitar miradas piadosas ya que observaban en él, la mayor tristeza que pudiera albergar un ser. “Dios mío- pensó- si esta es la vida, ayúdame o quítamela, porque yo no puedo vivir con este gran dolor”. Se aferraba a su pequeño, tanto, que lo veneraba como el poeta a la musa, como al idilio que inspiraba un poema de amor. Su hijo significaba la nube que ocultaba al quemante sol, para proteger de esos rayos, propiciando una dulce sombra. Al pasar junto a una plaza, recordó que allí había conocido a su mejor amigo y quiso descansar en ella ya que su cansancio era demasiado. Colocó el niño frente a sí y éste le miró fijamente, cosa que le hizo temblar ya que le produjo una extraña sensación de reproche, por lo que contrariado, no pudo soportar la urgencia de apartar la mirada del niño.
Al reposar lo suficiente, continuó el camino y prosiguió su peregrinar, seguro de que iba a encontrar una solución urgente, ante la incontenible necesidad que le asechaba. Sintió hambre, el niño dormía. Al atardecer, cuando eran casi las seis, llegó cerca de una lujosa quinta en una urbanización pudiente. Estaba muy lejos del cerro, había caminado por largas horas. Aguardó algo que ni siquiera él sabía si llegaría. Sintió más hambre y se sentó lentamente en la acera cerciorándose de que no molestaría al niño y por consiguiente no le despertaría. Se sentía algo insulso en aquella actitud que a muchos les extrañaba, pero que, como un mendigo más de los que pululan esos sitios donde el dinero es el elemento primordial y los principios más delicados del ser humano han sido desterrados, no eran tomados en cuenta. Eran desapercibidos para quienes nunca mirarían a los pobres, a los desasistidos de la vida, por el banal temor de ver a la pobreza tan de cerca, mucho mas cruel e intrépida que como se la habían imaginado o como la habían percibido en los relatos de otros.
Eran casi las siete de la noche, cuando frente a la residencia que parecía vigilar, se acercó un lujoso automóvil y descendió de él un hombre al haber el chofer abierto la portezuela del mismo. El individuo de mediana edad iba elegantemente vestido, y como era obvio, tampoco notó su presencia, aunque de haberlo visto no distinguiría su rostro, ya que Andrés Eloy se colocó para ocultarlo, lo que llevaba en sus manos, con el propósito de no ser mirado. El individuo en cuestión dio paso a una no menos elegante dama, preciosa y pulcra, quien al descender siguió asida de su brazo hacia el interior de la lujosa vivienda. Andrés Eloy sonrió para sí, muy tímidamente y acto seguido, emprendió su camino de regreso. Era de noche cuando se apareció nuevamente en casa de Nicolás. Con pasos sigilosos se apersonó en la habitación de los niños y sin que alguno de ellos lo hubiese notado, se aseguró que el niño continuara durmiendo, ahora mucho más cómodo en el tibio regazo, y luego se sentó junto a él. Permaneció meditabundo varios minutos y solo salió de su ensimismamiento cuando Felicita entró a la casa y el ruido de la puerta al cerrarla le hizo volver a la realidad. Nicolás venia tras Felicita y respiró tranquilo al ver a su amigo de vuelta en casa. Muchas cosas desagradables le habían pasado por la cabeza debido a la partida sin notificar nada.
_ Andrés Eloy, ¿pero que te habías hecho?- Interrogó preocupado, mientras éste le miraba fijamente sin pronunciar respuesta alguna- te hemos buscado durante todo el día, nos tenías preocupados a todos.
Mientras tanto Felicita y los niños se habían acercado al bebé quien ya había despertado dejando sentir su fuerte llanto, a lo que ella respondió con unas palabras dulces imitando la voz de un niño y acariciándolo mientras le tomaba en sus brazos y salía de la pequeña habitación dirigiéndose a la sala seguida muy de cerca por sus hijos. Andrés Eloy rompió el silencio y por fin pronunció unas palabras.
_ Estuve caminando por ahí, para pensar, para arreglar mis ideas.- Pronunciaba estas palabras en un tono tan bajo, que Nicolás tuvo que hacer un esfuerzo supremo para escucharlo.
_ Y para pensar y arreglar tus ideas te desapareces todo el día sin decirle nada a nadie, y peor aún, con ese muchachito tan chiquito por ahí, con tanto peligro.
_ Verdad, tienes toda la razón, se que cometí una torpeza, pero entiéndeme, no quiero significar una carga para ustedes, me da mucha pena.
_ No digas eso chico, tu sabes bien cuanto te queremos, bueno, cuanto los queremos y que tú eres mi mejor amigo, mi hermano.
Andrés Eloy se paró y camino en dirección contraria hacia donde permanecía Nicolás, y de espaldas a él, le dirigió unas palabras que difícilmente salían de sus labios.
_ Yo también te considero mi hermano, Nicolás, y es por eso que por primera vez voy a romper mi orgullo, y además quiero pedirte un gran favor.
_ Dime amigo, el que tu quieras- Contestó alegre su amigo, considerando esto como un cumplido, el poder hacer algo por quien les había ayudado en muchas ocasiones.
_ Nicolás.- Decía mientras se disponía a mirarlo de frente- necesito que ustedes me ayuden a cuidar al niño por unos días mientras encuentro algún trabajo. Es por que tu sabes, después que ella murió he quedado sin nada de dinero y necesito trabajar en lo que sea.
_ Pero si eso no es ningún favor, eso es más bien un verdadero placer, créeme.
_ La verdad es que te voy a estar agradecido para toda la vida.
_ No Andrés, gracias a ti mas bien, ya que después de lo bueno que tu has sido con todos nosotros, y de lo dulce y buena que fue María, lo menos que podemos hacer es cuidar al bebé, y de verdad que para nosotros en un placer.
Ambos se unieron en un abrazo de hermandad, mientras que en sus ojos brillaban ya unas lágrimas que no tardarían en aparecer. Nicolás, evitando ser tan locuaz como acostumbraba serlo, le tomó del hombro toda vez que le pedía que lo siguiera.
_ Ven amigo, caminemos, quiero que veas algo- ambos se dirigieron hacia la pequeña sala, en la que pudieron ver a Felicita y a los niños muy entregados al juego de la manera más cándida y con una benevolencia muy poco disimulada, todos en torno a Rigoberto- ¿te das cuenta lo bonitos que se ven?
_ Tienes razón Colás – respondía mientras miraba lo tierno- tienes mucha razón, parece que están muy contentos.
_ No parecen, lo están. Pero quien no va a estar contento al tenerlos como invitados.
_ Por favor Colás, no hables de esa forma de mí, tu sabes que yo no creo en que haya nadie que sea más ni menos que otro, todos deberíamos ser iguales.
_ Tú lo has dicho, deberíamos. Bueno, de todas maneras sigo diciendo que nos parece grandioso que tu bebé, que Rigoberto se quede con nosotros toito el tiempo que quieras -. Andrés Eloy sintió que un pequeño rayo de luz le iluminaba la vida.
_ Felicita, mi amor, sírvele algo de comer a Andrés Eloy que debe tener mucha hambre.
_ No vale, no te preocupes, ya yo comí algo por ahí- mentía a la vez que sentía como el hambre le laceraba- es verdad, no se molesten.
_ Pero, come algo de todos modos, a lo mejor comiste ese algo muy temprano.
_ En serio, no tengo hambre, comí hace ratico, todavía estoy full.
_ De todos modos si quieres algo, agarra lo que quieras, bueno de lo que haya - celebró con risas.
_ Lo tomaré en cuenta.
Iniciaba a todas estas una leve llovizna, que humedecía aún más la tierra, llovía sobre mojado. Aún estaba latente la tragedia vivida, donde varios hombres, mujeres y niños entregaron sus vidas por el inevitable hecho de ser pobres, y no tener otro sitio donde vivir, teniendo necesariamente que hacerlo. En su infancia pensó que la lluvia era linda, y en efecto lo es. Pero en esas circunstancias, el melodioso ruido de la lluvia sobre los techos y sobre la tierra misma, lejos de invitarle a reconciliarse con los bellos recuerdos que perduraban en los sentimientos, le hacía más bien sentir miedo. Antes, la sensación de la lluvia menuda como la sentida, sobre la piel le hacía desaparecer todo vestigio de tristeza que pudiera albergar y lo trasladaba a un mundo fastuoso y candoroso. En cambio ahora, lo que sentía, al igual que toda esa gente cada vez que una borrasca se hacía presente, era más bien un asustado sentimiento de rencor, culpa y detrimento. Cómo había cambiado ya la vida para él. Pero el obstáculo debería ser derribado, no tenía que permanecer el miedo a recordar, ni el recordar el miedo junto a él, para superar la embestida del destino y lograr la deidad de la vida para su hijo.
Con el hambre taladrándole y después de comprobar que el niño se hubiera entregado al sueño, él hizo lo propio y durmió la noche entera, encargándose Felicita de la criatura toda vez que hacía falta. Muy temprano en la mañana, no queriendo probar alimento alguno, inventando un malestar gástrico, se marchó después de haberse despedido de todos y por su puesto, luego de haber depositado un cálido beso en la mejilla de Rigoberto, quien al mirarlo hizo un gesto de niño recién nacido que él tomó como una respuesta a sus caricias. Felicita se convertía en una cascada de mimos hacia Rigoberto, que salpicaba a todos los que también le adoraban. Esos ríos de amor y manantiales de querer eran correspondidos con una inocente mirada complaciente. Durante la caminata del día anterior, se enteró de un trabajo que podría hacer. Caminó hasta el sitio que le habían dicho. Al concluir el recorrido que le costó mas de una hora de cansado caminar, Andrés Eloy llegó a una gran bodega donde almacenaban grandes cajas de madera que desembarcaban de colosales naves, y donde debería iniciar su jornada ese día. Por ser nuevo, los demás trabajadores abusaban de su dedicación y esmero y le dejaban el trabajo más fuerte.
Cuando eran las doce, se hizo el receso de rigor y todos, automáticamente se dirigieron en busca de sus almuerzos, menos él, debido sencillamente, a que no tenía nada que almorzar. Cuando le dieron el trabajo, conversó con el capataz y con el dueño de la exportadora a quienes les había pedido de le anticiparan algo de dinero, explicándoles que ya a su hijo se le había terminado el alimento y que estaba recién nacido, a lo que como respuesta obtuvo la burla de los adinerados y la amenaza de no darle nada de trabajo ya que según ellos, no eran beneficencia pública. Se ubicó en un recodo al final del almacén y entre montones de cajas, se sentó a esperar a que terminara la hora del almuerzo. Sentía un hambre atroz, un hambre que deseaba saciar pero no con la comida que otros necesitaban y que no quería arrebatar de sus bocas. Quería aquel orgulloso hombre valerse por si mismo y aunque las fuerzas le faltaran, no quería, bajo ninguna circunstancia hacerle peso a nadie y mucho menos a quien le había cedido su techo y su cariño en un momento tan difícil como duro. En esos momentos de la vida en que una persona de verdad necesita incondicionalmente de una mano amiga oportuna.
No tardó en concluir la hora establecida para la comida y los hombres se ocupaban nuevamente en sus labores. Andrés Eloy, sin participar en conversación alguna, se ocupó también de lo suyo, sintiendo que el hambre inmisericorde le producía ya terribles espasmos en su estómago, instándolo a sentarse cada cierto tiempo para evitar desmayarse del dolor, a lo que el dueño del almacén vociferaba maldiciones y le obligaba a incorporarse a su trabajo. No mediaba respuesta, solo obedecía como autómata. Pensaba en su hijo, en el futuro de este, en las garras decrepitantes de su presente, en las que no quería que llegara y al que estaba dispuesto a alejar a toda costa, hasta a costa de su vida si era necesario y más, si su vida resultaba muy poca. Trabajó hasta tarde en la noche y pernoctaron en el local para continuar el trabajo muy temprano. A la hora de la cena, ocurrió lo mismo que con el almuerzo, se acomodó solitario sobre unas cajas vacías haciéndoles creer por su ausencia a todos, que también estaba cenando. Sorpresivamente, un hombre alto y de piel morena llegó hasta él y le miró extrañado diciéndole:
_ ¿Tienes hambre?- preguntó mientras trataba de masticar difícilmente un bocado de su comida, por la ausencia de varias de sus piezas dentales, recibiendo como respuesta un largo silencio que fue interrumpido por otra pregunta.
_ ¿Quieres un poquito? – A lo cual se negó cortésmente. Seguía la lluvia de preguntas.
_ ¿Cómo te llamas? – Y decidiéndose a dar una respuesta atinó a decir:
_ Andrés Eloy Palacios.
_ Nombre de ricos. Parece, aunque no creo que tú lo seas. – Y se alejaba encendiendo un cigarrillo a la vez que dejaba escapar una bocanada del blanco humo que se perdía en el aire denso de la noche.
Esperó que llagara la hora de iniciar una vez más sus labores, logrando solo conciliar un sueño ligero, el cual era interrumpido por el más leve ruido. Se oían ronquidos a su alrededor. Un zancudo se posó sobre su pie derecho haciéndolo sentir el agudo punzar de su picada.