Sepultada ya María Elena, Andrés Eloy y Rigoberto, quedaron solos, exhaustos, se habían quedado dormidos en casa de Nicolás y Felicita, dos amigos que vivían en la parte más baja del cerro y que siempre iban a la cimera del mismo a pedir o agradecer algún favor a Andrés Eloy que siempre estaba a la orden del día. Éste, presto a las necesidades de sus vecinos, cuando no había comida suficiente para compartir; siempre había algo que podía hacer. Desde descifrarles las engorrosas y difíciles escrituras que llevaban las latas de alimentos en conserva, hasta suministrarle alguna inyección a algún chiquillo con sus rostros cacaraños, cuando la fiebre los hacía titilar. O a algún adulto también que nunca dejaban de estar enfermos. Felicita se había encargado de los cuidados del bebé mientras el padre éste reposaba en la hamaca de uno de los hijos de la pareja. Nicolás se había topado una mañana con Andrés Eloy cuando este iba a la escuela secundaria. Contaba entonces quince años y era quien vendía periódicos en una plaza cercana al colegio. Andrés Eloy pasó cerca de Nicolás, quien gritaba ofreciendo su mercancía y en ese preciso momento uno de los libros cayó de manos del jovencito no percatándose de ello siguiendo su camino. Nicolás tomando el libro caído le decía:
_ Mira, se te cayó tu libro - Andrés Eloy volteando le interrogó.
_ ¿Me habló?
_ Si, lo que pasa es que se te cayó tu libro y como no te diste cuenta, pensé que lo correcto era que te lo devolviera.
_ ¡OH! Gracias, que descuido.
Andrés Eloy llevaba puesto un traje escolar compuesto por un pantalón azul marino y una chaqueta beige, la cual mantenía visible una insignia en la cual destacaba un logotipo con el nombre de un colegio muy pudiente. Sus zapatos negros brillaban en extremo, denunciando su excepcional pulcritud. Bajo sus brazos un grueso grupo de libros y cuadernos de apuntes eran sus herramientas. A su vez, Nicolás llevaba sus vestiduras desgarradas, un descolorido pantalón y una camisa sencilla, acabando con un par de alpargatas componían su informal traje, todo en extremo reflejaban su constante uso.
_ Por nada - contestaba Nicolás esbozando una amplia sonrisa.
Andrés Eloy, hurgó entre sus bolsillos de los que extrajo un grupo de billetes y escogiendo uno de mediana denominación, lo ofreció a su interlocutor.
_ Toma – dijo a secas.
_ ¿Y eso es qué?
_ No lo ves pues, dinero.
_ Ya lo sé, le pregunto más bien, por que me lo ofrece, si no le he dado ningún periódico, o es que quiere uno.
_ No, no ves acaso que tengo prisa, tengo que entrar dentro de unos minutos, además no te lo estoy ofreciendo por el periódico.
_ ¿Y entonces por qué?
_ Por haber recogido mi libro. ¿Cuánto quieres? Aprovecha.
_ Pero si eso no vale nada.
_ Vamos, no tengas pena, toma.
_ Ya le dije que no es nada, ¿por qué me sigue ofreciendo los reales?
_ Bueno pero ¿qué quieres? No ves que es dinero, mira di-ne-ro.
_ Yo sé que es plata, pero da la casualidad que yo no estoy pidiendo limosna, yo estoy mira - señalando los periódicos apilados a su lado en la acera- trabajando.
_ Trabajando, no me hagas reír, y tómalos que tengo prisa.
_ Pero que te crees tu, guárdate tus reales muchachito malcriado.
_ La verdad es que no entiendo nada, mírate, no te das cuenta, me hiciste un favor, y yo solamente te ofrezco algo de dinero a cambio, o es que quieres más.
_ ¿Pero de donde sacas tú la idea de pagar un favor con plata?
_ Y conque más se paga ¿Eh? Mi papá siempre le da dinero a todos los que le hacen favores, y mira que son muchos, a ver, ¿por qué no habría de hacerlo yo?
Nicolás, humilde y candoroso desde toda su vida, había aprendido a enfrentar la pobreza con pudor, decencia, trabajo y dedicación, con mucho esfuerzo. Desde niño había trabajado en lo que podía, ayudando a su madre de esta forma, a levantar a seis muchachos más, gracias a que claro, su padre fue uno más de esos desgraciados que por doquier abundan, dejando estelas de hijos a su paso. En su tiempo libre que resultaba ser muy poco medio estudiaba, casi no lo hacía, porque claro, en ocasiones es más primordial un bocado de algo, que ponerse a comprar un lápiz, por ejemplo. Pero así medio estudiando y todo, lo hacía de noche, y dentro de poco terminaría el bachillerato, quitando prestado un libro, aquí una fotocopia, un lápiz dejado botado pero del cual se podía aún sacar provecho, en fin, era un muy buen estudiante.
Una fuerte carcajada se escucho de boca de Nicolás, quien con razón objetaba lo que decía Andrés Eloy.
_ No me hagas reír tú a mí, por favor. ¿Es que tú crees que lo puedes tener todo con tu pedazo de dinero?
_ Yo si mira, vacílate mi ropa, mira la tuya, no ves que gracias a mi dinero yo visto bien, vivo bien, como bien, estudio en buen colegio, en fin que vas a saber tu de eso si no eres más que un marginal.
Nicolás, mirándolo y escuchándole con atención, cerraba fuertemente el puño de su mano derecha, cargado de rabia, por la humillación de que era objeto, y precisamente de alguien a quien le había hecho un favor. No lo golpeaba solo por el hecho de que la policía lo metería preso, por que “Fue el negrito malandro, quien golpeó al blanquito hijo del doctor, seguro que para robarlo” de seguro escucharía decir de todos, por eso aguantaba su rabia. Uno que otro transeúnte interrumpía sin saberlo aquella plática tan interesante, que por razones de dinero y posición social sostenían un joven rico y otro pobre.
_ Un momento, seré marginal, si marginal se le llama a la condición de ser pobre, de no tener tantas comodidades como tu. Soy marginal, muy marginal; pero decente.
_ Y tú dices que eso es decencia. ¿Es decente andar vendiendo periódicos y así, tan mal vestido?
_ Bueno – respondía Nicolás apenado- es verdad, ando con mis ropas viejas, pero trabajo para ayudarme, para poder estudiar de noche, y para ayudar a mi mamá a mantener a mis hermanitos, lo que pasa es que no tenemos un papá como el tuyo que tenga dinero para salir adelante, pues el desgraciado ese se largo cuando mi hermanito menor ni siquiera había nacido.
_ Yo si vivo bien mira, ¿No se me nota?, Mira mi ropa, mi reloj, es muy caro, apuesto que nunca ha tenido alguno.
Nicolás, como todo chico a esa edad, atraído por la belleza del reloj que lucía el otro joven en la muñeca, quiso tocarlo, quiso admirarlo inocentemente.
_ No nunca, la verdad que nunca, a verlo ¿sí?
_ Epa, se mira pero no se toca, ustedes tienen muchas mañas.
_ Ustedes se oyen como a muchos, conmigo te equivocas, nunca le he robado nada a nadie, y nunca lo haré, estoy seguro.
Andrés Eloy se había retrasado mucho a su clase y decidió esperar la segunda hora, so pretexto de mantener aquella plática que además de entretenida le resultaba curiosa e interesante.
_ Por tu culpa se me ha hecho tarde, ahora tendré que esperar aquí, así aprovecho para hacerte entender que estas equivocado, que en esta vida lo más importante es tener dinero.
_ Si claro, ahora soy yo quien tiene la culpa de que llegues tarde a la clase y también soy yo el que está equivocado.
Era una mañana como tantas otras, pasadas eran las nueve y el humo comenzaba a nublar a la ciudad. Nicolás acababa de vender el último ejemplar del diario y se paraba frente a la banqueta donde ya se había alojado Andrés Eloy.
_ Pero claro que estas equivocado si opinas que el dinero no tiene importancia...
_ No es que no tenga importancia- interrumpió haciendo un ademán de enfado- lo que pasa es que uno aprende que no lo es todo. Por que hemos vivido sin tener mucho de él es que te lo digo.
_ Espera, no sigas, creo que no te estoy entendiendo. ¿Me reprochas que te recuerde el valor del dinero, porque dices que no es importante, y ahora me dices que nunca has tenido plata y que te has acostumbrado a eso? Pero como no lo va a ser, si con dinero se tiene todo en esta vida. – Hablaba así mientras se inclinaba en el banco donde aún permanecía sentado, y cavilaba muy bien lo que pensaba decir- se tiene lo que se desee, todo y más, ¿Me lo vas a decir a mí? Se puede viajar, conocer muchas personas en muchos sitios, se come bien, se viste uno así mira - decía a la vez que se señalaba a sí mismo- así como yo ¿qué mas quieres?
_ ¿Té fijas? Ustedes los ricos son unos egoístas, nunca piensan si no en lo material, dime ¿Conoces a Dios? ¿Conoces al amor? ¿Conoces el orgullo de hacer algo por alguien? No ¿verdad? Eso no se conoce con dinero, eso se conoce con el sentimiento, y ustedes los ricos no tienen sentimientos.
_ Yo si tengo sentimientos, serán los demás- expresó a la vez que se levantaba de su asiento para colocarse frente a Nicolás- no digas disparates.
_ Pero si no son disparates, no es más que la verdad, aunque te duela, es cierto que nosotros no vivimos en mansiones como ustedes, pero en nuestras casas se respira un aire de paz y de unión familiar, de amor a Dios sobre todo.
_ Yo también creo en Dios, voy a misa todos los domingos ¿qué te crees?
_ No, estas errado, no van a misa, te lleva tu chofer y lo hacen por un compromiso social, por que sus amistades también lo acostumbran, pero no por amor y devoción como nosotros que estamos con el Señor en todo momento.
_ No digas disparates – decía utilizando un tono de voz muy violento.
_ Epa, nada de gritos, mira que la violencia es el arma de los que no tienen razón, y aunque no la tienes, no debes ponerte así simplemente por que te estoy diciendo una gran verdad.
_ Pero ¿de que verdad hablas?, no seas tan terco, ¿cómo vas a seguir diciendo que estas contento de ser pobre?
Estas palabras entristecieron al joven muchacho, quien dio unos pocos pasos, y quedó en silencio por varios minutos. Andrés Eloy, al ver la respuesta que adoptaba su parlante compañero, se sintió algo extraño y se compadeció de él.
_ Mira, yo sé que no es la forma. Discúlpame ¿quieres?
_ No, no me ofrezcas disculpas. Tú tienes toda la razón cuando dices que nosotros nos conformamos con ser tan pobres, pero realmente no es así, pero que le vamos a hacer. Si somos muy pobres, como los olvidados. En nuestras vidas la esperanza de un mejor futuro es lejana, no tenemos sino necesidades, deseos de tener lo que nunca hemos tenido y probablemente lo que nunca tendremos. Realmente nosotros los pobres no servimos para nada, ya ves que ni para hacer un favor.
_ No digas eso vale. Ven, siéntate- Nicolás hizo caso omiso.
_ Como no lo voy a decir si es la verdad, no somos más que desagües de este borrascoso mundo. Nosotros no tenemos derecho a nada, somos unos pobres diablos, mírame. ¿Puedo acaso estar orgulloso de vivir así?
_ Pero se es lo que te digo, pero tu te empeñas en decir que el dinero no lo es todo en la vida.
_ Y es así, ve, anda, cómprate un kilo de felicidad.
_ Felicidad, ¿tú eres feliz? No me digas.
_ Si soy feliz por que tengo una familia, un hogar, un trabajo, una vida...
_ ¿Y eres feliz por que no tienes dinero?
_ No, por eso no, pero si soy por que tengo algo que es mío, lo poco que tengo lo tengo por mi propio esfuerzo, además de tener una familia muy unida.
_ La mía también y no nos estamos muriendo de hambre.
_ No lo dudo, aunque muchas veces no se le debe decir unidos, cómodos si. Ustedes los ricos no conocen lo que es la unión, lo que si conocen es la comodidad. Unión significa compartir, te voy a hacer una pregunta: ¿Conoces a tus vecinos? ¿Son amigos?
_ De verdad, verdad los conocemos, pero amigos no somos, solamente nos saludamos si coincidimos al entrar o salir cada cual de sus casas. Solo un saludo.
_ Ves, te das cuenta, entonces ¿Donde está la unión? Unión significa compartir con quienes te rodean, no solamente con tus padres y hermanos, si no con quien te necesite. No sabes lo que significa lograr la sonrisa de un niño. No sabes lo que significa el grato sabor que deja el ayudar al prójimo desinteresadamente. Si, nosotros los pobres a diferencia de ustedes, crecemos unidos, ya que así es mucho más fácil soportar tanta penuria, ya que como dicen por ahí, en la unión está la fuerza. Nosotros aprendemos de la vida, que hay que luchar muy duro para poder obtener lo poco que tenemos, pero eso nos llena de satisfacción, eso, saber que es producto de nuestro esfuerzo, a mí por ejemplo lo que más me cuesta lograr, es lo que mas me gusta, por que así me demuestro que para algo sirvo – Andrés Eloy le escuchaba sin interrumpir- en verdad puede que lo tengas todo, te felicito, pero ¿Has luchado alguna vez por lo que tienes? No ¿verdad? Todo te lo da tu papá, claro, por que tiene tanto dinero a fuerza de escoñetar a los pobres que eso si lo hacen a la perfección. Date cuenta de que sin los pobres, ustedes los ricos no existirían. Pero ¿Sabes? Yo he aprendido que aunque estemos tan abajo, desde aquí siempre se ve el cielo de allá arriba. Yo he vivido en la pobreza desde niño, porque así nací, pero he enfrentado mi situación con dignidad y con mi frente en alto. He luchado fuerte para lograr sobrevivir en este mundo difícil que me ha tocado enfrentar, además mi papá se largó hace tanto tiempo que fíjate que ni lo conozco, por eso tuve que encargarme yo de todo.
Continuó Nicolás su larga alocución, mientras su interlocutor le escuchaba en silencio.
_ Cuando vamos a misa rezamos mucho por ustedes.- Andrés Eloy se sorprendió al escuchar esta aseveración.
_ ¿Dices que ustedes rezan por nosotros? ¿Pero por que no lo hacen por ustedes mismos?
_ Claro que rezamos por nosotros, pero también le pedimos a Dios todos los días por ustedes, ya que no les da tiempo o nunca se acuerdan de hacerlo, seguramente porque como tienen tanto real creen que no lo necesitan.
_ Bueno, por mi parte te lo agradezco.
_ ¡No me digas que también me vas a dar real por haber rezado por ti algún día!
_ No vale, por eso no, tienes razón a veces nos olvidamos de eso tan sagrado, a veces no nos da tiempo, tu sabes tantas cosas que uno tiene que hacer, en fin... creo que no me justifico con eso. ¿Por que lo haces?
_ Ya te lo explico, mira, pon cuidado, nosotros estamos así porque ustedes quienes tienen el poder, el dinero, nunca se preocupan más que por ustedes mismos. Mientras continúen así, nunca se preocuparán por salvar sus almas, y continuaran toda una vida de egoísmo, placer y cuando se den cuenta será demasiado tarde.
_ Pero es que tu no entiendes. Así somos felices.
_ No lo dudo, pero, ¿Conoces tú la verdadera felicidad? No lo creo, sus vidas son demasiado simples, no tiene el sabor que deja el querer tener algo y lograrlo con trabajo, que sea bien merecido, se siente uno que ha tenido éxito como persona.
_ No tengo que ser pobre para sentir eso. Uno se acostumbra a esta vida que es bien sabrosa, a mí por lo menos no me falta nada, ni a nadie de mi familia, yo creo que tú lo que tienes es envidia.
_ No vale, a lo mejor estoy equivocado como tú lo dices, o es tal vez es que estoy loco.
_ Casualmente ya yo estoy pensando eso, habría alguien de estar loco para pensar que se vive mejor en tus condiciones que en las mías.
_ ¿Por qué? ¿Porque creo que estas errado?, entonces si estoy loco. Pero déjame decirte que no es que me sienta bien siendo pobre, no, por eso justamente estoy estudiando mucho, sabes, ya voy a terminar el bachillerato, y después, si Dios me lo permite, estudiaré para ser abogado. Pasa que no me queda sino aceptar mi situación con dignidad. No critico que ustedes tengan dinero, que sean ricos, ni te envidio, lo que sí critico es la actitud de ustedes para con aquellos que no están a su mismo nivel.
_ Y dime ¿Cómo es la felicidad que ustedes sienten?
_ Déjame explicarte, no es como la felicidad que sienten ustedes- Hablaba con toda la benevolencia que existía, mientras caminaba alrededor de su compañero de diálogo, tomando tímidamente una hoja amarillenta de un arbusto que estaba cercano, llevándolo distraído hacia sus labios donde lo sujetó, hecho lo cual lo hacía salir de su boca con rudeza. – No es ser feliz por tener una mansión así toda lujosa, por estudiar en un colegio bien caro, comer buenas comidas, viajar, no es esa la felicidad de nosotros, porque no tenemos eso, la felicidad es para nosotros, la que se siente por ejemplo en mi caso, cuando al saber que mi familia me necesita no los dejo solos. Yo me siento feliz cuando los hago felices, cuando sé que puedo ayudar a los míos, trabajando, ¿oíste bien? Trabajando. Uno al no tener mucho en la vida aprende a luchar por lograr lo poco que se tiene con sacrificio y no con astucia, perjudicando a alguien, con explotación, como lo hacen los que tienen mucho dinero, a costillas de los más pendejos. Quisiera saber algo. ¿Quién te compró ese reloj?
_ Mi papá, claro, quien más.
_ Te das cuenta, tu papá, a él no le cuesta nada regalarte, no digo un reloj, toda la joyería, pero a ti, ¿te costó algún trabajo que no sea pedirlo? Pero en cambio yo, estas alpargatas, toda esta ropa, pobre y todo, pero me la gano yo mismo, trabajando, no me da nadie nada, no dependo de nadie.
_ Vaya trabajito, y que trabajo.
_ Claro que es un trabajo, no será la gran cosota, pero es un trabajo que alguien tiene que hacer. Mira...
_ Andrés Eloy, para servirte- Decía extendiéndole la mano esperando la de su parlante compañero.
_ Yo me llamo Nicolás Piña, para servirte. Te decía que si yo tuviera un reloj así como el tuyo, una ropa tan bonita y cómoda, todo me gustaría, es la verdad, lo que pasa es que nunca lo he tenido y quien sabe si algún día podré tener algo así- Mientras decía estas palabras su voz se tornaba muy triste- pero si llego a tenerlo me gustaría que fuera con mi esfuerzo. Que nadie tenga que darme nada, como si dependiera de los demás.
A todas estas, Andrés Eloy afligido por las palabras que acababa de escuchar, se sentó en el banco, en el mismo que había ocupado momentos antes y ya no dijo nada más.
_ El mundo entero fuera de nosotros- decía Nicolás mirando el cerúleo espacio- si lo quisiéramos para hacerlo mejor y no para enriquecernos con él.
Continuaron por largo rato esa disertación sobre el ser rico y el ser pobre, entendiendo Andrés Eloy lo que su compañero le explicaba. Al cabo de unas horas, su charla se concentraba en cosas propias de su edad, naciendo de ese modo, una amistad bonita, que crecería con el tiempo. De vez en cuando Andrés Eloy visitaba la casa de Nicolás. Más nunca pudo este hacerle una visita en la lujosa residencia, ya que en la primera intención, los padres de Andrés Eloy se lo prohibieron rotundamente. Para ellos no había otra cosa peor en el mundo que su hijo se entendiera con esa “gentuza” como la misma madre de este le decía. Pensaba el joven, en que era completamente cierto lo que Nicolás le había dicho. Las visitas se hacían cada vez más frecuentes, y al cabo de varios meses, se trataban como hermanos. Mentía el muchacho en las oportunidades de visitar a su amigo. Excusaba sus prolongadas ausencias, manifestando que estaba estudiando con algún compañero, alguna actividad deportiva, en fin, se las ingeniaba para ir a parar a la casa de los padres de Nicolás.
Cierto día, concentrados en un parlamento sobre la belleza femenina, floreció una visita muy particular, era una vecina que pasaba por el lugar y aprovechaba para saludar a Flora, la madre de Nicolás. Era una jovencita muy linda, de tez muy blanca, y cabellos muy negros, que al ser observada por el joven galán, se ruborizó de tal manera, que delató su sorpresa y también su complacencia, dando inicio al camino hacia la eternidad. Después de conocer a la linda joven, las visitas se hacían cada vez más frecuentes, y duraderas. Había nacido el amor en sus corazones. Un amor bonito, pero que más que amor, ante los ojos de los padres del joven, era más bien un pecado. Nunca su madre le permitiría semejante osadía. Su padre, hombre bonachón, y manipulado grandemente por su mujer le había dicho en cierta ocasión: “prefiero verte muerto antes de casado con esa pobre diabla. Como se le ocurre a esa mujercita, fijar sus ojos en mi hijo, como se ve que lo que busca es el dinero”. Decía esto mientras, al contarle su hijo lo del romance, le prohibía rotundamente que mantuviera esa relación. Esto hacía crecer mucho más el amor entre ellos, pero igualmente crecía el odio que le era manifestado a la chica por el solo hecho de haberse enamorado del apuesto joven.
Hasta que un día, en una gélida noche de Navidad, su madre habiéndole amenazado, con dejarlo en la calle, sino olvidaba la idea de ese amor absurdo, le llenó de vejámenes e insultos, por lo que sin mirar hacia atrás, tomó la determinación de abandonar el seno paterno y se marchó en la oscuridad que inundaba aquel sitio, hasta ahora su hogar. Se dirigió a la casa de los padres de Nicolás, su amigo, y comprendió entonces que el mundo imaginario en el que había vivido, se esfumaba como tal, como una imaginación, y que la verdadera necesidad del hombre era conocer la esencia del ser, de conocer el amor de Dios, el amor como tal, la honradez. Supo así que no hay mejor bocado, que el que se lleva a la boca cuando el trabajo rinde sus frutos, con el sudor que mana del trabajar; pero lo que más le agradaba era que nadie le reprochaba el estar enamorado.
Andrés Eloy dormía profundamente, el agotamiento constante y las varias noches sin descanso, le habían vencido, por lo que durmió durante varias horas seguidas, entregado a las tranquilas bondades del sueño, ya que soñaba con los momentos vividos, con tiempos añorados al lado de su gran amor. Rigoberto, ese niño tan hermoso, descansaba en el regazo de Felicita, la cual pensaba mientras miraba muy fijamente hacia el techo, donde, antiguas filtraciones provocadas por las lluvias, habían formado grotescas figuras que asemejaban extraños seres. Nicolás por su parte estaba sentado en una silla de madera recostada a uno de los rincones de la pequeña, pero tibia y acogedora vivienda, escuchando las noticias en un viejo aparato de radio, toda vez que leía una novela de bolsillo, de esas que narran historias asombrosas de hombres fortachones que pelean con todos, y a todos vencen, y de quien se enamora la espectacular rubia, a quien nadie le encontrará defecto alguno, esas novelas del viejo oeste. Los niños jugaban dispersos por el barrio. Una olla que albergaba un delicioso guiso, a juzgar por el aroma que se dejaba colar por todo el ambiente, quitaba el pensamiento de donde estaba para percibir el invitador olor. Afuera, un gallo entonaba su canto, anunciando su autoridad territorial y la supremacía hacia sus compañeras. El sol calentaba muy fuertemente en el cielo azul y cientos de chicharras dejaban escuchar sus estridentes cantos, todo esto, con una armonía deliciosa.
Nicolás apagó el aparato una vez concluido el noticiero y lo colocó sobre una mesa que se ubicaba a su derecha, dobló la punta de la página que leía y cerró el libro llevándolo igualmente hasta la mesa, miró luego a su amigo durante largo rato recordando momentos alegres y también tristes. Estando en esto, notó un sobresalto en Andrés Eloy y luego como se sentaba bruscamente como quien despierta de una desagradable pesadilla.
_ María Elena... – Gritó desconsolado al volver a la cruda realidad.
Instintivamente Nicolás acudió a él como quien lo hace hacia el más urgente llamado de socorro para lograr la salvación.
_ Ya Andrés, cálmate, estabas soñando. Ven, tómate una taza de café. _ Ambos se pararon, ya que Nicolás se ubico de rodillas frente a su amigo, y se dirigieron como autómatas hacia la cocina que no quedaba mas lejos que unos cuantos pasos, y se sirvieron sendas tazas del humeante y aromatizante líquido. Al acabarlo y en silencio tomaron una silla cada uno y las colocaron fuera de la casa, donde la sombra de un frondoso mamón, les cobijaría del quemante sol. Se divisaba desde allí, la más grande vista de la ciudad, la muchedumbre que transitaba por la avenida cercana al cerro. Un automóvil pasó velozmente mientras una música a elevado volumen escapaba de él e invadía por unos instantes el silencio reinante. Alrededor estaba el cinturón de miseria que ellos conformaban. Varios ranchos apilados desordenadamente procuraban un dejo de pobreza. Era horrible como se vivía allí. Los niños desnudos y con sus cuerpecitos mugrientos correteaban de un lado a otro, entregados al juego, lejos de toda preocupación. Ríos de aguas negras surcaban el lodazal y servían de piscinas a estos niños que, sin conocer el peligro a lo que se exponían, se lanzaban a esta agua, exponiendo de esta forma sus vidas. La electricidad la tomaban de manera clandestina de una matriz cercana, donde más de un rapazuelo había dejado la vida en las garras de un alto voltaje.
Dentro de la casa se comenzó a escuchar el sonido de los utensilios de la cocina, anunciando Felicita con ello, que había llegado la hora de la cena. Nicolás y Andrés Eloy se dispusieron uno muy cerca del otro, como queriendo, uno proteger, y el otro ser protegido.
_ ¿Cómo te sientes? ¿Estas más calmado? – Preguntó Nicolás teniendo certeza de la respuesta que obtendría.
_ ¿Cómo crees? Estoy deshecho amigo – Contestó con un tono de voz muy triste.
_ Claro, no es para menos, has tenido un momento difícil.
_ Eso es Colás. Momentos difíciles son los que nos toca vivir a cada rato. A cada momento tenemos que enfrentarnos a esto, nosotros los olvidados, nosotros, los que estamos marcados para siempre y desde siempre por un funesto destino que nos acosa. Y pensar que por amor lo dejé todo, y ahora es ese todo quien me deja. Que tristeza y que dolor siento, amigo, solo me consuelan ustedes, que han sabido ser mis amigos y mis hermanos desinteresadamente, y ahora este niño, que nunca podrá sentir el amor de su madre, ese amor que ella pensaba darle sin límites. Ese niño que desde ahora emprenderá este camino tortuoso y lleno de tantos abrojos que hace difícil el caminar en él.
_ Si amigo, es bastante difícil estar en esta situación, pero hay que tratar de seguir adelante, porque desgraciadamente no hay otra salida. Andrés, quería preguntarte algo, aunque me da mucha pena.
_ Pregúntame no más.
_ ¿Que va a pasar contigo? Por que ahora que María no está, y ese muchachito tan pequeño, tu sabes, sería injusto que se críe aquí, entre tanta hambre.- Decía a la vez que miraba alrededor- no será preferible que busques a tu familia, no creo que ellos se nieguen a ayudarte, bueno, si tu papá y tu mamá te aceptan después de que...
_ Cállate Nicolás- ordenó en forma agresiva- no quiero que vuelvas a decir más nunca ese estúpido comentario.- Nicolás se sorprendió, por primera vez escuchaba hablar así a su amigo.
_ Perdóname, no quise...
Andrés Eloy comprendiendo lo que acaba de decir, dijo de inmediato.
– No por favor, perdóname tú Nicolás, fui muy bruto contigo, lo que pasa es... tu sabes como me siento.
_ Si claro, te entiendo.