Daban pasos sigilosos, uno detrás del otro, en una pequeña formación. Llegaron a un terreno lodoso, y Félix juntamente con Justiniano caminaban y apenas dejaban unas huellas suspendidas en el barrial.
Rigoberto por su parte imitaba la forma de caminar de sus compañeros; pero se hundía casi hasta la rodilla en el barro, y cuando salieron de ese terreno, ya Rigoberto poseía varios kilos de barro adherido a sus zapatos y pantalón. Félix y Justiniano, apenas un poco en las suelas de los suyos. Se sentaron en un árbol caído y celebraron con risas, la torpeza de Rigoberto, ya que no estaba acostumbrado a esas rutinas como sus compañeros, pues, prácticamente vivían haciéndolo.
Comieron de varios potes de carne en conserva y algunos panes y se terminaron la poca agua que les quedaba. Cuando Rigoberto se iba a disponer a descansar, los muchachos sugirieron continuar la marcha. No se atrevió a oponerse y disimulando su cansancio continuaron la cruzada.
Otra hora más, sin éxito. Félix se detuvo bruscamente y tocó el suelo, según él, eran huellas originales de animales, seguramente de los báquiros que buscaban. Las tocó por un rato y miró alrededor olfateando la brisa que a él llegaba. Se incorporó y apresurado siguió un camino muy estrecho, quitando las ramas que obstaculizaban, con un machete que cortaba en demasía. Justiniano y Rigoberto le seguían, Félix se detuvo en seco y cargó su escopeta, haciéndole señas a sus compañeros para que hicieran otro tanto, lo hicieron.
A veinte metros, una manada de báquiros se alimentaba, en efecto, de un maizal abandonado, y como el viento no les hacía olfatear a los cazadores, continuaban comiendo sin levantar siquiera la cabeza.
Félix, lo primero que hizo fue ubicar algunos árboles de fácil acceso, ya que al matar a uno de esos animales, el resto se abalanza sobre sus depredadores y los resultados serian desastrosos; por eso era que la táctica consistía, darles muerte e inmediatamente subir a algún árbol para evitar las mortíferas dentelladas de esas fieras.
Los tres dispararon al mismo tiempo, después de Félix haber dado la orden del ataque y solo dos báquiros cayeron mortalmente heridos. Rigoberto erró el tiro, e inmediatamente treparon a los árboles. Seguidamente el resto de la manada estaba al pie de los mismos gruñendo endemoniadamente, queriendo atacar. Al cabo de unos largos minutos emprendieron la huida en veloz estampida. Ya sabiéndolos lejos, los jóvenes se bajaron de los árboles y fueron por sus trofeos.
Félix y Justiniano desollaban a los dos animales, mientras Rigoberto les miraba, luego extraían las viseras y las arrojaron en una laguna cercana. Alguna baba se daría un banquete con aquella delicia.
Eran como las tres de la tarde, y la quemante sed, torturaba a Rigoberto y a los demás jóvenes. No podían tomar de las aguas estancadas por el peligro de las tantas enfermedades que con esa agua adquirirían, la malaria, por ejemplo.
Media hora mas tarde, se presentó frente a ellos un enorme naranjal, completamente cargado de la deliciosa y jugosa fruta. Comieron naranjas hasta casi reventar. Saciaron al mismo tiempo el hambre y la sed, y al cabo de un rato estaban repulsivamente sucios y el néctar de las frutas se habían pegado a sus rostros, cuello, brazos y manos, y las ropas eran pura mugre. Dos enormes sacos transportaban a los animales sacrificados, y Rigoberto en una mochila, llevaba unas cuantas docenas de naranjas para continuar con el festín mas tarde.
Eran casi las seis cuando llegaban al pueblo, e inmediatamente distribuyeron las carnes entre los vecinos, y las hermanas de Félix y Justiniano, colocaban sobre las ya formadas brazas, los costillares de uno de los báquiros con que se deleitarían esa noche. El aroma era transportado por la suave brisa que llegaba con la noche, y estimulaba muy acertadamente los apetitos.
La oscuridad dejó caer su manto sobre aquella población como lo hace el águila al anidar. Las tenues luces de los pocos faroles que había, daban una pequeña luminosidad. Alguien fumaba tabaco. Una guitarra era tocada en la distancia, y Rigoberto esperaba que Rosa llegara a la Ceiba donde al pie de la misma se harían las más diversas declaraciones de amor y sus besos y caricias, se acompañaban de dulces miradas, que estaban envueltas de ternura.
Ya habían transcurrido dos años desde que Rigoberto comenzó sus estudios de medicina, y sus calificaciones eran cada vez mejores. Los profesores estaban orgullosos de él, así como también lo estaban Andrés Eloy, Lázaro y Herminia.
Ésta había estado muy quebrantada de salud. La mortal diabetes, ya le había provocado una insuficiencia renal crónica y ahora dependía de las máquinas dializadoras tres veces por semana.
Esos dos años transcurrían entre la Ciudad de Valencia, la cual casi no había tenido la oportunidad de conocer bien, ya que se la pasaba estudiando de día y de noche, y Coro y cada quince días, La Enea, a pasar un fin de semana con su novia. Rosa le gustaba cada vez mas y él, otro tanto a ella. Proposiciones eran expresadas, y él le juraba que al titularse la convertiría en su esposa.
Eran plenamente felices, Rigoberto la había llevado un par de oportunidades a casa de su familia para que la conocieran y otro tanto había hecho Andrés Eloy, al conocer a la familia de la novia de su hijo, parecía todo un hecho que aquella relación terminaría en matrimonio.
En el mes de Septiembre, llegaron las ferias del pueblo y todo era algarabía, ánimos y preparativos. Los jóvenes querían lucir sus mejores galas. Rigoberto había telefoneado a su familia para informarles que ese fin de semana no viajaría, porque asistiría a la feria con Rosa, los cuales asintieron, no tenían otra alternativa, ya Rigoberto iba a cumplir veinte años.
El día de la inauguración, el acto fue apoteósico, el gobernador del estado fungió como orador de aquella sesión pública y ofreció, como siempre, un sin fin de cosas, que de seguro no cumpliría, como en efecto sucedió. Nunca se cansan de burlarse del soberano y la gente nunca se cansa, peor aun, de creer esas entupidas mentiras.
Rosa y Rigoberto caminaban tomados de la mano, y Félix, ya convertido en gran amigo de Rigoberto, hacia otro tanto con Adolfa la hermana de Rosa. Llevaban la exposición de ganado, y les llamo poderosamente la atención un enorme jumento casi del tamaño de un caballo y que era observado por una gran multitud. Era de color grisáceo el animal, y representaba verdaderamente una rareza de la naturaleza.
Pasó una linda joven al lado de la pareja y miró fugazmente a Rigoberto, que lucía un ajustado jean y una camisa negra, completado con una también negra chaqueta de cuero, y unas botas muy altas y elegantes. Un sombrero que siempre se usa en esas ocasiones cubría sus cabellos. Rigoberto también le miro sin ningún tipo de malicia, es decir, la miró porque pasó por su lado.
Rosa estalló en cólera producto de los celos y se abalanzó sobre la chica a la que por poco golpea. Rigoberto tuvo que sujetarla muy fuerte para que no protagonizara aquella ignominiosa escena.
Ya calmada, la tomó con Rigoberto a quien acusaba de irrespetuoso, de irresponsable; en fin, todo esto gritado a los cuatro vientos. Rigoberto desencantado, optó por pedirle que se marcharan y ella accedió gustosamente. No quería que ninguna resbalosa como ella misma lo decía, le quitara el novio.
Ya en casa de la hermana mayor de Rosa, Carmen, se dispusieron a conversar en la sala, que aunque muy pequeña, estaba perfectamente decorada.
- Rosa, ¿Qué te pasó?
-¿Qué me pasó? Que riñones tienes tú, crees que no me di cuenta como mirabas a esa zorra, que casi te la comes con la mirada. Y esa, como te miraba. Imagínate como serás cuando andas solo. Ay mi madre, en la universidad esa donde estudias debes tener muchas mujeres detrás de ti, y yo como una entupida esperando que vengas a verme cuando te sobra algún tiempecito.
- Pero mi amor no digas eso, si te pedí que fueses ni novia, es porque realmente siento algo por ti, pero no puedo evitar mirar, ni que me miren. Además, no puedo venir todos los días, porque tú sabes que estoy estudiando y también tengo que visitar a mi familia.
- Eso a mi no me interesa, te importa tu familia y tu bendita universidad más que yo;- se paró bruscamente encerrándose en una habitación.
Rigoberto muy apenado con Carmen que escuchaba la conversación desde donde miraba la televisión, tan pronto Rosa se adentro a la habitación, se paró y se dispuso a despedirse. Carmen por supuesto, no daba crédito a lo que había escuchado, su hermana menor no acostumbraba a hablar aquel léxico tan prosaico, todo lo contrario, era muy fina en sus expresiones.
- Rigoberto, por favor, no le hagas caso, en verdad no sé lo que le pasa, últimamente se está portando muy agresiva, hasta con mi mamá.
-¿De verdad? Pero ¿por qué crees tú que pasa eso?
- Lo que pasa es que ella es muy celosa, y está completamente segura que a lo mejor tienes otras novias donde tú estudias.
Rigoberto no pudo creer lo que escuchaba, pero aun así trató de dar alguna explicación.
- Que novias voy a estar teniendo. No te niego que tengo varias admiradoras y muchas amigas, pero yo la quiero a ella. Eso creo que se lo he demostrado lo suficiente. Bueno Carmen, de mi parte, disculpa el escándalo que hicimos en tu casa, y me saludas a Renato. Dile que en cualquier momento le vengo a saludar y a quitarle el quiste ese que le esta empezando a crecer.
- Si con mucho gusto le daré tu mensaje; pero ¿para dónde vas a esta hora, mijo?
- Me voy para Valencia, esta semana tengo muchos exámenes y quiero salir bien en todos. Voy a pagar un carro expreso. De nuevo te ofrezco mil disculpas, y dile a Rosa que por favor cambie su carácter; que mi paciencia tiene sus límites.
- Adiós Rigoberto y cuídate.- y la puerta se cerró tras él, quien con el morral a sus espaldas caminaba pensativo, mirando el firmamento. Luego de dos minutos, logró que un chofer “pirata” le llevara a Valencia, y en dos horas ya había llegado.
Aquella semana, desde que se inició estaba atestado de exámenes finales, hasta dos exámenes por día, y era una tarea sumamente exigente, que a veces no daba tiempo ni de comer o dormir.
Era el final del semestre y era necesario salir bien para por supuesto poder aprobar, y aunque Rigoberto llevaba excelentes notas acumulativas, deseaba salir sobresaliente en todo. Quería la perfección, y procuraba, por lo menos llegarle cerca.
Después de los exámenes, fue a pasar una semana con Andrés Eloy y sus tíos, que tenía muchísimos días que no veía. Con un amigo le envió una misiva a Rosa explicándole que no había podido viajar a visitarle por los estudios y por que tenía que ver a su padre; que muy pronto estaría con ella.
La joven al recibir la carta y habiéndola leído, la convirtió en añicos y enfurecida, susurro una serie de palabras obscenas y corrió a encerrarse en su casa, hasta de su trabajo había renunciado para estar pendiente de los carros que se acercaban para ver si Rigoberto venía en alguno de ellos. Ese amor de Rosa por Rigoberto, se estaba convirtiendo en enfermizo y eso era peligroso.
Llegó a su casa el viernes como a las diez y treinta minutos y allí estaba Andrés Eloy, esperándole en la acera del frente, junto con Lázaro y Herminia. No quiso que lo buscaran en la terminal, que orgullo innato. Un solo abrazo les unió a las cuatro personas, así como besos y manos que acariciaban todo el cuerpo del joven, le daban la más linda bienvenida.
Pasaron y una fiestecita esperaba por él. Serpentinas y papelillos, el sonido de los pitos y un enorme pastel, daban un recibimiento al futuro galeno, que ya se dejaba adivinar por todo lo que él mismo decía que había aprendido.
En un silencio que surgió repentinamente, aprovechó Rigoberto para hacer una pregunta: Tía Herminia, y tú ¿Cómo te has sentido?, dime la verdad.
Ella, para no preocuparlo le dijo que estaba muy bien. El no le creyó. Luego hablaría con su padre, él nunca le mentiría.
Ya en silencio, había llegado el domingo. En la tarde, recibió un llamado desde Valencia, porque había un problema con las notas de los bachilleres que no se correspondía con la realidad, y él, como representante de la masa estudiantil, tenia el deber de mediar en busca de una solución positiva.
Partió esa misma noche dejando a Andrés Eloy nuevamente presa de la más terrible soledad. No había otra alternativa.
El problema en cuestión fue resuelto de la mejor manera, gracias a la oportuna intervención de aquel líder estudiantil y aventajado estudiante que era Rigoberto. Todos salieron excelentes.
Oscar, su compañero de residencia y buen amigo, junto a su novia y una amiga de ambos, habían ido en su búsqueda para celebrar el éxito, era las ocho de la mañana apenas y en la camioneta, había una gavera atestada de burbujeantes cervezas y se disponían a tomar todo el día desde su inicio para disfrutar a lo máximo. Oscar conducía, e insistieron varias veces para que Rigoberto les acompañara, pero él, muy amablemente se disculpo, ya que había planeado pasar el día en la Biblioteca del Hospital, esperando alguna llamada a su celular, por si a la tía Herminia le sucedía algo.
Jamás se perdonaría, que algo le sucediera a quien consideraba una madre, y él por estar de fiesta no se enterara a tiempo, y no pudiera hacer algo por ayudar, fue por eso que no los pudo acompañar, de lo contrario seria el primero en abordar la lujosa camioneta. Leía en ese momento leía un texto de Endocrinología. Se saturaba de conocimientos acerca de la diabetes, enfermedad que estaba consumiendo a su querida tía Herminia inevitablemente. El solo hecho de volver a perder nuevamente a una madre, le espantaba.
Daños neurológicos, renales y circulatorios eran las complicaciones de la diabetes. Ya la tía Herminia padecía de insuficiencia renal crónica. Las constantes diálisis a la que era sometida le minaban sus energías convirtiéndole en una total adinámica. Constantes ruidos acufenos le hacían enloquecer, y la acuidad que permanentemente presentaba en sus extremidades inferiores, le cedían sólo al aplicarle morfina. Sus piernas a estas alturas de la enfermedad lucían acrocianóticas.
Después inicio la lectura de un texto de Nefrología, donde se especificaba la incapacidad de los nefrones de cumplir con su cometido, por lo que habrá que literalmente lavar la sangre de los pacientes con este padecimiento, muy regularmente. Luego leyó otro de oftalmología, de cardiología, en fin, no se cansaba de leer, y había pasado gran parte del día en esa faena. El celular no repicó, salvo, Oscar que le llamaba para decirle que bien la estaban pasando en las playas de Puerto Cabello. La voz etílica no se podía ocultar.
Rigoberto cerró los libros, los dispuso en una pequeña torre y cerrando los ojos, muy fuertemente se entregó ahora en sus pensamientos.
“Mamá tenia varias horas que no platicábamos. Quiero decirte que tengo una extraña mezcla de alegría y tristeza. Por una parte, me siento muy dichoso por el triunfo obtenido en los estudios, ya que la menor nota era un dieciséis, que por cosas del destino, confundí unas respuestas que debía haber dado, y para colmo me las sabia, pero me confundí. Por otra parte siento una enorme preocupación por la salud de mi tía Herminia, a quien amo con demasía, la adoro por que ella se gano mi amor”.
En una mesa contigua, varios acahuales decoraban un jarrón y daban un toque de belleza a la biblioteca.
“Mamá, por favor, no permitas que a mi tía le suceda nada, Dios mío, no permitas que sufra, dale la oportunidad de que sane su mal. Quisiera que sus áureos cabellos se muevan al son de la brisa que le asedan. Mamá, te quiero mucho, mamaíta, no paro de pensar en ti un momento, pero estoy sumamente preocupado por mi tía Herminia que esta muy delicada. Mamá, por favor dame fuerzas, y cuídame mucho a papá que se quedó solito, pensando en nosotros, que somos las únicas razones de su vida. Mamá, te amo, que Dios te bendiga”.
La biblioteca del hospital central, donde había iniciado Rigoberto sus prácticas clínicas, no cerraba hasta las nueve de la noche, y muchas veces el joven pasaba las doce horas instalado allí, estudiando, interrumpiéndose solo para lo más elemental.
Eran aproximadamente las seis, cuando un gran estruendo se escuchaba desde la emergencia, que no quedaba muy distante de allí. Era muy común que eso sucediera, pero, había más alboroto que de costumbre y más carreras, médicos y enfermeros, iban y venían transportando aparatos portátiles. Continuó leyendo, porque emergencias llegaban a cada momento. Al cabo de un rato escuchó a lo lejos que alguien gritaba.
- Llamen urgente al traumatólogo, son unos estudiantes de medicina, lleven estas muestras al laboratorio; rápido pidan dos unidades de concentrados globular y de plasma. … Al escuchar esto, Rigoberto se abalanzo sobre la puerta y corrió hacia la emergencia a ver de qué se trataba.
Lo que miraba nuevamente le causaba otro gran padecer, una de las dos chicas que iban con Oscar estaba siendo preparada para pabellón, Alicia la novia de Oscar, con unas inmensas fracturas de ambos fémur con exposición ósea, su rostro horriblemente desfigurado no dejaba de manar sangre en cantidades exorbitantes. Se notaba un hundimiento en el cráneo que presumiblemente se trataba de alguna fractura, fue trasladada inmediatamente a la sala de tomografías mientras el neurocirujano y el traumatólogo se cambiaban de ropa.
La otra chica que realmente no sabía como se llamaba, no sufrió más que traumatismos cráneo encefálico leve, pero debieron dejarle en observación por la extrema crisis nerviosa que presentaba.
Alicia falleció cuando era sometida a la intervención quirúrgica. Las lesiones cerebrales eran muy graves. Rigoberto no hacia nada, solo contemplaba aquellas escenas dignas de Dante en su obra. De pronto pensó en Oscar. A lo mejor le habían llevado a una clínica, porque la familia tiene dinero suficiente como pagar esos gastos.
Como lamentaba aquella situación. De pronto escuchó una voz familiar que provenía de muy cerca de donde se encontraba. Unos horribles gritos de una mujer, Doña Luisa, la madre de Oscar, pero lo raro era que no estaba en la emergencia como todos los familiares de las dos jóvenes que habían ingresado, o en las puertas del quirófano donde había dejado de existir Alicia.
La señora Rosa y su esposo verdaderamente consternados estaban frente a las puertas de la morgue. Que horror. Oscar, su amigo de lucha, de juegos, de estudios.
“Dios a Oscar no, si íbamos muy adelantados en la carrera. Dios me quitaste a Wilmer, al Catire, a Luis, y ahora, no por Dios, ten piedad Señor. Dios mío, pero que sea tu voluntad, mas no la mía. Tanto que le dije que no tomara mucho, y que condujera con mucha prudencia”.
La señora Rosa y Don Fernando al ver a Rigoberto, lo abrazaron e hicieron juntos, un solo llanto. Sabían los buenos amigos que eran, que hasta compartían el mismo apartamento.
- Rigoberto hijo, se me mato mi muchacho- Gritaba, y en ese preciso momento se desmayo dándose un fuerte golpe contra el piso. Los paramédicos le trasladaron a la emergencia.
A los pocos minutos, el sonido de las sirenas de la furgoneta llegaba a la puerta de la morgue que daba hacia el exterior. Dos agentes descendieron una camilla metálica con un cuerpo inerte. Era Oscar, y se disponían a subirlo a la mesa donde el anatomopatólogo haría su trabajo. Rigoberto quiso colaborar, y al identificarse le permitieron el acceso. Mientras el chofer se disponía a estacionar bien la unidad, el otro agente junto a Rigoberto, subirían el cadáver de Oscar hacia el mesón. El agente le tomó las piernas y Rigoberto los hombros.
- A la cuenta de tres. - dijo el agente policial. - Uno, dos, ya. - Y levantaron al mismo tiempo el cuerpo inerte de Oscar, no así la cabeza que había quedado en la camilla, pues, había muerto horriblemente decapitado.
Otro duro golpe para aquel ser que había sido dilacerado por los hechos que la vida le había llevado a protagonizar. Una coraza extremadamente dura como que ya le empezaba a cubrir toda su integridad.
Oscar ofrendó la vida muy tontamente, por las imprudencias de andar manejando y libando licor simultáneamente, y arrastró consigo a la simpática Alicia que dentro de pocos meses vería colmada su meta de titularse de odontólogo, cursaba el último semestre, estaba defendiendo la tesis.
Había pasado una semana y el semestre había culminado ya. Rigoberto hizo unos últimos quehaceres, llamó a su padre y le manifestó que iba a pasar unos dos días a La Enea, ya que tenía varias semanas que no sabía nada de Rosa. No se podían hablar por teléfono por que no existían líneas en ese pequeño caserío y Rosa se había negado a ir hasta Tucacas a lograr comunicarse con Rigoberto.
Ese día llegó a La Enea cuando comenzaba a despertar el día, ya que al descender del Autobús, el Señor José casualmente venia llegando y le llevo hasta el destino que ambos tenían en común.
Contó todo lo sucedido y la familia del Señor Pedro escucharon muy atentos, como si les afectara, aunque de hecho sí lo hacia.
Goyo, el hijo menor del Señor Rómulo, ensilló una veloz yegua, y Úrsula, hermana de este le pidió a Rigoberto que le acompañara a un paseo. Rigoberto accedió muy caballerosamente, pero sabia que no seria hasta bien entrada la tarde que Rosa se apareciera, para expresarle todas las explicaciones que guardaba para ella, con la esperanza que le comprendiera.
Ahora mas que nunca necesitaba de su comprensión. La tristeza le castigaba ferozmente y alguien a quien se ama, puede curar un corazón herido. Necesitaba que la mujer que amaba le diera todo su amor, le comprendiera, supiera que la tardanza en visitarla era por compromisos ineludibles. Ojalá que Rosa le recibiera con los brazos abiertos.
Rigoberto montó la bestia y Úrsula se acomodó muy junto a él. El joven le rodeo los brazos con los suyos mientras dirigía las riendas. Con el trote lento del animal, se dirigieron hacia un bello paisaje donde un riachuelo se dejaba escuchar. Había varias matas de papaya y de patillas. Ese sitio fue el seleccionado por Úrsula para que ambos descendieran del animal. Habiéndolo atado a una rama, ambos caminaron distraídamente y tomaron agua de una cantimplora que Úrsula llevaba consigo.
Úrsula, hija de Rómulo, estudiaba en Cabimas, y pasaba unas vacaciones en su pueblo natal. Todos le llamaban Ucha. Era muy hermosa, no tanto como Rosa, pero tenía un rostro regordete que con unas cuantas pecas, la hacían coquetear divinamente, pero el cuerpo escultural, digno de una Venus, era lo que enloquecía a todos quienes la miraban. Úrsula quedó hipnotizada por Rigoberto, aun sabiendo que era el novio formal de su prima Rosa.
Pero eso que ella sentía iba más allá que cualquier raciocinio.
Rigoberto con mucha timidez, no lograba mirarle a los ojos, pero ella, le tomó los hombros, lo colocó frente a sí y le estampo un ardiente beso, que parecía eterno.
Las manos de Úrsula desabotonaban la camisa de Rigoberto y ella misma dejaba que las trenzas de su blusa cayeran de sus hombros. Una serpiente se desplazaba en una rama seca que estaba casi junto a los pies de la pareja, y al no ser molestada, se marchó presurosa. El peso de los cuerpos de ambos hizo sonar las muchísimas hojas secas que como alfombras naturales estaban a los pies de los árboles. Unos loros dejaron escapar sus estruendos y la yegua relinchó con mucha potencia.
Dos horas después Úrsula se marchó sola en la bestia y Rigoberto se fue caminando hacia el pueblo. Rigoberto llegó media hora después que Úrsula, a quien nadie había visto llegar, ya que tan pronto se apeó de la yegua le dejó correr en libertad y entró por la puerta trasera de su casa.
Rigoberto llegó como si se tratase de algún paseo que estaba dando, y lo primero que vio fue a Rosa, con un rostro de muy pocos amigos. Antes de que Rigoberto le dijese nada, Rosa lo llamo y le dijo:
- Si lo que te interesa mas es esa maldita universidad y tu pedazo de familia, anda, quédate con ellos. Como será que hasta un pedazo de muerto es más importante que yo. Anda, revuélcate con esos pedazos de putas con las que estas acostumbrado a revolcarte. Quédate... - Rigoberto le dio la espalda y se alejó dejándole las palabras a medio concluir, y nunca más fue visto por esos paisajes. Se acabo Rosa, ella lo procuró.
Unas horas después iba camino a Yaracal, tomaría el transporte que le conducirá a la capital falconiana. Sabía que su tía Herminia estaba gravemente enferma, ya que en una de las extremidades inferiores le habían hecho una amputación.
Lázaro, herido en lo más profundo de sí, se había marchado nadie sabía a donde, no quería presenciar la muerte de la mujer que adoraba con todas las fuerzas de su corazón.
Herminia habría sido internada en una de las más costosas clínicas de la pequeña urbe. No dejaban pasar a ningún tipo de visita. Andrés Eloy y Rigoberto permanecían en la planta baja el establecimiento y aunque Rigoberto se había identificado como estudiante de medicina, no le permitieron el paso, quería ver a su querida tía quien agonizaba. Sería porque no iba trajeado de ropas de gala. La impotencia de ser pobre le acompañaba ahora más que nunca.
Herminia tenía los niveles de azúcar sérico en más de 600 mgs. /dl y habría caído en una cetoacidosis diabética. Una sonda de Foley estaba conectada a una bolsa colectora. Una vía central le media la presión venosa y le introducían a su minado organismos grandes cantidades de solución salina.
Aunque la clínica era en extremo costosa, la atención era la más pésima que se podía ofrecer.
En su semi - inconsciencia, una enorme sensación de sed le quemaba la garganta, y no había un alma que le regalara una ronda, a ver como marchaba su gravedad. De sus cuerdas vocales no exteriorizaba ninguna voz que pedía a gritos un trago de agua.
Un agudo dolor procedía de la pierna amputada, que aunque le habrá sido cercenada hacía más de quince días, no había cicatrizado. El vendaje hacia mucho tiempo que había caído al piso y nadie hizo lo más elemental, colocarle otro. Varios gusanos subían de la enorme herida que despedía un nauseabundo olor que le llegaba hasta el abdomen y algunos le caminaban ya por el rostro. Solo alguien quitaba el recipiente vacío de la solución salina y le colocaba otro y se marchaba enseguida. Nadie se atrevía a aplicarle los antibióticos por el enorme hedor que de su cuerpo manaba.
Inexplicablemente Lázaro la había dejado sola. Andrés Eloy, si dinero suficiente, aguardaba allí a que muriese, no había otra salida.
Lázaro tuvo más miedo que vergüenza.
Un enfermero pasó por la habitación aproximadamente a las dos de la mañana, le empapó los labios con una gasa humedecida en agua. Herminia absorbió con locura el poco líquido que se depositaba en sus labios. La temperatura superaba los cuarenta grados centígrados.
Sentía que su vejiga urinaria iba a explotarle, la sonda de Foley se había obstruido y no drenaba siquiera una gota. El muñón había sido colocado sobre dos