El agradable olor a ganado le fascinaba a Rigoberto. Se quedó inmóvil hasta que aclaró el día, y la Señora Sara salía de su recinto a procurarse una bien deseada taza de café humeante que ya llegaba a su olfato. Los chicos se pararon sin desprenderse de sus cobijas y salieron a cepillarse los dientes en una barril lleno de agua que había detrás de la casita, bajo la mirada de los peones que trabajaban en la vaquera que quedaba muy cerca de la casa en cuestión y que estaba atiborrada de reses.
Los trabajadores laboraban solamente con unos cortos pantalones y unas botas de goma muy altas para protegerse los pies del barro y de los excrementos de los animales. Ya sus resistentes pieles estaban acostumbradas al intenso frío. Por eso miraban extrañados a los muchachos que aunque envueltos en sendas cobijas muy gruesas, temblaban de la gélida temperatura.
Luego de haber tomado café, se colocaron cada uno un mono deportivo y salieron a trotar desde la casa hasta la entrada del caserío y viceversa; mientras lo hacían, inhalaban y exhalaban el aire con un ritmo pausado. Cuando faltaban aproximadamente cien metros para la llegada se dispusieron a hacer una competencia veloz, y El Chino dejó prácticamente botado a Rigoberto. Se sentaron en el suelo, exhaustos, respirando muy rápido. Varios minutos transcurrieron para que recuperaran el aliento. Al haberlo hecho, iniciaron una serie de ejercicios de post - calentamiento; pero sólo lo hacían para presumir, ya que sabían que eran muchos los ojos que desde dentro de los hogares les miraban, sobre todo los de las chicas. Que poca modestia.
Concluidos los ejercicios, eran llamados a tomar el desayuno, y Rigoberto sintió mucho deseo de miccionar, y caminó por una brecha que se abría entre la maleza para obtener la privacidad e inició su acción. Escuchó un sonido de pisadas a su lado, y cuando volteó observó aterrorizado al bravísimo toro que estaba amarrado, y que le iba a embestir. Demás está decir que el mirarlo e iniciar una veloz carrera fueron inmediatos. El pantalón quedó completamente bañado de sus consecuencias vesicales. Disimuladamente, entró al aposento y rápidamente se cambió, y bien guardado en una bolsa plástica, el mono y el interior eran introducidos en el bolso. Nadie se percató de lo ocurrido, salvo el toro.
El matrimonio estaba pautado para las siete de la noche, y como eran tanto por lo civil como el eclesiástico, el sacerdote iniciaría la ceremonia a las ocho aproximadamente. El animal fue sacrificado después del mediodía, y muchas muchachas ayudaban a preparar la comida. El Chino y Rigoberto se dispusieron a ayudarles en la faena, y tenían al lado de ellos, un gran saco de yuca a las que había que quitarle las cáscaras. Todos se dispusieron acuclillados en una hilera, uno al lado del otro, y cada cual estaba entretenido quitando cáscaras y más cáscaras, mientras las yucas eran depositadas en una enorme olla, que al llenarse, era trasladada al interior de la casa para su cocción.
Al lado derecho de Rigoberto alguien le rozó muy suavemente su mano de manera involuntaria. Al sentir ese contacto como quien siente la suave piel de un hada, Rigoberto miró y supo quien era la dueña de aquella mano que le tocó muy suavemente.
Un par de ojos flavos se encontraban con los intensos negros suyos. Un rostro perfectamente ovalado era dueño de aquellos ojos preciosos. Una linda cabellera rubia caía sobre sus hombros sin ser sujetos. La blancura de su tez, la pequeña nariz y los perfectos bordes de sus rojos labios le regalaban una belleza sin par. Dos blanquísimos brazos trabajaban sin parar, brazos éstos, cubiertos por una suave y delicada capa de vellos que parecían lanugo, por lo tierno.
Un floreado vestido cubría su cuerpo, y por la posición no se le podían visualizar las piernas ni los pies. Pocas veces una belleza así era mirada por los ojos de alguien mortal. Que maravillosa belleza. Rigoberto, completamente impactado ante tanta perfección, sólo atinó a decir:
_ ¿Cómo te llamas?
Y sólo una palabra se dejó escuchar de los deliciosamente bien formados labios.
_Rosa, ¿y tú?
_ Rigoberto.- El joven nunca supo como le había salido esa palabra.
Después de una larga fila para esperar el turno al baño, por fin le tocó a Rigoberto, ya que la casa solamente contaba con una sola sala de baño, por lo que ya se le hacia tarde para arreglarse a tiempo. Cuando llegó a la pequeña casa ya la Señora Sara y El Chino se habían arreglado. La Señora Sara había salido del recinto, mientras su hijo esperaba a Rigoberto para que le anudara la corbata.
El Chino lucía un traje completamente blanco, con su cándido chaleco que le ajustaba muy bien. La camisa azul marino, y la corbata del mismo color que el traje. Los negros zapatos resaltaban entre tanta blancura.
Rigoberto lucía una combinación perfecta. Un pantalón índigo con unos hermosos pliegues le hacía juego con una camisa celeste muy bien hecha a la medida, las mangas con sendas yuntas doradas le abrochaban, y una lindísima corbata de varios tonos azules completaba su vestimenta. Los lustrados zapatos negros, los combinaba con unas medias añiles. Por último, un espectacular saco blanco le daba un toque mágico, y Rigoberto era como sacado de una película Hollywoodense, pero no un actor cualquiera, sino un protagonista, un adonis, un príncipe azul.
Salieron tímidamente, ya que muchas personas les observaban como si de extraterrestres se trataran. Ya la boda era llevada a acabo, el sacerdote daba las bendiciones y los declaraba marido y mujer ante la divina ley de Dios. Aplausos y felicitaciones iban y venían. Rigoberto, estático en un rincón no se movía ni siquiera para dar un paso, ya que no conocía a casi nadie, y le resultaba incómoda aquella situación.
El chino y su madre se habían desaparecido de su vista. El novio fue llevado en hombros por un grupo de sus amigos, brindando con el transparente licor, deseándole lo mejor. La novia se introdujo, junto a varias jóvenes, a uno de los tantos cuartos de la casa para deshacerse del incomodísimo traje de novia que ya no aguantaba.
Después de unos largos minutos de espera, escuchó la voz de la Señora Sara y del chino que provenían de la alcoba, donde ya la joven había cambiado sus ropas. Rigoberto se dispuso a entrar en búsqueda del chino. Frente a la puerta, coincidentemente también salía alguien, y quedaron muy juntos.
Un hermoso rostro ya conocido por él, pero completamente transformado. Una bella trenza terminaba con un hermosamente trabajado cabello como por unas mágicas manos que peinaban o mejor, hacían obras de arte. Dos rizos caían a ambos lados del rostro, justamente frente a las orejas que eran decoradas por un par de aretes de un fino material metálico amarillo.
Las cejas, deliciosamente delineadas, albergaban bajo ellas dos hermosos ojos color miel, brillantes como un espejo que reflejaba oro. Las mejillas sonrojadas, ya por un rubor que habría sido aplicado como maquillaje, ya por el sonrojo de quien miraba algo que sorprendía. Unos labios carmesíes invitaban a robarle un beso. Que rostro angelical, que belleza, que hermosura. Un rojo vestido, muy ceñido, dejaba notar una escultural figura femenina, cuyas curvas no eran menos esculturales. Un par de lindísimas piernas, sostenían aquel monumento de mujer. Los senos, grandes y firmes, parecían querer romper la tela del traje, y salir en libertad; y un aromático perfume femenino era percibido en el ambiente.
Las miradas cruzadas, permanecieron allí durante un largo tiempo, hasta que alguien los sacó del mutismo del que seguramente ninguno de los dos quería salir jamás. Ambos querían haber detenido el tiempo y mirarse eternamente.
El señor Pedro y su esposa los llamaban a ocupar la mesa de honor.
- Hola Rosa, estás muy hermosa.
_ Hola Rigoberto, tú también estás muy elegante.
Rosa había estudiado el bachillerato en Morón estado Carabobo, y por una mala jugada del destino cayeron en desgracia económicamente y no pudo continuar sus estudios. Don Teodosio, quien era el padre de ella y de varios hermanos más, había poseído un prolífico hato en Carora estado Lara, donde habían nacido ella y sus hermanos.
Algún día, quiso probar suerte en las montañas de la costa oriental falconiana, así que vendió sus propiedades y se trasladó a dicho sitio. Pero el cambio de clima repercutió en sus animales, muriendo una gran mayoría y hubo que sacrificar el poco resto que le quedó para poder subsistir, quedando completamente en apremio.
No tenían más que un pequeño rancho de bahareque en lo alto de una cima, en la Enea, y Rosa tuvo que dedicarse a trabajar como obrera en una procesadora que había en la carretera Morón – Coro, donde fabricaban queso y demás derivados lácteos. Pero su inteligencia era evidente en todos sus movimientos, en su forma de expresarse y en los planes de surgir que siempre llevaba consigo.
Seguidamente eran instalados en la mesa que para los invitados “especiales”, estaba dispuesta bajo un frondoso árbol bien iluminado por sendas bombillas enormes. La familia de la novia y del novio, la Señora Sara, El Chino, Rigoberto y a su lado, la bella joven que acababa de conocer, y de quien no apartaba ni por un instante su mirada, al igual que no lo hacía ella. Todos comprendieron que cupido había flechado a aquel par. Sin dar muestras de monotonía se elogiaban mutuamente.
Bailaban sin cesar, y en una canción muy suave, colocada a propósito, él le manifestó lo que ella esperaba, y ella por supuesto no se negó, ambos se gustaban enormemente. El amor llega cuando menos se espera. Esta vez, a primera vista.
La fiesta culminó muy adentrada la madrugada. Se habían escenificado dos pequeñas trifulcas que el alcohol había propiciado; pero que inmediatamente fueron caldeados los ánimos, y poco a poco se fueron retirando cada cual a sus hogares. La casa de Rosa quedaba algo lejos de allí, y de seguro Don Teodosio (quien por cierto, era hermano del Señor Pedro) y su señora, le estarían esperando. Ambos caminaban muy despacio, sumamente despacio y tomados de las manos se las acariciaban con ternura.
Ella en forma sucinta le había contado parte de su historia y él, otro tanto, no ahondando en otra cosa que no fuesen sus proyectos de estudiar medicina y las interminables referencias que de su padre hacia. No mencionó para nada a su mamá, no porque no pensaba en ella, ya que a cada instante de su vida lo hacia, sino que quería evitar ponerse triste y entristecer aquel momento que la vida le regalaba.
La penumbra era la dueña de aquel paraje, el silencio nunca existía. Sonidos de animales nocturnos que frecuentaban aquella zona montañosa eran expedidos en todas direcciones. Como existían muchos charcos de agua estancada por las diversas lluvias que se habían precipitado durante varios días, habían hecho emerger un gran número de batracios e insectos que ensordecían con sus estruendos.
Bruscamente fueron detenidos sus lentos pasos, y ambos se ubicaron frente a sí, no se miraban a sus ojos porque no podían hacerlo. No había siguiera un rayo de luna que los iluminara; pero no era necesario porque el contacto de la mano de Rigoberto con el rostro de Rosa le miraba, tocó palmo a palmo su cara con una de sus manos y con la otra, deslizó la trenza que hasta ahora había llevado en lo más alto de su cabellera. Inmediatamente la libertad se apoderó de ella cayendo sobre sus hombros, acariciándole la mano que ahora le palpaba el cuello desnudo. Un tierno beso inmortalizó ese momento, los labios temblorosos de Rosa, recibían los ansiosos de Rigoberto y por vez primera se besaban tan apasionadamente que parecían que nunca terminarían.
Como ya estaban frente a la casita de Rosa, una voz que provenía del interior, los hizo regresar a la vida. Rosa corrió hacia la cima y Rigoberto quedó petrificado, con la sensación de la boca de la joven aun en la suya y el corazón palpitándole como el desbocar de un bagual a quien le sueltan las amarras.
En la mañana, la familia de los recién casados, estaba reunida bajo el frondoso árbol y ya Rigoberto y su amigo llegaban a unirse al grupo. Las chicas zulianas contaban chistes que eran seguidos por risas divertidas. El desayuno fue dispuesto en una enorme mesa en el comedor y uno a uno se traslado al sitio a disfrutar de lo ofrecido con un apetito voraz.
Terminando el desayuno se dispusieron a explorar la zona y todos estuvieron de acuerdo en ir hacia un río cercano, de diáfanas y frías aguas que no era muy frecuentado. Dos rústicos iniciaron la expedición, y en cuarenta minutos estaban llegando al sitio señalado.
Los automóviles fueron apostados a la orilla de la carretera y hubo que caminar un largo sendero hasta llegar al balneario. Lo que se presentaban a los incrédulos de ojos de Rigoberto era magnifico. Una cascada se dejaba caer desde una altura no precisada, pero que parecía romper el aire y como blanca espuma caía a un perfecto pozo, haciendo un ruido glorioso.
Bandadas de monos aulladores producían una especial satisfacción de lo que nos regala la madre naturaleza. Era una voz fascinante la de esos animales. Se podían escuchar a kilómetros de distancias y verdaderamente parecían el rugir de fieras gigantes. Dos enormes iguanas corrían en lo alto de un árbol y se perdían de vista, para aparecer en otro sitio. Muy probablemente hacían el cortejo nupcial.
Las risas incesantes de las chicas zulianas y de otros jóvenes de la zona terminaron cuando se zambullían en aquel hielo líquido. El Chino y Rigoberto, se unieron al grupo, y desde allí, al mirar la cascada, parecía representar el bíblico episodio de la presencia del maná que Dios regaló a su pueblo, cuando Moisés les rescató del dominio.
Al siguiente día partieron nuevamente a sus hogares y Rigoberto no dejaba de pensar en Rosa por un momento. La señora Sara y El Chino le bromeaban y él, sólo les devolvía una tímida sonrisa. El camino se hizo largo, ya no contemplaba la belleza que se observaba en el paisaje, ya no admiraba los caballos que retozaban en libertad, ya no percibía el aroma que despide la naturaleza virgen, ya no hablaban animadamente. Solo le regalaba sus pensamientos a aquella mujer que le conquistó, a aquella chica bonita.
Ya de nuevo en casa, lo primero que hizo, fue contarle lo ocurrido a su padre tan pronto este llegaba del trabajo. Andrés Eloy, con una satisfacción improbada, le escuchaba atentamente pensando en lo pícaro y mujeriego que comenzaba a ser su hijo. Era inevitable. La vida se nutre de las experiencias.
Esa tarde cenaron en casa de Lázaro y Herminia, quienes se enteraron de la nueva conquista del chico y llenándolo de consejos, sugerencias y sobre todo advertencias, hacían que Rigoberto se ruborizara todo y aceptara lo que sus padres le expresaban. Herminia le dijo unas sabias palabras.
_ Si no le piensas hacer bien a esa chica, por favor no le hagas mal. Recuerda que la mujer es lo más bello que puede existir y siempre hay que honrarlas.
El chico escuchaba aquellas palabras con una verdadera atención comprendiendo que no podían ser más elocuentes. Herminia y Rigoberto se quedaron a orillas de la piscina, sentado en el refulgente piso, platicando largamente, Rosa era el tema central de aquella conversación, y Rigoberto hablaba de ella muy entusiasmado. El amor había tocado las puertas de aquel corazón juvenil.
Era viernes, y Andrés Eloy se retiro solo, ya que su hijo dormiría en la gran mansión esa noche. El hombre iba un tanto triste, la lejanía, aunque momentánea, de su hijo era el motivo de aquella tristeza inevitable.
Había en el hombre una melancolía emérita, y ahora se sumaba el acontecimiento más triste que experimentaba en estos últimos años. Su bebé, su retoño, se apartaría de su lado por un largo tiempo para comenzar su carrera universitaria. El motivo era muy poderoso, quería que su hijo se colmara de gloria en una carrera verdaderamente bella y de una gran exigencia. El sacrificio habría que enfrentarlo.
Después de haber caminado el largo trecho que separaba las dos residencias, Andrés Eloy entró a la suya, y un gran vacío le acechó, le cubrió por completo. El ensordecedor silencio de aquella casa vacía, le incomodaba hasta el extremo, que dudó un instante en penetrar a ella. Luego de meditarlo pasó y se recostó sobre el sofá que componía aquel modesto juego de sala, y posado en él sabía que iba a ser larga la noche. El insomnio inmediatamente se apodero de él.
Encendió un moderno aparato estereofónico y suaves composiciones escaparon del mismo. Un instrumental de un famoso artista anglosajón invadió la estancia. No pensaba en absolutamente nada, solo escuchaba aquella delicia musical como cobijándose en ella.
Eran las doce y veinte minutos ya del sábado y a orillas de la piscina, Herminia y Rigoberto permanecían aun.
_ Hijo, tu sabes muy bien cuanto te adoro. Quiero decirte algo que me gustaría que nunca olvidaras.
_ Tía, yo también siento por ti un inmenso amor, creo, no, no creo, estoy completamente seguro de que mi amor es más fuerte que el que tu por mí sientes.
_ No, que va mi adoración, yo te amo mucho más.
_ Pues bien, te equivocas, yo te amo más de lo que tú a mí – y ambos se abrazaron riendo a grandes carcajadas.
_ Bueno tía, ambos nos amamos por igual, pues, para que no te enojes; pero dime ¿Qué es eso lo que me ibas a decir?
_ Lo que te quiero decir es que gracias por hacerme tan feliz, y gracias a tu bendita madre, por haberme dado este hijo tan maravilloso. Bendito sea el vientre que te parió.
Dicho esto, Rigoberto no pudo evitar llorar, esta vez de la emoción. La emoción de escuchar esas palabras ricas en sinceridad y amor. Se miraron fijamente en los ojos y esas miradas decían más que mil palabras.
_ Tía, quiero decirte que el Tío Lázaro tuvo la gran suerte de tener una compañera para toda la vida como lo eres tú. Bendita seas por siempre, te quiero tanto tía. Ven, abrázame.
Y se unieron nuevamente en un abrazo eterno. Miles de besos se regalaban mutuamente. Aquella escena era digna del mejor artista que plasmaría, en el lienzo de la vida, con los colores de la esperanza y los pinceles del amor, el verdadero paisaje de la felicidad. Después de esto, se dispusieron a penetrar en la vivienda y cada cual, a sus aposentos.
Rigoberto ya instalado apagó las luces, corrió las ventanas, y disminuyó la intensidad del acondicionador de aire y acostado ya, le sucedió lo que a su padre, no podía conciliar el sueño. En voz muy baja inició una conversación.
“Mamá, ¿Cómo estás? Yo me siento feliz porque tengo una maravillosa familia. Mi tía Herminia me adora como tú lo hubieras querido, al igual que mi tío Lázaro. ¿Sabes?, conocí a una encantadora chica, y me gustó demasiado, se llama Rosa, y es tan linda, que es difícil describirla, solo mirándola se puede palpar la grandeza de su físico y la nobleza de sus sentimientos. Bueno, apenas hace unos días que la conocí. Si la vieras mamá, si la vieras, aunque yo se que lo has hecho. Cuanta falta me haces madre mía. Mamá el lunes comienzo la universidad. Dedicaré mi triunfo a ti y a papá, pero te quiero pedir un favor, cuídamelo mucho, mira que se va a quedar solo. Bendición mamá”.
Andrés Eloy aun en el sofá apagó el aparato de música y nuevamente el silencio lo cubrió todo. Permaneció observando el techo por largo tiempo, el sueño no llegaba, esto le hacia las horas eternas. Vino a su mente la imagen de María Elena y saliendo desde su mutismo, inicio un monólogo acostumbrado en él.
“Amor mío, ya nuestro hijo es todo un hombre, si vieras cuanto ha crecido, lo guapo que esta, y lo enamoradizo que es. Sabes ya tiene otra novia, que diferente salió a mi, que te conocí y fuiste y serás, mi gran y único amor. Pero bueno, hoy día, la juventud es muy distinta. Él me cuenta que es una muchacha bellísima, claro no tanto como tu. Pasado mañana se va a estudiar a la universidad, y aun no quiero, no siquiera imaginarme lo solo que me voy a sentir, y la gran falta que me va a hacer; pero tiene que salir adelante como ambos lo queremos. María Elena, cuanto te amo. ¿Sabes?, en realidad, sólo no me voy a sentir ya que tu siempre estas conmigo en cada minuto que vivo, y solo espero el gran día que volvamos a estar juntos mi amor”.
Sin percatarse, se quedó dormido, con la imagen de su amada en sus sueños. Finalmente llego el día lunes, y Rigoberto desde el día anterior había dispuesto ya su equipaje con una gran cantidad de libros que su tío Lázaro había adquirido para él. Cuando el avión partió, tres personas quedaban destrozadas, despidiendo al joven que iba en busca de su futuro. Momentos después se perdía en el horizonte y tanto Andrés Eloy como Lázaro y Herminia no pudieron ocultar las lágrimas de tristeza y emoción que aquello les producía.
Al cabo de unos minutos, la nave aterrizaba en la tierra que vio la luz en 1555, cuando fue fundada por Alfonso Díaz Moreno, la pujante ciudad industrial. La ciudad del Cabriales, donde se escenificó la más importante batalla por la independencia. Ciudad donde nació Venezuela.
Una modesta residencia, seria desde ahora su morada. Un pequeño apartamento que había arrendado Andrés Eloy, porque como siempre, no quiso la oferta que su hermano le había hecho de regalarle un lujoso apartamento en “El Prebo”. El eterno orgullo de Andrés Eloy, nunca cambiaría y su hijo respetó siempre esa condición.
Oscar, su compañero de residencia llegó tres días después. Habían estudiado juntos todo el bachillerato y al igual que Rigoberto, era un aventajado estudiante. Después se unió un nuevo inquilino que provenía del Estado Sucre, y que por humilde, no contaba con suficientes recursos como para pagar una residencia, y la escasa beca que obtuvo del gobierno, apenas le alcanzaba para lo más elemental. Pero Rigoberto millonario en sentimientos, gentilmente le cedió un espacio en el reducido apartamento que quedaba algo cerca de la máxima casa de estudios carabobeña.
Desde ese momento, se dedicaron por completo al estudio y comenzaron a escalar rápidamente en la carrera. Morfología, la más estricta de las materias, al igual que Bioquímica y Estadística médica que les dieron unas excelentes calificaciones, y pasaron rápidamente a ser los primeros en su clase.
Los enlaces peptídicos, la gran gama de aminoácidos eran una simpleza para los inteligentes jóvenes. En una exposición que le tocó a Rigoberto sobre morfología, prácticamente dio una clase magistral, nombraba perfectamente uno a uno cada músculo, de donde provenía y a donde iba insertado, su función, etc.
“El tensor de la fascialata, los gemelos, la gran cantidad de músculos abdominales, los sartorios, el buccinador de los labios, los pectorales, el bíceps, el cuádriceps, etc., claro todos dichos ordinalmente”.
Los huesos, eran una delicia para aprendérselos, los memorizaba con una facilidad enorme, sobre todo los del cráneo; frontal, occipital, parietal, temporal, en fin, uno por uno, y la relación de cada uno con los otros. Los maxilares, los huesos propios de la nariz, y uno a uno hasta completar los doscientos tantos huesos que conforman nuestro organismo.
Las calificaciones eran excelentes, y se presagiaba un gran profesional de la medicina en un futuro no muy lejano. Ya en su cama, todas las noches, después de rezar sus oraciones de rigor. Iniciaba su acostumbrada plática.
“Mamá, ¿Cómo estás?, A mí me va perfectamente, estoy saliendo muy bien en los exámenes y llevo excelentes notas. Me dijeron que si sigo así, me graduaré con los máximos honores y todo esto dedicado a ti y a mi papá, por supuesto que a mis tíos también. Este fin de semana no voy para Coro. Iré a visitar a Rosa, que hace más de un mes que no la veo, y me muero de las ganas de abrazarla, de llenarle palmo a palmo todo su cuerpo de besos. Mamá creo que estoy enamorado, ¿Tú que crees?”.
El sábado aun de madrugada, tomó un autobús, que iría para Coro; y en la población de Yaracal el vehículo se detuvo para que él, junto con otro grupo de pasajeros, descendiera. Se dirigió a la entrada de la carretera que conducía a Las Colonias de Araurima, que también le trasladaría hacia el destino suyo, La Enea. Esperó impaciente por más de tres horas, ya que para esa zona no existía transporte público, solamente “aventones”, pero como no le conocían, nadie se detenía a llevarlo.
Un gentil caballero, que se transportaba en un rústico, se ofreció a trasladarlo, pero solamente llegaba mucho antes que la entrada al caserío. Acepto gustoso la “cola” y una hora más tarde descendía del vehículo, e hizo el resto del viaje caminando. El sol era muy intenso, y el calor le mermaba. El gran morral que llevaba a su espalda parecía pesar toneladas. Por fin en la entrada del caserío. Cuando había caminado unos cien metros, escuchó el rugir de un motor que se acercaba y no volteó la mirada para ver de quien se trataba. El auto se detuvo a su lado.
_ Buenos días joven- saludó el señor Pedro y Rigoberto sonrió de satisfacción – súbase que todavía falta mucho que caminar. El joven como una estrella fugaz, subió al Toyota del que consideraba su salvador, ya que no podía dar un paso más, de lo extenuado que estaba.
-¿De donde viene por ahí? – Preguntó a quemarropa el señor Pedro.
- Vengo de Valencia, de ahí mismito – celebraron con risas el chiste.
Ya andando el vehículo, el señor le dijo en son de broma.
- Usted debe estar bien enamorado de mi sobrina para pasar estos tormentos.
- Enamorado, sí que lo estoy, pero no estoy de acuerdo con usted, para mi no es ningún tormento, más bien es un gran placer.
- ¿Y cómo van las clases?
- Viento en popa. Para mí, la medicina es sencillísima. Será porque me gusta tanto. A propósito, ¿Cómo esta la familia?
- Muy bien, gracias, teniendo salud lo demás lo busca uno ¿no es verdad?
- Pero por supuesto que si, no faltaba más.
Y entre plática y plática, llegaron a su destino, y el Señor Pedro anunciaba a su familia.
- Miren quien nos viene a visitar, el Doctorcito Rigoberto – y los hijos e hijas suyos salieron a su encuentro tomándole una, el equipaje y repartiendo saludos a granel.
Rigoberto no había pisado bien la casa de sus recibidores, cuando ya Rosa que vivía bastante lejos de la misma, se había enterado de su presencia, y eso que ni siquiera teléfonos existían. Los carros eran escasos, cuando mucho tres o cuatro, el del Señor Pedro, el del Señor Rómulo, su hermano, un antiquísimo modelo, que por cierto tenía varios meses descompuesto. Otro que no paraba en el sitio, pues era usado como transporte público, el Nissan del señor José, el padre del chino que estaba de visita, haciendo gestiones para lograr unas tierras que el Instituto Agrícola le estaba tramitando, y también un crédito bancario para la compra de ganado.
Mientras esperaba que esto se diera, hacia también transporte publico de la Enea a Yaracal y viceversa, una sola vez al día, por que después no había siguiera un pasajero.
Luego del almuerzo, que era la primera comida que hacia en el día, se trasladó junto con los hijos del Señor Pedro y un primo de estos, Félix, a tomar un baño en el río. Se fueron en el Toyota en el que había llegado hacia unas horas, y duraron toda la tarde departiendo, y cazando alguna que otra iguana, que por supuesto no comería.
A las seis de esa tarde, se regresaron. Rigoberto cambió su vestimenta y se dispuso a cenar. Habiéndolo hecho, quiso caminar un rato, como pretexto para ver si ubicaba por algún lado a su amada, que ya le resultaba extraño que no había ido a su encuentro; pero las mujeres provincianas aun hoy en día, nunca buscan a los hombres por muy enamoradas que estén.
Dos casas más hacia el este, un grupo de jóvenes charlaban animadamente, y entre ellas, Rosa, ataviada de un hermoso vestido azul celeste, más hermosa que nunca, tenia dos horas esperando a su galán. Tan pronto intercambiaron saludos, abandonaron el grupo y caminaron hasta ubicarse en dos sillas, que alguien con esa finalidad, había colocado a los pies de una gran Ceiba.
Al día siguiente, Félix y Justiniano, le invitaron a una cacería. Según, unos báquiros rondaban muy cerca merodeando un maizal, y era muy fácil darles muerte. Por supuesto que era la primera vez que Rigoberto hacia algo parecido ya que nunca en su vida había manipulado un arma de fuego.
Acordada la hora, Félix y Justiniano fueron en busca de las armas y a los pocos minutos, emprendían la caminata adentrándose al monte tupido, cada uno con una escopeta a cuesta y una gran cantidad de municiones.
Caminaron largas horas, y lo único que se escucho, de algún gran animal, era la veloz carrera de una bravísima vaca que los hizo treparse a unos árboles, dejando las escopetas en el suelo.