Rigoberto había culminado su bachillerato, y en un excelso acto en el auditórium del Liceo “Cecilio Acosta”, se llevó a cabo el acto de grado. Andrés Eloy, emocionado conjuntamente con Herminia condujo a Rigoberto a recibir el título que le acreditaba como tal, de manos de una alta autoridad del plantel, mientras Lázaro dejaba plasmado aquel instante en una cámara de video.
Rigoberto tomó aquel documento entre sus manos, y en medio de fotografías y aplausos en gran cantidad, solamente pensaba en alguien, en su madre a quien dedicaba aquel inolvidable momento, y en algo más, en una vocación que había nacido en él desde hacía mucho tiempo ya, en estudiar Medicina, noble profesión que dedicaría en su totalidad a los pobres y desposeídos. María Elena, desde las alturas, estaría muy orgullosa de su retoño.
Sus compañeros de promoción habían preparado una velada para celebrar tan digno acontecimiento, fiesta ésta que se celebraría en una noche de aquel mes de julio. Al llegar a casa, estaba preparado un agasajo que Andrés Eloy le había regalado como una sorpresa, aunque él ya lo sabía, pues “la curiosidad mató al gato”, según dice un adagio popular. Un gran pastel figuraba en el centro de una gran mesa, dispuesta en el centro del patio de su casa, y en otra algo menor en tamaño, había varios platillos con pastelitos, empanaditas y tequeños, amén de varias botellas de refresco, y también una burbujeante de champagne.
Ofelia, Rita y Linda caminaban sin cesar arreglándolo todo; ya Herminia y Lázaro llegaban y traían consigo un enorme regalo acompañado de sendas sonrisas de ambos. Hubo una gran algarabía, palabras de felicitaciones de los invitados, muchas risas, chistes, en fin, todas esas peculiares formas de disfrute.
_ ¡Rigoberto! – Le llamó Lázaro, quien sostenía una copa entre sus dedos - ven con tu tío, por favor.
Inmediatamente el joven caminó hacia su tío, dejando tras de sí al grupo de amigos que departían alegremente.
_ Dime, tío Lázaro.
_ Hijo, toma. – Dijo, sacando un sobre del interior de su fino saco.- Es para ti, no lo abras todavía, guárdalo. Pero dime, ¿Qué vas a estudiar ahora que vas a la Universidad?
Los ojos del joven se llenaron del brillo, como tomado de sorpresa, y respondió sin vacilar la interpelación.
_ ¡Quiero ser médico, tío Lázaro, quiero estudiar medicina para ser un gran doctor!
_ ¡Oh! Que bueno. – Alzando la voz para que todos los presentes le escucharan.- Oigan todos, vamos a tener un médico en la familia, y que grandioso médico será, yo se los aseguro.- Y se dejaron escuchar vivas y aplausos, y muchos abrazos fueron dirigidos a su persona.
_ Mire, Doctor Rigoberto.- Le gritó uno de sus compañeros en son de broma, mientras el resto del grupo dejó escapar una estrepitosa carcajada, que se extendió por varios segundos.
Andrés Eloy, sentado en una de las sillas más distantes, contemplaba la escena, no apartando a su hijo, ni un instante, de su orgullosa mirada, pensando en toda la odisea que le había tocado vivir para llevarlo hasta donde ahora lo había logrado. Diecisiete años cumplía ya, y era casi un completo hombre desde todo punto de vista, aunque aun en una simpática adolescencia que los jóvenes aprovechan para ser los dueños del mundo, para atropellarlo con sus travesuras, con sus juegos y su peculiar forma de comportarse como hombres o como niños, según les convenga.
No era así el caso de Rigoberto, que ya tenía muy en claro su madurez adulta, porque su padre y sus queridos tíos le habrían inculcado el gran precio que tiene la felicidad. El joven se había ausentado de la reunión, y ya en su recámara, abrió con gran intriga el sobre dado por Lázaro, su tío, y contempló algo incrédulo lo que ante sus ojos se presentaba. Un cheque, un bello y enorme cheque por una gran cantidad de dinero, de varios dígitos, que por poco le producían un síncope, el cual superó muy oportunamente; pero en su rostro, la sorpresa aun demarcaba un gesto muy particular.
Se sentó en una mecedora que formaba parte del inmobiliario de su habitación, y con el cheque en la mano se balanceaba suavemente, pensativo, sin mirar a determinado sitio. Luego dobló el pedazo de papel y lo guardo en su billetera.
”Hola mamá. ¿Cómo te sientes hoy? ¿Verdad que estás muy orgullosa?”- Hacía un breve silencio, como cuando alguien escucha una respuesta de su interlocutor. A lo lejos ya se escuchaban los gritos, risas y bromas de los asistentes a la pequeña reunión conmemorativa del grado de bachiller.
“Mamá, hoy acabo de terminar el bachillerato y sabes saque las mejores notas, porque estudié mucho, te lo dedique desde un principio, y aquí lo tienes madre querida, este precioso y ansiado momento que para ti dedico, y seguiré adelante mamá, voy a seguir estudiando, echándole más ganas, poniéndole mucho interés, para que mi papá se sienta muy orgulloso de mí, al igual que lo estás tú, de eso sí estoy seguro.
Mamá, no te imaginas lo tanto que te necesito, me moría de la tristeza cuando no estabas conmigo en la entrega del diploma, y aunque mi tía Herminia, que me quiere como a un hijo estaba allí, y ese amor es recíproco, siempre me harás falta tú, madre de mi vida”.
Se nublaban una vez más sus ojos, y no pudo contener sendas lágrimas que por sus mejillas descendieron, humedeciendo su rostro.
“Mamá, quisiera ver que por sólo un momento, a mi papá se le quitara esa tristeza perpetua que lleva dibujada en su rostro y que muy pocas veces le deja. Yo sé que es una tristeza que nació desde el día en que Dios te llevó con él. Desde ese momento mi papá no conoció más la alegría, pero ha sido un padre sin par, del que me siento muy feliz y orgulloso, cada vez que tengo la dicha de mirarlo.
Sabes mamá, he decidido estudiar medicina, así como esos doctores grandotes, con sus batas bien bonitas, de una blancura hermosa, con sus estetoscopios asidos al cuello, reflexionando y salvando vidas permanentemente en todos lados. Mi papá quiere que sí, mi tía Herminia y tío Lázaro no caben de la emoción, y creo que a ti, mamá, tampoco te desagrada la idea”.
Rigoberto permaneció un largo rato encerrado en su alcoba, conversando con su mamá, como lo venía haciendo desde hacía algunos años, de esta forma mitigaba un poco la falta que ésta le hacía, y llenando también un poco el vacío que de su madre había en él, desde toda su vida.
Lejos se escuchaba aun el alboroto que los muchachos procuraban, y ya algunos notaban la extraña ausencia de su compañero, que ya llevaba varios minutos desaparecido. Andrés Eloy, Herminia y Lázaro, ya imaginándose lo que sucedía con éste, persuadieron a los chicos de su búsqueda, y con mucha diplomacia los despidieron, no sin antes ofrecerles regalos a cada uno, por ser ahora bachilleres de la República. Al poco rato, el patio de la casa ya estaba desolado; Ofelia y Rita, se encargaban ahora de limpiar todo ese desorden inmenso que no es de extrañar en una celebración juvenil. Inés, oculta tras el gran árbol, aquel del recuerdo eterno de la muerte de Wilmer, comía sin parar un gran contrabando de platillos que llevaba en su delantal, bien oculto, sin que nadie se diera cuenta, aunque ya todos sabían que otra cosa no podía estar haciendo, ya que en toda oportunidad que se presentara como esa, no hacía otra cosa que comer y comer, si saciarse.
Andrés Eloy entró a la alcoba de su hijo, y lo encontró encerrado en un mutismo, se quedó en la puerta mirando a su hijo quien se había levantado de su asiento y ahora miraba por la ventana que daba hacia la calle, viendo el ir y venir de los automóviles, de uno de ellos se dejó escuchar una canción en la que John Lennon hacía referencia a la madre, iba entonada con un gran volumen, que parecía que fuese dentro de la habitación que estaba colocado el aparato de audio.
_ Hijo.- Rigoberto volvió la mirada, y encontró a su padre que sabía muy bien el por qué de sus pensamientos, sabía que María Elena estaba en la mente de su hijo en forma de pensamiento. Sería porque el mismo también la tenía en la mente en ese instante y con igual intensidad. Te amo. - Solo atinó a decir.
Una ilustre universidad de un Estado de la zona central del país, seleccionó a Rigoberto como uno de los aspirantes a cursar la carrera de Medicina, y esto lo motivó en demasía, pues ya había dado el primer gran paso, pero no sería hasta dentro de unos cuantos meses que iniciaría sus estudios superiores, mientras tanto trataría de disfrutar unas muy bien merecidas vacaciones, después de tantos viajes a junglas eternas de libros para superar los exámenes finales del bachillerato.
Eran horas sin final escuchando la música de los Beatles, de Queen, Air Supply, entre otros grupos musicales, los cuales le hacían delirar de emoción, mas había una canción que le gustaba escuchar una y otra vez, era “la canción de la prisión”, melodía preciosa en toda la extensión de la palabra.
Para aquella ocasión ese tipo de música estaba muy en boga, y siempre las escuchaba junto con un gran amigo que tenía, y que era su confidente, José Gregorio, un rubio muy inteligente que, como él, tenía muchos planes para el futuro, planes de surgir en la vida, planes estos que tenían que ver con los estudios para algún día, darle una casa decente a su madre que vivía en un humilde cuartucho junto a sus hijos y al padrastro suyo.
En una época había una chica que le conquistó el corazón y que habían sido compañeros de estudios, una hermosa dama con un cuerpo virginal. Era trigueña y con el cabello ensortijado. Aprendió a quererla rápidamente, como esos fugaces amores de la juventud, que como llegan también se van, rápido. Una tarde que habían salido a llevar a cabo una cita que habían concertado, la pasaron muy deliciosamente, ella colocó en uno de sus dedos una bella pieza de oro, que luciría con orgullo, un lindo anillo que había quitado de su dedo para regalarlo a su galán.
Después de varios besos de despedida, la joven tomó una unidad de transporte público y se marchó. Rigoberto se alejó caminando, ya que su casa no quedaba muy distante, y al cabo de varias cuadras recorridas, al llegar a la esquina, donde estaba el cruce que daba a su residencia había una gran algarabía. Un joven con discapacidad para el habla se le abalanzó gritando un lenguaje que sólo él entendía, atravesándose el cuello con el dedo mientras balbuceaba algo que no se le entendía.
Rigoberto avanzó unos cuantos pasos, y el alboroto era aun mayor. Gritos y llantos se escuchaban por doquier, la razón era muy hiriente, una maldita descarga eléctrica había acabado con la vida de Luis al tratar de colocar un pantalón húmedo en un trozo de alambre que había colocado en el interior de la vivienda, y como el techo estaba electrificado, el contacto con la lluvia que hacia pocas horas había caído sobre la ciudad, le jugó una trampa mortal, electrificando el alambre que utilizó y le electrocutó en el acto.
La muerte se le presentaba una vez más, arrancándole a alguien a quien amaba mucho. Era que acaso esa señora no podría viajar sin volver nunca más, que se empeñaba en opacarle la vida suya y la de quienes le rodeaban.
A Luis lo llevaron con la premura del caso al Hospital General, pero no pudieron hacer más que certificar su deceso por electrocutamiento. La familia de Luis estaba tan trastornada, como era lógico en estos casos funestos. Todos los vecinos estaban el la calle, comentando lo ocurrido. El padre de Luis estaba en la capital trabajando, y una de sus hermanas estudiando en Maracay, por lo que no estaban en ese momento. Sendas llamadas telefónicas les hicieron enterarse del desgraciado acontecimiento.
Ya llegada la noche, trasladaron al lugar del velatorio el ataúd con los despojos mortales de Luis. A Rigoberto le parecía mentira todavía aquel momento tan difícil. Muerto su amigo, a quien había visto sentado en el parachoques de un Volkswagen rojo cuando iba a encontrarse con la chica que era su nueva conquista, y cuando regresó ya era cadáver; sólo habían transcurrido unas horas. La muerta deletérea le había tocado nuevamente con sus tentáculos, sólo ella sabía cómo herir, sabía producir una gran hiperestesia en sus víctimas una gran hiperestesia que resultaba inolvidable para quienes la padecían.
Bien entrada la madrugada llegaron el padre y la hermana mayor de Luis, presos de la más honda pena, y se dirigieron con ímpetu a observar el cuerpo exánime de Luis, entre terribles manifestaciones de llanto, que hicieron surgir las lágrimas de todos los presentes. Rigoberto, luego de dar sendos abrazos a los recién llegados, permaneció sentado toda la noche cerca del ataúd donde permanecía su amigo.
Largas transcurrían las horas y Rigoberto recordaba uno a uno los momentos que vivieron de amigos, las travesuras de la etapa dulce de la vida que habían compartido. Le vino a la mente también, el recuerdo de Wilmer, de la muerte violenta de éste, de su gravedad, del tormento que vivió en su estadía en el hospital, y aun fuera del él; tuvo recuerdos que le agobiaban, le ponían aun más triste, y pensó en quien más le dolía no tener, pensó en su madre, a quien por siempre recordaría.
Habían transcurrido varios meses después de la tragedia en que falleció Luis. Un compañero de estudio lo visitó en su casa, invitándolo a un matrimonio que se realizaría en un pueblito de la costa oriental, aproximadamente a cuatro horas de allí, donde contraería nupcias la hija de un amigo de su padre, a lo cual accedió gustosamente, por supuesto previa autorización de Andrés Eloy, que afirmativamente no dejaba de cubrirlo de precauciones.
Viajarían dentro de tres días, y desde ya un enorme bolso era colmado con todo lo necesario para tal fin. Partieron muy de mañana, aun de madrugada, un día antes de la boda, ya que realizarían una “despedida de soltera” a la casadera. Rigoberto nunca había viajado por esos sitios y tenía mucha curiosidad. Tomaron un autobús que se dirigía a la zona central del país, y comenzó la travesía. Miraba los paisajes, las extensas zonas verdes, con muchos ejemplares vacunos y equinos, y se sentía un agradable olor a campo. La naturaleza ofrece toda la maravilla que nadie sería capaz de objetar.
En una de las paradas del vehículo, los pasajeros descendieron para ir a comer o al baño. Rigoberto por su parte se sentó en una vieja silla que ubicó frente un hermoso paisaje que se mostraba tan cerca que parecía que extendiendo los brazos podría tocarlo. Un verdor infinito que terminaba sólo cuando comenzaba el también infinito azul del paradisíaco cielo. Una hilera de vacas lideradas por dos o tres toros, caminaba por un pequeño sendero que de tanto pasar lo habían hecho los mismos animales. Algunas vacas llevaban al lado a sus becerros, que mientras caminaban, golpeaban las ubres con el hocico en busca de la blanca y espumeante leche. Parecía interminable la formación, un olor a boñiga era transportado por una deliciosa brisa gélida que despeinaba los cabellos.
Dos caballos corrían sin rumbo fijo y jugueteando entre ellos, dejaban escapar uno que otro relincho, que se entrelazaba con el mugido de las vacas y el bramar de los becerros. Los dos équidos corrían y se detenían repentinamente para luego seguir trotando, haciendo gala de la libertad de que gozaban. Ese verdor, ese aroma, el volar de varias garzas que se posaban en una pequeña laguna donde habían otras tantas; hacían un paisaje que provocaba plasmar en un enorme lienzo y llamarlo Dios, porque sólo él es capaz de crear algo tan maravilloso, que nunca daría lugar a dudas sobre su existencia.
Una bandada de loros dejaron escuchar sus estrepitosos cantos, irrumpiendo el silencio de la hermosa sabana observada, y se posaron sobre un árbol que producía una fruta amarilla, que desde esa distancia no se podía apreciar de qué se trataba, y casi al instante caían semillas de los ya devorados frutos, sin cesar el alboroto que aquellas aves trepadoras producían. Una guacamaya llegó solitaria con su hermosa gama de colores en su plumaje. Que hermoso animal, que preciosura. Con su enorme pico curvo también emprendía la alimentación de aquel árbol, un tanto alejada del grupo de sus primos, pero sin pronunciar sonidos, aunque de vez en cuando agitaba las enormes alas como queriendo decir: “Esta parte es mi dominio, no vengan que no tienen porque hacerlo”, y los loros parecían entenderle, ya que ninguno se acercaba. Luego dos guacamayas se le acercaron e iniciaron un escándalo aun mayor, y alzaron vuelo al mismo tiempo.
Las vacas continuaban caminando en una perfecta hilera, y tras el ganado, dos hombres a caballo las guiaban. Lentamente se iban internando en la inmensidad del paraíso que Rigoberto contemplaba. El verdor perfecto, el monte que parecía podado por manos perfectas, la laguna moteada del blancor de las garzas que hundían sus picos y tragaban su alimento para volver a introducirlos constantemente. El agradable olor a naturaleza era un maravilloso regalo a quien se detuviera a observarlo.
Que hermosa es Venezuela, que país tan maravilloso y completo tenemos. El motor del autobús, junto con la llamada que le hacían a Rigoberto le sacó del hechizo y le hizo abordar. Prosiguió aquel viaje que se tornó un tanto lento, ya que la unidad era algo vieja, y las constantes paradas eran lo que más tiempo le robaba para llegar rápido a su destino. Rigoberto sentía aquella lentitud como una dádiva, ya que por la ventanilla que permanecía abierta, observaba esa maravilla que como una película se presentaba ante sus ojos.
El cielo era cruzado constantemente por pájaros que jamás había visto. El aroma era lo que más le instigaba a sacar el rostro por la ventanilla para percibirlo más completamente. Un grupo de hombres, trabajadores de alguna compañía del ramo, con máquinas, podaban el monte que crecía a orillas de la carretera, acentuando aún más el agradable olor.
De vez en cuando aparecían unas casitas verdaderamente humildes, de bahareque, con tan reducido tamaño, y de las que salía una gran cantidad de personas, sobre todo de niños desnudos y barrigones. Que contraste tan horrendo entre la hermosa y rica naturaleza que se presentaba, y la extrema pobreza de aquellas personas. Realmente, no se puede comprender el por qué de esa situación. De seguro que esas vastas extensiones de tierras ricas pertenecen a algún latifundista que tendrá, sabrá quien, cuanto tiempo que no pisa un solo pedazo de aquello y sus cuentas, cada vez más llenas de cifras, probablemente o de seguro, ofendidos por tener aquellos seres pobres y desgraciados ocupando parte de lo suyo. Nunca se podrá entender.
La vieja Sara aplaudió, manifestando de aquella forma que el destino estaba allí. Un chirrido, y la vieja máquina detuvo su marcha algo más allá de donde debieron bajarse, como cincuenta metros. Palabrotas, dejó escapar la señora, la madre del amigo de Rigoberto, y el chofer se excusaba muy amablemente. Apenas habían descendido, y cuando Rigoberto acababa de bajar, al segundo paso se cerró tras de sí la portezuela, casi rozándole la espalda y la enorme estructura metálica dejó escapar un horrendo rugir del motor y una inmensa nube de humo n***o les cegó por completo la vista al trío, y el ardor en los ojos no se hizo esperar. Rigoberto quedó como una efigie porque creyó que el autobús lo volvería añicos por lo cerca que le pasó. Se mantuvo así algunos segundos, cuando su amigo lo llamó para que emprendieran el camino que les obligó a recorrer el distraído chofer de la unidad.
_ Buenos días.- expresó la señora Sara al efectivo de la Guardia Nacional que estaba apostado en la alcabala, junto a tres más, pero éstos últimos estaban al otro extremo de la carretera. Arteaga, se leía en una placa de metal que pendía del bolsillo de su chaqueta. No debía tener más de veinte años a lo sumo, y el cabo le correspondió a su saludo con una leve expresión, sin pronunciar palabra alguna.
Veinte metros a la izquierda había una entrada a una carretera que era por donde se llegaría al pequeño caserío en el que se llevaría a cabo la ceremonia. Una enorme roca sirvió como asiento. Los equipajes al lado del rudimentario escaño representaban tres bolsos de regular tamaño, siendo más grande el de la señora, porque en el interior estarían varios obsequios, amén de sus cosas personales.
Pasaron largas horas, hasta que un pequeño camión que transportaba cántaros contentivos de leche de vaca que iban recogiendo finca por finca para llevar luego a la fábrica de quesos, se detuvo a petición de la señora Sara, y abordaron el mismo. Ella, adelante junto a los dos hombres que ocupaban ya los asientos, uno de ellos lógicamente el chofer. Rigoberto y el “Chino”, que era como le decían al joven amigo de éste, iban en la parte posterior asidos a unos tubos que la unidad tenía colocados a manera de protección. Tenían que ir aferrados a dichas agarras, so correr el peligro de caer debido a los bruscos vaivenes de la unidad, producidos por la enorme cantidad de cráteres que habían en la pésima vía de penetración rural.
Vienen a la mente, las perfectas y pulcras vías que conducen a los lujosos carros de los representantes del gobierno, y ni decir cuando algún presidente de un país vecino o distante se apersona con las interminables comitivas, que guían el paso por donde transitan aquellos suntuosos autos con una gran cantidad de idiotas corriendo a ambos lados, delante y detrás. Y cuando estos personajes descienden de aquellas joyas rodantes, una gran alfombra roja les recibe los pasos, mientras se dejen escuchar varios himnos, disparos de salva, elogios y ricos manjares son degustados. Mientras la verdadera venezolanidad camina sus pasos entre abrojos y caminos destrozados, y muchos nunca han visto una alfombra sino la que la naturaleza les ofrece, el duro suelo que lastima los descalzos pies y se llevan a la boca lo poco que consiguen para mitigar el hambre, si es que consiguen, y los disparos no son de salva, son los de la delincuencia que les cercena la vida para quitarle muchas veces lo que no tienen. ¿Por qué este mundo será así?, ¿Tendrá alguna respuesta esta pregunta? Lo dudo.
Tupida era la vegetación a ambos lados de la maltrecha vía, y los brincos que ambos jóvenes daban, le hacían reír a carcajadas con las bromas que ambos se hacían. Un automóvil pequeño y de modelo reciente pasó veloz al lado del camión, sonando la bocina y despidiendo una nube de polvo, que enseguida se disipó, y al cabo de un rato se perdía en el horizonte.
Una hora duró la travesía, y el camión se detuvo en una entrada a otro camino, desde donde tenían que caminar hasta llegar al destino final. Cuando descendieron del mismo, la sensación de brusco movimiento todavía la tenían en sus cuerpos.
Al cabo de treinta minutos de caminata llegaron a un pequeño y humilde caserío, donde pocas casas dispersas ofrecían la calidez que caracterizaba a aquellas personas. Llegaron a la casa del Señor Pedro, padre de la joven novia, y fue presentado Rigoberto y recibido con beneplácito. Se sentaron en unas lindas sillas de curarí que había en la sala.
Aquella era la única casa grande del caserío ya que el Señor Pedro poseía unas cuantas propiedades y vivía cómodamente, no así el resto de los habitantes del sitio, que eran muy pobres, demasiado. Sus casas eran verdaderas chozas de barro. El Señor Pedro y la Señora Sara iniciaron las preguntas de rigor. El primero preguntó por el resto de la familia, por el Señor José, padre del Chino, y diversos temas que siempre son tocados. Rigoberto y su amigo al poco rato comenzaron a explorar el lugar y miradas curiosas le seguían desde las humildes casas, a través de los innumerables agujeros que para tal fin no faltaban. La timidez era una característica presente entre los pobladores de las zonas rurales, y muchos ojos seguían con curiosidad a aquellos hermosos jóvenes que, como turistas, recorrían la única calle de granzón que había en el caserío. La Enea, se llamaba aquel apartado sitio.
Aproximadamente a las cuatro de la tarde, Bruno y Félix, junto a varios niños arrastraban atado a un toro acapachado que se resistía como era natural, y lo amarraron a un árbol. El animal terriblemente furioso no dejaba de correr en todas direcciones en que la larga soga se lo permitía. Al cabo de un rato, se calmó y comenzó a consumir el verde manjar del suelo. La muerte le estaba asechando.
Una pequeña casa, que no era más que una habitación que quedaba al lado de la casona del Señor Pedro fue dispuesta y limpia para que los invitados “especiales”, pernoctaran en ella. Tres hamacas enormes habían sido colocadas ya, y la verdad era que inmediatamente se abalanzaron en ellas para descansar del viaje. Todo esto después de haber degustado un exquisito plato criollo, que devoraron con enorme placer.
Caída la noche, comenzó una música a dejarse escuchar. Había mucha gente ya, Rigoberto los observaba por la pequeña ventana. Hombres abigarrados estaban de pie libando un licor transparente, y las chicas, sentadas en círculos esperando que algún galán le invitara a bailar, pero transcurría el tiempo y nada cambiaba, una canción, luego otra y después otra más, y nadie se movía.
En la mesa donde estaba ubicada la familia de la novia, estaban dispuestos el Señor Pedro y su esposa, tres hijos de éstos, incluyendo la novia, un pequeño niño de una de las muchachas, y dos bellas jóvenes elegantes que hablaban en un tono de voz muy alto, y con un acento marabino inconfundible.
Rigoberto y el Chino se arreglaron maravillosamente. Ropa deportiva escogieron para la ocasión: Rigoberto lucía un lindo Jean nuevo, ajustado a sus atléticas piernas, unas gomas blancas con una raya roja que resaltaban en todo su esplendor, y una camisa rosada muy perfectamente planchada, ropa con la cual se veía admirable. Su cabello muy bien peinado, lucía un hermoso corte.
El Chino también estaba muy elegante. Su vestido era más formal. Un saco deportivo café resaltaba con una camisa de un tono más suave y un pantalón deportivo beige. Los zapatos eran del mismo color del saco. El aroma de las colonias utilizadas, hizo virar las miradas de quienes estaban presentes, ya que al abrir la puerta y salir, el mismo invadió la nocturna atmósfera, propiciado por la cercanía de donde venían. Las miradas más sorprendidas eran las de las jóvenes pueblerinas.
Se sentaron en el grupo donde estaba la familia de la novia y fueron presentados. Una de las jóvenes zulianas no apartaba la mirada de Rigoberto, y la otra del Chino. Conversaron alegremente de varios tópicos, mientras la estrepitosa música se dejaba escuchar. Música grabada, proveniente del Vigía, Estado Mérida, de un conjunto que llamaban “Los Mundiales”, otra de “Los Mustang”, “Los Tamarindos”, en fin, una gran variedad de música bailable que hasta esa hora sólo dos parejas habían bailado dos o tres piezas.
El licor era consumido como agua, y las muchachas parecían verdaderas estatuas humanas. Rigoberto y El Chino pasaban constantemente frente al grupo de mujeres, y éstas dejaban escapar suspiros por los galanes, y los hombres, miradas de envidia, por no ser ellos el centro de atracción.
Una de las chicas colocó una cinta con música pop en inglés, de Michael Jackson, y las dos parejas, es decir, las zulianas junto a Rigoberto y El Chino comenzaron a danzar espectacularmente. Ambas parejas danzaban a la perfección. Diversos pasos magistralmente dados, como ensayados durante meses, causaron mucha admiración en los presentes, quienes rodearon inmediatamente a las dos parejas, y contemplaban con asombro aquel baile tan gustosamente llevado a cabo, dejando escapar muchos aplausos y silbidos de satisfacción.
Bailaron por un largo rato, sin cansarse, el sudor ya empapaba sus vestimentas, y sólo pararon cuando llegó el final del agasajo, y todos los consideraron como los héroes de la noche. Ya muchos niños querían imitarlos. Todos se marcharon a sus hogares. Rigoberto, El Chino y las jóvenes zulianas quedaron exhaustos.
El mugir del ganado y las voces de los ordeñadores, que muy temprano comenzaban su difícil tarea, despertaron a Rigoberto, quien envuelto en una gran cobija se cubría del enorme frío que trajo consigo la madrugada. El cantar de los gallos y el ladrar de los perros completaban ese curioso despertador. Escuchaba el roncar de sus compañeros de habitación y oía a lo lejos la tonada del ordeñador y los gritos que éstos les proferían a los animales. Silbidos intensos se dejaban oír, y las palabrotas que compartían entre ellos.