Cuando tenía catorce años, su padre fue asesinado en un conflicto bélico que caía sobre el país y sus restos nunca fueron reportados a la familia para más dolor. De allí, su marcada fe le condujo hacia un retiro espiritual que dejaba a su madre aun más destrozada, pues estaba dedicado a descubrir su vocación de sacerdote. Su carrera se vio materializada cuando apenas contaba con veinticinco años. La madre nunca se sobrepuso a la desgracia vivida y falleció entre sus brazos una fría noche de invierno, víctima de la tristeza que corroe al alma.
Con ese peso en su corazón, emigró hacia tierras lejanas en busca de poner océanos por medio a los tristes recuerdos. Comprendió el joven sacerdote que los recuerdos nunca se alejan por más distante que se vaya, y así llegó a Venezuela en un inmenso barco que en La Guaira encontró puerto donde se daba inicio a una vida dedicada por completo a Dios. En la iglesia llevaba varias décadas y se sentía aún más venezolano que muchos que vieron la luz en estos parajes.
Aquellas fotografías le inducían al inevitable recuerdo y le hacían tocar muy de cerca a la melancolía, porque mañana tras mañana, al tomar posesión de su oficina, miraba las fotografías e instintivamente era transportado al pasado por sus recuerdos. Era conducido a los recuerdos de su infancia hermosa. Pero esos recuerdos le arrancaban lágrimas cuando pensaba en sus padres. Se tranquilizaba a sí mismo pidiéndole al señor que algún día estuvieran nuevamente juntos, pero esta vez ya para siempre.
Sacó nuevamente el pañuelo y enjugó las lágrimas que como siempre manaban de sus enrojecidos ojos. El repicar del teléfono le sacó de ese mundo de recuerdos. Se paró y contestó el teléfono expresando unas palabras cargadas de suavidad.
_ Diga.
_ ¿Hablo con el padre Ignacio?
_ Si, soy yo, ¿Con quien hablo por favor?
_ Padre Ignacio soy yo.
_ ¡Ah! Que bien, muy interesante, ¿Y quién será ese yo? ¿Puede identificarse?
_ Rigoberto Palacios, el hijo del señor Andrés Eloy, ¿Se acuerda?
_ Alabado sea Dios, que hermoso es escuchar tu voz y tan temprano del día. Hijo eso si que es un verdadero milagro. ¿Cómo está tu papá?
_ Bien padre, gracias a Dios.
_ Me alegro mucho muchacho. Ustedes son una verdadera joya de familia. Dime, ¿En qué te puedo servir?
_ Padre Ignacio, necesito hablar urgentemente con usted.
_ ¿Urgente haz dicho?
_ Si padre, es muy urgente.
_ Bueno, espera que termine unas cosas que tengo pendientes y me llego hasta vuestra casa. Creo que en más o menos una hora.
_ No padre, no se moleste, me gustaría ser yo quien lo busque. Yo me llego hasta la iglesia.
_ Bueno hijo, como tu quieras. Te estaré esperando.
_ Si padre, dentro de una hora estaré allá, espéreme.
_ Ya te lo dije, te estaré esperando hijo. Que Dios te bendiga.
El padre Ignacio colgó el aparato y se quedó pensativo un momento. Continuó buscando en las gavetas atestadas del escritorio, unas carpetas que tenía que revisar y estampar su firma en algunos documentos que estaban contenidos en ellas. Eran unos papeles que dentro de escasas horas deberían estar en manos del Señor Obispo.
El trinar de las aves parecían las prodigiosas notas de una agradable melodía y el ir y venir de las autoras hacían un juego de beldad magnífico. El verdor de la grama de aquel jardín edénico, con sus efluvios dignos de Dios, conjugado con la brisa que acariciaba y el sol recién nacido cuyos rayos prematuros tocaban delicadamente, hacían del sitio preferido de la casa, una verdadera joya de la naturaleza. El mirar esa maravilla, y más aun, el sentirla, dejaba una evidencia indiscutible de la omnipotencia de Dios.
Rigoberto aun estaba sentado en la mesa del teléfono al que aun tocaba después de haber culminado la llamada e interrumpido la comunicación. Permanecía pensativo, como reflexionando lo que hablaría con el padre Ignacio una hora más tarde. Estaba como escudriñando en sus pensamientos las preguntas que se aglomeraban y que debería organizar detenidamente. Se paró y dio unos pocos pasos hasta quedar frente a un espejo en el cual contempló la figura de su cuerpo.
Rigoberto era un joven hermoso, excesivamente alto. Era el cuerpo de un adolescente que presagiaba la belleza masculina que se completaría aun más cuando la madurez se posesionara por completo de su fisionomía. El cabello muy n***o y en extremo brillante, había sido moldeado recientemente a la usanza moderna por manos expertas. Su rostro era azotado por el acné propio de esa edad. Era también dueño de un minúsculo bigote que a manera de esbozo, le daba ya un aire de adulto.
Se miraba a sí mismo fijamente a los ojos como intercambiando juicios. Tomó un peine y distraídamente lo pasó por su cabellera para luego, trasladarse hacia la entrevista que había preparado con el sacerdote, donde despejaría muchas dudas. El reloj marcaba las siete veinte minutos.
Pasada más de una hora el padre Ignacio miró su reloj de pulsera y le pareció extraño que Rigoberto no hubiese llegado. Guardó todas las carpetas que, desordenadas, estaban sobre el pulido escritorio y se quedó pensativo. Volvió a mirar el reloj, esta vez el de péndulo antiquísimo que estaba exactamente frente a sí. Se trasladó hacía la ventana por donde se dejaba ver una claridad magnífica a través de la cual, miró en todas direcciones, miró hasta la plaza y en ninguno de esos sitios divisó al joven.
Instintivamente le cruzó una idea y lamentando no haber pensado en eso anteriormente, caminó deprisa hasta el interior de la iglesia. Ya en la puerta de la misma, hizo la señal divina de la cruz y dio varios pasos hasta llegar al altar. Muy cerca de ese sitio, en el primer banco, estaba el joven de rodillas dejando escapar un sollozo. El sacerdote se sentó a su lado y colocó su mano izquierda sobre el hombro del muchacho que ya se había sentado al lado suyo. Las miradas se encontraron y esas miradas desde ese instante comenzaron a decirse muchas cosas.
_ Hijo, ¿Por qué lloras? ¿Qué es lo que te está sucediendo? Haber, cuéntame.
Rigoberto se abrazó al sacerdote exteriorizando su llanto mojando la tela de la suave camisa de éste. Permaneció así durante largo rato y luego le tomo con sus manos las suyas y besándolas de dijo:
_ Padre Ignacio, usted sabe cuanto le queremos mi papá y yo, ¿Verdad?
_ Claro que sí hijo mío, pero dime, ¿Qué es lo que te está pasando?
_ Padre es que quiero que me hable de algo que es muy importante para mí. Sé que usted me va a decir la verdad.
Ambos personajes estaban ubicados frente a la máxima figura de la cristiandad, quien como centro de todo lo existente era el gran testigo de la conversación entre Rigoberto y el Padre Ignacio.
Ambas miradas encontradas alargaron demasiado el tiempo sin que palabra alguna fuera exteriorizada, y aquello producía un enorme vacío lleno de misterio, de dudas, de una eterna espera por quién iniciará aquella conversación, hasta que el sacerdote rompió el duro silencio.
_Bien hijo, ¿Qué es esa cosa que deseas que te diga?
_Padre, yo quiero saber cómo es una madre. -Dijo Rigoberto sin ningún tipo de rodeos.
_ ¡Caramba, hijo mío, que pregunta! No te imaginas qué pregunta has hecho.
El Sacerdote quedó pensativo un leve momento, y posterior a eso se paró, se inclinó ante el Cristo que tenía frente a sí, y persignándose oró un momento, aproximadamente tres minutos, tiempo en el cual aparecieron varias lágrimas en sus tristes ojos, pues inmediatamente volvió el recuerdo de su natal España y a su madre, quien tanto le quiso y a quien tanto adoró y aun adora, recordó pues a ese ser que tanto se ama y que da la vida entera de ser necesario por el fruto de su vientre, la madre, benditas sean todas las madres del mundo. Nuevamente volvió al lado de Rigoberto, quien le miraba fijamente, sin apartar un leve instante la mirada del cura, esperando respuestas a la interrogante ya hecha.
_Padre, ¿Me puede explicar qué es una madre?
_Como no, hijo mío- Rigoberto notó la presencia de las lágrimas que habían descendido de los tristes ojos del Padre Ignacio, y extrañado por la aptitud del mismo, indagó.
_ ¿Por qué está llorando Padre? ¿Acaso dije algo indebido?
_ No hijo mío, de ninguna manera, ¿Cómo vas a decir eso? Todo lo contrario, me has hecho una pregunta divina, una pregunta de un ser que tiene todas las particularidades que toda persona necesita para pensar mucho en ella. Una madre es hijo mío, un ser que te ama muchísimo desde antes de que llegues al mundo, tan previo que aun antes de ella ser completamente una mujer ama al hijo que en el futuro tendrá la enorme ventura de llevar dentro de sí.
Una madre es aquella mujer que al saber que ya en sus entrañas palpita un pequeño ser, la vida le sonríe y engrandece su espíritu dando las gracias a nuestro Dios por tan enorme designio. Se toca con ternura su vientre y sonríe con felicidad pensando en la vida que crece dentro de ella.
Una madre es esa persona que espera ansiosa que llegue el tiempo en que nazca su hijo y comienza ya una bendición de vida en la cual única y exclusivamente su hijo, y sólo él, la hacen una mujer bendita. Es el amor personificado.
Madre es aquella mujer que por alguna razón no puede albergar dentro de sí a un hijo, y acoge a uno como si fuera de ella y le entrega todo el amor que por naturaleza humana toda mujer lleva consigo.
Una madre es una deidad, es una maravilla, es la creación más bendita de nuestro Dios, que es capaz de dar todo cuanto tiene a cambio de nada, para que su hijo no tenga ningún tipo de carencia. Es ese ser que te alimenta desde el primer día con el bendito fruto de su seno maravilloso, con esa leche que su organismo produce para el hijo hambriento.
Madre es ese ser que pare, y el terrible dolor que esto produce se aleja inmediatamente al escuchar el llanto de su descendencia que anuncia su llegada al mundo, y desde ese preciso momento su vida cambia por completo, pues la ventura mágica de tener un hijo es lo más sagrado que puede existir.
Madre fue, y aun lo es, María, quien por obra y gracia del Espíritu Santo concibió a Jesús, nuestro salvador, que dio la vida por todos nosotros.
Madre, esa bendita mujer que lo da todo por sus hijos, todo, enteramente todo sin medirlo, incluso hasta la vida misma.
Al decir aquellas palabras, el Padre Ignacio quería hacerse entender por su interlocutor, quien de hecho captaba las sabias palabras del sacerdote y entendía muy bien esto último que había escuchado. De sus ojos se asomaban unas tiernas lágrimas; cuanto quería a esa madre que nunca conoció pero que llevaría consigo, en su corazón y en su mente, por toda la vida.
Desde el mismo en que supo que vivía, sintió la necesidad de María Elena pero no le podía recordar, ya que ni siquiera una foto, alguna señal de ella, donde contemplara sus rasgos, sus fisonomía para pasar horas enteras contemplándole. No tuvo la suerte de mirar el rostro de la madre que le dio la vida ente su presencia. Poco sabía de ella, salvo lo que Andrés Eloy le había contado, que no era mucho, ya que éste evadía cualquier conversación al respecto. El recuerdo de esa funesta noche le amargaba hasta el máximo extremo. No quería recordar a su gran amor muerta, no quería saber nada de su muerte, la amaba viva, porque para él aun lo estaba, y las largas conversaciones nocturnas en su alcoba con María Elena, le hacían sentirla con él, no había nada que no le contara, pasaban enteras las noches en su diálogo; por eso no quería saber de su muerte, porque ella no había muerto, su recuerdo le daba vida, por eso el cementerio era un sitio que jamás volvió a pisar.
Rigoberto, satisfecha su curiosidad, se paró de su asiento conjuntamente con el Padre Ignacio, y se aferró a sus brazos en un abrazo muy emotivo, lleno de una gran dosis de ternura y comprensión, durando de esta forma un largo momento que fue interrumpido cuando Rigoberto se separó del hombre tan tierno y lleno de indulgencia para agradecerle aquel conciliábulo, que aunque él siempre se lo había imaginado, no era sino hasta esos momentos cuando inició la indagación al respecto que comprendía lo grande es ese suceso. Eran esa serie de preguntas sobre el tema en cuestión, sobre la madre, su madre, la mujer que ahora más que nunca idealizaba, lo que le daba esa paz, la amaba y así lo haría eternamente.
Se alejó de aquel sitio, caminado por un largo pasaje que le conducía a la puerta de aquel templo muy asistido por él y su padre. Eran unos pasos lentos, como arrastrando una gran pena, aunque sus lágrimas daban paso a una leve sonrisa. El sacerdote extendió la mano y dibujo una cruz en el aire, dándole una bendición que caía sobre él como una gracia que lo hacia muy fausto. Al llegar al postigo, giró sobre sus talones, se arrodilló y se hizo la señal de la cruz, miró al Cristo que ahora estaba al fondo y, luego incorporándose, se retiro a pasos largos.
El Padre Ignacio, sentado en el banco, con los brazos a ambos lados, apoyados en el respaldar del mismo, en una poco ocultable alegría, con una gran satisfacción por haber tenido aquella plática con uno de los jóvenes más asiduos a la Iglesia cada domingo, y que por saber las circunstancias que rodeaban la vida de éste y la de su padre, sentía una especial cantidad de benevolencia.
Los pasos de Rigoberto le conducían por una calle casi desolada. Ya la temperatura a esa hora de la mañana se había extendido y era muy cálida, el sol calentaba todo a su paso, el andar rápido era una forma de aplacar el gran calor que se sentía ya a esa hora. Más tarde sería peor.
Se sentó en una bancada muy cerca al monumento erigido al Padre de la Patria, que imponente se alzaba en el centro de la plaza. Miró por largo tiempo la figura ciclópea del doncel emancipador de nuestra libertad y sonrió con arrogancia.
Prosiguió sus pasos, y al cabo de varias cuadras estaba ubicada ante una enorme mansión que le era muy familiar. Ernesto, que con mucha candidez le aguardaba, le dijo al efebo:
- Pase, niño Rigoberto, que Doña Herminia lo espera desde muy temprano.
El portón eléctrico inició su recorrido hacia la izquierda, muy despacio, hasta que estuvo abierto en su totalidad. No fue sino hasta ese momento en que Rigoberto entró en la casa, le divertía como el portal se abría por sí solo, siempre le provocaba una gran curiosidad aquel suceso.
El agradable aroma a grama recién cortada inundaba el espacio en su totalidad. La enorme jaula contenía aun más canarios que deleitaban con sus melodías, ahora con gran cantidad de ruiseñores, turpiales y otras aves cantoras, que aunque en cautiverio, no parecían privadas de libertad, dada la gran extensión de aquel aposento, que incluso tenía varios arboles en su interior, desde donde pendían muchos nidos ocupados por hambrientos pichones, que con los picos abiertos en toda su extensión, esperaban su alimento.
Linda, la hija de Ofelia, que otrora no se separaba de su madre ni siquiera un instante, ya era toda una mujer muy hermosa, y al igual que su ella, servía en la enorme mansión de Herminia y Lázaro; le acompaño al interior de la residencia. La decorativa alfombra sumergía los pasos y procuraba una gran comodidad al andar. Las cortinas eternamente púrpuras que caían como del cielo, habían sido reemplazadas por otras de color violeta. Se detuvo un rato frente a la gorda figura de una mujer, característico de las obras del pintor colombiano que le robaba una sonrisa de burla. La porcelana oriental siempre le resultaba en desinterés, por lo que ni siquiera las miró. Al momento buscó hasta quedar sentado en el inmenso mueble que chirrió suavemente bajo su peso, se dejó deslizar hasta quedar como sentado con la espalda.
Se acomodó inmediatamente al escuchar pasos que provenían del estudio, que en la parte contigua de la casa, fungía como biblioteca y despacho de su tío, desde donde manejaba sus inmensos negocios ganaderos y de otros ramos. Juan José, hijo de Asdrúbal, que ya entrado en años no siguió su labor de capataz de la enorme propiedad, labor que a su vez habrá heredado de su padre Ibrahím, el hermoso viejecito que Andrés Eloy consagró en su infancia, se marchaba después de tocar varios tópicos concernientes a la ganadería, que cada vez iba viento en popa.
Se sitió repicar el teléfono celular de su tío Lázaro, y una conversación en inglés se dejó escuchar. Linda cerró la puerta del estudio que Juan José había dejado entreabierta al salir, y se retiró hacia la cocina donde Ofelia realizaba su trabajo y donde ella continuaría el suyo. Inés llevó hacia la sala una bandeja hermosísima donde un delicioso y enorme helado esperaba ser devorado por la inevitable glotonería del joven. En un breve lapso, ya la gran copa no tenía más que la huella de lo que hacía un instante fue un grandioso y provocativo manjar.
En una mesa sólo lucía un retrato enmarcado en un portarretratos muy extravagante, de una belleza inigualable. Los abuelos de Rigoberto unidos en un abrazo, posaron para la lente que inmortalizó aquel momento. Los miró un largo rato y evocó a su madre, que ni siquiera sabía cómo se llamaron los padres de ella, mucho menos conocerlos.
Rita acudió en busca del recipiente junto a la bandeja y desapareció luego de expresar una tierna mirada al joven que ya se paraba de su asiento favorito y se disponía a subir las escaleras hacia la alcoba de su tía Herminia, donde la acribillaría a preguntas, o tal vez le haría sólo una. En el trayecto, estaban unas placas dadas a sus tíos por diversos motivos, agradecimientos en su mayoría, y cuadros de paisajes, en especial uno de la tierra de la divina historia, donde se habrán dibujado las ruinas en todo su esplendor. El pueblo peruano ha de estar muy orgulloso de esta maravilla. Otro cuadro, enmarcado en un dorado de madera, representaba al gran cacique que dio las ofrendas al conquistador, y que su escultura permanece hoy en día en la bella ciudad capital del Estado Falcón.
Herminia le esperaba en la alcoba de Rigoberto, ya que siempre había tenido una habitación allí, y es que el treinta por ciento de su tiempo lo pasaba en la enorme casa. La hermosura de Herminia se acentuaba cada vez más. La gracia de sus movimientos y su manera de modular las palabras al pronunciarlas la hacían mucho más enormemente bella de lo que en realidad era. Una vestimenta de casa le decoraba. Al entrar Rigoberto al aposento, la tía caminó velozmente hacia él y en un gran abrazo le expresaba el amor de madre que por él sentía.
Encendió, con un mecanismo de control, un aparato eléctrico, y acto seguido se inundó la habitación de una suave melodía de una sinfonía que a Rigoberto le fascinaba; eso sí a un mínimo volumen. Ambos se sentaron en la enorme y cómoda cama, en la cual Morfeo se sentía mucho más endiosado al cubrir con sus brazos a quien se dispusiera en aquella portentosa estructura que nadie podría rechazar. Una enorme ventana daba al patio, donde dos Mastines jugueteaban mostrando sus grandes colmillos, pero sin hacerse daño, sus ladridos eran potentes. Herminia se traslado hacia la ventana en cuestión y la cerró suavemente para ahogar el ruido de los fieros animales para que la conversación no tuviera la menor interrupción.
Era Herminia, una linda dama que años atrás llegó de tierras mexicanas, invitada por una televisora nacional donde hacía un extraordinario papel en una telenovela, el cual realizó con mucho éxito. Era muy joven en esa época, y quería devorarse al mundo, armada de su gran talento y de su no menos gran belleza. Realizó unas cuantas producciones hasta que conoció en unas grabaciones que eran llevadas a cabo en una hacienda del interior, a un joven alto, muy bien parecido, inteligente y enormemente rico, con quien hizo una instantánea amistad y de quien se enamoró inmediatamente.
Lázaro se sintió presa de esos ojos claros, de esa belleza divina y no dudó en querer conquistarla, labor que le resultó muy fácil y, en unos cuantos meses, la diva era esposa del criollo galán que le conquistó la vida. Desde ese momento permanecían muy unidos, pero siempre empañada por el hecho de no poder tener un hijo.
Pero un día inolvidable, siempre lo recuerda, cuando descubrió frente a sí a dos hombres, uno frente al otro, enormemente parecidos y, con los brazos de su esposo, un pequeñín le hacía volver a creer que sí existe la plena felicidad.
_ Tía, ¿tú me quieres? ¿Tú me quieres como si fueras mi mamá?
De inmediato el rostro lleno de emoción que había permanecido inalterable hasta ahora, dio un vuelco completo y estalló en un gran llanto, por lo que Rigoberto le abrazó y creyéndose culpable de dicha reacción, le consoló.
_ Tía, por favor perdóname, yo siempre haciendo llorar a la gente con mis estúpidas preguntas.- Herminia, al oír estas palabras inocentes, le abrazó con más fuerza.
_ No mi amor, no digas eso, lo que pasa es que no lloro sino de alegría, de una gran emoción que arropa mi corazón. Como no te voy a querer hijo mío, si desde el primer día en que te vi no he aprendido a hacer otra cosa que amarte, tú sabes que eres y serás ese hijo que Dios nunca me pudo dar, de verdad que yo no se que hubiera sido de mí sin ti, mi amor. Eres tan especial, te amo tanto mi niño lindo, no puedes dudar jamás que gracias a ti me siento una gran madre. Te amo hijo mío, te amo.
_ Y yo a ti tía, yo también te quiero mucho, yo también te he querido como una madre, te quiero mucho mi amor, yo también te adoro.
Abrazados e intercambiando besos y caricias permanecieron un largo momento.
_ Tía, ¿cómo era mi mamá? Yo quiero saber como era ella, todos mis amigos hablan de sus mamás y yo ni siquiera se cómo era. ¿Tú me puedes decir, por favor, cómo era mi mama, tía? ¿Tú me lo puedes decir tía querida?
Herminia no pudo ocultar su enorme impotencia por no poder contestar aquella pregunta, pues no podría describir a quien nunca conoció a quien ni siquiera había mirado en una foto, ya que según Andrés Eloy sólo existía una, y él sabía muy bien donde estaba, pero nunca llegó a decirlo, salvo a Nicolás que fue quien la colocó en el sitio en el que aún permanece.
_ No mi amor, yo no conocí a tu mamá desafortunadamente, pero ha de haber sido una gran mujer, una enorme calidad humana debió haberla acompañado, y muy linda según nos cuenta tu padre. Tu mamá fue tan grande que hizo madre a otra mujer, porque cuando por desgracia murió, yo me hice tu madre; porque para mi tú eres mi hijo adorado, fue tan grande su bondad que dejó un gran legado, y aun después de muerta extendió su misericordia y me regaló la dicha de sentirte conmigo que eres el ser que más adoro. Ven mi muchachito, abrázame muy fuerte.
Ambos lloraban en una mezcla de tristeza y felicidad, compartían besos miradas dulces, caricias suaves y una gran ternura que los envolvía.
_ Tía, hace dos días escribí un poema a mi mamá y quisiera que lo escucharas, porque tú también eres mi mamá y yo te amo.
_ Sí mi hijito, léemelo, que no hay nada más tierno que un poema, y si es tuyo con mucha más razón, mi angelito.
Rigoberto sacó de su cartera que llevaba en el bolsillo posterior de su blue jean, un papel que permanecía doblado, el cual extendió en todo su tamaño y se dio paso a leerlo.
Herminia le escuchaba atenta y sorprendida. Lloró de emoción.
Ya Herminia se había parado de donde había permanecido escuchando el lindo poema que su sobrino había compuesto para ambas mujeres. Una poltrona gris que estaba ubicada frente a una gran televisión, y la cual había dispuesto para quedar frente al poeta que descubría en Rigoberto. Ahora, mirando por la ventana, donde ya no se miraban los canes, sino una soledad infinita, la mujer parecía no volver de algún sitio a donde la transportaron las delicadas y dulces expresiones del mozalbete, que desde ya hacía gala con la pluma sobre el papel, y plasmaba deliciosas líneas que anunciaban demasía de sentimientos, mucho de lo que su corazón siente y que el cerebro transformaba en palabras excitantes.
Fueron interrumpidos bruscamente por Lázaro, quien le iba a comunicar a su esposa, una novedad muy grave que estaba sucediendo en unas propiedades que poseían en el Estado Bolívar, y que le mortificaba. Unos macuqueros habían invadido aquellas zonas, y estaban deteriorando el ambiente, lo cual él nunca aprobó y nunca de seguro lo haría, ya que gran parte del ecosistema de nuestro país era deteriorado por esos personajes que en su mayoría provenían de países vecinos, y él jamás permitiría ese criminalidad que perjudica a todos, en especial a aquellos hombres, mujeres y niños que desde siempre han habitado en nuestra nación y el continente todo.
Al entrar en la estancia, descubrió aquel cuadro enternecedor que le regalaban sus dos seres más queridos, en un abrazo, y que lloraban conjuntamente.
_ ¿Pero, qué es lo que ocurre aquí, por favor? ¿Por qué esas lágrimas, mis amores? – Se unía a ellos formando un trío mágico, Herminia se secó las lágrimas con ambas manos, y Lázaro hacía lo propio con Rigoberto.
_ Haber, no quiero lágrimas, siempre les he dicho que lo único que deseo de ustedes es felicidad, alegría, nada más que eso.
_ Pero, mi amor.- Repuso Herminia.- es que de eso es precisamente que lloramos, de pura felicidad, no te das cuenta mi cielo, que eso es lo único que nos da este hermoso niño.
_ Mi amor, ya Rigoberto no es un niño, no ves que ya es todo un hombre.
_ Será todo un hombre, no lo dudo, pero para mí seguirá siendo el niño que siempre adoraré mientras viva, y aún después.
A todas estas Rigoberto se separaba del grupo, y se extendió cuán largo era en la maravillosa cama, mirando con orgullo a aquella pareja que le hacía muy feliz.
_ Mira, Lázaro, lo que escribió mi encanto. Pon mucha atención para que te des cuenta el enorme lírico que resultó ser nuestro hijo. Anda Rigoberto, lee esa maravilla que escribiste a tu tío.
Rigoberto, desde su suave recodo, leyó nuevamente la composición poética. Lázaro y Herminia escucharon, con detenimiento y asombro, las notas que el joven leía una vez más, y una luz intensa apareció en los ojos de ambos. Cuando hubo acabado, unos pocos minutos después apareció Gregoria, la enfermera de Herminia.
_ Señora, es hora de su insulina. Se la pongo aquí o vamos a su habitación.
_ Sí Gregoria, espérame en mi recámara, en unos minutos estaré contigo.
Las células beta de los islotes del páncreas de Herminia hacían varios años que no producían la importante hormona, y su salud se había visto deteriorada muy marcadamente. La insulinodependencia era la única forma de mantener los niveles de azúcar equilibrados en su sangre. Muchísimos eran los especialistas que habían tratado a la hermosa dama, y el resultado siempre fue el mismo, la diabetes, mortal enfermedad que minaba su salud.
Rigoberto quedó a solas en la habitación y pensó en todo lo que había ocurrido en esos momentos, y se sintió feliz. Corrió las cortinas que dieron una gran oscuridad al aposento y volvió a extenderse en la cama.
”Mamá, cuanta falta me haces, es cierto que mi tía Herminia me quiere como una madre, pero te necesito igual, te adoro mamá, siento que nunca seré feliz porque tú no estás conmigo. Mamá, te adoro con todas las fuerzas de mi alma. Papá también te adora, tú sabes muy bien que su vida entristeció para siempre porque no estarás nunca con nosotros aquí en este espacio físico. Mamá, gracias a Dios que mis tíos me adoran y nunca he dejado de sentirlo así. Quisiera saber cómo eras tú, mi vida, nunca seré feliz, porque tu presencia siempre me hará falta. Sabes, estoy triunfando en el colegio, y te prometo que estudiaré con ahínco para que estés muy orgullosa de mí, de tu hijo, y de mi papá. Te quiero mucho, madre querida, dame tu bendición”.