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4881 Words
Dios mío, ¿Porqué suceden estas cosas?, como existen personas que tienen tanto dinero y no miran hacia los lados; que prefieren botar la comida que dársela algún niño hambriento.        Personas que por caerse a golpes durante unos minutos en un cuadrilátero, ganan millones y más millones, y lo botan en aguardiente y putas. Como  los políticos gastan miles de millones pegando grandes fotos suyas en todas ciudades para querer ser presidente, gobernador o alcalde. Para eso si hay presupuesto, para realizar elecciones; para darse viajecitos con las amantes en los aviones de la industria  petrolera y regalarle un precioso collar de brillantes, como refrigerio lo que consumen cuesta con lo que una familia comería durante varios días. Eso es democracia, es la linda democracia que dicen los rojos. Achacar las carencias de todo a una supuesta guerra, a un tal bloqueo y todo inducido por no decir que solo es ineficacia. Eso  o que un pequeño bebé se muera de una neumonía por que los padres humildes no pudieran comprarle los medicamentos, maldita seas pobreza.             A las seis y veinte minutos llegó al hospital, le tocaba guardia desde las 7 p.m. hasta las 7 a.m. Esa tarde no había cenado, bueno que más iba a hacer, aguantaría el hambre, no sería la primera vez.             Inmediatamente inició su guardia que era por sala de partos. Comenzaron a llegar parturientas, en su mayoría niñas que estaban trayendo más niños al mundo, será por eso que las estadísticas señalan que el aumento de los embarazos precoces es indetenible. Las consecuencias que esto acarrea son muchas, por ejemplo, la ruptura del núcleo familiar, por que muchas de estas jovencitas son echadas de sus hogares por sus indignados padres, y el otro participante en la obra se desaparece cual ilusionista profesional y se va a empreñar a otra, y luego a otra. Muchas de ellas se prostituyen para poder “criar” a sus hijos, y cuando se dan cuenta tienen una cantidad de ellos y a ninguno le conocen padre. Otras de estas niñas abandonan el colegio y las muñecas, por la responsabilidad de criar un niño. Por lo menos a algunas, los padres no le dan la espalda y ayudan  a mantener a esos pequeños seres inocentes.             Unas jóvenes que ven truncados sus futuros, por que para ser madre no sólo se necesita madures s****l. Cuando se desarrollan suelen decir: “ya estoy viendo la regla, ya puedo tener hijos”, “Esas pastillas me ponen muy gorda y me manchan la cara” y entonces en verdad se ponen gordas y se le mancha la  cara cuando quedan embarazadas. Bueno, sería una larga lista de detalles, por eso te pido señor, protege a esas niñas que son sólo eso, niñas.             En cuanto al sexo se refiere, esas niñas lo hacen más  por curiosidad que por otra cosa y enseguida quedan embarazadas. Muchas ni siquiera saben lo que significa un orgasmo, el verdadero placer físico del sexo, pues puede existir amor sin sexo, más, nunca debería existir sexo sin amor. A la una de la madrugada aproximadamente, llegó una de estas jovencitas con un embarazo de alto riesgo, presentaba un cuadro delicado, convulsionaba de una manera atroz. Las cifras tensionales eran muy elevadas y tenía las piernas edematizadas en extremo. Fue sometida a una cesárea de emergencia ya que no había otra alternativa, logrando salvar milagrosamente a la criatura. La madre no corrió igual suerte, pues presentó serias complicaciones que la mantenían al borde de la muerte. Tan pronto como hubo de ser estabilizada fue llevada nuevamente al quirófano. La gravedad seguía latente después de haber salido de pabellón, por lo que ameritaba una unidad de cuidados intensivos. Rigoberto seguía muy de cerca este caso, por lo que se trasladó a la unidad con la solicitud de interconsulta que el especialista había elaborado, creyendo que entregándola personalmente sería tomado más en cuenta. Le contestaron que no había cupo, y él, observando una unidad desocupada insistió en que deberían aceptarla en ella. El especialista por poco le pegó: _ He dicho que no hay cupo. Rigoberto muy molesto le contestó. _ Un momento doctor, usted será muy especialista y todo lo que quiera, pero aprenda a respetar. Y muchas gracias.  Dio la espalda y se marchó indignado. Llegó nuevamente a la sala donde estaba la joven madre en muy malas condiciones. Había sangrado mucho y tenía una gran descompensación hemodinámica, por lo que requería de ayuda especializada para poder sobrevivir. Se estaba muriendo y él parecía que no podía hacer algo para evitarlo, esto le llenaba de un gran sentimiento de impotencia. Rigoberto no se apartó ni un solo instante de su lado. Le administraron derivados sanguíneos y un riguroso tratamiento, pero sus condiciones empeoraban cada vez más. La mañana sorprendió al joven bachiller al pié de la cama de la joven que estaba en extremo, grave, luchando contra la muerte. Cuando el jefe de servicios fue a la unidad  de cuidados intensivos a constatar el porque no le habían dado el cupo a su joven paciente, comprobó la razón. Una anciana de unos 80 años, víctima de un cáncer terminal, había sido ingresada para administrarle analgésicos opiáceos, ya que a su hija y al esposo de ésta, un famoso político regional, le incomodaban los gritos de dolor que la pobre anciana profería cuando le sobrevenía  las crisis dolorosas.    No es que no se le deba atender a la paciente, no, pero la regla de oro de las unidades de cuidados intensivos no permiten el ingreso de pacientes que puedan ser atendidos en otras instancias, incluso en el hogar como era este caso, lo que pasa es que por comodidad e inconsciencia de la familia, esto era lo más cómodo. A la anciana no hacían más que aplicarle morfina cada vez que lo ameritaba, de lo contrario permanecía perfectamente consciente. Mientras tanto, la joven madre ofrendaba la vida muriendo irremediablemente en una camilla por no disponer de un cupo en la unidad de cuidados intensivos. Dejaba a tres pequeños completamente indefensos, ya que al padre de estos lo había asesinado el hampa hacía poco más de cinco meses, para robarle el carro que utilizaba para hacer carreritas y así ganar el sustento. Que injusticia, que tanta falta hace el dinero, pues este puede ser nuestro mejor amigo, por que podemos obtener muchas cosas materiales con él, pero a la vez por dinero se cometen los más atroces crímenes, convirtiéndose de este modo en el peor enemigo. Si a esa mala hija, esposa del acaudalado político no le hubiese estorbado su anciana madre y hubiese contratado alguna enfermera, o la hubiese atendido ella misma, esa joven madre en la unidad de cuidados intensivos podría haber obtenido de la vida, una oportunidad de recibir la bendición de la sanación. Vaya, que fortuna loca. Qué no diera por que la pobreza se esfumara del planeta y no volviera más por estos sitios. Qué no diera por que lo único interesante que la gente tomara en cuanta fuese el amor al prójimo, el compartir, el saber valorar el significado de una vida. Que las personas comprendieran de una vez por todas que el dinero y la felicidad son como las dos caras de una moneda, que están allí tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.                   Iniciaba la semana y le correspondía ahora el servicio de traumatología. Era el servicio más frecuentado y el más agresivo, ya que los procedimientos que allí se llevan a cabo son muy rudos y dolorosos. Le tocaba el martes, el jueves y el viernes por la emergencia, los otros días por quirófano. Una guardia de doce horas a la semana, a partir de las siete de la noche. Todo transcurría como era rutinario: Fracturas, esguinces, más fracturas, y un sin número de controles de pacientes ya enyesados ansiosos de que les retiraran ese incómodo artefacto que les impedía poder moverse con soltura. Esa semana, el día viernes, un joven esperaba su turno con un yeso que le llegaba casi a la entrepierna, había sufrido un accidente en una motocicleta hacía un mes. En esa oportunidad según refirió él mismo, había mucha gente en la emergencia y como lo suyo no revestía ninguna gravedad, suponía, la atención no fue la que pensaba. Presentó una herida a la que no le hicieron mucho caso, es más, el yeso lo colocaron sobre la misma sin haberla suturado, o haberle dejado un espacio libre, una ventana para ser más exacto, para poder curarla por lo menos. Ahora consultaba por presentar aumento de volumen en el pié, mucho dolor, fiebre, y refería de igual modo que salía  muy  mal olor por entre el yeso. El traumatólogo le pidió unos exámenes y unas radiografías urgentes para dejarlo hospitalizado, pues sospechaba una osteomielitis. Tendría que recibir el tratamiento antibiótico adecuado, que por cierto debería adquirirlo el paciente en cuestión. Como desgraciadamente muchas veces ocurre, el joven no pudo costear los gastos y decidió marcharse a casa a la “buena de Dios”. En el hospital se quedaron esperando que llegara con las placas, los exámenes y los medicamentos para ingresarlo, pero se quedaron esperándolo, pues solo regresó casi un mes después para que le hicieran la amputación de la pierna  que pudo haber salvado. Rigoberto estaba tan decepcionado,  le provocaba abandonar la carrera, pero Rosángela, la linda chica de quien estaba enamorado, muy diligentemente le hizo desistir de la idea. Aquella tarde, hambriento, caminó por varias horas sin rumbo fijo, pensando en la pobreza que hacía infelices a muchos, a la gran mayoría. Sintió mucha hambre, siguió caminando por un largo rato y llegó a un gran parque donde muchos árboles de mangos brindaban sus frutos. Había mucha gente, apenado, cogió varias de las frutas y comió distraído, poco a poco, un mango aquí, otro más allá, le apenaba que la gente descubriera que lo hacía no por glotonería sino por necesidad. Llevaba una bolsa de esas que se usan en los supermercados,  y que conservaba en el bolsillo trasero de su Jean y la llenó del exquisito fruto para más tarde. Se regresó por el mismo camino, con el sabor aun en su boca de la deliciosa fruta con las que había mitigado aunque fuese por un rato, el hambre que le agobiaba. La divinidad de Dios nunca falta, Rigoberto pasaba por una mala situación. Solo le quedaba un poco de dinero para la semana, para sus alimentos y para los pasajes, era  por ello que al ahorrar algo podía invertirlo en cubrir alguna urgencia que se le presentara. Bueno, Dios es muy  grande, pensó: “Mamá, siempre estás pendiente de mí y se que esta vez aunque no me está yendo muy bien, se que no me vas a desamparar”. Le tocaba guardia aquel domingo, las carreras comunes en los hospitales los fines de semana no se hacían esperar. Un joven llegó con una sintomatología que hacía sospechar de una neumonía, como en efecto se constató con el examen físico, pero al médico y a Rigoberto les pareció que había algo más, por lo que escuchaban a través del estetoscopio. Presumían que se trataba de un derrame pleural, había pues, la necesidad de realizarle unas radiografías de tórax para confirmar el diagnóstico y luego proceder. Rigoberto estaba ya cansado de ver morir a tanta gente productiva o no, muchas veces complicarse con algo que se podría resolver fácilmente con una terapia adecuada. Pero en ese nosocomio era obligatorio cancelar una colaboración sin excepción, para realizarle los estudios, y como era común, ellos no llevaban salvo el pasaje. -¿Y ahora que hacemos mamá? _ No sé, mijo, será rezar a la virgencita, por que real no tenemos. Rigoberto sacó su cartera y dirigiéndose a la señora le dijo suavemente. _ Señora, tome este dinero y hágale las placas a su hijo que es urgente. _ Que Dios se lo pague hijo. Y se le hizo las radiografías al paciente, y se le extrajo una gran cantidad de líquido de la cavidad pleural. Poco después el joven se recuperaba satisfactoriamente. Los compañeros de Rigoberto le llamaron gafo por haber regalado el dinero. A los dos días, un señor con aspecto norteamericano, le llegó buscando al hospital, ya que él se ofrecía a cuidar pacientes a domicilio y conocían de su generosidad. Hacía mucho tiempo que no lo buscaban. El caballero le propuso que le cumpliera un tratamiento a su padre que el médico le había prescrito. Rigoberto asintió gustosamente pensando que ayudaría a alguien a la vez que comería decentemente. Habiendo terminado la guardia, lo esperaban en las afueras del hospital para trasladarlo a la lujosa residencia del enfermo. Debió permanecer todo el día en el recinto ya que el tratamiento consistía en dos frascos de solución parenteral a las que se les añadía el medicamento. A las seis de la tarde se despidió habiendo logrado su cometido y habiendo comido muy bien. Le ofrecieron dinero por sus servicios a lo que él acotó: _ No, no es nada, yo no puedo cobrar honorarios por que aun no soy médico, además, eso no fue nada, no se preocupen, estoy a sus órdenes. El hijo del anciano le colocó sin que lo notasen, algunos billetes en el bolsillo de la camisa, y cuando llegó a su habitación y se disponía a desvestirse para darse una ducha, dos billetes de  cien dólares  americanos cayeron al piso para alegría suya. Dios premia la buena voluntad. En las universidades del país, para optar al titulo de médico, en el penúltimo semestre se exige la realización de una pasantía en el medio rural. A Rigoberto le correspondió un remoto pueblo donde no existía agua por tuberías y mucho menos cloacas. Había solamente un teléfono bidireccional en el puesto policial el cual siempre estaba descompuesto. No llegaba la prensa sino un domingo cada quince días que la traía un señor que la vendía por el doble de lo que costaba y era solamente de una editora específica, el cual tenía una revista encartada por ser la edición del domingo y el muy descarado la vendía por separado. Pero bueno, para poderse informar no había mucho que escoger y como la competencia no existía, este pícaro personaje se la tiraba de vivo y lo lograba. El grupo estaba conformado por tres bachilleres, a saber, Leonel, que era oriundo de Ciudad Bolívar, Rosángela y él. A estos últimos no les desagradaba la idea de tener que compartir todo ese tiempo. Ella era la que más emocionada se notaba. No podía ocultar la gran alegría que sintió cuando les dijeron que irían juntos a la pasantía rural. La vida se empeña siempre en dar sorpresas. Rigoberto se sentía muy atraído por la chica. Esta era rubia con unos intensos ojos azules que parecían los de una verdadera muñeca. Su rostro alargado estaba adornado con una linda nariz aguda, los labios algo finos producían una encantadora sonrisa que era el orgullo de toda la clase, de todas las personas que la querían. Era sumamente alta, superaba el metro setenta centímetros y muy delgada, cualquier cotizada modelo sentiría envidia de ella. Ocupaba en la sociedad una muy buena posición. Su familia estaba integrada por sus padres, un hermano mayor y una hermana menor, además, claro está, de ella. Residían en la bella ciudad de los crepúsculos, la del Obelisco, la del Yacambú. Su padre, un emigrante peruano, de nombre Edward Becerra, había llegado en busca de mejor prosperidad para él y su familia que recién formaba, ya que su primer hijo estaba aún en el vientre materno. Era médico, especialista en Otorrinolaringología, aunque a esas alturas del tiempo disfrutaba de una muy merecida jubilación. Su madre, también del Perú, era igualmente médico, especialista en cardiología y aún ejercía su profesión con gran acierto. Jorge Luis era dedicado a la Traumatología, era seis años mayor que ella, ejercía desde hacía dos años en la ciudad de Valencia, en el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales.  La hermana menor Cristina estudiaba veterinaria, como un extraño contraste. Era extraño encontrar en los clósets de esa familia alguna bata blanca. Parecía una familia muy unida y el problema de uno era el de todos. Jorge Luis estaba felizmente casado con una abogada que había conocido en Valencia y tenían una adorable niña. Llevaban tres años de matrimonio. La doctora Ivette era muy linda, y la niña iba por ese mismo camino. El matrimonio era muy estable, lleno de mucha energía. Nunca se escuchaba alguna discusión, pues si tenían alguna diferencia la arreglaban a puerta cerrada y después de que la niña se durmiese. Nunca se acostaban enfadados, lo hacían siempre regalándose un beso tierno. Jorge Luis le llevaba serenatas y los vecinos la disfrutaban con gran placer. No había un domingo en que no le obsequiaba un bello ramo de rosas. Estaban sumamente enamorados. El lema de ellos era: solamente debes gritar si se está quemando la casa, de lo contrario, las conversaciones sensatas conducen también a soluciones sensatas. De las discusiones y las peleas nunca queda nada positivo, del dime y yo te digo. Es bien difícil que una naranja que sea muy ácida, produzca jugo dulce. El matrimonio es sagrado y como tal debe saberse conducir por toda la vida. De esta manera lo juraron delante del sacerdote y de Dios, el no hacerlo sería ya un gran pecado. El doctor Edward le sugirió a Rosángela que no se llevara la camioneta para ese sitio ya que era una zona muy peligrosa. La delincuencia asecha a cada momento y en cualquier sitio. Desde donde los dejó el autobús, debieron caminar como veinte minutos para llegar al pueblo, que por cierto estaba cerca de un relleno sanitario. La labor allí de los tres bachilleres era estrictamente de atención primaria, es decir, de prevención. Preparar a la comunidad para que enfrente los problemas, visitarlos, detectar enfermedades curables a tiempo si se les hace un diagnóstico precoz, en fin, deberían cambiar la mentalidad de aquella población que ya estaba acostumbrada a vivir mal, pareciera. Incluso había familias que les tiraban las puertas apenas ellos les decían: _ Buenos días señora, nosotros somos estudiantes de medicina....             Claro, ellos eran un producto, esos pueblos de pobreza extrema son un producto, una verdadera creación de la perfecta democracia que se ha vivido en el país en los últimos años. Claro, cuando están en campaña tocan las puertas y  apenas les abren, le dan la mano al pendejo: _ Buenos días compañero, yo soy Fulano y soy candidato a alcalde, si me apoya con su voto y el de toda su familia, ya no vivirá en un rancho, pues en mi gobierno se construirán muchas casas decentes. Tendrán agua por tuberías y también cloacas, y váyanse olvidando de esta suciedad que tienen alrededor, esto lo vamos a quitar de aquí. El pueblo venezolano, por cierto, muy amnésico, enseguida les cree y comienza a gritar de emoción: ¡Viva Fulano! Y aquel humilde rancho es tapizado con la horrible cara del bendito embustero. Después ni se acuerdan que el pueblo existe. El pueblo cambia, claro está, ahora el cisterna que iba cada semana, va cuando le da la gana. En el ambulatorio que no había casi nada, ahora no hay nada, y los niños están millonarios, pero de lombrices como lo dijo el poeta.  Ya los venezolanos no creemos en nadie, ya que se es producto del engaño. Deberían castigar con todo el peso de la ley a todos esos mal nacidos. Esa era la razón por lo que mucha gente creía que los bachilleres eran caimanes del mismo pozo y que irían a realizarles promesas que ya ellos se sabían de memoria. Rosángela pernoctó en la casa de la médica que laboraba en el ambulatorio de aquel pueblo, Rigoberto y Leonel tuvieron la suerte que una humilde y caritativa familia los acogiera en el seno de un hogar tibio, de esos que cobijan en su ser a seres cálidos y dignos de un hogar feliz. Dispusieron de una habitación para ellos con dos pequeñas camas y un ventilador, que aunque producía un gran ruido, les protegía del inmenso calor de la zona. La gente les seguía rechazando y los vagos que nunca faltan le gritaban obscenidades a la chica, que más de una vez estuvo a punto de marcharse, pero era ahora cuando Rigoberto le rogaba que no o hiciera, como en una oportunidad ella lo hizo. _ Yo te defenderé de quien sea pero por favor no vayas a abandonar la carrera. Prácticamente ya somos médicos, solo nos falta un poco más, es más si te vas como crees que me sentiría yo mi catira bella. Leonel les escuchaba sin prestar atención. La verdad es que siempre anda como sobrando en esa relación. Puede ser que se enamore de una vez por todas ya que nunca nadie le había conocido novia alguna, a menos que fuera.... es posible. Esa población vivía en la pobreza extrema, el analfabetismo era casi total en los adultos. La desnutrición alcanzaba una cifra exagerada, la población infantil era también muy elevada pues nadie sabía ni quería saber de planificación familiar. Había también muchos diabéticos, hipertensos, así como niños con patologías renales, y por supuesto, el pan nuestro de cada día, los embarazos precoces. Los estudiantes primeramente tenían que hacer un censo, para saber cuantas casa existían y cuantos habitantes. Luego visitar a cada una de las familias para detectar los problemas que padecían, lo que por cierto no les iba a costar mucho trabajo ya que lo que está la vista no necesita anteojos. Luego de detectar los problemas de salud, enseñarían a los habitantes a tomar las medidas preventivas para evitarlos y los casos detectados, referirlos al ambulatorio o al hospital más cercano para su respectiva resolución.  En realidad era una labor muy difícil pero al cabo de unos cuantos días, ya toda la población estaba entusiasmada y colaboraba muchísimo, pues sabían que el beneficio era para ellos. Los estudiantes fueron muy claros cuando les dijeron que no les venían a ofrecer soluciones a sus tantos problemas, que no venían en son de promesas como muchos pensaron en un principio, lo que querían era enseñarles como resolverlos ellos mismos. En ese pueblo se veían unas cosas, a saber, hombres que hacían parejas entre ellos, niños realengos por montones, pero lo que más sorpresa les causó fue un hecho verdaderamente horrendo. Realizando el censo, les tocó llegar  hasta un rancho que estaba en aquel enorme basurero, precisamente en la parte más alejada, aquello no parecía ni remotamente una casa. Es difícil imaginarse siquiera a seres humanos viviendo en un sitio como ese, en esas condiciones y en realidad existían y eran muchos. Rigoberto tocó la rudimentaria puerta de cinc, era él quien dirigía la entrevista y Rosángela junto a Leonel tomaban notas, agregando algo más si era necesario. Alguien les abrió provocando un horrible sonido, era un solo salón, si se le podía llamar de ese modo. Había pedazos de goma espuma esparcida por doquier, una rudimentaria cocina de kerosén y una gran cantidad de potes bien negros de tanto llevar candela. Una señora bastante entrada en años les hizo pasar y se sentaron en unos recipientes de esos que contienen cervezas, los cuales por supuesto estaban vacíos. _ ¿Quieren cache? Sobre la estufa  humeaba un recipiente en el que se cocinaba la infusión y unos astillados pocillos, a los que limpió por dentro con la misma bata que llevaba puesta y extremadamente sucia, los cuales fueron puestos en una tosca mesa, colocando el oscuro líquido hirviente en ellos. _ No señora, no se preocupe, nosotros no tomamos café, muchas gracias de todas formas. _ Bueno, yo si voy a bebé un poquito.  -  Y de su solo trago hizo desaparecer el oscuro líquido que estaba en el recipiente. Se identificaron y explicaron en términos lo más coloquial posible el motivo de su visita. _ Queremos hacerle unas preguntas. Lo que pasa es que queremos saber como vive la gente por estos lugares, como es su salud, si tienen chequeo con los doctores. _ Bueno, como no, eche pa’ fuera no más.  Decía esto mientras miraba hacia el exterior y sin importarle que hubiera visitas grito de repente. _  Mirá Fran  muchacho e’ mierda, dejále la comía a ese marrano, no seas grosero ve. Orita te siento la mano.  Se paró bruscamente y acto seguido le dio un enorme golpe en la cabeza a un niño como de tres años haciéndole llorar fuertemente a la vez que corría por entre la basura para ocultarse. El pequeño niño le estaba “robando” un pedazo de arepa al cerdo. La mujer entro nuevamente. _ Bueno señora como le venía diciendo...            _ Si, pregunte no más. _ Bueno – Rigoberto aterrorizado, ya no podía dar inicio a la conversación, no hallaba palabras, hasta que exteriorizó la siguiente pregunta- Señora ¿Cuántas personas viven en esta casa? _ Siete. Yo y mi marío, cuatro hijos y un nietico. _ Bien. – Los otros dos estudiantes iban tomando notas- Me puede decir el nombre de cada uno, por favor. _ Mi marío se llama Pedro y yo me llamo Lorenza, pero to’ el mundo me mienta Lencha. Los muchachos se llaman la mayol Milagritos, la otra Anita, después viene Yiya y el más chiquito se llama Francisco, pero nosotros le decimos Fran, ese que le taba robando la comía al marrano, ¿se acuerdan? Cuando dijo esto, por poco Rosángela no vomitó, hizo, es decir, hicieron un verdadero esfuerzo para no hacerlo. _ Señora - Rosángela  debió salir en veloz carrera y vomitó oculta entre unos matorrales. _ ¿Y a la catira que le pasa? _ No señora, es que no se siente muy bien, pero no es nada malo, no se preocupe. Minutos después Rosángela más tranquila se ubicó en su asiento nuevamente. _ Bueno señora, continuemos. ¿Me puede decir la edad de cada uno? _ Como no, habé, Perucho tiene cuarenta y dos años, yo tengo cincuenta y cinco, Milagrito tiene catolce años. Verdá, se me había olvidao deciles que Milagritos tiene un carricito recién nacío, nació anteanoche y la pasaron pa San Caslo por que no taba muy bien que se diga. Yiya tiene doce y Fran tiene tres y medio. _ ¿Su marido trabaja? _ Cuando jalla. Busca aluminio y lo vende. A veces, cuando llegan los camiones de los supermercaos, botan bastante comía que todavía tá güena, entonces un pollo se lava bien con limón y queda sabroso. _ ¿Cuánto gana más o menos diario? _ Lo que consigue, a veces ná. _ ¿y  duermen todo en esta misma sala? _ Claro, ¿no ve que no hay más ná? Rigoberto la daba pena hacer una pregunta que era obligada, sobre todo en esa situación que vivían esas personas. _ Señora…. – se le había olvidado el nombre- _ Lencha pá servile. _ Señora Lencha, ¿cómo hacen ustedes para tener relaciones sexuales?, por que aquí duermen todos juntos, usted sabe, los muchachos. _ No hombre, si mi marío ahora ni me toca, cuando taba moza sí, ahora le dá será asco, vea - Se levantó la mugrosa vestimenta que llevaba puesta y en todo el abdomen y tórax, tanto en la parte anterior como posterior, tenía una gran cantidad de lesiones unas purulentas, otras costrosas completamente infectadas, con muy mal olor, y que de tanto rascarse tenía unas horribles señales- y las piernas las tengo peol. _ Señora, ¿Desde cuando tiene usted eso? –Preguntó esta vez  Rosángela. _ Desde hace un año más o menos, se me alivia y me dá de nuevo _ ¿Y no la ha visto ningún médico? _ Si, he ido un porción de veces pá la medicatura  y me mandan unos remedios, pero no tenemos real pá eso. Yo me baño con montes. Todos se miraron la cara e hicieron un largo silencio. Sus miradas trataban de buscar en la mirada del otro, algún indicio que los apartara de la locura que se estaba viviendo en ese momento. _ Señora, perdona la entrepitura como dicen por ahí, pero cuando su marido tiene ganas de tener relaciones, ¿Cómo hace?, porque usted misma dice que no la toca desde hace mucho tiempo. _ ¿Qué mas pues? se coje a Milagritos que es la  más grande. Tenemos que agradecele que nos trae la comiíta, ¿Y con que plata va a pagá una mujé de esas? Yo me salgo pá fuera y el se coje a Milagritos, no parió de él pues, si ella no le hace el favorcito, ¿Quién más se lo va a sé? Al trío de estudiantes parecía que les habían arrojado una gran cantidad de agua helada de repente. No podían creer aquello, que brutalidad, y con tanta naturalidad que la señora lo dijo. Se marcharon y nadie pronunció una palabra durante el trayecto de regreso al ambulatorio. Nadie se atrevía a hacerlo.             Continuaron de ese modo, realizando sus actividades en aquella distante población aquejada de un gran sin número de calamidades, que era lo que en realidad tenían por problemas.            
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