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Existían también los vendedores informales desde luego como en todos lados, pero estos eran algo especiales, por darles un nombre. Cuando llegaban los camiones llenos de basura de  los supermercados, debido a la gran cantidad de desechos de alimentos, eran los más apreciados, por lo que apenas los avistaban, iniciaban una batalla campal por llegar primero a la basura que descendía ya de los camiones. Muchas veces morían algunos tapiados o decapitados por algún trozo de vidrio que cortaba lo que encontraba a su paso. Había muchos mochos por esa zona.             A los muchachos les tocaba pelear con los zamuros, que son los que realmente deben vivir en ese sitio.            Cada quien tenía su parcela, y hasta habían disputas con resultados fatales por esas “parcelas”. Después que dejaban caer todos los desperdicios, comenzaba la selección. Por aquí las verduras, por aquí las carnes, por aquí las frutas. A cada desperdicio seleccionado, le sacaban mucho provecho, así, a un tomate a medio podrir,le quitaban la mitad descompuesta y a la bolsa. Quitaban un pedazo de papa podrido y lo que quedaba, a la bolsa, y así sucesivamente. Luego ofertaban el kilo de “verduras” al mejor postor, ya que contaban con una muy vasta clientela _ Si hay la verdura fresquecita, recién llegá. _ ¿Cuánto cuesta el kilo? _ Tanto. _ No, tá muy caro. _ No hay problema, no la lleve. - Y se iba a otro “comerciante” en busca de mejor precio.              A un pollo semi - descompuesto le quitaban la piel, lo lavaban con agua y vinagre, le quitaban la parte que se estaba poniendo verde, y lo vendían a buen precio. Lo mismo hacían con las carnes y las frutas. Medio melón, medio cambur, un pedazo de patilla. Ya para las doce del mediodía  habían vendido toda la mercancía, y la gente, los pocos que podían comprar, que generalmente eran vecinos, se daban tremendo banquete.             Es horrible pensar que existen personas que se alimentan de basura. En una canción sucedió un caso que se lo contaron a los bachilleres. Estos se negaban a creer que esas cosas sucedieran en realidad.             Llegó como siempre un camión desde un supermercado. La gente como los cochinos a.... tratando de recoger lo “mejor”. Un hombre recogió algunos enlatados que resultaron ser sardinas, un pedazo de chorizo, y algunas frutas, y se dijo, “Listo, ya resolví el almuerzo en la casa.”             Llegó a media mañana ese día, ya que se desocupó temprano y su mujer le preguntó: _ Mi amor, ¿Qué recogiste hoy? _ Me conseguí cuatro latas de sardinas, un peazo é chorizo, y unos mangos. Avisao el chorizo es pá mí. _ ¿Y quien dice ná pues? Vos sos el que traés la comía. Posteriormente se dispuso a realizar el almuerzo en medio de una selva de peroles colmados de un intenso color n***o, debido a las largas exposiciones al fuego directo.             Que amarga es la pobreza, que áspero sabor a hiel se siente cuando existe la necesidad de alimentarse y no hay lo más mínimo con que cubrir esta tan imperante necesidad y se tenga que llegar al extremo de deglutir un desperdicio.             A causa de que el hombre aquel era también un “vendedor informal” también llevaba de vez en cuando harina precocida. Su mujer había preparado ya varias arepas en espera de la “compaña” que siempre la conseguía por ahí.             Luego de servirle aquel maloliente plato al hambriento hombre, este lo comió sin esperar que su familia se sentara también en la rudimentaria mesa. La mujer destapó las tres sardinas y las echó en igual número de platos y se dispusieron al almuerzo. El niño pequeño no quería su comida y era extraño dado su voraz apetito. La causa de esa extrañeza radicaba en que el enlatado que a él le tocó, venía en un recipiente que estaba abombado y oxidado, amén de tener un sabor amargo. El pobre muchachito con razón no quería su comida, y era que de tanto pasar hambre tenía un avanzado estado de desnutrición al igual que su hermano mayor. Era por eso que cuando le colocaban su comida, la consumía en el acto. La madre se dispuso a hacerle comer a la fuerza aquel alimento en mal estado y prácticamente le introducía la cuchara hasta el esófago mismo. _ Ahora si tá bonito este tripón que no quiere comé. A las dos horas aproximadamente el niño en cuestión comenzó a presentar un abultamiento en el abdomen y una fiebre muy alta, vómitos y luego convulsiones. El padre lo llevó al ambulatorio y el médico posterior a examinarlo le hizo el interrogatorio de rigor. - ¿Qué comió este niño? _ Se comió una sardina. _ Señor, no debería darle sardinas en latas, supongo. A esta edad es muy peligroso. _ Y si uno no tiene más ná que dale. Usté sabe como tá la cosa.- respondió el hombre. _ Bueno, dígame usted, ¿Cuando compró las sardinas se fijo en la fecha de vencimiento? Como respuesta recibió primero una sonora carcajada. _ Que voy a tal comprando ná, esas bichas me las jalle en el botadero. Eso sí, el tripón no quería y la mamá se la dio como pudo, pá que la gente no ande diciendo que uno no le dá comía a los muchachos. _ ¿Pero que esta diciendo?  ¿Usted está loco? Mientras hablaba con el padre del niño, las enfermeras le colocaban un catéter en la vena para suministrarle fluidoterapia, además de colocarle unas inyecciones que el galeno les indicaba. _ ¡A v***a a mi no me té gritando! Si no deme acá mi tripón – Decía mientras trataba de llevarse el malogrado niño. _ Mire señor, deje el niño en la camilla que está muy grave. _ Que grave va a tal estando, ese mocoso que es tan monero, no quiere comer sino carne. Lo que tiene es un daño é comía ná más. _ Por casualidad las latas de sardinas esas no estaban abombadas.- Acotó el facultativo. _ Yo creo que la que le tocó a él si taba así. _ Que barbaridad. A esas alturas de la tarde el niño presentaba graves condiciones. Estaba completamente rígido y respiraba con dificultad. Convulsionaba a cada rato. El niño fue referido a un hospital general y luego de unas pocas horas de haber ingresado, murió en medio de unas espeluznantes convulsiones. El diagnóstico fue elocuente, falleció debido a una grave intoxicación alimentaria. Después, ya en el velorio, la gente le preguntaba a la mamá del niño, que ni siquiera se molestaba en llorar y dedicar por lo menos unas pocas lágrimas a su hijo fallecido, que por que se había muerto el menor, a lo que ella insistía en repetir lo mismo: _ Los muchachos ahora que no quieren comer saldinas, como si la vaina tuviera muy güena pá tal comiendo carne. Se murió por exigente, por que hay que comé lo que se consiga.             Y eran esas las historias que la gente del pueblo les referían, esos alegatos macabros que lejos de la pobreza, se refugian más bien en brazos de la ignorancia. Mientras tanto, los muchachos continuaban realizando las encuestas casa por casa. En otro rancho observaban como la madre preparaba la cena, eran las cinco de la tarde. La familia constaba de los padres y siete niños, los dos últimos de dos años y medio y un año respectivamente. Sacó de una caja que estaba en el piso, un paquete de pasta, un pote con mantequilla y azúcar y se dispuso así a preparar el alimento en cuestión. Cocinó la pasta, pero cuando estaba en su punto, en lugar de retirarla del fuego, dejó que se siguiera cocinando hasta quedar convertido en un verdadero mazacote.  Luego de colada esta preparación, sirvió a los niños más grande, a su marido y para ella, la pasta con algo de mantequilla. Al agua que quedo, espesa por la excesiva cocción de la pasta, le agregó azúcar y en sendos teteros les dio de comer ese líquido a los dos niños más chicos. _ Mami, esto si te quedó  sabroso. - Decía desde su rincón uno de los niños. _ ¿Qué es lo que yo hago que me queda maluco, pues?- bromeaba la mujer, mientras los demás se reían de lo expresado.             En aquella casa no se desperdiciaba nada. Y los muchachitos no podían casi caminar de lo flacos que estaban. Eran la generación de relevo.             Todo el día lo dedicaban a realizar visitas casa por casa. Desde muy temprano hasta muy entrada la noche, lo que pasaba era que en cada casa, debido a la gran cantidad de problemas existentes, se tardaban mucho tiempo conversando de ello, y tratando de que las personas entraran en razón de la gran cantidad de errores que cometían con sus erradas formas de vivir. Eran estos errores muchas veces mortales, ya que arrastraban tras de sí, la vida de muchos inocentes.             Había transcurrido un mes desde que los muchachos habían iniciado su pasantía rural y se iban a tomar un fin de semana libre, por fin.             Leonel como era de esperar viajó a Guayana de donde era oriundo, y como el mismo lo había dicho, lo estaba esperando “Un amigo”.             Por su parte Rigoberto y Rosángela habían acordado que irían a Barquisimeto, pues esta quería que el hombre de quien estaba enamorado, conociera a su familia. El amor hacía que Rigoberto no dirigiera esta vez sus pasos hacia donde lo esperaba ansioso, su amado padre.             Un enorme hombre muy moreno estaba esperándolos en un lujoso auto color plomo, extremadamente precioso.             Rosángela tan pronto lo vio, tomó a Rigoberto de la mano y se dirigió hacia el vehículo. Cuando llegaron,  saludó al chofer quien ya se había apeado y se disponía a abrirles la portezuela. Vestía un estricto uniforme azul marino y una gorra como la de los policías, del mismo color. Ese ser se veía más n***o aun de lo que era, trajeado de aquella manera. _ Buena tardes míster Gerald. _ Hello, señorita Rosángela. _ Mister Gerald, es el un amigo, su nombre es Rigoberto. _ Hello, joven, para servirle. Mi ser Gerald Brown. El chofer de la familia era un emigrante trinitario que llevaba trabajando para la familia desde que nació Jorge Luis. Tenía muchos años residiendo en el país y marcaba su acento ingles como si acabara de llegar. El carro se desplazaba como acariciando la vía. Se sentía una gran comodidad dentro de aquella maravilla automotriz. La lujosa quinta constaba de tres plantas y estaba ubicada en una de las mejores zonas residenciales de la hermosa ciudad. Un enorme jardín, donde varias esculturas de mármol estaban estratégicamente ubicadas daba la bienvenida. Una gran fuente de agua dejaba escapar unos chorros de agua con tanta maestría, que pareciera que del cause de un río se tratara. Arbustos perfectamente podados rodeaban la mansión, algunos tenían formas redondas, otros alargadas. Un hermoso camino de caico se abría entre la grama delicada y conducía hasta la antesala. Al otro extremo del jardín, había dos grandes columpios y otros enseres que formaban un pequeño parque, donde retozaban las niñas de Jorge Luis, o cualquier otro niño que visitara la hermosa quinta, aunque algunas veces algún adulto sucumbía a la tentación del juego. El nombre de aquella residencia era: Mis Hijos. Los recibió una joven ataviada en un uniforme de servicio y condujo a Rigoberto hacia un recibidor, éste tomó asiento en un mueble estupendamente suave, en el cual había unos cómodos cojines color rojo. Mientras tanto Rosángela entraba corriendo a la casa, mientras que en n***o Gerald le entregaba un par de maletas a la mujer del servicio. _ Quiere tomar algo el joven.- Preguntó la joven dama, mirando hacia el piso. _ Un vaso de agua bien fría, si me hace el favor. – Contestó Rigoberto tratando de verle el rostro, en vano. _ Enseguida. Con permiso. Al cabo de un momento, la joven regresó con una hermosa bandeja en la que transportaba un vaso cubierto con una servilleta, que ofreció al recién llegado. Éste lo bebió con premura, ya que estaba sediento. _ Se le ofrece algo más al joven.- Continuaba mirando al piso. _ No gracias, esta bien. _ Entonces con su permiso me retiro, ya los señores vienen a recibirlo. Al cabo de unos minutos los padres de Rosángela descendían por las escaleras, prestos a conocer al joven de quien su hermosa hija les había conversado en tantas ocasiones. Ella venía en su compañía. Ya se había cambiado de ropas. _ Papá, mamá, él es Rigoberto, de quien ya les he hablado. _ Mucho gusto señora. – Fue el primero en hablar, algo nervioso.- es un verdadero placer conocerlos. _ El placer es nuestro muchacho, esta niña no deja de hablar de usted un momento, tanto que pareciera que lo conociéramos de toda la vida. – Le hablaba con cortesía extrema la madre de Rosángela. _ Siéntase como en su casa joven. - Agregó el galeno. _ No sabe cuanto me halagan sus palabras señor... _ Edward Becerra. Ella es Ana Luisa. La verdad es que queríamos conocerlo desde hace ya mucho tiempo.             Acto seguido, entraron a la sala, que era verdaderamente una joya arquitectónica. Un piso de madera pulida condujo sus pasos hacia la estancia donde se dispusieron  a la plática. Rigoberto tímido, miraba la gran cantidad de óleos que decoraban la sala. El doctor Edward se dirigió a Rigoberto: _ ¿Y como les va en la pasantía de pre-grado? A lo cual Rigoberto le respondió con una respuesta a quemarropa. _ Muy bien. En realidad es un trabajo muy fuerte, pero hay que hacerlo. Estoy seguro que lo vamos a lograr, Dios mediante. _ Si se lo proponen, es lo más probable. La medicina es una carrera maravillosa. A mí me apasionó desde que era un niño. Estudié en Lima, hice mi post-grado en Brasil. Me vine a este país donde me casé, y bueno aquí eché raíces. Rigoberto les habló de su familia, les contó algo de su triste historia y ellos le escucharon con un dejo de tristeza. Era inevitable sentir pena por  una historia como la de aquel joven que luchaba en la vida. Hablaba muy orgulloso de su padre y también de su madre a quien siempre deseaba que Dios la tuviese en su santa gloria.  También les contó lo ocurrido con su tía Herminia, el fatal final que padeció y la misteriosa desaparición de su tío Lázaro. Todos le escuchaban atentos. La joven empleada les sirvió sendos tragos de escocés y lo tomaron de varios sorbos. Posteriormente pasaron al comedor y degustaron unos deliciosos platillos dignos de los más exigentes paladares. Por la noche conoció a los hermanos de Rosángela que habían llegado de visita, casualmente. Estos se deleitaron con los chistes que contaba el invitado, muy cómicos, mientras tanto en una barbacoa preparaban asaban varios tipos de carnes, las cuales dejaban escapar un aroma exquisito. Varias botellas de whisky fueron colocadas en una mesita junto al hielo. Prometía ser una velada maravillosa. Llegada la noche, Barquisimeto se convierte en una metrópolis imponente, en cuanto a la vida nocturna, de un agradable clima.  Existe un comercio muy variado por donde quiera que se le busque. Esa noche en casa de los Becerra, los ánimos subieron a un tono agradable. La familia de Rosángela y Rigoberto encajaron muy bien, hasta el extremo de que la simpatía del joven resultó para el Dr. Edward, en extremo agradable para ser el futuro prometido de su hija. Con una suave embriaguez que se apoderó de su conciencia, Rigoberto fue instalado en una de las habitaciones de huéspedes y durmió plácidamente toda la noche, dominado por el licor y el cansancio. Temprano en la mañana, Rigoberto tomó una ducha como de media hora. Sentía que un fuego le quemaba, al igual que lo atormentaba un terrible dolor de cabeza. Eran las consecuencias lógicas del alcohol, sobre todo a quien no está acostumbrado a beberlo con frecuencia. _ No vuelvo a tomar. – La eterna promesa del tomador.     Durante dos horas permaneció tomando el sol a orillas de la piscina, observaba con detenimiento, como el n***o Gerald con una red, desalojaba de hojas,  ramitas y de cualquier objeto que cayera a la gran piscina.        La joven de servicio le hizo llegar con el jardinero, que acababa de desayunar, una bandeja contentiva de un suculento desayuno. El señor se prestó a realizar el  favor. Al poco rato, Rosángela se unió a Rigoberto y al instante, la chica personalmente le llevó sus alimentos. Desayunaron muy juntos, expresándose miradas de agrado y simpatía. Se gustaban en demasía.      Más tarde, en el salón de tomar el té, el famoso salón de “The five O´clock tea”, le esperaba una larga conversación.             Rosángela subió a la segunda planta  y se encerró en su habitación. Rigoberto, solitario, tomó uno de los libros de la biblioteca. Era inmensa, su extensión cubría gran parte de la habitación aquella. Su nutrida existencia se adornaba de exquisitos ejemplares de literatura universal, a saber, Dante Alighieri, Boccaccio, Ariosto, Faulkner, entre otros. Todos ellos empastados delicadamente en vivos colores y con los títulos en un tono dorado. Tomó entre sus manos uno que había leído hacía varios años, una historia de amor en los tiempos de guerra. Otro también le llamó la atención, una historia que también había leído, una gran lucha entre un anciano pescador y un inmenso pez, ambos del Nobel de literatura norteamericano Ernest Hemingway.  Absorto en sus pensamientos estaba cuando llegaron los padres de Rosángela  e iniciaron el tema que ya él sabía que tocarían, sin rodeos.        Llegaron a un hermoso acuerdo y un gran entendimiento. Ambos se conocían hacía ya varios años, durante los cuales había nacido y crecido el amor entre ellos. Rigoberto solicitó, cual eterno romántico, formal consentimiento para visitar a su bellísima novia, y este por su puesto, fue concedido. En una fecha aún no acordada anunciarían su compromiso. Eso si tenía ahora aires de boda. La pareja bien lo merecía.        Se quedó el fin de semana en la elegante residencia. Mis Hijos, era el hermoso nombre de aquella casa, en honor de los seres que nos regalan tanta felicidad. Era tan enorme que hasta una laguna artificial tenía, rodeada de muchos arbustos y que invitaba a dar un paseo en ella. Rigoberto al verla, recordó uno de los tantos recuerdos que su padre, de su infancia, le contaba. Se trataba de aquella laguna donde él y Lázaro se abrazaron cuando murió el viejo Ibrahím. Las cristalinas aguas de la realidad que contemplaba, reflejaban el crepúsculo, espectacular escenario para unas palabras de amor. Ambos se sentaron en la grama a orillas de la hermosa laguna y sin decir palabras algunas, lanzaron pequeñas piedrecillas al agua.        Regino, el jardinero, llevaba una cantidad de años trabajando en la mansión. Era el responsable de la perfección que palmo a palmo se podía visualizar en aquella pequeña jungla hogareña. Dispuso para ellos un pequeño bote, a solicitud de la hermosa dama. Sería un paseo que engrandecería las almas.        En medio de la laguna, remaron muy lentamente, hasta que dejaron de hacerlo. El movimiento de la pequeña embarcación era maravilloso. Los ojos de los enamorados miran todo de esa forma.             El galán tomo la mano de su chica, sus miradas decían lo que no, mil palabras, pero había que decirlas, era menester hacerlo. _ Rosángela, hablé con tus padres. _ ¿Sí? Y..... _ Bueno, les dije que.... Mi amor, llevo mucho tiempo esperando este momento, y por fin siento que hoy llega. Desde que te conocí, sentí la necesidad  de quererte. Desde niño soñé con un amor así de grandioso, y ahora siento que eres la dueña de todos mis pensamientos, de toda mi vida. Hacía una pausa vital, para después agregar._ Quiero en realidad, darte mil gracias, ya que gracias a ti conocí el amor verdadero, gracias por enseñarme a amar. Te amo. ¿Quieres casarte conmigo?        Todo esto tomo de sorpresa a la linda mujer, aunque esperaba que esas palabras llegaran a sus oídos. _ Mi amor, yo siento lo mismo por ti, no te imaginas cuanto. Le tomó las lindas manos muy suavemente y las cubrió de muchos besos. Ella con un brillo especial en sus ojos le escuchaba con atención. _ Mi amor, ahora sé que si puedo sentir amor, es más, creo que me has hecho descubrir un nuevo sentimiento que es mucho más fuerte y sólido que el amor, y que algún día algún poeta le dará un lindo nombre, como se lo dieron alguna vez al amor . Me enseñaste a amar y no puedo evitar sentir esto grandioso _ Rigoberto yo.....- Interrumpió Rosangela- Yo..... _ No mi amor por favor, no me interrumpas, mira que bastante me ha costado decirte todo esto. Tú sabes muy bien que he sufrido mucho en la vida, que he perdido a muchos seres que he amado, que he visto a mi padre sufrir toda mi vida, por que le hace falta mi mamá. Ella, precisamente ella, que tanta falta me ha hecho. Y por primera vez me siento feliz, sintiendo amor de verdad. _ Pero Rigoberto mi amor, ya te dije que también te amo- Decía la joven llena de emoción por las palabras que llegaban acariciantes a sus sentidos.- yo también estoy enamorada de ti, y si, si quiero casarme contigo. El joven galán sacó de su bolsillo, una pequeña caja y le dijo a su amada, ya más calmado. _ Mi amor, esto me lo regaló mi tía Herminia unos meses antes de morir. Es el anillo que mi tío Lázaro le regaló de compromiso, y yo en medio de esta belleza y de esta gran noche, se lo regalo a mi futura esposa. _ Gracias mi amor. Continuaron un rato más en aquel ensoñador paseo. Los besos eran sentidos en las quemantes bocas sellando un compromiso de amor y de respeto.        Cuando amaneció el lunes, la realidad los transportaba hacia el sitio donde eran llevadas a cabo su pasantía rural donde había muchos problemas que resolver.             Era muy importante la higiene ambiental ya que la zona estaba muy cerca del relleno sanitario. Era necesario reubicar el botadero, o el pueblo, que era muy difícil.             Separar los niños en grupos etarios, es decir, por edad, por sexo, etc. Harían una jornada de vacunación para todos los niños hasta los 5 años. Realizarían consultas de prevención de diabetes, hipertensión arterial, asma bronquial, entre otras, con ayuda de especialistas que  de seguro colaborarían si ellos se lo pidiesen.             Planificarían, en conjunto con la alcaldía, una jornada de odontología y corte de cabello. Querían hacerles un agasajo a los niños con fiestecitas, sorpresas, payasos y muchas golosinas.              Las familias tenían malos hábitos de higiene, y la tarea más difícil era que entendieran la importancia de la limpieza, no importando que fueran de escasos recursos económicos, ya que según siempre se dice, el ser pobre es una cosa y el ser desaseado es otra. Muchos hacían sus necesidades en algún recipiente y en la mañana, sin ver si iba pasando alguien, tiraban el contenido por la ventana, y sin lavarlo siquiera, colocaban el objeto debajo de donde fuera.              Se hizo un trabajo de investigación  al que pusieron por nombre “Determinación de cifras tensionales en escolares de seis a doce años en la población de...Para ello se clasificaron los niños por edades y se les hizo un control diario de tensión arterial durante un tiempo determinado. El resultado fue que existían factores de riesgos que predisponen a enfermedades en niños de esas edades. El estado nutricional del niño, lo cual produce alteraciones sobre todos los órganos y sistemas, propiciando patologías diversas, entre las cuales las cifras tensionales elevadas.             Las soluciones fueron a corto y largo plazo. Los casos complejos fueron referidos a los especialistas, y los menos, con la ayuda del médico de la zona. Los demás problemas se fueron resolviendo poco a poco, en la medida que la gente se organizaba.             Tiempo después se supo que el pueblo fue reubicado en un sitio menos peligroso, en unas urbanizaciones populares, con facilidades de pagos unas, y donadas otras. Las casas de bloques, suficientemente grandes, con escuela, un ambulatorio bien equipado, iglesia. Es decir, ahora vivían como seres humanos.             El estudio les dio muy buenos frutos, una calificación excelente y la mención honorífica. Ya reunidos los requisitos exigidos, a aquellos luchadores que se habían convertido en héroes de la llamada ahora “La Esperanza” se les confería el titulo honorable de Médicos Cirujanos. Aquel tan anhelado momento que tanto sacrificio costó, pero que los había conducido al camino donde se  cubrirían de gloria. Gracias al todopoderoso por haberles hecho alcanzar ese momento. Ya habían planificado todo lo concerniente  a la entrega de los anillos y condecoraciones  y  solamente esperaban el tan ansiado momento. Cada cual se preparaba con mucho entusiasmo para tal efecto.             Llegado el día, todo fue efectuado como estaba pautado. Rigoberto, por ser el alumno más destacado de la promoción de Médicos Cirujanos, pronunció un emotivo discurso, lleno de sabias reflexiones y dedicatorias diversas.             Elogió las actuaciones de los profesores que hicieron con mucha paciencia y entrega, sus trabajos. El gran esfuerzo de cada uno de ellos, de sus familiares y sobre todo, los pacientes que hicieron posible el proceso enseñanza – aprendizaje, todo lo cual les condujo a caminar por los difíciles caminos de esa carrera y llegar a ese feliz término.             Concluía el breve discurso de la siguiente manera: “Colegas, bueno, de tanto andar por fin llegamos, pero no hay que quedarse, hay que seguir andando para seguir llegando, y mientras más lleguemos, más debemos andar”             Palabras estas que dejaron un mensaje muy hermoso, lleno de mucha sabiduría. Fue ovacionado con muchos aplausos, luego que hubo bajado del pódium, las felicitaciones no se hicieron esperar. El solo atinaba a decir: _ Si no fue nada. El acto de grado fue algo verdaderamente inmensurable. Los graduandos muy emocionados y presas del nerviosismo, escuchaban las palabras previas al acto. Continuaban llegando los invitados, aunque  hacía media hora que debió haberse iniciado el acto, sucedía que una pertinaz lluvia había caído sobre la ciudad evitando así que los invitados llegaran a tiempo.               Rigoberto insistentemente miraba  hacia la entrada y de la misma manera, consultaba el tiempo en su reloj. Hasta que por fin, la figura de una persona muy conocida se divisó, era Andrés Eloy quien se apersonaba y con su mirada exploradora lo había divisado.             Rigoberto levantó  el brazo izquierdo y su padre le miró, se saludaron desde lo lejos. Andrés Eloy ubicó un asiento cercano y allí mismo se acomodó.             Por fin se dio inicio a la ceremonia. Rigoberto recordaba toda su vida, desde que era un niño. En ese momento tan esperado recordaba su infancia y toda su vida, como había llegado hasta ese día, de manos de quien, siempre al lado de su padre y de los pensamientos eternos en su madre. Extrañaba en demasía a sus tíos y lamentaba que no estuviesen presentes. Aunque sabía que sus dos mamás lo miraban desde el cielo.             “Mamá, como me gustaría que estuvieras aquí, acompañándonos a mi padre y a mí, en este momento tan importante de mi vida”.             Iniciaban a pronunciar nombres, vivas y aplausos, fotos y grabaciones, luces, todo lo necesario para dejar inmortalizado ese momento. Escuchó por fin un nombre que le resultaba familiar. - Becerra Núñez, Rosángela.             Fotos, muchas fotos, aplausos, muchos aplausos, videos. Luego, mientras miraba a su padre a la vez que escuchaba varios nombres, escuchó el suyo. _ Palacios Marín, Rigoberto. – Paróse al instante. Andrés Eloy no pudo evitar llorar de tanta emoción, era necesario que lo hiciera. El público hizo una gran ovación que duró un largo rato, varias cámaras de videos eran guiadas hacia su persona y una enorme descarga de fotografías hacía una intensa lluvia de luces. Cuando hubo calmado todo el entusiasmo, Rigoberto rompió inesperadamente el protocolo, se acercó a un micrófono y sin que nadie lo evitara pronunció lo siguiente: _ Verdaderamente me siento muy feliz, estoy muy contento, perdónenme que haga esto, sé que no debo, pero perdonen – Mirando a las autoridades de la universidad – pero quiero decirles que esto (enseñando el título que ostentaba orgulloso en su mano derecha) no es mío, esto es de unas bellas personas que hicieron posible  que esto sucediera hoy. Papá, - dirigiendo su mirada a él- este título es tuyo. Se lo dedico  a mi tía Herminia que me brindó todo el cariño, a mi tío Lázaro, que también confió en mí, pero sobre todo a esa persona que es la más importante de todas, que además de este papel, le debo mi vida, a ti mamá, que Dios te bendiga por siempre”.             Pasados los días, Rosangela bajaba y subía las escaleras, hasta que se quedo un momento en un solo sitio, miró por unas de las ventanas y volvía a subir y bajar las escaleras.  Se notaba muy nerviosa, algo le excitaba, le producía una indescriptible sensación, algo que sus fuerzas no podían controlar. Ahora por la ventana de su alcoba miraba hacia la calle, hasta que vio acercarse un vehículo muy conocido conducido por un n***o inmenso. Detrás, dos personas no se distinguían muy bien. Corrió hacia el tocador y se arregló el cabello que ya tenía  bien arreglado, se colocó algo más de maquillaje y se quedó quietecita. Al cabo de unos cuantos minutos, una voz llamó a su puerta. _ Señorita Rosángela.  
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