CLARA Eric me jaló del brazo y me metió en un taxi que ya nos estaba esperando justo afuera. ¿A dónde carajos me lleva? Apenas cerramos la puerta, le dijo la dirección al taxista sin darme ni explicación. —Eric, ¿qué pasa? ¿Adónde vamos? —le pregunté, ya con el ceño fruncido. —Tal vez deberías avisarle a tu familia que hoy no vas a dormir en tu casa —dijo sin despegar los ojos del camino. —Te lo prometo, Eric, si no me dices ya a dónde vamos, le digo al chofer que se pare y me bajo —le advertí, empezando a calentarme. Suspiró, se pasó la mano por el cabello y al fin me volteó a ver. —¿Confías en mí? Qué con la pregunta... —Sí, claro. —Entonces no preguntes. Nos quedamos en silencio todo el camino, hasta que, como diez minutos después, el taxi se detuvo frente a una casa enorme. M

