CLARA
Estaba echada en el sillón, sin ganas de nada, rascándome los ojos y cambiando canales como zombi.
Iba por la mitad del quinto capítulo cuando escuché que se abría la puerta de entrada. Cerré la laptop de una y me la llevé conmigo.
Me doy vuelta y la veo. Nina justo enfrente. Pegué un grito y se me cayó la cuchara al piso.
Ella se moría de la risa.
—Clara, ¿por qué carajos estás tan nerviosa?—. Agarró la cuchara y la tiró al fregadero como si nada. —Y esta tele por qué está apagada?— murmuró mientras se tiraba en el sillón.
Dejé la Mac sobre la mesa y me senté al lado suyo.
—Lo siento, estaba viendo una serie de asesinos y con tanta escena de crimen y psicópata, es normal morirse de miedo un poco cuando alguien entra sin avisar.
Nina soltó una risa y me pegó un golpecito en el hombro.
—¿Y tu pensabas espantar a un asesino serial con una cuchara?
Me encogí de hombros, y nos reímos las dos como idiotas.
Cuando nos calmamos, ella aclaró la garganta.
—Bueno... vine a devolverte las llaves. Ya no las voy a necesitar porque me mudo con Eric, mi prometido—. Y me las tendió.
Se me hizo un nudo en la garganta. Pensar que no la iba a ver todos los días me apretó el pecho. Agarré las llaves.
—¿Y cuándo se casan?
—En dos semanas. Mañana me voy a probar vestidos de novia. Eric quiere que sea pronto y yo también. Nos casamos en Monaco.
—¿Qué? ¿Se van a fugar?— pregunté.
Negó con la cabeza.
—¡No! Va a ser una boda enorme, soñada, con damas de honor, tremendo banquete, y Eric va a comprar una casa en la playa para que todos se puedan quedar. Va a estar el papá de Eric, mis padres, los invitados top... y tu también, señorita dama de honor—. Sacó un sobre de su cartera Chanel y me lo pasó.
Un pasaje ida y vuelta a Monaco. La abracé.
—¡Gracias! ¡No sabes lo que esto significa para mí!—. Me abrazó también, con esa sonrisita pegada al hombro. Pero... ¿por qué soy dama de honor y no madrina?
—¿Y quién es la madrina?— Pregunté, sin ganas, mientras nos alejábamos.
Nina me miró.
—Zoe Carter—. Me agarró las manos al ver mi cara —Mira, Clara, Zoe y yo estamos saliendo hace rato y me parece mejor que sea ella la madrina. ¡Es buena publicidad!
—¿Me estás tomando como tonta? Soy tu amiga desde antes que te salieran tetas y ahora eliges a una mujer que conoces hace dos semanas solo por "publicidad"? Qué superficial que eres, idiota...
Se le fue la sonrisa al carajo. Tenía los ojos llenos de rabia y frustración.
—¿Sabes qué, Clara? ¡Nunca estás feliz por mí! Haga lo que haga, nunca te alegras. ¡Me acaban de proponer casamiento, por el amor de Dios, y ni me felicitaste! ¡Te fuiste sin decir nada! ¡Eres una envidiosa, siempre lo fuiste! ¡Celosa!
Agarró su cartera y el abrigo.
—¿Quieres venir a la boda? Ven, no te lo voy a impedir. Si no fuera por ti, no estaría con Eric, y eso no lo cambiaría por nada. Si quieres, mañana ven conmigo a ver los vestidos—. Se paró y me fulminó con la mirada. —Ya sabes dónde encontrarme.
La acompañé hasta la puerta. Y solo cuando salió, le contesté:
—No, gracias. Seguro tu nueva mejor amiga, Zoe, va a estar feliz de ir a elegir vestidos contigo.
—¡Creo que sí! Ya le voy a preguntar— gritó.
Y le cerré la puerta en la cara.
Nina y yo nos peleamos todo el tiempo, pero es mi hermana. Siempre nos arreglamos.
*
ERIC
Por fin terminó todo el desastre de la boda, Nina y yo ni siquiera nos tomamos una luna de miel. Eso de andar de vacaciones como si estuviéramos enamoradísimos no era lo mío. Igual, salió todo redondo: ahora soy CEO y único dueño de Industrias Barnes, una empresa que vale millones. Fue el mejor trato posible que pude sacar de todo.
—Señor Barnes, su nueva asistente está lista para empezar —me avisó mi secretaria por el intercomunicador.
—Dile que pase —respondí.
La puerta se abrió y ahí entró Clara.
—Este lugar es una locura —Dijo, todavía mirando alrededor.
Traía puesta una falda lápiz negra que le marcaba todo, una blusa blanca flojita con un escote tranquilo, y el pelo atado en un moño medio desarmado. Me aclaré la garganta y aparté la mirada, que se me había ido al escote.
—Bienvenida a Industrias Barnes. —le dije, directo.
Sonrió y se acomodó la blusa, como tapándose un poco. Seguro notó que le estaba mirando las tetas.
—Si le parece bien, me gustaría empezar hoy mismo —dijo. Le hice un gesto afirmativo y abrí el archivador de abajo del escritorio. Busqué entre los archivos hasta que encontré el que necesitaba. Se lo pasé.
—Llevá esto a Duran Co. Se lo das a la secretaria de Caleb Duran. Decile que el contrato ya es oficial. Debería haber autos esperándote afuera. Elegí uno y habla con Dayana, la secretaria de la planta baja. Ella llama a los choferes —le expliqué.
—¿Eso es todo, Eric? —preguntó mientras metía la carpeta bajo el brazo.
—Conmigo es señor Barnes. Y cuando vuelvas, traeme un café solo, sin azúcar ni leche. Tienes máximo veinte minutos.
La vi mover el trasero incómoda en la silla.
—¿Podría escribírmelo? —preguntó, como si fuera algo complicado.
—Preguntale a Rita. Tiene mil copias de esa indicación —le dije. —Puedes irte.
*
CALEB
Entré al ascensor y empecé a apretar el botón de cerrar. Siempre lo mismo: imposible tomarse cinco segundos de paz en ese edificio. Cada vez que quería subir solo, alguna empleada aparecía al último segundo, como si lo hicieran a propósito. No era coincidencia. Cada vez que subían conmigo, se armaban las escenas más absurdas para llamar mi atención.
Pim. El ascensor abrió en planta baja. Salí rápido y fui directo al mostrador de recepción. La entrada de Duran Co. siempre me gustó: ochenta y pico pisos, paredes de vidrio blindado de un solo lado, nadie podía mirar para adentro, pero nosotros sí veíamos todo hacia afuera.
—Buen día, señor Duran. Se le ve impecable hoy —me saludó Frida, mi asistente, mientras se me acercaba con una carpeta en la mano.
—Buen día, Frida. ¿Hay alguna novedad con el contrato que tenía que llegar hoy de Barnes? —le pregunté, agarrando la carpeta.
Caminamos juntos hacia el mostrador.
—La verdad, no. Llamaron anoche diciendo que lo iba a traer su nueva asistente... pero, siendo honestos, podrían haberlo mandado por fax y listo —dijo.
Asentí. ¿Nueva asistente? ¿Cuántas lleva este mes? ¿Cuatro? ¿Cinco? Yo tengo a Frida hace tres años y cero problemas. Creo que soy el único CEO que no cambia de asistente.
—¿Cómo que su secretaria no está acá? —gritó una voz femenina. Frida y yo giramos al unísono. Había una mujer en el mostrador, el pelo todo desarmado, cara de estar al borde de explotar.
Nora, la recepcionista, negó con la cabeza y le dijo algo que no llegué a escuchar.
—¡No entiendes! ¡Tengo que dejarle esto a su secretaria! ¡No puedo volver con esto! —la otra estaba al borde del colapso.
Nora, tranquila como siempre, volvió a negar.
—Por favor, te lo pido, agárralo y dáselo cuando la veas. —insistió mientras empujaba la carpeta hacia ella.
Nora retrocedió, firme.
—Lo lamento, señora, pero yo no tengo permitido aceptar papeles dirigidos al señor Duran. No es parte de mis funciones.
La mujer se descontroló.
—¡Es que no entiendes! ¡Hoy me levanté tarde y, no sé cómo, conseguí este trabajo! Entonces el señor Barnes me dice qué tengo que hacer, me da esto y me manda a dárselo a la secretaria del señor Duran. Pero no está, ¿no? ¡Y encima me pide que le lleve un café solo, sin leche, sin azúcar! ¡ES UNA LOCURA! —dijo todo de un tirón.
Me acerqué sin decir nada. Cuando estuve cerca, pude verla bien. Amara. La mujer de la gala.
—Yo me encargo —dije, quitándole la carpeta de las manos.
Ella levantó la cabeza de golpe, los ojos como platos, pero no dijo nada.
*
CLARA
¿Caleb? ¿El Caleb que es EL jefe máximo? ¿Director general? ¿Qué pasa con los CEOs que me cruzo últimamente? Yo sabía que el tipo trabajaba acá, el nombre de la empresa era bastante obvio, pero pensé que se referían al padre de Caleb, no a él. ¿Cómo iba a imaginar que era él el jefe?
—Caleb... —dije
Caleb sonrió.
—Amara —dijo.
Y ahí fue cuando me mató. Sonrisa perfecta. Hoyuelos. Encima los hoyuelos lo hacían ver más joven, más cabrón, más tentador.
Apenas dijo ese apodo, la pelirroja lo miró. Después me miró a mí con la boca medio abierta, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—Prefiere que le digas señor Duran, Amara —dijo con un tono que parecía que se le estaba atragantando el nombre.
—¡Ah, sí! Perdón... —dije.
Pero él se rió, sin soltarme con la mirada.
—No pasa nada. Puedes decirme Caleb. Está todo bien.
La pelirroja hizo un ruidito con la garganta, tipo burla, y giró los ojos como si estuviera harta.
—¿Algún problema, Frida? —le preguntó él.
Ella se acomodó.
—Eh... no, señor.
—Perfecto —dijo él, girándose hacia mí—. Amara, ella es Frida, mi asistente personal. Frida, ella es Amara.
Me balanceé de un pie al otro, incómoda.
—Eh, en realidad me llamo Clara... —le dije, y le extendí la mano a la tal Frida. Ella la agarró con cero ganas, como si la estuviera obligando a tocar un sapo mojado.
Caleb levantó las cejas.
—Qué lindo nombre, Amara...
Fruncí el ceño.
—Ya te dije cómo me llamo, Caleb. Puedes dejar el jueguito.
Él sonrió de nuevo.
—Voy a dejar de decirte Amara cuando se me dé la gana.
Frida hizo ese ruidito falso de risa incómoda y metió cuchara:
—Bueno, ¿qué te trae por acá, Clara?
—Ah... soy la nueva asistente del Señor Barnes. Y en este momento, si no salgo corriendo con su café, creo que me va a enterrar viva. —Miré mi reloj. Me quedaban cinco para volver. Literal.
Cuando Caleb escuchó que trabajaba para Eric, se le notó la sorpresa en la cara.
—Bueno... espero verte más seguido, Clara —dijo, y metió la mano en la chaqueta. Me dio una tarjeta. —Llámame cuando quieras.
Agarré la tarjeta sin pensar, hice un gesto rápido con la mano a modo de “adiós” y salí disparada.