Flamante parejita

1772 Words
NINA Todos me miraban. Como debía ser. Siempre debería ser así, y por fin lo era. Hoy Eric me va a pedir que me case con él, estoy segurísima. Desde que mencionó esta gala supe que venía con sorpresa. Las cámaras no paraban de disparar. Malditos paparazzi. Lancé una sonrisa y me agarré del brazo de Eric. Apenas bajamos el último escalón, se vino abajo el lugar con aplausos. El brillo de esa lámpara gigante de cristal caía sobre todos. Eric se aclaró la garganta. —Gracias por venir, gente. Esta gala va a ser la más épica de todas—. Me tiró un guiño y los invitados se volvieron locos. Lo captaron al instante. — Mi casa es tu casa —, dijo, sonriendo como un galán. La fiesta siguió como si nada. Eric y yo andábamos saludando a todo el mundo y tomando champán. Paramos frente a una pareja: él con pelo castaño claro, ojos azules y labios rosados, ella con el pelo rubio casi blanco, ojos enormes color miel y labios nude bien marcados. —Nina, ellos son Oscar Wells, de Wells Enterprises, y su esposa, Jade—, me dijo Eric. Oscar sonrió y nos dio la mano. Después del saludo, nos movimos para saludar al viejo Barnes, el papá de Eric, que estaba en un grupito hablando. —¡Señor Barnes, qué gusto conocerlo al fin!— le dije, dándole la mano que no sostenía la copa. —Ah, Nina, ¿cierto?— Me sonrió y se le notaron bien las arrugas junto a los ojos. Yo le sonreí también, pero lo que realmente me atrapó fueron esos anillos de oro macizo con esmeraldas que le adornaban las manos. Me quedé pensando cuánto valdría cada uno. Eric tosió. —Gracias por venir, papá. El se sorprendió un poco. —Por supuesto. Hoy es un día especial—. Me tiró un guiño también. Tuve que aguantarme la sonrisa. —Un placer verlo, señor—, rematé. El señor Barnes levantó una ceja y le dio un trago a su copa. —Por favor, dime Alonso. Le sonreí. Un punto para mí. Ya le había caído bien. —Bueno, Alonso, tenemos que seguir saludando gente—. Me acerqué y le di un mini abrazo antes de alejarme con Eric. Después de una hora de dar vueltas, mis pies ya no daban más. —Amor, creo que necesito cambiarme de ropa ya—, le dije bajito. Eric se frenó. —¿Puedes esperar unos minutos más, mi vida?—. Se acomodó la corbata con nervios. —¿Vale? —Claro que sí, amor—, le dije sonriendo, mientras lo acompañaba a otro grupito de invitados. Esta noche iba a salir perfecta, lo sentía. * CLARA Tragué en seco cuando vi a todos parar en seco y voltear hacia el centro del salón. Ahí estaban ellos: los protagonistas de la noche. Eric y Nina. Él estaba de rodillas. En la mano sostenía una cajita azul de terciopelo abierta, y adentro brillaba un anillo gigante, repleto de diamantes, cristales y esmeraldas que reflejaban la luz. Nina lo miraba con lágrimas en los ojos, con las manos pegadas a la boca como si no pudiera creer lo que pasaba. Nina no es de esas que se quiebran fácil. Siempre que algo se pone un poco sentimental, ella es la primera en hacer una broma y cortar el momento. Pero esta vez… no sé. Se le caían las lágrimas y todo. Aunque, la verdad, no se sentía genuino. Ni de ella, ni de él. —Mi querida, dulce y preciosa Nina Delgado. Puede que no llevemos tanto tiempo, pero cada minuto contigo es como estar en el cielo. Me iluminas los días, me das paz en medio del caos, me hiciste volver a amar este mundo… y me haces sentir completo—. El tipo hizo una pausa, clavándole la mirada. La gente sacaba los celulares como locos, los flashes de los paparazzi no paraban, y hasta había gente llorando. En serio. —Nunca dudé de ti y espero no tener que hacerlo nunca. Nina, ¿quieres ser mi esposa, mi mejor amiga, y la madre de nuestros futuros hijos?—. Le tembló la voz al final. Qué actor, por Dios. Si esto de ser millonario no le funciona, puede irse directo al cine. Nina rompió en llanto, asintiendo. —¡Acepto, Eric! ¡Sí, sí, sí!—. En cuanto le puso el anillo en el dedo, ella se le tiró encima, lo besó con toda, y la gente se volvió loca aplaudiendo. Eric la levantó, la giró, y después miró hacia la gente. Y ahí, sus ojos se cruzaron con los míos. Sentí un vuelco en el estómago. ¿Siempre estuvo tan lleno este lugar? ¿Siempre hizo tanto calor? Estaba colorada hasta las orejas. Todo me empezó a agobiar: demasiada gente, demasiado ruido, demasiado de todo. El sonido se volvió borroso y el corazón se me disparó. Me fui sin pensarlo, salí por la puerta trasera sin saber ni a dónde iba ni a quién podía haber afuera. Y ahí estaba: el mar. Atrás de la mansión de Eric, el océano brillaba. Las olas tocaban los postes de madera del muelle y el aire me llenó los pulmones de golpe. La vista era brutal. El mar se extendía hasta donde no se podía ver más nada. El sol empezaba a esconderse cuando corrí hacia el agua, riéndome al sentir el frío picante mojándome los pies. —Hermoso, ¿no?—, dijo una voz masculina detrás de mí. Me di vuelta. Era un tipo más o menos de mi edad, quizás un poco mayor. Tenía los pantalones arremangados y se metió al agua igual que yo. Entrecerré los ojos mirando el atardecer. —Totalmente—. Lo miré y me di cuenta que él también me miraba, clavado en mí con esos ojos marrones intensos. —Hablaba de ti—, dijo con una sonrisa. Tenía un acento leve que le hacía la voz más grave, más sexy. Sentí el calor subirme al cuello. Las mejillas me ardían. —Eh... gracias—. Me adentré más en el agua, cruzando la espuma. Miré hacia atrás pensando que ya se habría ido… pero estaba más cerca. —Soy Caleb—, dijo, estirando la mano para saludarme. No se la tomé. Él sonrió, como si le diera gracia. —¿Y tu cómo te llamas? Le di la espalda. —¿Importa? —Sí. Quiero saberlo. —. Me giré para mirarlo y vi esa sonrisa suya, medio tierna. Estaba bueno de verdad. Mandíbula marcada, labios gruesos. Tenía el pelo todo revuelto. Tragué saliva. —La verdad, ya terminé acá. Tengo que ir a felicitar a la flamante parejita—. Caminé de vuelta por el agua hacia la arena. —Carajo—, murmuré, viendo mis pies llenos de arena pegada. —Ey, no seas tan aguafiestas. No tienes que actuar como si fuera un completo extraño—, dijo siguiéndome. —¿Puedo al menos adivinar tu nombre?—. Me cortó el paso cuando quise agarrar mis zapatos. Rodé los ojos. —haz lo que quieras—. Pausé. —Literalmente—. Intenté pasar, pero me volvió a bloquear. —Prometo dejarte ir, solo déjame probar con un nombre—. Me miró levantando una ceja. Suspiré. —Está bien—. No tenía nada mejor que hacer. Juntó las manos y se tocó los labios. —Amara. Me congelé. Las mejillas me ardían. —¿Qué significa eso? Sonrió, mostrando los dientes. —Es tu nombre. Negué con la cabeza, sin saber qué otra cosa decir. —No lo es. ¿Qué significa? Se encogió de hombros y volvió a sonreír. —Significa que yo lo sé… y tu tienes que averiguarlo—. Dio un paso hacia mí, y ahí me di cuenta de lo oscuro que se estaba poniendo. —A menos que me quieras decir tu nombre. Lo miré. Él me miró. Silencio. Sus ojos buscando los míos. Di un paso atrás. —Prefiero no hacerlo. Adiós, Caleb—. Pasé a su lado, agarré mis zapatos y salí corriendo hacia adentro. —Nos vemos, Amara—, me gritó mientras me alejaba. * CALEB —¡Caleb, ven y habla con la gente!— dijo mi madre. Al lado, mi padrastro asentía con cara de estatua. Nunca entendí por qué carajo acepté venir si ya sabía que ella iba a venir igual. La invitación era para mí. Fui hacia ellos arrastrando los pies. Apenas llegué, mi mamá me fulminó con la mirada. —¿De verdad crees que era el mejor momento para irte a nadar? Eres el CEO de Duran Co., Cariño. Empieza a construir tu nombre. Me contuve para no poner los ojos en blanco. ¿Cuántas veces más me iba a recordar que ahora yo manejaba la empresa de mi padre muerto? ¿Y cuántas veces más tenía que recordarme a mí mismo que ese tipo al lado de ella solo estaba ahí por el dinero? Sonreí como si todo estuviera bien cuando las amigas de mi mamá empezaron con sus comentarios. —¡Ay, esos ojazos marrones son de ti, sin duda!— dijo una. —Y esa boca tan llena, qué envidia—, dijo otra. —Tu difunto marido tenía que tener una mandíbula tremenda si él salió con esa cara—, comentó una más. Nada nuevo. El mismo repertorio de siempre. Mientras hablaban, mi cabeza estaba en otra parte. No quería estar en esa gala ridícula que armó Eric. Seguro me invitó solo por el contrato que firmamos entre su empresa y la mía. Negocios, nada más. Y esa tal Nina, la que se comprometió con él… uff. Todo ese show me olió a puro teatro. Y después estaba ella. La chica de la playa. “Amara”. Sus ojos y esa boca pintada de malva se me habían quedado grabados. Cerrada, sí. Difícil, también. Pero interesante. Quiero saber más de ella. Y lo voy a hacer, tranquilo. —Caleb, querido. ¿Le puedes decir al chofer que nos espere al frente? Ya estoy lista para irme a casa—, me dijo mi madre, sacándome de mis pensamientos. Asentí sin decir mucho, y fui hacia la puerta. En cuanto los dos se subieron al auto y desaparecieron, llamé a mi chofer. Cuando por fin llegué a mi finca y puse un pie adentro, sentí como si el cuerpo me dijera: basta. Estuve a nada de desmayarme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD