ERIC Habían pasado como diez minutos desde que Caleb se fue. Clara y yo ya estábamos de pie. Ella me clavó esos ojos llenos de tristeza, y yo, con los míos grises, sentí de golpe un nervio raro en el pecho. —Creo que me voy para la oficina —dijo, limpiándose las lágrimas. Asentí. —Sí… creo que sí. Me regaló una sonrisita chiquita y se dio media vuelta. —Espera, Clara —le dije sin pensarlo, sorprendiéndome yo mismo. Se giró. —¿Qué pasó? —Quiero hacer algo. Me miró confundida. —¿Qué cosa? —Esto —susurré mientras la agarraba de la cintura y la jalaba hacia mí. Cayó contra mi pecho con un suspiro suave. Estábamos tan cerca que podía sentir su respiración, y yo sabía que no podía dejar pasar la oportunidad. Me incliné, con la mirada fija en esos labios carnosos y apenas abiertos. E

