CLARA
—¿Y qué te dijo?
En el fondo me importaba un carajo ese tipo, pero si me dejaba uno de esos billetes de cien dólares como propina, que hable todo lo que quiera.
—Que si no me caso en menos de dos meses, me echan a la mierda y me quedo sin un peso.
Escupió con enojo. Literal.
—Ups... Qué pesado eso.
—No tengo idea de cómo voy a conseguir esposa —siguió, y cuando se cortó a mitad de frase, dejé de ignorarlo y le puse la mirada.
—¿Eh? ¿Qué dijiste?
Lo miré bien. Tenía esa cara toda marcada, mandíbula filosa, barba de dos días que lo hacía ver medio rudo. Pero los ojos... los ojos eran raros. Un gris pálido.
Se señaló a sí mismo, después a mí.
Ni en bromas.
—Hagamos un trato... —dijo.
—Ni en bromas. No.
—Vale, Clara. Escuchame...
—Ya te dije que no. Ni loca.
—¿Soy tan desagradable?
Se pasó las manos por el pelo. Siempre hacía eso. Desagradable no era. Ni por cerca. El tipo era un bombón. Pero su personalidad… una basura.
—No quiero escucharte, señor problemas.
—Por favor. Puedo contratarte como mi asistente. Pagaría más de lo que podrías soñar.
Y ahí me frené. El dinero me vendría bárbaro. Me quedaba una semana antes de que me cortaran la luz.
—No me voy a vender así.
Me miró con una mezcla de fastidio y lástima.
—¿En serio piensas que tu trabajo actual es más digno que eso?
Auch.
—Qué golpe bajo —le dije, haciéndome la ofendida con un puchero.
—Por favor. Piénsalo —y me taladró con esos ojos fríos.
—A mí me gusta mi trabajo —mentí.
Asintió, cero convencido.
—Claro... te encanta servirle alcohol a borrachos atrevidos por monedas.
Y dudé. Después suspiré.
—¿Qué tengo que hacer?
—Casarte conmigo.
Ahí me puse a reír. Pero reír de verdad. Hasta la gente nos miró raro.
—No sabía que también hacías de payaso, señor problemas.
—Deja de decirme así. Me llamo Eric —dijo, enojado. —Y no tengo a nadie más a quien pedírselo.
Me quedé un segundo dura. Después le dije:
—Yo no me caso contigo, pero conozco a alguien que sí lo haría encantada.
—¿Quién? —me agarró las manos.
—Mi mejor amiga, Nina. Está enamorada de ti desde los 16. Vive hablando de casarse contigo.
Lo dije de golpe. Nina estaba obsesionada. Me iba a matar cuando le contara.
Él se rascó el cuello todo incómodo.
—¿No estás exagerando?
Me encogí de hombros.
—Puede ser.
Y ahí me salió con una sarta de preguntas estúpidas.
—¿De verdad tienes una mejor amiga que no está loca?
—¿Y por qué carajo piensas que tendría una amiga psicópata?
—No sé... tu tienes pinta.
—Gracias, qué dulce eres.
—Necesito ver una foto.
—Claro que sí, su majestad —bufé, y saqué el celular. Me puse a scrollear hasta encontrar una que me había pasado Nina.
Él se quedó mirándola.
—Es linda.
—Ajá —bostecé.
—No puedo creer que esté tan desesperado...
—Sí, sí. Estás tan desesperado que estás considerando casarte con la mejor amiga de una camarera.
Carraspeó y se movió incómodo.
—¿Entonces? ¿Aceptas o no?
—Ok. Acepto —dije, tamborileando los dedos sobre la barra.
Puse los ojos en blanco.
—Ok, pero no voy a hacer nada que me haga sentir incómoda. Quiero una oficina. No pienso aguantarme tu caracter. Me tratas con respeto y jamás, escucha, jamás le harás daño a Nina. Si le llegas a levantar la voz o la mano, no vas a vivir para arrepentirte.
Él se quedó pensando, los ojos entrecerrados. No creí que aceptara, pero bueno… todo o nada.
—Hecho. Te paso mi número. Habla con Nina y no aparezcas si no viene contigo.
Sacó una tarjeta de su saco y la deslizó sobre el mostrador.
Él anotó su número personal atrás. Después se paró, me dio la mano.
—Nos vemos la semana que viene, Clara —dijo, con una sonrisa apenas visible.
—Nos vemos, señor problemas —le dije, con el ceño todavía fruncido.
Antes de irse, dejó varios billetes sobre la barra. Eran de cien. Después se fue, cruzando el club hasta la puerta.
*
Tardé como una semana en sacar el tema de Eric con Nina. Justo era nuestra noche de películas viejas y chismeo, así que dije: bueno, es ahora o nunca.
—Oye, Nina, ¿podemos hablar dos minutos? —le pregunté, viendo que seguía comiendo como si el mundo se fuera a acabar.
Ella refunfuñó.
—Clara, para... es la parte en la que Linda va a descubrir si el marido se la clavó con la hermana. ¿Puedes esperar?
Me miró con la boca llena.
—Bueno, vale, soy toda oídos.
La verdad, me la hizo fácil. Me escuchó sin interrumpirme demasiado.
—Dime que me estás tomando del pelo —dijo de repente, con las cejas fruncidas.
Me levanté del sillón y fui directo a la cocina. Agarré una bolsa de jamón envasado.
—Si quieres, lo llamo ya mismo —le dije masticando.
Nina me clavó la mirada con esos ojos ámbar intensos, y después soltó tremendo grito que me dejó medio sorda.
—Estoy enamorada de él desde que tenía dieciseis, Clara. Pero siempre lo vi como una fantasía, algo imposible. ¿Por qué Eric Barnes, ese bombón millonario, querría casarse conmigo? Podría tener a la mujer que quiera.
La pensé. Y sí, era raro. Eric tenía todo servido, todas a sus pies. ¿Por qué justo Nina? ¿Por qué justo yo?
—No tengo idea, Nina. Pero lo que sé es que su padre le metió presión. O se casa o lo borran de la lista de heredero.
Ella se dejó caer en el sillón, toda dramática.
—¿Y quieres que me crea que un millonario se te acercó en un bar, te contó su vida y te pidió que te casaras con el?
—Sé que suena a delirio, pero es real. Y si aceptas, puedes salir de todas esas deudas que te tienen ahogada.
Nina siempre anduvo medio justo. Su familia debía más de lo que podían contar. Por eso vivía conmigo, y yo me comía más de la mitad del alquiler. Nunca le dije nada porque es mi hermana del alma. Pero si decía que sí… toda su vida cambiaba. adios deudas, adios preocupaciones. Libre.
—Si te deja más tranquila, lo llamo yo —dije, agarrando el celular que tenía sobre la mesa. Me limpié un poco la mayonesa del dedo con la lengua. —Puedes hablar con él ahora y ver qué pasa.
Ella solo asintió, tragando saliva. Caminó despacio hasta donde estaba yo.
Sonó como cinco veces antes de que atendiera.
—¿Hola? —respondió.
Nina se puso colorada al instante.
—Hola. Soy yo, Nina.
Se escuchó cómo se movían las sábanas y la cama chirrió. Después tosió un poco.
—Hola, Nina... ¿Puedo saber quién eres?
La cara de Nina cambió al instante. Mirada fulminante.
—¿Es una broma, señor problemas? —le dije yo, ya enojada. ¿Cómo podía olvidarse así, después de toda la charla?
Silencio.
—¿Clara?
—Ah, mira, ahora sí te acuerdas. Vale, habla con ella —le puse altavoz y le pasé el celular a Nina.
—Eh... hola. Soy yo, Nina —repitió, toda dulce.
—Sí, hola, Nina. Me alegro de que estés de acuerdo con todo, pero son las tres de la mañana y tengo mucho sueño. Así que...
Nina se vino abajo. Se le notó en la cara.
—Sí, te entiendo. ¿Qué te parece si nos vemos el Domingo? Para charlar, conocernos bien...
Silencio otra vez.
—Está bien. Cena. Domingo a las seis. Mando a mi chofer a buscarte. Manda tu dirección y tu celular al teléfono de Clara.
Nina asintió como loca, con esa sonrisa media torpe.
—Vale, genial.
Ni se molestó en despedirse. Cortó directo.