ERIC
Me acomodé la corbata y me puse la chaqueta sobre los hombros. Vi el reloj, no puede ser, ya iba tarde.
—Señor Barnes, la señorita Nina Delgado ya lleva media hora esperando en la limo. Me pidió que le pregunte si quiere que la regrese a su casa —dijo mi empleada, entrando toda apurada y haciendo una reverencia absurda.
La hice a un lado con la mano, sin mirarla siquiera.
—Que espere. Ella vino a verme a mí, no al revés —agarré mi cartera y la metí en el bolsillo de la chaqueta.
Me quedé parado un segundo.
¿Falta algo?
¡El celular!
Corrí al cuarto y revolví entre los cajones hasta encontrar el celular bueno, el personal. Los demás eran del trabajo, y esos no me interesaban ahora.
Lo agarré, salí del penthouse dando instrucciones, y abrí los mensajes.
Nina: Hola, Eric. Acabo de llegar.
Nina: Eh... ¿Vas a salir? O...
Nina: En serio, Eric. No me gusta meterte prisa, pero he faltado al trabajo por esto.
Nina: ¿Cuánto tiempo más voy a tener que esperar aquí? Por favor, contesta.
Nina: ¡Vamos!
Nina: Sinceramente, esta es la última vez que Clara me organiza una cita a ciegas.
Nina: Vale. Te voy a decir las cosas como son. Siento haberte hecho perder el tiempo, pero si sabías que no querías venir, no me habrías dejado plantada. No es muy difícil vestirse, pero en tu caso quizá sí. Ya le he pedido a tu chófer que me lleve a casa. Ya he llegado a mi apartamento, así que básicamente toda la noche ha sido un fracaso y una pérdida de MI tiempo.
Mierda.
No tenía planeado manejar yo mismo hasta el depa de Nina, pero bueno... ya qué.
Aparqué el auto, bajé y caminé hasta la puerta. Dudé un segundo y toqué el timbre.
La que salió no era Nina, sino Clara. Usaba una sudadera enorme que le tapaba hasta medio muslo y unos pants anchos.
—¿Qué se te ofrece? —me preguntó, cruzada de brazos.
—Necesito ver a Nina. Ya deberíamos estar cenando. La reserva no espera —revisé mi reloj por inercia.
Intenté colarme al interior, pero se me puso enfrente.
—¿De verdad crees que vas a verla después de la cagada que le hiciste? —me fulminó.
Ni se me había ocurrido que no quisiera verme.
—Al menos llámala, que salga un segundo a hablar —pedí.
Clara se acercó. Era bastante más baja que yo, pero su actitud la hacía ver gigante. Imponente.
—¿Te acuerdas de esa vez en el bar? Cuando te dije que no le hicieras nada malo a Nina, ¿te acuerdas o no? —su mirada me quería partir en dos.
—Tenemos que irnos, Clara. No tengo tiempo para estas escenas —dije, dando golpecitos con el pie.
Ella me clavó los ojos un segundo más... y luego cedió.
—Va a salir en un momento —cerró la puerta y me dejó ahí.
Pasó un minuto.
Cuando volvió a abrir, me dejó sin aire.
Nina salió con un vestido n***o pegadito. Le llegaba hasta el suelo. Pelo suelto, rizado, cayéndole por los hombros. Pero lo que me dejó seco fueron sus labios, rojo intenso.
—Te estuve esperando una hora, Eric —me dijo, seca.
—Lo sé —dije, sin excusas. Le ofrecí el brazo—. ¿Vas a venir o qué?
Me miró fijo.
—Odio que me apuren. Pero como es nuestra primera cita, voy a dejarlo pasar —suspiró, enganchó su brazo al mío y caminó conmigo hacia el auto.
*
Soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás. Su risa era autentica, como si de verdad se estuviera divirtiendo, y sus rizos oscuros se movieron con ella.
—No puede ser… ¿Entonces la tipa, en vez de abrir el vino, tiró el contenido y lavó la botella como si fuera un traste sucio?
Sonreí. Tenía un humor muy bueno, y cuando se reía así, se le encendían los ojos de una forma que no había visto antes en nadie.
—Literal. Y encima me gritó: "¡Me dijiste que lavara la botella!" —le dije, imitando la voz chillona de la mujer.
Llamé al mesero justo cuando ella se llevaba la copa de vino a los labios. No sé si fue el vino o su presencia, pero por un momento pensé que la noche no iba a ser una pérdida total.
—Gracias por acompañarnos esta noche, señor Barnes. Un placer tenerlo de nuevo —dijo el tipo, todo servil, dándonos una mirada a los dos—. ¿Qué desean ordenar?
—Para mí, el cordero asado con glaseado de frambuesa y melocotones caramelizados —respondí sin pensarlo mucho, y luego miré a Nina para que pidiera.
La noté incómoda hojeando el menú. Murmuró algo que apenas entendí:
—¿Qué carajos es esto?
Después de dudar, cerró el menú de golpe con una mueca.
—Ya fue. Voy a pedir tiras de pollo con papas fritas. Más claro, imposible —dijo, medio avergonzada.
El mesero anotó y se fue sin hacer drama.
—Cuéntame algo tuyo —le dije, intentando sacarle conversación, aunque a decir verdad, no esperaba gran cosa.
Pero me sorprendió.
—Pues… me mudé de California cuando tenía 18, recién salida del colegio. Mis padres no querían que me fuera, menos a estudiar fuera del estado, así que me tocó partirme el lomo. Trabajaba en tres lugares mientras estudiaba para juntar lo justo y venirme. Con mis papás ya no tengo mucha relación, la verdad —dijo mientras jugaba con la servilleta bordada del restaurante.
—Entrando a Los Angeles conocí a Clara. Tenía 17 y era mi compañera de cuarto . Era medio rarita, como que no quería hablar con nadie, pero me le acerqué igual, y coincidimos. Ahora, después de cuatro años, vivimos juntas y se volvió como una hermana para mí —terminó con un suspiro.
—¿Y tú? A ver, ahora quiero que me cuentes algo de ti —me dijo con picardía.
Me aclaré la garganta y me puse en modo automático.
—A ver… mi abuelo era clase media en Alemania. Terminó la secundaria, se casó joven, y luego se vino para empezar de cero. Se metió en los negocios, se rompió el lomo y le pegó al marketing y la publicidad.
—Con eso fundó Industrias Barnes. Al principio era algo chico, pero con los años creció y logró cerrar tratos internacionales. El primero fue con Holanda. Ahí todo despegó…
Ella levantó una mano y me frenó en seco.
—Para. No quiero saber de tu empresa. Quiero saber de ti. Eric Barnes.
Me removí en la silla.
—Bueno… mi abuela volvió a Alemania para tener a mi padre y después se regresó acá. Yo nací allá también, en Alemania. Pero me trajeron a Estados Unidos. Y… eso —dije, como si ya no hubiera nada más que contar.
Nina me sostuvo la mirada. Se inclinó sobre la mesa y me agarró las manos.
—Quiero saber quién eres. Qué te mueve. Qué te rompe por dentro. Quiero conocer al tipo, no al apellido —me dijo bajito, pero directo.
Bajé la vista. Tenía sus manos agarrando las mías. Y por un instante, me dieron ganas de abrir la boca y decir todo. Decirle cuánto me dolía la ausencia de mi madre, cuántas noches me acostaba pensando qué hice mal para que se fuera, preguntándome por qué nunca fui suficiente. Contarle cómo me partía sentir que había sido mi culpa.
Pero ese no soy yo. O al menos no el que dejo que vean.
Solté sus manos justo cuando el camarero apareció con la comida. Ella me miró como si le hubiera dado una cachetada.
Seguro pensó que era injusto, que ella se había expuesto y yo me escondía detrás de una muralla.
Pero no me importó. Nadie sabe lo de mi madre. Nadie sabe cómo me siento en realidad. Y así va a seguir siendo.