Cena benéfica

1385 Words
ERIC Después de esa primera salida con Nina, la invité a salir un par de veces más. Almorzamos en un par de lugares, cenamos en otros, todo muy casual, sin rollos románticos. Pero cuando vi que solo me quedaban dos semanas para cerrar el trato, llamé a mi abogado para que preparara el contrato. Nada de amor. —Firma acá, acá y acá —me dijo el licenciado Orion, señalando con su pluma. Nina no lo pensó ni dos segundos y estampó su firma. Clara, en cambio, se quedó diez minutos leyendo todo antes. —Este contrato dice lo siguiente —empezó Orion: Uno: Nina Delgado y yo, Eric Barnes, nos comprometemos y nos casamos. Dos: Nina no puede decirle nada a nadie sobre el contrato, salvo a Clara Méndez o a mí. Tres: Nina y yo solo vamos a tener sexo con fines de tener un hijo o si los dos estamos de acuerdo en coger. Cuatro: Clara recibe una buena paga por ser mi asistente personal. Cinco: Clara empieza a trabajar desde el momento en que Nina y yo estemos oficialmente casados. Y así seguía hasta el punto final. Cuando Orion terminó de leer, hizo copias, las guardó y encerró todo bajo llave en su caja fuerte. —Señor Barnes, si alguna de ellas rompe este contrato o intenta pasarse de lista, Clara pierde su trabajo, Nina se divorcia y se queda sin un centavo de Industrias Barnes. Además, no podrán volver a acercarse a usted. ¿Está todo claro? —Clarísimo. Ya terminamos. * Dos días después, mandé a buscar a Nina. El chofer la llevó con mi modista de confianza, la que viste a toda mi familia. Le tomaron medidas y le diseñaron un vestido a medida para el evento más importante del año: la gala Queen, una recaudación de fondos donde se junta toda la élite. Era el momento ideal para soltarla a los medios. Primero como mi novia oficial. Pronto, como mi prometida. —Estoy hecha un manojo de nervios, Eric —dijo Nina, sentada en los asientos color crema de la limo. Su vestido blanco, ajustadísimo, se deslizaba por la tapicería mientras se movía inquieta. La miré. Su peinado parecía sencillo pero estaba trabajado al milímetro. —Estás dramatizando, mi amor. —Obvio que dramatizo. ¿Quién no lo haría antes de meterse en una fiesta llena de ricos y famosos? —resopló, cruzándose de brazos. Me giré hacia ella. —Ya estamos llegando. Bájale dos rayitas. Relájate y no me hagas pasar vergüenza. Me miró fijo. —¿Sabes qué? Soñé con este momento toda mi vida. Conocerte, estar contigo. Pero eres tan distinto a lo que imaginaba... ahora que te conozco, preferiría no tener nada que ver contigo. Le tomé la cara con ambas manos, la obligué a mirarme. Pasé los dedos por su mandíbula hasta llegar a sus labios, y después me incliné hasta su cuello. Aspiré su perfume. Le mordí la oreja con los dientes. —Tsk, tsk, tsk —susurré, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Estás confundida, mi amor. Te olvidas que si quiero, puedo arruinarte la vida. Se le cortó la respiración justo cuando la limo se detuvo. El chofer abrió la puerta. —Llegamos, señor Barnes —dijo con una reverencia. Estábamos en la entrada de la vieja catedral, ahora transformada en un salón exclusivo para eventos top. Salí de la limo sin soltar la mirada de Nina. Era hora del show. Le tomé las manos y bajamos juntos. Apenas puse un pie fuera, los flashes me encandilaron. Los gritos de los reporteros tapaban todo. —¿Quién es la nueva chica, Barnes? —¿Otra más? —¡La amante del señor Barnes está aquí! —¡Qué vestido tan hermoso! —¡Siempre tan guapo señor Barnes! —¡Se la va a llevar esta noche, verdad? —¡Definitivamente, un partidazo! Las cámaras se la comían. Nina brillaba porque yo la había preparado para eso. El vestido que usaba costaba más de cinco mil dólares y le quedaba como una segunda piel. Largo, ceñido, con tirantes que caían directo desde el pecho. Nos quedamos un rato disfrutando de la atención hasta que llegó otra limo. Entramos por las puertas dobles de cristal, saludados por el portero. La música llenaba el lugar. Hombres de traje, mujeres con vestidos de diseñador, y mozos sirviendo copas de champagne. —¡Esto está increíble, Eric! —Nina miraba todo con cara emocionada—. Ojalá Clara pudiera ver esto. * NINA —¡Eric, hermano!—, se escuchó una voz que me hizo girar. Cuando volteé, vi entrar a un tipo. Alto, facha de modelo, pelo rubio desordenado con ese toque sexy, mandíbula marcada y una mirada intensa que sabía perfectamente cómo usar. Pero también se le notaba a leguas que era un creído. Iba agarrado del brazo de una mujer espectacular. Tenía el pelo rojo fuego y un vestido tan pegado al cuerpo que dejaba poco a la imaginación. El rubio abrazó a Eric como si fueran hermanos de toda la vida. —Tanto tiempo, Leo—, le dijo Eric, y enseguida me miró con una chispa rara en los ojos. Nos quedamos ahí un momento, todos en silencio. Hasta que el tal Leo soltó su comentario: —Veo que rescataste otra chica de la calle y la transformaste en una obra de arte. Abrí la boca para decirle algo, pero Eric me cortó de una. —Se llama Nina. Leo apenas tosió, como si le diera igual, y me tomó la mano con confianza. Me besó los dedos suavemente. Fue un roce apenas, pero me dejó un cosquilleo. —Un placer, Nina —dijo, ronco y seductor. —Eric y Nina —continuó—, ella es Zoe Carter, mi prometida. Modelo de Dior y de otras marcas internacionales. Zoe, él es Eric, del que te hablé muchas veces. —Leo, eres un exagerado —se rió Zoe, y fue directo a ponerle la mano a Eric. Él se la levantó como todo un caballero y le dio un beso. —Eric, ven conmigo, tenemos que ponernos al día —dijo Leo. —Damas, volvemos en un rato. Vayan tomando algo y conociéndose —dijo Eric. Se inclinó, me plantó un beso seco y ya se estaba yendo con Leo. Zoe me miró de arriba abajo sin disimulo. —Así que tu eres Nina, ¿eh? Llamó a una camarera con solo un gesto. Le quitó dos copas de champagne de la bandeja plateada y me pasó una. —Sí, soy yo —respondí, y le pegué un trago largo. El calor me bajó por la garganta hasta el estómago, y de pronto sentí una especie de cosquilla rica en todo el cuerpo. —¿Dónde te encontró Eric? Lo último que supe es que andaba con Elena Frost —comentó mientras me guiaba hacia un salón gigante. Al fondo, un escenario imponente con columnas doradas y cortinas de terciopelo rojo. No me di cuenta de que ya había vaciado la copa hasta que Zoe me la quitó de la mano y me dio otra. —¿Quién es Elena Frost? —le pregunté cuando nos sentamos cerca del escenario. Zoe se inclinó. —Eric estuvo con ella más de dos años. Se iban a casar. Pero se corrió el chisme de que estaba embarazada... y no de él. Imaginate. Él la dejó al instante. Su padre le pagó una fortuna para que desapareciera del estado. No podía arriesgarse a que el apellido Barnes quedara pegado a un hijo que no era suyo. La quedé mirando, procesando la información. Zoe sonreía. Lo superficial le salía por los poros. ¿Le pagaron para que se fuera? Sentí que me iba a explotar la cabeza. Le di otro trago al champagne. Esta vez más grande. Sentía que flotaba. Por el rabillo del ojo, vi a Eric y Leo acercarse otra vez. Sonreían como si nada. Eric se sentó al lado mío, Leo se acomodó junto a Zoe. Ella se inclinó para besarlo justo cuando el lugar empezaba a llenarse de gente. Entonces, el sonido del micrófono reventó los parlantes. —¡Bienvenidos a nuestra cena benéfica anual Queen! Los nervios se empezaron a apoderarse de mi.
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