La famosa desconocida

1355 Words
NINA La comida estaba de locos. Mientras tanto, la gente no paraba de tirar dinero por todas partes. Uno soltó veinticuatro mil dólares por un collar de perlas para su esposa. Todo era para beneficencia, así que ni modo, estaba bien. —Quiero que duermas en mi casa esta noche —me dijo Eric al oído mientras subastaban una pulsera vieja. Me giré de golpe, sintiendo cómo se me subía el calor desde el cuello hasta las mejillas. —Clara se va a preocupar si no llego al depa —le dije. Puso cara de “por favor” y me agarró las manos por debajo de la mesa. —Entonces le llamamos y le decimos, ¿va? Me quedé callada un segundo. ¿Dormir con él? —Ok... Miré a Zoe. Estaba tirada encima de Leo, su vestido a punto de bajarse más de la cuenta. Le murmuró algo en el oído y él soltó una carcajada mientras le plantaba un beso en la oreja. Ella tenía esa vibra. Segura. Sexy. Y él la admiraba. Eric a mí no me respeta. Pero... ¿y si juego mis cartas como Zoe? ¿Y si me la creo? ¿Podría llegar a verme de verdad? ¿A quererme? Me acerqué a Eric, con el estómago hecho un nudo. Su colonia me llegaba fuerte. Apoyé la cabeza en su pecho, cerquita, pero sin pasarme, porque estábamos en público. Escuchaba el ritmo de su corazón. Me sorprendió cuando me besó en la coronilla y soltó un suspiro largo. Así se sentía bien. Como si tal vez pudiera lograrlo. Si sacaba esa confianza como la de Zoe... quizás Eric y yo sí podríamos funcionar. Ser felices. * El chofer ya había dejado la mansión atrás y nos íbamos acercando al garaje enorme. —A que llego primero a la puerta —le dije con una sonrisa pícara, y sin darle chance de reaccionar, me quité los tacones, levanté la falda y salí disparada hacia la entrada. —¡Eh! ¡Tramposa! —escuché que gritaba detrás de mí. Llegué jadeando a las puertas dobles. No pasaron ni dos segundos y Eric ya estaba encima de mí, abrazándome. Y sin avisar, me besó. Suave al inicio, pero luego se puso más intenso. Cada beso venía cargado de ganas, de fuego, y de algo más... algo profundo. Sus manos se deslizaron por mis caderas, rodearon mi cintura, y me atrajo con fuerza contra él. Me empujó contra una de las paredes de adobe y siguió besándome. Sus labios bajaron por mi cuello, luego subieron por la mandíbula y llegaron hasta mi oreja. Su aliento caliente me erizaba. —Eres mía —me dijo, antes de morderme la oreja. Me quedé sin aire. * CLARA Era mi último día en este trabajo de mierda. Rocié la mesa con cloro y pasé el trapo como en automático, siguiendo la línea blanca que dejaba el líquido. Mientras yo estaba acá, con las manos llenas de grasa y químicos, Nina andaba toda hermosa en un fiestón benéfico que armó el papá ricachón de Eric. Ni siquiera están comprometidos y ya se mueven en esas ligas. Ojalá esté feliz, de verdad. Solo espero que por mi culpa no se meta en algo para lo que no está lista. Quiero que le vaya bien. Siempre. —Uf, tráeme un trago, pero métele doble vodka —escuché que alguien decía mientras yo volaba entre pensamientos. Levanté la mirada y vi a una tipa de mi edad, con los ojos todos rojos como si no hubiera dormido en días. La cara llena de pecas como salpicadas con pincel. Me sonaba de algún lado. —Ya va, en un minuto —le dije, mientras me agachaba a buscar los ingredientes. —¿Cómo te llamas? —me preguntó, toda casual, hurgando en su bolso metálico. Eché un chorro de jugo de tomate en la coctelera sin despegar los ojos del vaso. —Clara. ¿Y eso qué? —dije, desconfiada. Parecía que había encontrado lo que buscaba: su celular. Me miró fugazmente antes de volver a clavarse en la pantalla. —Me gusta charlar con los bartenders. Dicen que soy buena, que les levanto el ánimo. La quedé mirando sin saber si reírme o poner los ojos en blanco. Al final, hice las dos cosas. Agregué limón a la mezcla. —Claro... ¿Y tú quién eres? —le pregunté, arqueando una ceja. Ella puso una mano con uñas recién hechas sobre el pecho, toda dramática. —Elena Frost. No pude evitar soltar una carcajada. —Sí, y yo soy Lady Gaga. Era parecida, eso sí. Pero más llenita. Y según yo, Elena Frost había desaparecido de la farándula porque odiaba todo ese circo. —Bueno, cree lo que quieras, pero no te asustes cuando me venga a pedir autógrafos alguien —me guiñó un ojo justo cuando le pasé el vaso. —Te voy a decir Paty hasta que me digas tu nombre de verdad —me encogí de hombros. Resopló. —Te lo acabo de decir, pero bueno, me da lo mismo. Se echó un trago largo del trago y lo dejó en la barra. —Después de que tuve a mi hijo, cada vez que el día se iba al carajo, me tomaba uno de estos —. Sacudió la cabeza. —No soy alcohólica, te lo prometo. —Gracias por el dato que nadie pidió —le dije. —De nada —contestó, bien campante. —¿Qué tal tu día? Sonreí. —Hoy es mi último turno acá. Frunció el ceño, como si le diera pena. —Ay, nena. ¿Cómo te van a echar si eres tremenda bartender? Me reí fuerte. —¿Tan mala soy que hasta tu lo asumiste? Levantó un dedo. —¡Eh! Yo dije que eres buena, ¿ves? —se señaló a sí misma, riéndose otra vez mientras tomaba. En eso, se acercó una chica. Minifalda, top verde fosforescente que parecía más sostén que ropa. Le tocó el hombro a Paty y pegó un grito cuando se volteó. —¡Dios mío! ¡Eres Elena Frost! —chilló, y se sentó al lado como si nada. —Sí, así me llamo. La otra casi se desmaya. —¡Fírmame la frente, por favor! —. Sacó un marcador n***o del bolso. Elena dudó un segundo, pero lo agarró y le firmó. Mismo estilo de letra que en las revistas. Cerró el marcador y se lo devolvió. —¿Y tu cómo te llamas? —Irlanda —contestó, y le estiró la mano. —¿Cómo está tu hijo? Te fuiste de la ciudad de un día para el otro y todos quedamos preocupados. Listo. Confirmado. Era Elena. Suspiró y se bajó de un trago lo que quedaba de su bebida. —Está bien. Cumple dos años en dos semanas. No aguanté la risa. —Que lindo que debe de ser— le dije sin emoción. —Ay, si. A mí también se me hincha el pecho cuando me dicen eso. Alfredo tiene dos. Casi tres. Irlanda le agarró la mano, bien suave. —¿Y qué haces de vuelta? ¿Dónde está Alfredo? —Quería instalarme en un ático para siempre y hablar con el papá de Alfredo. Este fin de semana se lo dejé a mi hermana. Necesitaba un descanso de tanto llanto —respondió, como si nada. Irlanda asintió. —Fue hermoso hablar contigo. Guarda mi número, por favor. Si algún día quieres charlar, escríbeme. Intercambiaron contactos e Irlanda se fue directo a la pista. Elena bajó la mirada a su reloj y empezó a tamborilear los dedos sobre la barra. —Ey, Clara. Deberíamos intercambiar números también. Me hiciste acordar lo que era salir con amigas, y después de esta semana de pesadillas con Alfredo, me vino bien. Le pasé el celular sin mucho entusiasmo mientras lavaba el vaso vacío. —Tenemos que vernos. Nos hablamos —dijo, agarrando sus cosas y saludando con la mano mientras se iba. Le devolví el gesto, sin mucha emoción. —Vale, nos vemos—murmuré para mí misma.
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