Más tarde, ya en la soledad de mi habitación, encendí un cigarrillo y dejé que el humo llenara mis pulmones. Cerré los ojos. La vi. Su cabello suelto cayendo por su espalda. Su cuello expuesto bajo mis labios. Su respiración entrecortada cuando estuve a punto de hacerla mía aquella noche. Me estremecí, maldiciendo en silencio. El deseo me quemaba otra vez. Sabía que no debía dejarme llevar. No podía. No ahora, con Renjiro y Reina moviendo sus piezas. Pero era inútil. Mi cuerpo me traicionaba cada vez que pensaba en ella. Me levanté bruscamente, apagué el cigarrillo y me pasé las manos por el rostro. No podía seguir así. Tenía que verla. Tenía que escuchar de su propia boca que seguía pensando en mí. Que no se había rendido a las dudas que Reina le había sembrado. Y si no lo dec

