El tercero me agarró del cabello. Me azotó contra una caja de metal. La sangre me bajó por la ceja, cálida, espesa. Pero no grité. Sonreí. Y entonces lo mordí en la mano hasta que sentí el hueso crujir. Su grito ahogado fue música. Con la navaja que me quitó, lo atravesé por el cuello de lado a lado. Su jadeo fue burbujas y muerte. Los tres restantes intentaron correr. No lo permití. La pelea duró cinco minutos. Cinco minutos de sangre, crujidos, gritos ahogados y el sonido de mi respiración. Cuando terminó, estaba cubierta de rojo. Mi ropa, mi piel, hasta mi boca. Como si el hierro del distrito hubiera decidido absorberme. Uno aún respiraba. El más joven. Me miraba con los ojos llenos de miedo. Gateando hacia atrás, su cuerpo temblando. Me acerqué. Me arrodillé a su lado. —Di

