No volví a casa esa noche.
Ni la siguiente. Ni la siguiente.
Me encerré en una de las propiedades secundarias del clan, una pequeña residencia sin lujos a las afueras de la ciudad. No tenía televisión, ni música, ni contacto con nadie. Solo el sonido de los árboles, el crujir del tatami al caminar y mi respiración cada vez más tensa.
Dormía con una pistola bajo la almohada. No por miedo a ser atacada. Sino por la desesperación de sentirme viva. A veces me la acercaba al pecho, otras al cuello. Imaginaba el sonido. La sacudida. El silencio eterno que me negaban.
Pero no podía hacerlo.
Porque hacer eso… era darle la victoria a todos. A Hiroshi. A Yuki. A ese sistema que nos tragaba.
Y a él. A Ryu.
Mis nudillos aún dolían de haberle golpeado. Y cada vez que cerraba los ojos… lo recordaba. Sangrando. Sin defenderse. Recibiéndome.
¿Por qué no se defendió? ¿Por qué me dejó descargar toda esa furia?
¿Por qué me dolía más no verlo pelear?
La visita llegó el quinto día.
Kaeda. Siempre impecable, como una sombra fiel que no se despega.
—Traigo órdenes —dijo, dejándome una carpeta sobre la mesa baja del salón—. Nuevos movimientos del Clan Nagase. Están cuestionando la lealtad de Yuki… y la tuya también.
—¿La mía? —pregunté sin emoción.
—Dicen que protegiste a una traidora. Que lloraste por ella.
Sonreí. Un gesto helado. Vacío.
—Entonces haré que sangren por pensarlo siquiera.
Kaeda me observó. No con lástima, sino con algo parecido a… respeto.
—También hubo otra visita —añadió—. Alguien preguntó por ti.
—¿Quién?
—El tigre blanco.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Ryu?
Kaeda asintió. Pero no dijo más.
Dejó la carpeta, un cambio de ropa y se marchó. Silenciosa, como siempre.
Esa noche, no dormí. Me senté frente a la ventana, con los documentos abiertos, el mapa del clan extendido, los nombres subrayados… y la mirada perdida.
“Me odias. Lo sé.”
Sus palabras regresaban, una y otra vez, como un eco envenenado. Pero más fuerte era la imagen de su rostro herido, y su voz quebrada diciendo: “Quería que no la llevaran a ti.”
Si era verdad… ¿por qué no me dijo antes? ¿Por qué no se arriesgó antes?
Pero, en el fondo, yo sabía la respuesta.
Porque así es este mundo.
Porque aquí, nadie se mueve sin pensar en las consecuencias.
Y por eso yo iba a sobrevivir.
Con o sin él.
Los días que siguieron fueron un desierto de silencio, rutina y miradas inquisitivas. Yo era una sombra que se movía entre los pasillos del clan, una presencia incómoda, una cicatriz viviente que muchos preferían evitar.
Pero no todos lo hacían.
Algunos empezaban a inclinar ligeramente la cabeza al cruzarse conmigo. Otros hablaban de mí cuando creían que no escuchaba. No era cariño. Era otra cosa.
Respeto.
Miedo.
Ambos, quizás.
Había sobrevivido. Había desafiado las órdenes de arriba, desenmascarado a un traidor que otros consideraban intocable, y había pagado el precio. Miko estaba muerta, sí. Pero su sangre no había sido derramada en vano.
Una semana después, Yuki me llamó de nuevo. Entré en la sala con el corazón ardiendo en un silencio helado.
—Aiko —dijo sin rodeos—. El consejo del clan ha revisado tus pruebas. Y… tenías razón.
No lo celebré. No lo agradecí. Solo la miré con el rostro de alguien que ya no se impresionaba por nada.
—Ryu Tanaka fue identificado como agente de un clan disidente de Osaka. No volverá a pisar este suelo.
Mentira.
Yo sabía que seguía vivo. Y que probablemente volvería.
—No me importa —respondí.
Yuki me estudió, entre divertida y cautelosa. Luego extendió sobre la mesa un pequeño sobre n***o.
—A partir de ahora, supervisarás las operaciones en el distrito de hierro. Has demostrado tener una visión que pocos poseen. Pero cuidado… el hierro no perdona.
Tomé el sobre sin pestañear.
Ese fue el momento. El verdadero inicio de mi ascenso.
Allí fue donde empecé a construir lo que hoy soy.
La Reina de Humo.
El distrito de hierro era todo lo que su nombre prometía: fábricas clandestinas, rutas de tráfico de armas, corrupción extendida como maleza, y hombres que no respondían ante nadie… hasta ahora.
Los primeros días fueron una prueba constante. Desafíos, sabotajes, intentos de humillarme. No pasaron de la primera semana.
Con cada golpe que intentaban, respondía con una orden fría y certera.
Con cada intento de socavarme, devolvía el doble en cálculo e implacabilidad.
Manejaba la red como si ya hubiera nacido entre engranajes oxidados y sangre vieja.
Y ahí, entre el sudor y el metal, forjé a mis primeros verdaderos leales. Gente que me vio ensuciarme las manos, que entendió que yo no era una flor puesta por capricho en tierra de hombres.
Pero no todo era poder.
La noche aún me traía pesadillas. La cabeza de Miko. La sangre en mis manos. Y esa maldita imagen de Ryu… en silencio bajo la lluvia.
Una parte de mí aún lo odiaba.
La otra… lo odiaba más por lo que despertó en mí y luego se llevó.
Una tarde, mientras inspeccionaba un envío, uno de mis informantes se me acercó en secreto.
—Se ha corrido la voz… El Consejo piensa mover las rutas principales de transporte bajo tu mando.
—¿Eso es oficial? —pregunté.
—No. Pero los hombres del viejo Tetsuya ya están protestando.
—¿Y Yuki?
—No dice nada. Como siempre.
Sonreí de lado. Sabía lo que eso significaba.
Me estaban poniendo a prueba otra vez. Pero esta vez, yo iba a tomar lo que era mío.
Esa noche, cuando subí a la azotea de mi nuevo complejo de operaciones, me detuve frente al borde. El viento era helado, pero no me importaba.
Miré la ciudad.
La sentí en mis venas.
Y supe que aún quedaba mucho por perder… y aún más por ganar.
Pero ya no era la niña del campo.
Ni la sombra en los pasillos.
Ni la aprendiz rota por la muerte de su amiga.
Ahora era Aiko.
Y nadie iba a quitarme el poder que con sangre me había ganado.
La primera señal de insubordinación llegó con el amanecer.
Uno de mis transportes no regresó.
El segundo… apareció quemado, con los cuerpos de dos hombres colgando de la parte trasera como advertencia. En sus torsos, tallado con navaja, un símbolo que no veía desde los primeros días: el tatuaje de la lealtad al viejo Tetsuya, un perro del pasado que aún ladraba en las sombras.
Ese mismo día, tres de sus hombres entraron a mi depósito armados, exigiendo "una reunión para renegociar el control".
Renegociar.
La palabra me dio asco.
Los cité esa misma noche, en el almacén 17 del distrito. Donde las luces fallaban, donde el suelo aún olía a óxido y carne quemada de un incendio antiguo. Donde la muerte se sentía como un susurro entre vigas torcidas.
Fui sola.
Sin armas visibles.
Vestida de n***o, con el cabello suelto, como una maldición que camina entre hombres que subestiman.
Ya me esperaban. Seis de ellos. Riendo. Jugando con navajas.
Uno incluso tenía un cigarrillo colgando del labio.
—¿Así que tú eres la perra que ahora cree que puede mandar? —me dijo uno, escupiendo al suelo—. Tetsuya quiere verte… de rodillas.
Lo miré. Sonreí con lentitud. Y luego, como un relámpago, deslicé la hoja escondida en mi bota hasta su garganta.
El corte fue limpio.
Su sangre salió como un chorro caliente, y su cuerpo cayó sin aviso.
Silencio.
Los otros no reaccionaron de inmediato. El shock los paralizó un segundo. Pero ese segundo fue mío.
Di un paso hacia el siguiente. Mi puñal se hundió entre sus costillas antes de que pudiera desenfundar su arma.