No entendía por qué Yuki-san había permitido que él tomara la decisión sobre mi siguiente misión.
Ryu Tanaka era muchas cosas: un hombre peligroso, un adicto al juego de poder, un animal de mirada impasible. Pero sobre todo, era un traidor. Y en este mundo, los traidores no merecen voz, mucho menos favores.
Mi mente ardía con cada paso que daba hacia la casa de té donde Yuki me esperaba.
Sus palabras me retumbaban, como cuchillas enterrándose en carne:
“Quería saber hasta dónde has llegado.”
¿Desde cuándo mi evolución era tema de evaluación para un hombre ajeno al clan?
¿Desde cuándo Ryu tenía esa cercanía con mi mentora?
Cuando entré, el aroma de sándalo ya se mezclaba con el del silencio denso de la habitación.
Yuki-san no me miró.
No al principio.
—¿Por qué, Aiko? —preguntó sin levantar la vista del tazón de cerámica que giraba entre sus manos—. ¿Por qué no ejecutaste la orden?
—Era innecesario —dije—. Ella huyó. No va a causar más problemas. La amenaza fue clara.
—¿Innecesario? —su voz se volvió afilada—. ¿Desde cuándo decides tú qué es necesario?
Tragué saliva. Mi pecho se apretaba, no por miedo… sino por frustración.
—No me fallaste como ejecutora. Me fallaste como hija —sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier bofetada.
Finalmente, alzó los ojos.
Eran fríos, como el acero de una katana que ha probado demasiada sangre.
—Aquí no hay espacio para la amistad, Aiko. Solo para la lealtad.
Quise explicarle, justificarme.
Pero sus labios ya se apretaban en una línea firme.
Y su dedo hizo un gesto sutil.
Una de sus asistentes apareció tras el biombo.
Llevaba una bandeja de madera con una hoja, un tintero… y una daga ceremonial.
Mi sangre se heló.
Yuki se puso de pie con calma.
—Has elegido tener corazón —dijo—. Bien. Entonces vamos a recordarte lo que cuesta.
—Inclínate.
Obedecí.
No por sumisión… sino por respeto.
Ella tomó la daga y, con elegancia cruel, la apoyó en mi antebrazo desnudo.
—Esto no es un castigo… es una advertencia. —Su voz era pura serenidad mortal.
El corte fue limpio. Largo.
La piel se abrió como papel mojado.
No gemí.
No parpadeé.
Solo apreté los dientes mientras la sangre corría por mi mano, cayendo gota a gota sobre la madera del suelo.
—Lleva esta marca con orgullo —murmuró—. No como señal de debilidad… sino como recuerdo de que la próxima vez… no habrá perdón.
Salí de la sala tambaleándome, la herida ardiendo como fuego.
Kaeda me esperaba fuera.
Tomó mi brazo con firmeza, sin hablar. Me cubrió la herida con una venda apretada.
—¿Por qué no la mataste? —preguntó al fin.
—Porque aún la veía como mi reflejo —respondí, bajando la mirada—. Porque alguna vez fui ella.
—Y porque me cansé de obedecer órdenes sin saber si mi alma me lo iba a perdonar.
Kaeda suspiró. No me juzgó.
—Ten cuidado, Aiko. Si sigues mirando atrás… no verás quién viene a matarte de frente.
Esa noche, mientras lavaba la sangre seca de mis dedos, no podía sacarme de la mente las palabras de Yuki.
“No me fallaste como ejecutora. Me fallaste como hija.”
Tal vez tenía razón.
Tal vez aún no era digna de heredar nada.
Ni un nombre. Ni un imperio.
Pero también sabía algo más.
Esa cicatriz, delgada y ardiente, que ahora cruzaba mi brazo, no me debilitaba.
Me recordaba que aún era humana.
Y que mi humanidad… sería mi arma más peligrosa.
La muerte no siempre es un disparo.
A veces es una caja de madera.
Corrí. Grité. Pagué favores. Moví dinero.
Silencié soplos, quemé registros, amenacé a quien fuera necesario.
Miko debía desaparecer.
No para huir. No para esconderse.
Sino para vivir.
¿Era tan grave querer salvar a una sola persona?
¿Tan imperdonable tener una debilidad?
Tal vez lo era.
El mundo Yakuza no perdona errores.
Y si los perdona, los cobra con sangre.
Fue una mañana sin nubes.
El silencio era artificial, como el que precede a una bomba.
Cuando crucé las puertas del dojo principal, sentí que algo ya estaba muerto… incluso antes de verlo.
Kaeda me esperaba en la entrada.
Su rostro era inexpresivo. Su silencio me perforó más que cualquier mirada.
La caja estaba en el centro de la sala.
Negra. Impecable.
Sellada con los símbolos del clan.
Yuki-san no dijo nada. Solo señaló con un gesto.
Yo me acerqué.
Mis pasos eran pesados. Como si mis huesos estuvieran hechos de hierro oxidado.
Las manos me temblaban al levantar la tapa.
Y entonces la vi.
Su cabeza.
Los ojos cerrados.
El rostro aún cálido.
El cabello oscuro manchado con sangre seca.
—¿Quién…? —susurré con una voz que no era la mía.
Yuki-san se levantó. Caminó con calma hacia mí, como si se tratara de una ceremonia.
—Así se hace el trabajo, Aiko —dijo, sin emoción.
La ira me invadió primero.
Pero no tuve fuerzas para gritar.
Sentí que mi cuerpo se quebraba por dentro. Como si mi alma quisiera salir huyendo de ese cuerpo.
No lloré.
No podía.
Mi rostro se endureció. Mis labios se sellaron.
Asentí con la cabeza y me incliné, como exigía el protocolo.
—Gracias por enseñarme, Yuki-sama.
No recuerdo cómo salí.
Solo sé que caminé durante horas.
Sin rumbo.
Hasta que la niebla de mis pensamientos se deshizo ante él.
Ryu.
Estaba allí. Apoyado contra su coche, esperándome.
La chaqueta abierta. Las manos en los bolsillos.
Y esa mirada. Esa maldita mirada que decía que lo sabía todo.
Cuando me vio, se enderezó.
—Lo siento —dijo simplemente.
Y exploté.
—¡¿Tú lo sabías?! —grité—. ¡¿Tú sabías que iban a matarla?!
—Traté de detener la orden —respondió, bajando la mirada—. Fui a hablar con Yuki. Le pedí…
¡CRACK!
Mi puño impactó su rostro con toda la fuerza que tenía.
Su labio se partió. La sangre brotó.
Pero él no se movió.
No se defendió.
—¡Mentiroso! —grité—. ¡Cobarde! ¡Siempre ahí, observando! ¡Jugando desde las sombras!
—¡No te importa nadie! ¡Solo tú! ¡Tu deseo, tu juego, tu poder!
Mi voz temblaba.
Mis puños lo golpeaban una y otra vez, pero eran más gritos que ataques.
—¡No sabes lo que significa perder algo! ¡No sabes lo que significa amar a alguien y tener que dejarla morir porque otro lo decidió por ti!
Ryu no hablaba.
Solo la recibía.
Como si entendiera que necesitaba romper algo.
Y él había decidido ser ese algo.
—¡Te odio! —le escupí, con las manos ensangrentadas por su boca rota—. ¡Odio tu maldita cara! ¡Odio tu nombre!
—Lo sé —susurró.
Mi respiración era errática.
Mi corazón un desastre.
Me sentía una bomba de carne a punto de explotar.
Y él…
Él me miraba como si yo fuera la única cosa viva que le importaba.
—Solo quería que no la llevaran a ti —murmuró—. Solo eso.
—Pero ya era tarde. Cuando llegué… ya habían enviado la orden final.
Me quedé en silencio.
Sudor. Sangre. Lágrimas que aún no salían.
Me di la vuelta.
No porque quería marcharme.
Sino porque si me quedaba… le suplicaría.
Y eso no me lo perdonaría jamás.