No hay gloria en derramar sangre.
Solo silencio… y poder.
Después de aquella noche, la mirada de Yuki-san cambió.
Ya no me veía como una huérfana del campo con hambre en los ojos.
Me observaba como se estudia un cuchillo bien afilado: con respeto… y con cuidado.
—Te probaste, Aiko —me dijo frente a la sala privada, donde el aroma del incienso cubría el hedor de los cigarros y el sudor—. Ahora te toca mancharte las manos. De verdad.
El encargo era simple, en teoría.
Uno de los corredores del clan interno había estado filtrando rutas de contrabando a pequeños grupos independientes. Quería montar su propio imperio a la sombra de la organización.
Yuki me dio el nombre.
Y una pistola.
—No tienes que matarlo —me advirtió—. Pero hazlo si lo crees necesario. No me importa el método… solo el mensaje.
Esa noche, mis manos no temblaron.
Lo encontré en un karaoke barato, bebiendo con dos chicas que no tenían ni edad ni experiencia para saber el tipo de hombre que tenían delante.
Esperé afuera.
No por miedo.
Sino por táctica.
Lo seguí hasta la parte trasera del local, justo cuando fue a orinar en el callejón.
La pistola pesaba en el bolsillo del abrigo.
Pero no fue eso lo que usé.
Llevaba un cuchillo, pequeño, delgado.
Era más silencioso.
—Mierda, ¿quién…? —alcanzó a decir cuando sintió la hoja fría en su cuello.
—Silencio —le susurré, al oído—. Si gritas, mueres aquí. Como perro.
Lo reconoció.
Mi voz.
Mi rostro.
La chica de los mandados.
—Escucha, yo… yo solo estaba… vendiendo un par de rutas. Nada grande…
—Suficiente para que Yuki-san quiera tu lengua clavada en una caja —le respondí, empujándolo contra la pared.
No le di tiempo a rogar.
El primer corte fue en el muslo.
Profundo. Doloroso. Pero no mortal.
Quería que entendiera.
—Eso es por hablar. —Otro corte, esta vez en el costado—. Eso por creerte más listo.
—Y esto… —Le acerqué el filo al rostro, deteniéndome justo sobre su ceja derecha—. Por haberme subestimado.
—¡Por favor! ¡Aiko… yo puedo… puedo compensar!
—Ya lo hiciste.
Lo dejé tirado, sangrando, con la lengua intacta pero el orgullo y la reputación hechas pedazos.
No lo maté.
Pero su carrera dentro del clan terminó esa noche.
Yuki-san sonrió al recibir mi informe.
—Ahora sabes lo que significa tener peso, pequeña sombra —dijo, con un vaso de sake en la mano—. Tu nombre empieza a sonar en las bocas correctas.
No lo dije en voz alta, pero lo sentí.
Una chispa.
Un vértigo.
Por primera vez… sentía que no era invisible.
Días después, me asignaron dos hombres a cargo.
Chicos rudos, tatuados, con más músculo que cerebro.
Pero me obedecían.
Porque sabían lo que había hecho.
Una noche, mientras caminaba por el club, uno de los escoltas me miró de reojo y murmuró:
—Dicen que la chica del cuchillo sonríe mientras corta.
No sonreí.
Pero no lo negué.
Perfecto. Vamos a entrelazar ambas líneas en el siguiente capítulo: Aiko recibe una nueva misión que pone a prueba no solo su creciente posición dentro del clan, sino también su conciencia. Esta vez, el objetivo es alguien que alguna vez fue su amiga, una joven del campo como ella, que ahora se mueve en negocios menores, pero incómodos para Yuki-san.
Mientras lucha con la decisión de eliminarla o no, comienza a sentir una presencia. Sutil. Persistente. Como si alguien la observara. Y esa sombra, familiar y oscura, la lleva de nuevo a Ryu Tanaka.
El poder tiene su precio.
Y no siempre se paga con sangre.
A veces… se paga con recuerdos.
Con nombres que uno creía enterrados.
—Su nombre es Miko —dijo Yuki-san, con los dedos acariciando el borde de su taza de té—. Era útil. Pero ahora interfiere. Necesitamos que desaparezca.
Mi pecho se contrajo apenas oír el nombre.
Miko.
La chica que me enseñó a leer contratos falsos.
La que robaba pan para las dos cuando el hambre dolía.
La que me abrazó la noche en que mi padre fue asesinado por las deudas.
—¿Está traicionando al clan? —pregunté.
—No… aún. Pero lo hará. Tiene demasiado en sus manos. Y muchos ojos sobre ella. La confianza es una mecha corta.
No discutí.
No tenía derecho.
Las emociones no son un lujo en este mundo.
Pero cuando le di la espalda a Yuki-san, mi garganta ardía.
Esa noche no dormí.
La vi en mi mente, con sus trenzas viejas y la risa quebrada.
La niña que compartió su último cuenco de arroz conmigo, ahora se había convertido en una amenaza.
Recibí la orden.
El día.
La hora.
El sitio.
Una casa vieja en las afueras de la ciudad, donde Miko ahora organizaba entregas para clanes menores.
Fui sola.
Con el cuchillo que ya conocía mi mano.
Y con el corazón… envenenado de silencio.
Cuando llegué, ella me reconoció al instante.
—¡Aiko! —dijo, sonriendo, bajando los paquetes de su scooter oxidada—. ¿Qué haces aquí? Dios, ¡cuánto tiempo!
Mentí.
Le dije que solo quería hablar.
Saber de ella.
Nos sentamos.
Me sirvió té en tazas rotas.
Como en los viejos tiempos.
—¿Aún recuerdas el río donde nos bañábamos? —rió—. ¡A veces sueño que seguimos allí! Tú decías que ibas a tener tu propio imperio. Que nadie te haría llorar nunca más.
No pude evitar sonreír.
Falsa. Rota.
—Y tú querías vender flores en el templo —le dije.
Miko se rió… pero sus ojos se humedecieron.
—¿Aún te queda alma, Aiko?
Me paralicé.
—¿Qué?
—Nada —susurró—. Solo… a veces me pregunto si todo esto vale la pena.
Mis dedos apretaron el mango del cuchillo, oculto bajo el abrigo.
Tenía que hacerlo.
Pero entonces… lo sentí.
Esa presencia.
Esa sombra.
Como un lobo observando entre los árboles.
No visible. Pero presente.
Me puse de pie.
Excusándome.
—Tengo que irme.
Miko me tomó la muñeca.
—¿Todo bien?
La miré a los ojos… y en su iris vi reflejada la niña que fui.
Y no pude.
—Tienes que desaparecer, Miko —le susurré, firme—. Ahora. Cambia tu nombre. Quita todo. Quémalo si puedes.
Ella palideció.
—¿Me van a…?
—Sí. —Mis ojos no pestañearon—. No preguntes más. Solo corre. Yo me encargo.
Cuando salí de la casa, el viento había cambiado.
Y entre los árboles… lo vi.
Una silueta.
Apoyada contra un poste. Cigarrillo encendido. Observándome.
—¿Sigues limpiando a medias, pequeña sombra? —la voz de Ryu me alcanzó como un eco antiguo.
Me giré.
Él estaba allí.
Sonriendo.
Más peligroso que nunca.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con voz baja.
—Vigilándote —confesó—. Siempre te estás jugando el cuello por gente que no lo merece.
—No es asunto tuyo.
—¿No?
¿Y si te dijera que yo pedí ese encargo a Yuki-san?
Lo miré, atónita.
—¿Por qué?
—Quería saber hasta dónde has llegado. Y si aún quedaba humanidad en ti.
Se acercó.
Demasiado.
Su mano rozó mi mentón, pero yo la aparté.
—¿Qué viste?
—A una mujer que aún no decide si quiere ser reina… o mártir.
Y luego, susurró, con esa voz que me rompía por dentro:
—¿Sabes por qué te sigo viendo, Aiko?
—Porque quieres poseerme —le escupí.
—No. Porque aún no decides si prefieres mi ayuda… o mi destrucción.
Y sin decir más, desapareció entre los árboles.
Otra vez.
Como un demonio que aún no ha elegido si quiere salvarte… o condenarte.