El arte de la obediencia.

1506 Words
Hay un momento en el que dejas de ser tú. Cuando comienzas a usar otro nombre. Cuando entiendes que la sonrisa es un arma. Que el silencio es una orden. Y que el cuerpo ya no te pertenece del todo. Ese momento, para mí, comenzó al segundo día. Me entregaron un uniforme n***o —pantalón entallado, blusa sencilla, sin escote, sin identidad. Me dieron una libreta y me dijeron que observara. Que aprendiera. Los días eran largos, las noches aún más. Pero en esa rutina violenta descubrí algo: No necesitabas golpear para controlar. No necesitabas gritar para mandar. El clan funcionaba como un reloj de sombras. Y yo… me estaba convirtiendo en engranaje. Mi primer maestro fue Soma, uno de los contables del clan, meticuloso y despiadado. Él me enseñó a leer documentos falsificados, a identificar rutas ilegales de transporte, a reconocer quién mentía sin que dijera una palabra. —Nunca preguntes nada —me decía—. Si necesitas saberlo, te lo dirán. Y si no, aprende a fingir que ya lo sabías. Durante las noches, me enviaban al club a servir. No como anfitriona —aún no—, sino para observar. Quién tocaba demasiado. Quién bebía sin parar. Quién entraba con los ojos tristes y salía con la mente vacía. Kana me guiaba en eso. —No mires sus ojos —me dijo la primera noche—. Mira sus manos. Es ahí donde se esconde el verdadero deseo. Vi cosas que no debería haber visto. Un parlamentario recibiendo dinero en una servilleta. Un general retirado pidiéndole a una chica que llorara mientras lo acariciaba. Un socio del clan siendo arrastrado al sótano tras hablar de más. Y yo, callada. Viva. Anotando mentalmente cada rostro, cada gesto. Ryu no apareció durante ese tiempo. Su nombre flotaba entre murmullos, como una figura lejana, respetada… o temida. Pero una noche, lo vi por primera vez. Estaba en la terraza del club, en una reunión privada con otros tres hombres. No hablaba mucho, solo escuchaba. Vestía de n***o, con la camisa abierta al cuello, y el cabello recogido hacia atrás. Sus ojos se cruzaron con los míos por un instante. No sonrió. No asintió. Pero no me olvidó. La mirada de un hombre que ya había tomado una decisión sobre ti… aunque aún no la compartiera. Mi cuerpo se volvió una herramienta. Me entrenaban también en lo físico. No en artes marciales elegantes, sino en golpes sucios: cómo romper una nariz con la palma, cómo ocultar un arma en el muslo, cómo correr con tacones sin caer. Aprendí a disparar. El primer disparo tembló en mis manos. El segundo ya no. Kana me miró con algo parecido al orgullo. —No lo olvides, Aiko —me dijo una tarde, mientras limpiábamos juntas las armas—. Los hombres aquí solo respetan dos cosas: la sangre que pueden derramar… y la mujer que no la teme. Y yo… ya no temía. Una noche, me llamaron a una reunión en el sótano. Pensé que había fallado en algo. Temí por mi vida. Pero lo que encontré fue diferente. Una mujer. Alta, tatuada, con la espalda cubierta por un dragón que nacía desde su nuca hasta los glúteos. Yuki-san, la jefa de las mensajeras del clan. Ella me midió con los ojos como quien escoge una daga. —¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó. —Porque aprendí a ver sin preguntar —respondí. Ella sonrió. —Entonces estás lista para entregar mensajes… con las palabras correctas. Me explicó cómo funcionaba la red: información, amenazas disfrazadas de respeto, sobornos entregados como regalos, y a veces… silencios que debían hablar por sí mismos. —Un buen mensaje puede evitar una guerra —dijo—. Uno mal entregado… puede comenzarla. Esa noche, me sellaron. Me dieron una placa de madera con un símbolo grabado: tsuru —la grulla. —Eres oficial, Aiko. No eres del clan aún… pero si juegas bien, un día serás más que eso. Y ese día, por primera vez en mi vida, no me sentí pobre. Ni víctima. Ni abandonada. Sentí algo más peligroso. Poder. El encargo parecía sencillo. Entregar un sobre lacrado a un corredor del clan Tanabe en una reunión privada al borde del distrito rojo. Sin preguntas. Sin mirar dentro. Sin quedarse más tiempo del necesario. Pero algo se sintió extraño desde que crucé las puertas del salón. El ambiente era demasiado silencioso para la cantidad de hombres presentes. Todos atentos a sus copas, a las mujeres, al humo espeso que flotaba como niebla entre cigarrillos y promesas. Y él estaba allí. Apoyado en una de las columnas del fondo, con un vaso de whisky entre los dedos y los ojos clavados en mí. No lo conocía. Aún no por nombre. Pero había algo en su postura, en su mirada, que no me permitió ignorarlo. Era como si no encajara con los demás. Como si, en lugar de beber… estuviera calculando. Esperando. Entregué el sobre. Inclinación leve. Palabras medidas. Me giré para irme. Pero antes de alcanzar la salida… lo vi de nuevo. De pie junto al pasillo, como si me hubiese estado esperando. El corazón me dio un vuelco. Lo pasé de largo, fingiendo no verlo. Pero mis sentidos estaban en alerta. Fui paciente. Esperé tras la puerta del callejón, vigilando por si alguien salía. Y entonces ocurrió: el hombre que recibió mi sobre se reunió en secreto con otros dos en la parte trasera del salón. Intercambiaron papeles. Uno de ellos llevaba el emblema de los Shirakawa. Ese clan no debía estar allí. Traición. No lo pensé. No tenía cámara, ni prueba sólida. Solo mis ojos. Esperé a que se marcharan. Me moví hacia el callejón, con intención de regresar al club. Y entonces… lo sentí. Una mano me tomó por la muñeca con fuerza. Otra rodeó mi cintura. Me empujaron contra la pared lateral del edificio. Rápido. Preciso. El aliento cálido me golpeó el rostro. Su cuerpo, firme y grande, presionó el mío contra los ladrillos fríos. —¿Quién te enseñó a espiar tan mal, preciosa? —susurró. Sus labios estaban a un suspiro de los míos. —Suelta —espeté. Intenté empujarlo, pero no se movió. Estaba demasiado cerca. Demasiado intenso. —¿Qué hacías mirando, eh? ¿Quién te mandó? Sus ojos, negros como la noche, me analizaban con peligro y deseo. —¿Y tú? ¿Qué hace un bastardo del clan Tanabe repartiéndose secretos con los Shirakawa? —disparé, alzando la barbilla. Él rió. Bajo. Despacio. —Ah… así que viste más de lo que debías. Apreté los dientes. Le golpeé el pecho con el antebrazo. Él no se inmutó. Tomó mi muñeca y la elevó contra la pared. La otra mano descendió hacia mi cintura, peligrosamente lenta. —Tienes agallas —dijo—. Me gustas. Su cadera presionó la mía. Ahogué el jadeo que me subió a la garganta. Pude sentirlo. Su excitación, dura y evidente contra mi vientre. Una prueba de su deseo… y de su arrogancia. —No soy tuya —espeté. —Aún no —respondió—. Pero no te he quitado las manos de encima desde que entraste. Y no porque quiera atraparte. Sino porque quiero… probarte. Su mano rozó la piel descubierta de mi cuello. Me estremecí. No por placer. Sino por el conflicto que esa sensación me provocaba. Le di un rodillazo bajo. Él gruñó, apartándose apenas un segundo. Pero en lugar de golpearme, rió. —¿Te excita pelear así? —susurró—. ¿O es solo miedo? —Es asco. —No mientas, Aiko. Me congelé. Él sabía mi nombre. No lo había dicho. Nadie lo había mencionado esa noche. —¿Cómo sabes quién soy? —Te he estado siguiendo —confesó—. Observando. Esperando que me mires con esa furia. Mi respiración estaba agitada. —¿Por qué? Él no respondió de inmediato. Me soltó, lentamente. Pero su mano rozó mi mejilla mientras se alejaba. Sus dedos bajaron hasta rozar mi cuello, luego el botón superior de mi blusa. No lo abrió. Pero su mirada lo desnudó todo. —Porque quiero ver hasta dónde puedes llegar. Y porque me muero de ganas de ver si eres tan deliciosa como te imagino cuando duermo. Me quedé quieta. Ni él se acercó más… ni yo huí. —¿Quieres matarme? —pregunté, helada. —No. Quiero verte arder. Y sin decir más, se alejó. Desapareció entre las sombras como si nunca hubiera estado ahí. Yo regresé esa noche al club. Conté todo a Yuki-san. Nombres. Emblemas. Rostros. Ella no me creyó al principio. Pero al día siguiente, el clan Tanabe rompió un acuerdo importante. Y mi información salvó miles de yenes… y algunas vidas. Subí. Me dieron mi primer encargo oficial como mensajera de guerra. Pero él no volvió. Ryu Tanaka desapareció de mi mapa. No supe que había sembrado algo en mí… hasta años después, cuando lo encontré otra vez. Más cruel. Más poderoso. Y con la misma mirada hambrienta.
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