Antes de caer

1329 Words
El kimono era prestado. El maquillaje torpe. Pero esa noche descubrí lo que era el juego de las apariencias. Lo fácil que era hacer que un hombre bajara la guardia con una mirada y una frase suave. También descubrí algo más… Uno de los hombres con tatuajes que bebía whisky caro y fumaba como si el aire le perteneciera… me reconoció. —La campesina —dijo entre risas, llamándome por mi apellido, algo que no había escuchado en casi dos años. Yo me quedé helada. Era uno de los cobradores de la deuda de mi padre. El mismo que me había mirado con hambre cuando era una niña. Pero esa noche no me vio como una víctima. Me vio como una oportunidad. —Tienes agallas —me dijo cuando me acerqué a servirle otra copa—. Podrías ser útil. Y en ese instante, por primera vez en mi vida… sentí miedo y poder al mismo tiempo. Fue fugaz, pero intenso. Y desde entonces, supe que estaba al borde de algo irreversible. Aún no era parte del clan. Aún podía correr. Aún podía volver al campo con la cabeza gacha. Pero no lo hice. Porque por primera vez en mucho tiempo… alguien me había dicho que era útil. El frío de aquella noche aún vive bajo mi piel. Estábamos sentadas en la azotea del edificio donde Kana dormía algunas veces, en un cuarto que compartía con otras chicas del club. La ciudad se extendía ante nosotras como un infierno cubierto de luces. Yo me envolvía con una chaqueta prestada. Ella fumaba su tercer cigarro, en silencio, mirando las estrellas que no se veían. —Te están buscando —me dijo, sin mirarme. Yo no respondí. No necesitaba preguntar a quién se refería. Él. Ese hombre del Club Hanamura. El cobrador con traje que me había reconocido, el mismo que le sonrió al destino cuando me vio con un kimono barato y los ojos vacíos. —Dice que quiere hablar contigo —continuó Kana, exhalando el humo con lentitud—. Que puedes empezar como mensajera. Solo eso. Solo eso. Palabras suaves para un camino que no tenía retorno. —¿Y tú? —pregunté, girando apenas la cabeza—. ¿Tú también entraste así? Kana soltó una risa breve, seca. —Yo entré porque tenía un novio idiota que debía dinero y me dejó su deuda. —Le dio otra calada al cigarro—. Y porque ya estaba cansada de dormir en las escaleras del metro. Guardamos silencio un largo rato. El viento era cruel. Mi estómago estaba vacío. Pero era mi alma la que más dolía. —¿Alguna vez pensaste en volver? —pregunté. —¿Volver a dónde? —respondió ella, esta vez mirándome directo—. Nadie espera allá. Lo que dejaste atrás no existe más. Lo único real es esto. Abrió los brazos como si pudiera abrazar a la ciudad. A la oscuridad. A la miseria disfrazada de oro. —Si entro… —dije, con la voz apenas audible—. No hay salida, ¿verdad? Kana apagó el cigarro contra la baranda metálica y se acercó a mí. Puso una mano en mi mejilla. —No —susurró—. Pero al menos tendrás poder. Y en este mundo, eso es más que tener amor. La miré con los ojos húmedos. No lloraba. Pero dolía. Porque sabía que tenía razón. —Él va a usarte —agregó, esta vez con dureza—. Como todos. Pero si aprendes bien, si observas, si juegas tus cartas… puedes hacer que te teman. Que te respeten. Y entonces, nadie más volverá a ponerte una mano encima sin tu permiso. Cerré los ojos. La niña del campo… murió esa noche. Cuando los abrí, Kana ya se había levantado. —Piensa bien, Aiko —me dijo mientras se alejaba hacia la puerta del acceso—. No te estoy empujando… solo te estoy mostrando la puerta. Y ahí me quedé. En la azotea. Con el corazón latiendo en dos direcciones distintas. No sabía si lo hacía por hambre, por rabia… o por esa oscura necesidad de ser alguien. Pero en el fondo… ya lo había decidido. Volví al Club Hanamura la noche siguiente. Llevaba el cabello recogido con horquillas baratas y un abrigo que no me protegía del todo. Mis pasos eran firmes, pero el pecho me ardía. Kana no me acompañó. Dijo que tenía que hacerlo sola. Que debía mirar a los ojos del demonio que estaba a punto de seguir. El lugar era como lo recordaba: alfombras suaves, luces bajas, risas gruesas flotando en el humo. Mujeres que fingían estar seguras, y hombres que no fingían nada. Él me esperaba en una habitación privada del segundo piso, con una botella de sake abierta y dos copas. —Sabía que vendrías —dijo sin levantarse—. Las chicas listas no tienen muchas opciones. Cerré la puerta sin responder. Caminé despacio, conteniendo el temblor en mis piernas. —No soy una cualquiera —dije, más para convencerme que a él. —Lo sé —contestó, sirviendo sake en las copas con precisión—. Por eso me gustas. Por eso estoy dispuesto a enseñarte… cómo sobrevivir aquí. Tomó una de las copas, se acercó y me la ofreció. No la acepté. En su rostro no había urgencia. Solo esa paciencia inquietante que tienen los depredadores. —Acepto trabajar para ti —le dije—. Pero nada de lo que hagas o digas me hace tuya. Él rió suave. Se acercó un poco más. Sus dedos, tibios, rozaron mi mentón con una falsa ternura. —Oh, Aiko… —susurró—. No funciona así. Me rodeó lentamente, como un lobo que analiza su presa, y se detuvo justo detrás de mí. —Esto no es un contrato —sus palabras acariciaban mi oído—. Es una deuda. Y la deuda… aún pesa sobre los hombros de tu familia. Sentí el frío de sus labios posarse sobre mi hombro descubierto. Mi piel se tensó, no por deseo, sino por la certeza de que él estaba disfrutando mi miedo. Un beso suave, apenas un roce húmedo. Despreciablemente íntimo. —Tu padre nunca pagó lo que debía —continuó, mientras sus dedos bajaban lentamente por mi brazo desnudo—. Si no fuera por ti, ya estaría muerto en una zanja. Me giré bruscamente, apartándolo con el antebrazo. Mi mirada fue dura, desafiante. Pero él sonrió como si eso lo excitara más. —¿Me estás amenazando? —No, pequeña —dijo con ese tono casi cariñoso que envenenaba cada sílaba—. Te estoy recordando la realidad. Hizo una pausa. —Si tú entras al clan bajo mi mano… tu padre vive. Tú aprendes. Y quizás algún día tengas tu propio lugar. Pero aquí no se exige, Aiko. Aquí… se obedece. Sus dedos regresaron, esta vez a mi cintura. Lentamente, con el descaro de quien se cree dueño. No me moví. Porque ya no era una niña. Porque esa noche, lo entendí: el poder no se suplica, se roba en silencio. —Entonces enséñame —susurré. Su mirada se encendió como un fuego contenido. —¿Todo? —preguntó. —Lo necesario —respondí—. Pero no vuelvas a besarme sin permiso. No me rompas… si no puedes soportar que después te destruya. Sus ojos brillaron de nuevo, pero esta vez con un respeto retorcido. Como si hubiese reconocido algo en mí que le dio miedo y placer a la vez. Se alejó apenas unos pasos. Bebió su copa de sake con calma. Y sonrió. —Empiezas mañana. Siete de la noche. No llegues tarde. Antes de salir de la habitación, me detuve en la puerta y dije sin girarme: —Dale un mensaje a mi padre. Dile que por ahora… seguirá vivo gracias a su hija. Cerré la puerta con fuerza. Y aunque mis rodillas querían ceder, mi alma… ya había empezado a endurecerse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD