Yo llevaba un vestido rojo.
Él lo odiaba.
—¿Ese color para quién es? —me preguntó, sin levantar la voz.
—Para mí —le respondí.
—Mientes. No sabes ni qué significa vestirte para ti.
A veces, Hiroshi no golpeaba con las manos.
Golpeaba con frases.
Frías. Justas. Imposibles de discutir.
Yo lo amé. Alguna vez. En la forma en que una niña ama a su verdugo porque la protege de cosas peores.
Pero esa noche entendí algo: el amor no salva, ni perdona.
El amor, cuando se mezcla con poder… te entierra viva con una sonrisa.
Esa noche, me llamó a su habitación.
No como su esposa.
Como su posesión.
Yo fui.
Porque era más fácil obedecer que pelear.
Porque el silencio duele menos que el desprecio.
Y cuando sus manos me tocaron, no lo sentí.
Solo pensé en la lámpara.
En su cuello.
En lo simple que sería hacerlo.
Pero no lo hice.
Porque aún quería que él me viera.
Solo una vez.
Por lo que era, no por lo que representaba.
—No eres débil, Aiko —me dijo mientras recogía su cinturón del suelo—.
Solo necesitas alguien que te diga dónde colocar tu fuerza.
Yo no lloré.
Me prometí no volver a hacerlo.
Fue en esa habitación, bajo sus dedos, que entendí lo que era el verdadero miedo:
Perderse sin que nadie se dé cuenta.
A la mañana siguiente, él me regaló un anillo.
Rubí y oro.
Una jaula en forma de joya.
Y me besó la frente como si no hubiera pasado nada.
Como si yo fuera su obra de arte favorita.
Su muñeca más obediente.
Ese día dejé de amar.
Y empecé a planear.
No su muerte.
La mía.
Y cómo reviviría… convertida en otra cosa.
"Tal vez el amor existe.
Pero no para las mujeres como yo.
No después de él."
Tiempo Presente.
Mi oficina no ha cambiado desde que Hiroshi murió.
El escritorio sigue en su lugar, demasiado grande.
El cuadro de caligrafía, aún colgado, con su estúpido kanji de “honor”.
Honor.
Qué palabra tan inútil cuando estás sola entre hienas.
—Kenji fue visto anoche cerca de Shinosuke —dice Kaede, mi mano derecha.
Kaede tiene voz suave, como una enfermera. Pero sus manos… han torturado hombres más grandes que ella.
—¿Y?
—Recibimos un sobre esta mañana. Fotos. Conversaciones. Planea vender parte del territorio de Osaka Este al clan Shirokai.
Mi estómago no se inmuta.
Pero mis dedos sí. Se cierran despacio sobre la taza de té.
Traición.
Tan predecible. Tan masculina.
Kenji pensó que podía mover las piezas mientras yo lloraba. Que no vería venir la mordida hasta que fuera demasiado tarde.
Pero los perros siempre enseñan los dientes cuando están hambrientos.
—¿Dónde está ahora? —pregunto.
—En el club Suba. Con cinco hombres.
—¿Tú confías en todos?
Kaede sonríe.
—En la muerte, sí.
Le hago un gesto.
—Tráelo.
Dos horas después, Kenji está frente a mí. Atado. En el tatami.
No lo golpearon. Aún no.
Pero sus ojos ya muestran miedo.
—¿Sabes qué me molesta más que la traición? —le digo, caminando despacio a su alrededor—.
La falta de creatividad.
Kenji escupe sangre al suelo.
—No vas a durar, Aiko. Todos lo saben. Tú no eres Hiroshi.
Me inclino. Lo obligo a mirarme.
—Tienes razón.
Me enderezo.
—Yo soy peor.
Le hago una seña a Kaede. Ella le entrega la katana ceremonial.
Se la ofrezco a él.
—Tú decides. O lo haces tú… o lo hace ella.
Él ríe. Cree que es una amenaza vacía.
Kaede no se mueve.
Espero.
Un minuto. Dos.
El tercer minuto es el que lo rompe.
—¡Está bien! ¡Lo haré!
Toma la katana. Se arrodilla. Llora.
Yo lo observo. No por placer.
Por estudio.
Quiero saber cómo se derrumba un hombre.
Cuando el filo toca su abdomen, mis ojos no se desvían.
Él no termina el seppuku.
Kaede lo hace por él.
Limpio. Silencioso.
La sangre huele igual que la lluvia cuando llega la tormenta.
Me doy la vuelta. No digo nada más.
No hay aplausos. No hay suspiros.
Solo una muerte.
Y una advertencia grabada en silencio para los demás.
La esposa ha muerto.
Ahora, manda la viuda.
"Que el siguiente sepa hacerlo mejor. O que sepa morir más rápido."
Pero no todo era amargura y gris. Antes de la sangre, antes de los tatuajes, antes del nombre que hace temblar a los hombres… fui una niña más entre los campos de arroz.
No había asfalto bajo mis pies, ni luces de neón en el horizonte. Solo tierra, barro, insectos y ese cielo inmenso que parecía prometer un destino más allá de la cosecha.
Fui la hija menor de una familia olvidada por el mundo. Padre callado. Madre con las manos partidas de tanto lavar. Tres hermanos que solo aprendieron a sobrevivir.
Vivíamos en una casa de madera levantada con más fe que recursos. El techo goteaba en las noches de tormenta. El arroz era escaso en invierno. El dinero... apenas un susurro.
Recuerdo mis dedos agrietados del frío, las faldas rotas que heredaba de primas que ya no vivían en el pueblo. Y aun así… había belleza.
Las flores silvestres entre los caminos de tierra, los juegos inventados con palos, la forma en que mi madre cantaba mientras cocinaba lo poco que teníamos.
Una ternura silenciosa que me protegía —hasta que dejó de hacerlo.
Tenía trece años la primera vez que escuché la palabra deuda con miedo.
Mi padre había firmado un préstamo con un comerciante local —uno de esos buitres vestidos con sonrisa educada.
No podía pagar.
Y entonces, empezaron a venir.
Primero exigencias. Luego amenazas. Una tarde, uno de ellos me miró con ojos que no correspondían a mi edad.
Fue la primera vez que sentí el miedo bajo la piel, como si cada célula supiera que ya nada sería igual.
Mi madre lloraba en las noches.
Mi padre bebía hasta quedarse dormido en el barro.
Yo… crecí demasiado rápido.
A los catorce, me llevaron a trabajar a la ciudad como sirvienta.
Tenía una bolsa con dos camisas, un par de sandalias y un cuaderno donde garabateaba historias que nunca terminé.
El patrón tenía una esposa enferma y dos hijos crueles.
Aprendí a cocinar, a limpiar, a esquivar miradas.
Aprendí a callar.
A no llorar.
Y cuando por fin creí que había escapado del campo, de la miseria, me di cuenta de que solo estaba en la antesala de algo peor.
Fue ahí, en uno de esos días sin nombre, que conocí al primer hombre del clan.
Me vio cargar una caja de botellas en un callejón y me preguntó si tenía miedo de los hombres.
Yo le respondí que no.
Mentí.
Pero él sonrió y me ofreció trabajo… “mejor pagado”.
No sabía que estaba vendiendo mi alma por una promesa.
Ese fue el principio del fin de Aiko, la niña del campo.
La tierra, las flores, el cielo limpio...
todo quedó enterrado bajo capas de silencios, cicatrices y lealtades rotas.
Tokio era otra bestia.
Ruidosa, sucia, viva en su decadencia.
Tenía quince años y ya entendía lo que era pasar hambre con los bolsillos vacíos y la espalda adolorida por limpiar pisos que no eran míos.
La ciudad no tenía compasión.
Los trenes no esperaban.
Las calles olían a orina, tabaco y desesperación.
El trabajo de sirvienta había terminado de un día para otro.
La esposa del patrón murió.
Él no quiso tener una “extraña” en casa.
Me dieron una pequeña compensación, como si con eso pudiera pagar la soledad o las noches sin saber dónde dormir.
Pasé días en un hostal barato cerca de Shinjuku, hasta que el dinero se evaporó.
Luego vinieron las estaciones de tren como refugio.
Los baños públicos.
La vergüenza.
Empecé a buscar trabajos donde nadie preguntara la edad.
Lavando platos.
Recogiendo botellas.
Vendiendo cigarrillos en callejones.
Era invisible.
Una sombra entre sombras.
Fue durante ese invierno —uno de los más fríos que recuerdo— que conocí a Kana.
Una chica apenas un par de años mayor que yo.
Tenía los labios rojos como cerezas venenosas y una mirada que decía: yo ya sé lo que tú aún no quieres saber.
Me llevó un par de veces a un local donde trabajaba como hostess.
Yo me negué a quedarme.
Aún no estaba rota del todo.
Pero la curiosidad es traicionera, y el hambre aún más.
Kana me habló del “Club Hanamura”.
De los hombres poderosos que iban a beber y pagar por sonrisas, no por cuerpos.
“No tienes que acostarte con nadie si no quieres”, me dijo.
“Solo escucha, ríe, sírveles bien. Y mira lo que puedes aprender.”
Acepté.