Pasaron los años. Y con ellos, murió lo que quedaba de aquella joven que lloraba en los pasillos, que soñaba con venganza, que se estremecía con el roce de una mirada. Ahora, yo era otra. La mujer que caminaba por los corredores con paso firme y mirada cortante. La mujer que todos temían nombrar en voz alta. La esposa del Tigre Blanco. La madre de su heredero. La sombra que ya no temía ensuciarse las manos. Mi rostro rara vez mostraba emoción. Mis labios rara vez pronunciaban algo más allá de órdenes. Y mis ojos... mis ojos ya no suplicaban nada. Aprendí a fingir bien. Aprendí a sobrevivir sin sentir. Las amantes de Hiroshi iban y venían. Algunas se quedaban un mes. Otras solo una noche. Todas compartían algo en común: morían si se acercaban demasiado. Él no dejaba rastro, ni

