No volvimos a hablar de esa noche. Ni del beso, ni de cómo la tuve entre mis brazos. Ni de cómo su cuerpo se aferró al mío como si por un segundo… solo por un segundo… el mundo allá afuera hubiera dejado de existir. No. Lo ignoramos. Volvimos a las reuniones. A las paredes llenas de mapas. A los informes que llegaban cada hora con más nombres muertos. A los silencios cargados entre una estrategia y otra, mientras nos asegurábamos de no rozarnos, de no mirarnos por más de tres segundos. Kaeda lo notó. Siempre lo nota todo. Pero no dijo nada. Se limitó a entregar los reportes, a preparar los refuerzos, a mantenerse cerca sin invadir. Una lealtad silenciosa que, por primera vez, me pesaba. Era como si todos jugáramos una coreografía invisible. Una guerra sin pólvora, pero con her

