La invitación descansaba sobre mi escritorio, abierta, pero intacta en su esencia: una orden disfrazada de cortesía. Los líderes extranjeros, aquellos que hasta ahora solo se movían desde las sombras, querían verme cara a cara. No era un simple gesto diplomático, era una declaración. Un nuevo tablero de juego estaba por abrirse. Me recosté en la silla, dejando que mis dedos recorrieran el papel. El sello aún conservaba el aroma de la cera derretida, como si hubiese sido puesto con prisa. El peso de esa reunión podía decidir el futuro de mi clan, y con ello, el destino de mi hijo. Pero mi mente, indisciplinada, no se quedaba quieta. Cada vez que cerraba los ojos, lo sentía. Ryu. El calor de su cuerpo aplastando el mío contra el contenedor. Sus labios rozando mi cuello, su respiración

