El silencio fue lo primero que sentí al abrirse las puertas. No el silencio respetuoso de una recepción diplomática, sino ese silencio denso, cargado, el que precede al juicio de los depredadores cuando miden a su presa. Había escuchado mucho sobre ellos: Alexander Volkov, el ruso de sonrisa gélida; Dante Moretti, el italiano que jugaba con el peligro como si fuese vino barato; Wei Liang, el magnate chino cuya ambición era tan refinada como su seda. Pero nunca me habían visto en persona. Me esperaban con la imagen de la viuda débil, frágil, envejecida por las sombras de Hiroshi. Qué decepción, pensé al sentir sus ojos clavarse en mí. O quizás… qué sorpresa. Cada paso que di dentro del salón retumbó sobre el tatami como un desafío. Llevaba un kimono n***o, sobrio, pero perfectamente

