La sala apenas estaba iluminada, las sombras danzaban contra las paredes de papel shōji, mientras una débil lámpara japonesa de papel proyectaba un halo cálido y trémulo. Reina ya estaba allí, esperándome como una reina de hielo, su postura perfecta, su sonrisa tensa y calculadora. El aire se sentía denso, cargado de una electricidad casi palpable, como si las palabras no fueran más que pretextos para el verdadero juego de poder que se libraba entre nosotras. —Aiko —susurró Reina, con esa voz suave que escondía cuchillos—, me sorprende que hayas aceptado venir. Respiré hondo, intentando no mostrar la ansiedad que de pronto se apoderó de mí. Ni yo misma sabía si era por la guerra que había comenzado entre nosotras, o por la tensión que sentía cada vez que sus ojos se posaban en mí. —No

