El aire afuera estaba más frío de lo que recordaba. Subí al auto sin decir una palabra al chofer. Cerré la puerta con cuidado, como si un ruido más pudiera romperme. Miré por la ventana, pero no vi nada. Mis ojos estaban fijos en el reflejo: en mi rostro impasible. Frío. Hermoso. Intacto. Mentira. Todo era mentira. Mi piel ardía. No por vergüenza. Por rabia. Por haber sentido, aunque fuera por un segundo, ese impulso en el pecho, ese deseo entre las piernas que me obligó a cerrar los muslos mientras él hablaba. Una noche. Así me lo dijo. Como si fuera una oferta honesta. Como si yo no supiera lo que realmente quería. Mi cuerpo, sí. Mi poder, también. Igual que Hiroshi. La memoria fue un golpe: Su voz. Sus caricias que no eran ternura, sino dominio. El peso de su cuerpo como u

