Cuando la puerta se cerró tras ella, no me moví. El eco de sus pasos desapareció por el pasillo, dejando solo el vacío que solía seguirla desde que Hiroshi la hizo suya. Desde que la metió en su mundo, como un adorno brillante que no sabía sostener. Un trofeo que nunca supo leer. Yo sí. Apoyé ambas manos sobre la mesa, la madera tallada crujía bajo mis dedos mientras respiraba hondo, como si el aire aún oliera a ella. Su perfume no era dulce. Era afilado. Como esa mirada suya que podía atravesarte sin necesidad de tocarte. Una noche. Lo dije como si fuera poco. Pero los dos sabíamos que no lo era. Me giré hacia el ventanal. La noche había caído sobre la ciudad con su capa sucia y brillante. El reflejo del whisky aún temblaba en la copa. Me la llevé a los labios y bebí de golpe, quem

