David Mantuve los ojos cerrados, porque si llegaba a abrirlos, sería más difícil mentirle cuando me descubriera, con las manos en la masa, casi, literalmente. Su aroma estaba incrustado en mis fosas nasales, cada uno de los pelillos de mi nariz tenía una molécula de su olor, igual que la sensación de su piel en mis manos y el dolor en la zona de mi pelvis. ¡Tres semanas! ¡Cállate, imbécil! Ya lo sé. Oh sí, tres semanas que comenzaban a ser una tortura, agradable y deliciosa, no podía dejarla ir y ella, al principio simulaba despedirse, para arrepentirse en último momento y, mientras mi corazón saltaba enloquecido, mi alma respiraba con alivio y el maldito de mi cuerpo reclamaba desesperado, sollozaba y rogaba porque esta noche sí lográramos hacerla ceder. Una parte de mi ser deseaba

