La habitación de la señora Ninette tenía la luz tenue, casi apagada, como si el silencio fuera parte del tratamiento. Ella se mantenía en la cama, erguida a pesar del cansancio evidente. Me observó con la misma mirada que había heredado sin saberlo: aguda, exigente, sin paciencia para rodeos. —Te ves distinta —dijo sin necesidad de una sonrisa—. Más entera. —Tal como sabe, fui a ver a mi madre —respondí con la voz tranquila, sin adornos. Ella asintió, como si hubiera leído ya, la conclusión en mis ojos. —Me alegra saberlo. Cerrar puertas es parte de aprender a ser quien se debe ser. Y ahora que has cerrado esa… Necesito que abras otra. Me quedé en silencio. Esperando. —El doctor me ha indicado reposo absoluto. Y aunque detesto las limitaciones, he decidido seguir sus órdenes, por una

