Infeliz matrimonio

2817 Words
POV Hazel Después de haber llegado al hotel, mi cabeza tenía muchas preguntas y muy pocas respuestas. ¿Por qué el señor Becket me había dejado a mí como única heredera? ¿Por qué nunca fui notificada de ese matrimonio del cual no sabía? ¡¿Cómo diablos es que terminé casada con mi peor enemigo?! Pero, sobre todo, ¡¿por qué negarse al divorcio?! —Definitivamente, esto no se puede procesar solo —dije, caminando por la habitación. Entonces recordé haber visto una botella de vino en la licorería. Sin pensarlo mucho, me dirigí y tomé la botella; tan pronto como la destapé, me serví una copa, pero al degustar el sabor, mi mente me trajo el recuerdo de lo sucedido en la fiesta de máscaras. —¡Ya basta! —me dije a mí misma—. Eso no sucedió, eso no ocurrió, yo no estuve en esa fiesta, maldición — dije, dejando la copa sobre la cocina—. Lo hiciste genial, Hazel, te acostaste con tu peor enemigo y, para variar, no sé cómo rayos es que estoy casada con él. Me llevé otro sorbo de vino a los labios, pero hay algo con lo que cuento a mi favor: él no sabe que yo fui esa mujer; claro, de lo contrario me lo hubiera gritado en la cara durante la lectura del testamento. Dejando nuevamente la copa sobre la mesa de la cocina, me dirigí a donde había dejado el vestido que había usado durante la fiesta. Lo saqué de la bolsa donde lo tenía guardado y cuando lo observé, lo llevé conmigo para buscar unas tijeras. Una vez que las encontré, observé durante unos instantes más el vestido; realmente me daba lástima hacer esto, ya que yo misma lo había diseñado y confeccionado, pero no podía quedarme con algo que me recordara el peor error de mi vida. —La viuda negra no puede dejar huellas —me dije a mí misma, y entonces comencé a cortar. Pedazo a pedazo, las telas del vestido fueron cayendo a mis pies hasta que finalmente terminé con lo único que probaba que yo había estado en esa fiesta. Apenas terminé de cortarlo, lo volví a meter a la bolsa; luego llamé al encargado de limpieza del hotel. Tan pronto este tocó la puerta, le entregué la bolsa y adicional a ello, una buena propina con la que me aseguraría de que ese objeto jamás volvería a aparecer. Muy bien, ese capítulo fue borrado; ahora escribiré el otro. Usando el teléfono del hotel, procedí a marcar un número. Esperé unos instantes hasta que mi llamada fue recibida. —Hola, sí, habla Hazel. Imagino que Patrick ya les comunicó lo sucedido con mi celular —cuando recibí la respuesta afirmativa, sonreí—. Bien, en realidad el motivo de mi llamada es para informar que estaré fuera de la ciudad hasta que pueda solucionar unos asuntos personales. Así es, hasta entonces dejo en sus manos “la casa de la viuda negra” y manténganme informada de cada suceso. ¿Entendieron? Una vez que solucioné ese tema, pude al menos exhalar. Pero rápidamente, y sin soltar el teléfono, volví a marcar. —Patrick —dije cuando él me respondió—, necesito que te encargues de conseguirme el mejor abogado del país. —Ay, cariño, no me digas que vas a hacerle un juicio para divorciarte. —No, no es nada de eso —respondí tomando nuevamente de la copa de vino que estaba en la mesa de noche—. Yo no pienso mover ni un solo dedo para tratar el tema del divorcio. Le ofrecí quedarse con mi herencia y no lo quiso. Muy bien, haré que se arrepienta de su decisión, porque desde este momento voy a tomar todo lo que por ley ahora me pertenece. ——— POV Belzer —De regreso al infierno —dice Odette dejando su bolso sobre el sofá. —Cuida tus palabras —le digo a mi hermana—, eres una Becket, debes comportarte adecuadamente. —¿Adecuadamente? ¿Una Becket? —Odette suelta una ligera carcajada—. ¿Estás hablando en serio? —¡Muy en serio! Y procura cuidar cómo me respondes. Ella se para firme y, llevándose las manos a las caderas, intenta enfrentarme. —Te recuerdo muy bien que no eres mi dueño, soy una mujer con la mayoría de edad. —Pues vives bajo mi propiedad, recibes un dinero mensual que yo te deposito. ¡Así que mínimo merezco respeto! —Belzer, hijo —mi madre se acerca apoyando una mano en mi hombro para tratar de tranquilizarme—, no dejes que este sabor amargo en la lectura del testamento mortifique nuestras vidas. —¿Mortificar? Por favor —dice nuevamente Odette con un toque de ironía en su voz—, si prácticamente salieron premiados. Nuestro padre le dejó todo a Hazel, pero claro, como ahora maravillosamente ella está casada con tu adorado hijo, ahora él tiene la mitad de todo y claro, tú vas a aprovechar para manejar todo a tu antojo —señala a nuestra madre. —Hazel —dice nuestra madre llevándose una mano al pecho—, ¿cómo puedes hablar de esa manera? Hablas como si yo fuera una bruja que quiere controlarlo todo. —¿Acaso no es verdad que te gusta manejar las cosas a tu antojo? Hacías eso con nuestro padre; por eso se cansó y buscó a una más joven para casarse. Cuando mi hermana respondió de esta manera, mi madre se encogió tocándose el pecho, tambaleando ligeramente, por lo que tuve que ayudarle a sostenerse. —Madre… —rápidamente la ayudé, pero no podía permitir que mi hermana no recibiera un escarmiento. —¡Odette! Ya es suficiente, discúlpate ahora. —¿Disculparme de qué? Si no he hecho nada más que decir la verdad. Y ¿sabes una cosa? Responderé a lo que me dijiste hace un momento: no, no eres mi dueño, ya que esta propiedad también vendría a ser de Hazel, así como todo el dinero que me has estado transfiriendo mensualmente, ya que ella es la heredera de absolutamente todo. —No sé qué hice para merecer una hija así —dice entre sollozos mi madre, lo cual me parte el corazón al verla así. —Ya ves lo que provocas —le digo a mi hermana. Pero ella solo nos mira con rabia y sube a su habitación, encerrándose con un fuerte portazo. —Ay, mi Odette… —mi madre solloza más. —Mamá, ven, vamos. Te llevaré a tu habitación para que descanses. Es evidente que se te ha bajado la presión otra vez; le diré a la empleada que traiga tus pastillas de una vez. —No, hijo, no es necesario que hagas eso, no se me ha bajado la presión. Lo único que siento es mucha tristeza al ver que tu hermana es todo lo contrario a ti, además de que tu padre, incluso estando muerto, nos vuelve a lastimar de esa manera. Le entregué mis mejores años de juventud, le di dos hermosos hijos y nada de eso le importó para irse con una más joven. —Ya nada de eso importa, madre. Aquí estoy yo y yo no te dejaré, y así mi hermana sea una malcriada, no la voy a desproteger. —Yo lo sé, hijo —me dice mi madre apoyando su palma en mi mejilla suavemente—. Yo sé que tú nunca nos vas a desproteger y siempre estarás para nosotras. —Así es, mamá, y después de lo que dijo mi hermana, estoy aún más decidido. Tú y ella vendrán conmigo a vivir al otro lado de la ciudad. Comenzaremos de cero. —¿Qué? —ella abrió grandes los ojos—. ¿A qué te refieres con comenzar de cero? —A trabajar y conseguir nuestro propio dinero a base de esfuerzo y trabajo. —¿Pero de qué estás hablando? Tenemos dinero aquí. —Mamá —hice una pausa—, aunque las palabras que dijo mi hermana hace un momento fueran muy duras, ciertamente tiene razón. Todo esto, incluso esta propiedad que compramos hace poco, el dinero, las empresas, todo es de… bueno, ni siquiera creo que haga falta mencionar su nombre. —Pero tú también eres dueño de la mitad, hijo, recuerda que estás casado con ella y eso te beneficia mucho. —Madre, lo cierto es que en ese momento, cuando ella me habló del divorcio, me negué porque pretendía averiguar cómo es que este matrimonio se dio. Yo no recuerdo jamás haber firmado semejante documento. —Pero eso no importa —me responde mi madre—, lo único que debe importar es que te beneficia. Además, tú no escuchaste todo lo que el abogado dijo, ya que te fuiste muy rápido. —¿A qué te refieres? —A que al divorciarse, ella debe pagarte una jugosa indemnización que no le alcanzará ni vendiendo todas las acciones que tiene ahora en la empresa. —Madre, a mí no me interesa tener nada de esa mujer. —Hijo, yo sé que la detestas tanto como nosotras a ella, pero por favor piensa en tu hermana, piensa en mí, que estoy enferma, que tengo que tomar constantemente pastillas por mi presión. Nosotras estamos acostumbradas a esta calidad de vida, a la comodidad que tenemos, y dejar todo esto de la noche a la mañana… —mi madre deja derramar unas lágrimas por sus mejillas— podría matarme de un disgusto… —Madre, no… no digas esas cosas, por favor. —Entonces, por favor, hijo mío, solo te voy a pedir una cosa, un único favor. —El que tú quieras, madre, tú me diste la vida y te debo tanto. —Entonces, por ese amor que me tienes como hijo, por favor no te divorcies. —Pero, madre… —Si te divorcias, solo te quedarás con la mitad de lo que tu padre dejó, y eso no es justo. Y tampoco es justo que quieras renunciar a todo solamente para no verle la cara a esa mujer que nos hizo tanto daño. Lo que sí es correcto y justo es que sea ella quien pague las consecuencias. Al estar casado con ella, no solo tienes derecho a la mitad que te corresponde, sino también a lo que a ella le pertenece, y si ella está en contra, pues tendrá que pagarte una gran cantidad de dinero; es lo mínimo por todo el daño que hizo a nuestra familia. Ciertamente, mi madre tenía razón. Siendo esposo de Hazel, también tendría poder sobre los bienes que le corresponden a ella; además, ella merecía pagar caro el dolor que había causado en mi madre al meterse con mi padre. Es solo pensarlo: aprieto mis puños y siento cómo mi sangre quema mis venas. Ella merece pagar. —Está bien, mamá —contesto después de pensarlo—, seguiré casado con ella, pero te juro que va a odiar tanto este matrimonio como yo ya lo hago. … POV Hazel Al día siguiente, luciendo uno de mis mejores vestidos, de los cuales yo misma había diseñado, me encontraba ya en las instalaciones de Essenza. Al parecer, ninguno de los que estaba ahí sabía exactamente quién era. Tal vez alguna inversionista, alguna clienta; podían pensar lo que quisieran, pero ninguno estaba cerca de saber que yo era ahora dueña y señora de todo esto. —¿Es la oficina del director? —pregunto cuando llego a recepción de la oficina en el último piso. —Así es. ¿Tiene alguna cita? —me pregunta. —No, no tengo ninguna cita, pero necesito las llaves para ingresar. —Oh, lo siento, señora, pero no puedo permitir eso. El director aún no ha llegado. —La tienes frente a ti —le respondo, a lo que la recepcionista me mira incrédula—. Soy heredera del antiguo dueño, el señor Becket, y desde hoy vengo a cambiar la administración de Essenza. —Su rostro se me hace familiar ¿Usted es la viuda del señor Becket? —No solo es eso, muchacha —una voz interviene acercándose hasta nosotras—, es la heredera total. Se podría decir que tu jefa. Es ahí cuando observo su rostro y lo reconozco como el novio de la hermana de Belzer. —Nos vemos de nuevo, señorita Hazel… —me sonríe. —¿Trabajas aquí? —le pregunto. —Algo parecido. En realidad, trabajo para el inversionista de Essenza, represento al señor Rómulo Romanelli. —¡¿Romanelli?! —exclamo impresionada. —¿Lo conoce? —me pregunta. —Por supuesto. Bueno, solo de nombre, pero sé perfectamente que está entre las cinco personas más poderosas de este país. —Sí, es verdad, el señor Romanelli es muy poderoso —sonríe—. Y entonces mira a la recepcionista una vez más—. Bueno, ¿y qué estás esperando? No le hagas esperar a la dueña. —Señor Froy —dice la recepcionista—. Oh, yo no lo sabía. Ahora mismo le entrego las llaves. Sin dudarlo, la joven empleada me entrega las llaves de la oficina. —Muchas gracias —le respondo, y entonces me doy media vuelta para dirigirme a la que ahora sería mi oficina. Al ingresar, camino observando detalle a detalle el ambiente, cuando de repente observo el gafete que está en el escritorio: “Belzer Becket”. Frunzo el ceño. —Creo que quedará muy bien cuando su nombre se encuentre aquí —me dice Froy, quien aparece de manera inesperada detrás de mí. Entonces volteo a mirarlo. —Agradezco su cumplido, señor Froy, pero le pediré que cuando quiera ingresar a mi oficina toque la puerta. Me desagradan las personas que invaden mi espacio personal. —Oh, perfecto. Es bueno saberlo. Pero supongo que no le molestará que le haga un sutil comentario. —Adelante, puede decir lo que desee; opinar es propio de la libertad del ser humano. —Pues entonces déjeme decirle que se ve usted muy hermosa. Muy pocas veces se puede ver a una mujer tan elegante y a la vez tan hermosa como usted. Tiene unos ojos grises que recuerdan a la luna. —¡¿Se puede saber cómo te atreves a ingresar a mi oficina?! —de repente una voz que reconozco muy bien interrumpe. Ambos observamos hacia la puerta y ahí, bajo el umbral, se encuentra parado Belzer, quien con el ceño fruncido me reclama por estar ahí. —Buenos días —digo primero—, parece que alguien se olvidó de sus modales. Entonces él se acerca a grandes pasos. —¿Quieres dejarte de tonterías y responder a mi pregunta? ¿Qué demonios haces aquí y cómo te atreves a ingresar sin mi permiso? —Bueno, imagino que tienen que… ponerse de acuerdo. Yo regreso en otro momento. Espero poder volver a conversar con usted, señorita Hazel —hace una ligera inclinación y se retira. —Ya se fue ese idiota —comenta Belzer—. Ahora sí vas a decirme qué haces aquí. Su mirada me fulmina. —¿De verdad me estás preguntando o solo es algo retórico? —No trates de hacerme ver como estúpido, Hazel. ¡¿Qué carajos haces aquí?! Entonces, llevándome las manos a las caderas, lo miro fijamente. —¿Acaso no es obvio? Vengo a reclamar lo que es mío. —¿Te atreves a decir algo así? —¡Me atrevo! ¿Y sabes algo más? Ya lo pensé mejor y no solicitaré el divorcio. No voy a recompensarte por una artimaña que sé que tú hiciste. —¿Qué? ¿Crees que yo organicé todo esto para casarme contigo? —No me explico otra cosa, ya que tanto el matrimonio como el divorcio te benefician a ti, pero definitivamente divorciarme me perjudicaría aún más. —¿Tanto te crees superior que ahora piensas que yo arruinaría mi vida para estar casado contigo? —Pues como haya sido, no seré yo quien solicite el divorcio —le respondo. —Yo tampoco —me contesta. —Pues entonces tendremos que tolerar este infeliz matrimonio. … POV Froy La puerta se cerró luego de que yo saliera. Seguramente ahora estaban discutiendo; era evidente que no se toleraban. Belzer tenía un carácter insufrible, pero esa mujer… esa mujer tenía garras. —Y vaya que garras —susurré para mí, frotando la venda de mi antebrazo—. No cabe duda de que es ella, reconozco esa mirada. Estoy completamente seguro de que es la misma mujer que se nos escapó aquella noche del baile de máscaras. Nunca creí que la volvería a encontrar y tan cerca —me relamí los labios, casi saboreando lo que no pude hacer esa noche.
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