POV Belzer
Tras una noche en la que no había podido conciliar el sueño tras todos los sucesos del día anterior, salí directo al trabajo, pues era el único lugar donde mi mente siempre trabajaba en paz, sobre todo por el hecho de que, al estar lejos, necesitaba verificar que todo hubiera estado funcionando tal y como se me había notificado anteriormente.
Sin embargo, lo que encontré al llegar fue todo menos paz.
—¿Cómo dices? —cuestiono a la recepcionista, quien da un paso atrás. Puedo observar cómo tiembla ligeramente, dudando en si responder o no a mi pregunta.
—Que la directora ya está en su oficina.
¿Directora? ¿De qué diablos estás hablando? ¿Qué directora, si yo soy el director? ¡Yo soy quien mueve todo en Essenza!
Di un grito, golpeando con un puño sobre la superficie del escritorio y, sin agregar más, me giré sobre mis talones, dirigiéndome a mi oficina. Porque sí, esa era mi oficina, sin importar quién estuviera dentro.
Apenas empujé la puerta, entonces comprendí que mi paz se había convertido en un verdadero infierno.
Parada ahí, sin inmutarse e ignorándome como si yo no existiera, ella se encontraba en mi oficina. ¡En mi oficina! Y eso no era todo: muy cerca de ella se encontraba el imbécil de Froy. ¿Qué carajos hacían ellos dos encerrados? Me vi obligado a levantar la voz.
—¡¿Se puede saber qué haces aquí?!
El cobarde de Froy, como era de esperarse, se largó, pero en estos momentos era lo mejor; mi objetivo no era él, sino aquella que ahora venía a creerse dueña y señora de todo Essenza.
Volví a reclamarle la razón de su presencia aquí, esta vez con mayor exigencia, y su respuesta no pudo provocar mayor rabia en mí.
—Tal y como lo oíste —me responde ella—. Vine a reclamar todo lo que me pertenece. Y sí, no voy a exigir más el divorcio, especialmente cuando estoy completamente segura de que fuiste tú quien organizó todo eso.
—No —niego con la cabeza—, definitivamente en ti está todo mal. ¿En verdad crees que yo arruinaría mi vida atándome a ti? ¿Tan irresistible te crees como para que yo también caiga como el viejo infeliz?
—Di lo que quieras —me contesta ella, llevándose las manos a las caderas, lo cual provoca que mis ojos, sin querer, recorran la vestimenta que lleva puesta. Un vestido ceñido que dibujaba su silueta con evidentes cambios en los últimos años; su pecho era más pronunciado, sus caderas redondas y de largas piernas esbeltas. Era notable que ya no era esa muchacha que sonreía al mirar el atardecer—. Ya oíste la lectura del testamento. Tu padre me dejó como heredera absoluta y, como tal, me haré cargo de Essenza y de todas las propiedades, pese a quien le pese —me respondió, levantando el rostro con altivez.
Su gesto, la manera en que se paraba, incluso el maquillaje en tonos fríos que llevaba, todo en ella lucía ahora muy diferente. La mujer dulce, de mirada dócil, la que callaba cuando alguien levantaba la voz, no estaba más ahí. Pero claro… todo eso solo había sido una farsa y una máscara para atrapar a su víctima y luego deshacerse de él, tal y como una verdadera viuda negra lo haría.
—Esta es la verdadera tú, ¿verdad? —le respondo, dando un paso adelante, demostrándole que a mí no me intimidaba con su provocación—. Al fin te sacas la máscara y demuestras tus verdaderas intenciones. Este fue tu plan desde el inicio: apoderarte de todo, destruir a mi familia. Pero ¿sabes una cosa? No te voy a dejar el camino tan fácil, Hazel. Yo te voy a hacer la vida imposible; vas a suplicar para divorciarte de mí.
—¿Suplicarte yo? —me responde con burla—. ¿Por qué debería suplicarle a un ser tan patético como tú? Dime, ¿aún sigues bajo las faldas de tu madre?
—No te atrevas a hablar de mi madre —mi voz se vuelve más fría—. Ella no es digna de ser pronunciada por una boca tan sucia como la tuya.
—Oh, vaya… ¿Entonces aún no lo sabes? —levanta una ceja.
—¿Saber qué? Más te vale que cuides muy bien lo que dices de mi madre. Ella es una mujer con la moral intachable, todo lo contrario a ti, que no dudaste en meterte con un hombre que te triplicaba la edad. Pero claro, ¿qué moral podría tener alguien acostumbrada a robar maridos?
—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves? —me mira con incredulidad.
—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no sé que uno de tus amantes te sacó de la cárcel? Anda… habla, ¿con cuántos más te acostaste?
¡Plaf! Una bofetada provocó que mi rostro girara.
—Eres un imbécil, Belzer. De acuerdo, no seré yo entonces quien diga nada. Dejaré que tú mismo abras los ojos algún día. Muchas veces intenté explicarte, incluso desde la cárcel. Pero ¿sabes qué? Si quieres que sea la villana de esto, pues entonces lo seré. Ódiame, maldíceme, deséame hasta la muerte, ¡pero yo me quedo! —dijo fuertemente—. ¡Ahora vete de mi oficina!
La intensidad de sus ojos, sus labios carmesí, la firmeza en su voz… Cuánto la odio.
Apretando los labios, salí de la oficina, dejándola por ahora con su falsa victoria. Ya conseguiría la manera de sacarla de ahí y le haría arrepentirse de alguna vez haberse metido con la familia Becket.
Me toqué la mejilla, sintiendo el ardor en mi piel.
—La odio… la odio… cuánto la odio.
——————
POV Hazel
Después de que él se fuera, me dejé caer en el asiento, llevándome una mano a la cabeza.
No sé cómo demonios un día amé a ese hombre; no había duda de que era un verdadero imbécil.
De repente, escucho que alguien golpea en la puerta de la oficina.
—¿Hola?
—¡Te dije que te fueras de mi oficina! —levanté la voz con tanta fuerza que no me había percatado de que la persona que había ingresado era en realidad, Patrick.
—Oh, cariño, ¿pero qué te hice?
—Oh… eres tú, Patrick —suspiro—. Lo siento, pensé que eras… —no dije su nombre, pues la verdad ni valía la pena—. Lo siento, por favor discúlpame.
—Y yo que venía a traerte tu desayuno —dijo él, mostrándome una bolsa de papel.
—Oh, Patrick —sonreí—, siempre tan atento. Realmente eres mi ángel.
—Ay, cariño, si me hablas de esa manera me derrites. Está bien, te perdono —suelta una ligera carcajada y se acerca, colocando la bolsa en el escritorio—. Mira, te traje algo de jugo, un poco de frutas y este sándwich que realmente me estaba provocando desde que lo vi en la tienda —decía mientras sacaba cada cosa en mi escritorio—. Pero antes de que devores todo esto, primero dime qué te hicieron para que reaccionaras de esa manera, porque tú no eres muy fácil de enojarte. Definitivamente algo te dijeron. Es más, estoy completamente seguro de que tu pulso ya debe estar acelerado —él me toma la mano y efectivamente comprueba que mi pulso está mucho más rápido que de costumbre.
—A ti no puedo engañarte.
—Cuando venía aquí me encontré con un guapote. ¿No me digas que te hizo algo? Porque ahorita mismo lo alcanzo y le demuestro que, aunque afeminado, tengo fuerza de hombre.
—Ay, Patrick —jajajajá —río—. Pues yo te recomendaría que no lo hagas, a no ser que quieras una fuerte demanda.
—¿Demanda? ¿Es alguien importante?
—Es Belzer Becket.
—¿¡Becket!? ¿El guapote es el cucaracho?
—Mejor olvídalo, no tiene caso. Solo vino a decir una serie de estupideces.
—Honestamente, es un idiota. Si supiera que tu sacrificio le ha permitido llevar esa vida tan envidiable…
—Patrick…
—Es que no se me hace justo… Si tú no te hubieras casado con su padre, la vieja bruja de su madre se hubiera fugado con todo el dinero de su familia.