Capítulo 3 (no editado)

2851 Words
El grupo estaba hablando con el piloto que tenía una cara de susto que le envejeció el rostro, la azafata que escuchaba las palabras conciliadoras del sacerdote parecía formar un charco diminuto de orina, doblando las piernas. El hombre calvo cerró la compuerta. Flores con los labios temblorosos apretó entre sus dedos la postal. El hombre delgado la vió de soslayo e hizo un amago de sonrisa. —Flores, siéntate —dijo Ranno viendo el estado de quietud repentino de Flores. El hombre delgado tomó el intercomunicador. Uno de los sacerdotes se dirigió al final para controlar a las demás azafatas. —Torre 1 saluda a los tripulantes del vuelo 747 con destino al abismo —dijo extrayendo la pistola de la chaqueta con la mano izquierda. Flores reflejó en su mirada el cañón largo, un silenciador—. Hoy es un día de gloria para todos los celistianos... —¡Ustedes son rebeldes! —gritó Flores desatando el pánico. El hombre de barba negra que escuchó la acusación antes de entrar a la cabina de pilotaje. Tomó la pistola de la chaqueta y en un breve suspiro mortífero, la bala hueca atravesó en un salpicar de sangre el hombro derecho de Flores. —Torre 2 al medio, torre 3 controla los pilotos... —¡Flores! —exclamó Ranno buscando socorrer a su esposa que apegaba la vida a la postal de su hija. —Lakai —gimió Flores, luchando para no desfallecer en el sangrado, moviendo la cabeza de lado a lado, intentado suprimir el dolor que inundaba cada rincón de su cuerpo. Torre 1 identificado como el hombre delgado de aspecto inútil. Se acercó pateando a Ranno a un lado del asiento. Apuntó... Cantaron en la batalla tenor las plegarias de los sacerdotes. Gloria al abismo, surge el muerto, alma perdida llora la pérdida... Disparó... Paz a los caídos, bendice en sacrificios la tertulia de las maravillas y pudre los orificios... Tres disparos al corazón y uno a la cabeza dejaron sin vida a Flores quién dió el último aliento en una perezosa agitada. Ranno que presenció la escena a centímetros de distancia, llevó sus manos al rostro para llorar lo que pudo haber evitado. La imágen de su Garza nunca había estado tan lejos. Torre 1 no soporta el sufrimiento ajeno como sus compañeros. Él no ese tipo de persona, prefiere acabar con las penas de terceros a soportar el victimario. En la pierna, oculto en el enganche de una cinta negra, extrae el cuchillo de combate. Con la mano tomó de los cabellos a Ranno y hundió el filo entero en la garganta. La sangre brotaba como una fuente. Torre 1 cerró los ojos para no ver el episodio de agonía. Ranno llevó las manos al mango antes de sacudirse como si una corriente eléctrica moviera el cuerpo, poniendo los ojos en blanco, ahogándose con su propio líquido, la vida que habitaba en él, desapareció. —No quiero Héroes —dijo Torre 1 al escuchar un murmullo. Extendió los párpados y apuntó al emisor. Disparó certero al cráneo de un joven que parecía ser estudiante. Cayó el teléfono en el suelo que marcaba el número de emergencia. Del hueco que dejó la bala al costado escurría la masa encefálica, inclinado el cuerpo en un estado de procesión eterno. Los sacerdotes continuaban rezando. Los pasajeros, llorando. 9 minutos... *** —Señor Larossi —dijo la voz dulce de la mamá de Kaiza. —Señora Ameli —dijo el viejo Larossi. Frente a la ventana de la sala de reuniones. El anciano que había ofrecido una oportunidad a la familia de Lakai, fumaba un cigarro importado. La señora Ameli de senos promedio, falda negra hasta los tobillos, suéter rojo, cabello recogido y lentes cuadrados, era el retrato de la secretaria perfecta. —Pensaba que tenías el día libre —dijo el anciano. —Debo adelantar algunos informes que la incompetencia no atiende —dijo Ameli dejando un lote de folios en la mesa, exhausta. —Deberías abandonar el edificio —dijo el anciano levantándose, apagando el cigarro en el cenicero. El saco fino, corbata negra, piel agria, rústica como la textura de un tronco. Aparentaba unos sesenta años. El reloj de pared marca las 11:56 AM. —¿El personal tiene el día libre hoy? —preguntó Ameli. El anciano rio por brevedad, se dirigió a Ameli y acomodó el cuello del suéter con las manos tal cual una muñeca para él. —Hay preguntas absurdas, hágame caso, yo me encargo de los papeles —dijo el anciano con cordialidad. —Usted me paga para... —Obedecer el patrón y recuerdo que el patrón soy yo —interrumpió—. Mañana recibirá una remuneración por su esfuerzo, disfrute el día con su hija. —Pero... —No hay peros, por favor Ameli. La mirada de infelicidad en el rostro del señor Larossi clamaba soledad en el destello de un mal presagio. —Bien, disculpe señor Larossi —dijo Ameli dando la espalda para retirarse. Marcó el botón de llamado al ascensor. El reloj marca 11:58 AM. Nunca había visto la instalación de la empresa tan desolada, parecía que alguien hubiese muerto. Se abrió las puertas de acero, entró en el cubículo y presionó el botón de planta baja. El sonido del extractor le pareció distante, algo no andaba bien. No era claustrofobia, parecía que un sexto sentido le alertara de un peligro inminente. Respiró las veces que pudo para no hiperventilar, tratando de calmar el impulso de salir corriendo. Amén de los espíritus benévolos, se abrió la puerta al lobby en un tintineo propio del ascensor. En la recepción convexa. Un hombre de mediana edad uniformado como un sirviente hotelero llamó a Ameli. —Señora Ameli, hay un sobre para usted —dijo con una sonrisa de quién cumple una promesa. —Gracias Martínez —dijo Ameli acercándose para recibir el sobre. El reloj de la recepción marca las 12 PM *** Operación Clemencia, atentado terrorista en el Sector 25-H, año 712 de la Nueva Lerquetion>> El avión hizo un esfuerzo por despegar lo más rápido posible. Torre 3 cortó la mano del copiloto para presionar al piloto, un veterano en la aviación dócil e incapacitado para un secuestro aéreo. —Torre de control, llamado urgente... —Aquí Torre 3 —dijo tomando el radio. La alarma contra bombarderos, un sonido fantasmal que aterró a Torre 3 quién creía nunca conocer la palabra miedo pero si el sentimiento. —¡Se acercan, despeguen! —gritó la voz  ambientando desesperación. —¡Maldición! —pegó la punta del cañón en la frente del copiloto—. ¡Mueve la maldita nave! —Eso intento —dijo el piloto. Torre 3 humedeció los labios varias veces. La adrenalina carcomía en hipersensibilidad al sonido hipnótico del llamado a la muerte. Escuchó el primer disparo de un francotirador en la lejanía. Los cuervos en banda volaron al eco perderse en la ola de disparos que comenzaría a dar lugar en el terminal de pasajeros. El avión en retroceso había llegado a la pista de aterrizaje. El piloto con maestría hacía gala de sus dotes en la experiencia aeronáutica tratando de arrancar lo más rápido posible y vislumbrar una salida. El mediodía jamás le pareció tan largo y cansino. Pretendía almorzar en escombros a ir un buffet de una operación del que nadie saldría con vida. *** Liquidia ama el traje n***o de látex que ofrece mayor movilidad. Disparó el melifluo recital del fusil automático de bala calibre 50. Calculó la distancia, saboreó el viento y el movimiento del objetivo. Estalló la cabeza del rebelde en la entrada del terminal de pasajeros. —Plaga menos, mayor infección —dijo disparando al segundo objetivo. Sus cabellos negros y largos hasta las caderas prominentes, piel blanca, labios pintados de rojo para la ocasión. En el cinturón un revólver ajustado con el percutor tenso con la mira al suelo, en el lado derecho exhibe el cuchillo de combate de plata que le regaló su amado durante el primer aniversario de bodas. La policía civil (uniformes celeste) y la seguridad del gobierno (uniformes grises) se enfrentan en la calle infestada de taxis y camionetas contra el grupo terrorista Los Rebeldes. Una bala rozó el borde del la ventana del edificio abandonado causando una nube de polvo. Antes de cubrirse sin santificar el nombre de su rival, sonrió. Limpió los lentes de sol y se arrimó un poco a la izquierda. Una bala perforó el lugar dónde estaba. —Mira térmica —afirmó Liquidia riendo. La había visto antes de desaparecer. Hizo un conteo volviéndose a cambiar de posición. Otro agujero. Tenía el compás marcado y así firmó la sentencia del villano. En un movimiento letal y ágil como si el arma fuera de juguete, inválida en apuntar disparó a la suerte de la causalidad en una sorna a la irreverencia lógica. La operadora rebelde que había atendido el check-in, cayó con un agujero que la dejaría sin estómago. —Perra —dijo Liquidia disfrutando la pieza auditiva del disparo. *** Lakai comía en el patio del colegio escuchando la música de la radio. Deformó los dos huevos y la curva de salsa de tómate que formaba una carita feliz en la tostada de la tía Gracel con un mordisco. Procuraba no manchar el uniforme (un suéter azúl marino con el emblema de la institución y falda negra de cuadros blancos) ya que era un desastre con la salsa. La radio escolar emitía su típica sintonía con las noticias de la institución. Una corriente de aire frío hizo temblar un poco a Lakai, sentada en el banco de piedra. Los alumnos jugaban y no reparan en la existencia de ella. Nadie quería hablar con la chica rara de los sueños imposibles. Una pelota de baloncesto como proyectil rebotó en su cabeza. Los chicos rieron a carcajadas señalando su pobre semblante, sosa y somnolienta. La tostada estaba en la tierra, su único almuerzo que cumplía el papel de desayuno. Uno de ellos se acercó, tenía el cabello atrás y una frente que podrías construir una casa en ella. Antes de tomar el balón y ver la cabeza gacha de Lakai, pisoteó la tostada, escupió y se alejó. Ella lentamente giró el rostro como un pajarito asustado. Jamás olvidaría aquellas caras burlonas. En el resentimiento profundo, trató de apagar la llama del rencor. Iba a guardar el envase plástico de la tostada y el termo con zumo de naranja, hasta que la señal de radio en la corneta del tubo central del patio, anunció noticias de último minuto. —Un asalto al aeropuerto internacional del sector 25-H perpetrado por el grupo extremista Los rebeldes se encuentra en proceso de cobertura. >>La zona de guerra protagoniza un escenario en que las fuerzas de la máxima honra y eminencia de Celis, la presidenta Ronia II de Mesti, protegen al pueblo en el insólito deber de diezmar en bajas incontables al ejército rebelde. >>El aviso del acontecimiento ocurrió en horas de la mañana cuando el vecino de la intendencia directiva del aeropuerto llamó a la policía civil para informar un supuesto secuestro al ciudadano Vanno Bonavida, jefe intendente de la directiva del aeropuerto. >>Luego de las pesquisas y captura de los rebeldes dirigido por la azalanderin Liquidia, los sujetos revelaron el plan macabro de un atentado contra una de las torres de la propiedad Larossi. >>Seguimos en sintonía para continuar el resumen del encuentro campal contra el terrorismo, ¡Larga vida a Ronia II! Congregados los estudiantes analizando la voz femenina y el contexto de la situación en el Sector 25-H, pareció no importar del todo para seguir con la cotidianidad. Sin embargo, Lakai sumida en palabras internas de preocupación, intuía por oído que la sinfonía acabaría mal. El timbre la despertó para iniciar la jornada fatídica de la tarde. Guardó en la lonchera violeta con imágenes de Trishna sus pertenencias, respiró hondo y vió una hoja seca de un árbol muerto que batía sus ramas inertes, produciendo un sonido quebrado. —Espero estén bien —susurró Lakai. El cielo nunca había estado tan despejado, parecía uno de esos días estériles del montón en el que solo te levantas y repites el proceso de tu vida como un robot condenado a un mismo código. Había quedado sola en el patio, caminó hasta la entrada del mausoleo de los horrores, una estructura gris de cuatro pisos, pasillos anchos y aulas marcadas por las balas de algún arma que en su día sirvió al país. Quiso olvidar la noticia, pensar en que sus padres estaban bien y en la noche volvería a escuchar sus voces. Ella quería escucharlos una vez más. Ella quería bailar para ellos una vez más. *** Aburrida de jugar con el tigre de peluche, se dirigió hasta la entrada del edifico. Un comportamiento inusual de los ciudadanos pareció ignorarlo y seguir la caminata. Ellos se detenían cubriendo con la mano el sol, haciendo sombra para identificar en pleno vuelo sagrado un avión comercial de la empresa Avianza. Kaiza siguió caminando y antes de cruzar la calle, los conductores se bajaron del auto para correr. Los gritos de terror, despavoridas las almas en una carrera a la salvación, nadie previó el suceso que aquel día cambiaría la historia en Celis. Salió del vestíbulo Ameli, su rostro preocupado no le importó quitarse el tacón para correr y salvar a Kaiza. —Tengo miedo, mami —murmuró Kaiza quien estaba ajena al inconsciente colectivo tratando de salvarse. —¡Kaiza! —gritó Ameli. Sus brazos llegaron a tiempo. El avión del vuelo 747 a una velocidad que nadie podía creer ser testigo, impactó contra el edificio en una explosión que haría temblar la tierra. Ameli cargó en sus brazos a Kaiza quién lloraba y gritaba, aceptando el ser suplicante de vida en su interior. La estructura en llamas del piso trece brotó en una serie de estallidos en la tubería de gas. Cada piso a los segundos fue una magnificencia de la destrucción. Corrió mientras los pedazos mortales de la lluvia de vidrio, piezas de avión y escombros, causaban estragos en la firmeza del suelo. La burbuja no era segura. Kaiza vió que el rostro de su madre sangraba a un lado de su cabello, esta no se detuvo, aferró con tantas fuerzas a Kaiza, lamentó cada día perdido, lamentó los doce años perdidos. El edificio comenzó a tambalear, era una marioneta del viento. En un soplo de gárgola, el edificio cedió a la merced de los desdichados. Indescriptible el sonido que produjo una conmoción masiva que rodearía las calles de laberinto en una nube de humo asfixiante. Ameli se lanzó al suelo y cubrió a Kaiza. —Mamá —pensó al verla, sus ojos ardían de tanto llorar. El pedazo vidrio templado había perforado parte de su cráneo en el hemisferio derecho. En la espalda, piedras veloces intentaron en vano derribar a la guerrera que defendía a su hija de los errores de una guerra ideológica. Intentó mantenerse como pudo. El perdón de Kaiza, su pintura, su hija, trataba de reunir donde no le quedaba energía, esparciendo la bruma negra en la visión. La sangre seguía chorreando. —Kaiza, corre —dijo Ameli antes del desmayo. —¡Ayuda! Kaiza pedía ayuda a gritos en la niebla espesa de humo. Los carros en detonaciones indicaban que el mundo era el apocalipsis y la vida el infierno. —¡AYUDA! Todos seguían corriendo y nadie vió la niña que tenía a su madre en brazos. Una madre desangrándose mientras el tiempo ilusorio mantenía a penas viva la llama de la vitalidad. —¡ALGUIEN QUE NOS AYUDE! Kaiza centró la vista en los miles de fragmentos de vidrio que estaban enterrados en el cuerpo de Ameli. Intentó remover el pedazo de vidrio que reboza en un intenso pigmento carmesí. Ella detuvo la mano de su hija, temblando, apenas podía hablar, la hemorragia cerebral había comenzado. —Kai...Kaiza —articuló entre titubeos débiles y frágiles. Kaiza asintió sollozando, llevando la mano de su madre en la mejilla. —Perdo...name. —Te perdono —dijo Kaiza, llorando en una lluvia incontrolable—. No volvamos a separarnos. —Na...Nadie...Nos... —hizo un esfuerzo, lo siguió intentando hasta que la voluntad por el amor a su hija, pudo decirlo—. Separará. Respiró por última vez. Kaiza hundió en agonía su corazón. Lloró y lloró, nadie importó ayudarlas, el mundo la había dejado sola una vez más. Las ambulancias, sirenas salvadoras, angeles de la misericordia, batas blancas cedidos a químicos de la ciencia, a poca fé del creyente, al ritmo de las bondades, los bomberos llegaron. La nube de polvo seguía. El resplandor naranja detallaba en las lágrimas de Kaiza un reflejo del fuego extintor que abrazó su realidad, devorando en el apetito demoledor y voraz, la relevancia de la vida al arrebatar lo que dios regaló. El llanto ofuscado de Kaiza reveló la verdad de la burbuja. La burbuja en la que vivimos nunca nos protegerá de la realidad.
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