La vista de pergamino expande el llamado a la observación estelar en un juego cromático anaranjado y violáceo, plasmando en óleo las horas del ocaso.
El colegio o tugurio, buenaventura de la encefalitis del piafar polifónico de los estudiantes al atravesar la verja metálica de celdas góticas en conversaciones convencionales.
Lakai salía armada de soledad al pisar la calle agrietada.
Alzados los apartamentos lúgubres en un escarmiento al deterioro, formando callejones estrechos para los vagabundos.
Por suerte no era un sector del todo peligroso, pero ansiaba la compañía de alguien en caso de una premonitoria advertencia a la inseguridad.
Danny, su mejor amigo cuando la rechazaba una mundana cualquiera, la acompaña como última opción.
Ella sentía que era la última opción del sabueso a experimentar, pero no le importa, podía sentirse amada en pocos segundos en un embotellamiento de hormonas florecidas a sus doce años.
El chico ojos azules y cabello corto disciplinario del plantel educativo, se acercó a Lakai al despedirse del grupo que hablaba a tientas de la bicha rara que estaba bajo el manto de la luz de un poste.
—No sabes cuánto hablan de ti —dijo Danny metiendo las manos en el bolsillo.
—¿Me debería de importar? —dijo Lakai.
—¿Deseas mi compañía?
Lakai hizo una sonrisa pícara.
—Quisiera —contestó.
Caminaron juntos bajando una calle. A la izquierda transcurría la vida de los inquilinos del sector y a la derecha una obra de arte del romanticismo extraído de las entrañas de un maquiavélico. Los valles se pudren en un vasto prado seco en la lejanía. Las nubes contaminadas producto de las industrias hechas mancha en la distancia, deshacen en un despecho icónico la belleza de un atardecer, cubierto por la niebla tóxica que desprende el llamado Sector 20-Q.
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De la basura que el gobierno había dejado a la suerte y unión de la comunidad, comían los perros moribundos llenos de sarna, exhibiendo las costillas en una musculatura inherente.
Como el hombre es un animal con modales, hay seres primitivos pobladores de la vejez y la adultez, alimentándose de las sobras compartidas con sus fieles compañeros caninos.
La primera estrella apareció. Intensa es la claridad de los postes que alumbran la cera en la que caminan.
Siguieron doblando por una esquina y luego se adentraron a un callejón.
Estaban en silencio hasta que hicieron un concierto con el mismo.
Danny la tomó con fuerza del brazo, Lakai se dejó llevar como un procedimiento común. Empujó su cuerpo a la pared, ocultándose ambos en la oscuridad estrecha de ambos colosos habitacionales. El hedor del contenedor que parecía contener un humano en descomposición no les importó.
El beso de Danny en un beso suave hizo que cerrara los ojos y olvidara el entorno. Cedía en un movimiento pasional, rodeando el cuello del chico mientras sus lenguas comenzaban a compartir un baile que la saliva viscosa humedecía. Las manos de Danny fueron acariciando su espalda hasta que el chico introduciendo a profundidad la lengua en su presa, escapó el tacto a la piel de Lakai.
Sintió un ardor en el estómago poco común en ella. La humedad en la cavidad de Venus producía un escozor. Sus pechos levantados puso en orden las carencias afectivas.
Nunca había llegado a sentir algo por Danny en los momentos efímeros de placer, pero ese día Lakai quería sentir algo más que el frío de la soledad.
El calor la delató. Los labios de Danny devorando su nuca como una golosina. Ella también escurrió las manos debajo de la camisa, sintiendo el lánguido cuerpo de Danny.
Las manos en un recorrido oscilante al sonar monótono de los besos, buscaban atravesar los muslos de Lakai para satisfacer en dicho arrebato s****l a la inocencia sumisa.
Hizo un leve gemido y no forcejeó. La mano estaba en la profundidad húmeda de Lakai. El tacto suave de sus dedos en el clítoris trazando una circunferencia a la velocidad que gustaba masturbarse, causaba que sus fluidos de manantial candente surgieran en el suspiro de Príapo.
Dejó de besar a Danny, quería escapar el gemir, dejarse llevar, apoyando su mentón en el hombro de él, continuó la faena de lubricación al terreno.
Perdió la noción del tiempo y solo era él y ella en la parsimonia del atajo que ofrecía afrodita en cada retorcer de sus piernas, rindiendo culto al placer juvenil.
Aceleró el movimiento, tosco, brusco, apretando el mentón, Lakai quería más, su v****a pedía a gritos la entrada del falo magnánimo en su aposento.
El dedo del corazón tentado de buscar el orificio perforó la serenidad de ella. Un vapor guiado del instinto natural hizo que perdiera la consciencia a obra del inconsciente, los ojos en blanco con la lengua fuera, agitada en la fricción que el tacto delicado de Danny producía en ella. Lakai sumergida en una marea de lujuria a lazos emocionales, huía de la persecución aplastante de sus sueños quemados en público.
Uno de los habitantes del piso tres que resulta ser una anciana devota a las creencias de una religión carente de la misma, vacío un balde de agua fría directo a la pareja.
La algarabía de Lakai había llegado a oídos de la señora, molestando la lectura del sagrado testamento manipulado cien veces y quién sabe cuantas más. El agua cayó como una roca afilada penetrando cada poro de la piel de Lakai adquiriendo una tonalidad de fallecer.
—¡Esto no es un burdel, por Dubinis! —espetó la anciana agitando una escoba.
Danny que también estaba mojado miró por un momento a Lakai, sus dedos estaban a fuera y en una señal de reir, una sonrisa floreció en el rostro de ambos.
No entendía muy bien la situación que en su interior pasaba. Una mezcla de tristeza y emoción acompañado del tiritar nocturno, esboza los sentimientos de Lakai a despertarse su interés en enamorarse de un chico por vez primera.
—Te acompaño a casa —dijo Danny.
Lakai sonrió, aceptó tomando la mano de Danny. Salieron del callejón para emprender rumbo al apartamento de la tía Gracel.
***
Contempla un rostro feliz de una publicidad de café. Nadando en la amargura del tenue bombillo blanco de la cafetería del hospital Mialoussi.
Kaiza en un rincón, esperaba la llegada de su padre al Sector 25-H.
—Kaiza, ¿Están bien?
Cerró los ojos para evitar recordar el rostro de su madre.
—Madre está bien, espera en el hospital, por favor ven a buscarme.
Había mentido a su padre. El reporte del médico de turno había dado la noticia del fallecimiento de la señora Ameli.
El sobre con la carta de recomendación para trabajar en la mansión Larossi estaba frente a ella, ocupando un lugar donde debería estar sentada Ameli.
—Encontramos esto en el pantalón —había dicho el médico.
Un camarero de semblante alegre, se acercó a la mesa de Kaiza con el menú en mano.
—Buenas noches, señorita —dijo con el tono más sincero al pésame que desborda en el abismo de Kaiza.
Ella lo vió moviendo los ojos arriba.
—¿Puedo ofrecerte algo? —preguntó el camarero al ver que ella no estaba de ánimo.
—Café y compañía, por favor —dijo Kaiza reprimiendo las lágrimas.
—Serviré el café, regreso en un momento.
Kaiza escuchó las noticias ajenas a las demás mesas. La mayoría de los presentes estaban por el motivo unánime: El atentado.
La máquina reprodujo una melodía digna del aroma a cafeína. Como tinieblas a la sobriedad traslúcida, calentó el vapor provocando espuma en el café con leche.
La campana de la tienda avisó tres nuevos clientes. Una señora rubia con un sombrero n***o que cubría en un velo corto su rostro. El vestido confeccionado por un sastre en depresión, mostraba la solemnidad de las causas repentinas de la vida.
Kaiza solo tuvo ojos para la niña de cálculo a cuatro años que estaba obnubilada con el movimiento de los ventiladores.
La niña tiene los ojos turquesa, rostro pomposo, cabello rojo en un fleco liso que desciende hasta su pestaña. Era curioso el vestido blanco y el extraño parecido a una figura de renombre internacional: Ronia II de Mesti.
Ronia II tiene los párpados en un coser escabroso, aunque tenía el rostro desfigurado por los años, aún brillaba cierto vestigio de su extinta juventud.
Escrutó cada paso de la niña sin apartar la mirada. Nadie había fijado un detalle tan exhaustivo en una inspección minuciosa. Quería acercarse.
—Señorita —avisó el camarero con la bandeja y la taza de café con leche humeante.
—¿Ah? —dijo Kaiza sobresaltada.
Dejó el café junto a dos bolsas de azúcar.
—¡Amabalis! —anunció la mujer.
—Señorita, ¿Está usted bien? —preguntó el camarero viendo el estado de meditación de Kaiza.
Amabalis caminó detrás de la otra niña que tenía un alto parecido a la señora.
—Estoy bien, gracias —masculló de manera automática frunciendo el ceño en un complejo reflexionar.
La campana despertó sus sentidos a la salida de la niña. Juraba que si no fuera por los setecientos años de la presidencia, ella fuera una hija sin reclamar del jefe de estado.
Trató de borrar de su imaginación las sospechas conspiradoras.
—¿A cuenta de quién? —preguntó Kaiza.
—De la casa, es luto nacional —guiñó el ojo.
El camarero se fué, dejando una sonrisa de esperanza en Kaiza. Existen ángeles en el infierno.
Surtió la azúcar de los sobres, desapareciendo la forma artística de una rosa en la espuma. Movió la cucharita en círculos produciendo un agudo sonar al choque metálico con la porcelana.
—¡NOTICIA DE ÚLTIMO MINUTO!
La televisión a color ofreció un canal que interrumpió la novela inexistente en el interés de los espectadores. Con el control en mano, subió el volumen el camarero para que los no tan oyentes escuchen.
Un hombre que prometía ser el maniquí de una tienda de moda y sonrisa para patrocinar marcas de pasta dental, saludó a la audiencia antes de transmitir el comunicado.
—A horas del siniestro atentado que cambió la vida de los ciudadanos en el más profundo dolor y compadecer, el palacio real del Sector 41-Z ofrecerá declaraciones sujetas a la gran madre que protege nuestra nación, la máxima autoridad del gobierno, Ronia II de Mesti.
Kaiza disfrutaba de la sonata pegadiza del noticiero que no daba muestras de ser respetuoso con el dolor ajeno.
El hombre despareció en un corto que daría entrada a un balcón. La bandera de Celis ondeando en una caída perpendicular y dividida en dos. Parecían los demás morderse la lengua para no invadir en murmullos el silencio asoló cada pensamiento.
Abriéndose paso con el cuerpo. Un espeso monstruo de trapos caminó hasta el micrófono. Sus párpados unidos por un fino hilo n***o, marcas de roca rústica que desatan truenos permanentes en un quebrar palido. Labios arrugados, cabello blanco abundante. El conjunto abismal de la presencia de la figura bestial de aquella criatura que parió el averno, no respiraba.
—Ciudadanos y ciudadanas de Celis —voz animal, raspada, gutural y femenina—. No es sorpresa para la humanidad insolente que estamos viviendo en una era de anarquistas. Mi profundo pesar a las almas que Dubinis mantenga en su devoción y Marissa las bendiga a puertas del purgatorio.
Kaiza sintió esas palabras sin muestras de emoción alguna.
—El planeta es un producto fecal de las decadencias reflejadas en décadas a generaciones milenarias que recorren sin pena ni orgullo nuestras tierras.
>>A menester de comprender la materia de los actos perpetrados a la sociedad noble del Sector 25-H que, es bien de saber que los rebeldes no cesan en el intento de derrocar un materno vientre que protege a sus hijos de la maldad de unos bárbaros sedientos de sangre.
>>Como jefe de estado y madre de un país, reflexiono en el odio que crecerá en los huérfanos que habrá dejado el atentado del vuelo 747 contra la torre de la zona económica, propiedad del señor Pascal Larossi. Mi profundo compadecer a la familia Larossi que ha contribuido al avance tecnológico y económico de nuestra nación.
>>Dicha las palabras de introducción, entro al centro del asunto. He firmado un proyecto en cooperación con el sector 20-Q para alojar a los huérfanos en dicho lugar.
Todos abuchearon las palabras de la presidenta. Todos menos Kaiza sabían la atrocidad del proyecto.
>>El futuro de nuestra nación será forjado en un reclutamiento obligatorio en pro de evolucionar la seguridad nacional contra el terrorismo, y expandir nuestros dominios en la guerra que mantenemos durante siete siglos inagotables de sangre contra los ineptos de Calvior y Bianca, dos creídas potencias.
Kaiza dió un sorbo al café, ignorando la sonrisa torva de Ronia II.
—El reclutamiento comenzará al partir del alba. La policía civil y las fuerzas de seguridad del gobierno del cuerpo de Azalander piden la más amable contribución a los tutores y parientes cercanos.
>>En caso de oposición están obligados a ejecutar al pariente o tutor legal por traicionar a la patria en su deber de proteger al pueblo.
Ronia II sonreía a la cámara extendiendo el momento de placer sádico que inspira su mandato.
Kaiza deseó correr a buscar a su padre, ocultarse en una cueva o cambiarse de nombre. Huir del país era una mejor opción con la piel de gallina a una bala en los sesos.
—Buenas noches, ingratos —culminó la dictadora.
Dejó el café a medio terminar. Se levantó corriendo hasta la calle de entrada al hospital para esperar el carro de su padre y huir lejos del alcance del gobierno.
Ella no conocía el Sector 20-Q, tampoco era necesario oír lo que hacían allí. Simplemente quería ver vivo a su padre y que nada en el mundo arrebatara la vida de su guardián.
Follaje juguetón auguraba en los abedules a prisas de la corriente árida una sensación próxima a la desesperación.
Lloró para librar la carga emocional, abrazando el peluche del tigre. En su bolsillo permanecía el felino de madera que su madre había comprado para ella.
Quiso olvidar, pero nada lo haría, nada lo evitaría. Doce años deseando conocer a su creadora. Doce años en un día.
***
En la puerta del pasillo pende una bombilla que apenas ilumina las rocas negras.
Sentado, sudando a chorros, un hombre de chaqueta negra, guantes de cuero, rostro cuadrado y cabello corto puntiagudo. La barba a medio afeitar daba un aspecto gris a su tonalidad quemada.
Escuchó la puerta de metal al fondo. Tragó saliva comprimiendo las ganas de husmear la dirección del sonido.
Pasos lentos, apagados por el goteo constante de una tubería alimentada por el óxido.
—Arcos.
La voz de Ronia II hizo un eco cacofónico. Arcos cerró los ojos, apenas podía sostener el borde del banco.
—¿Puedes explicar el motivo del fracaso?
Repta arrastrando la sangre de la cera, cayendo del oído, el tímpano sufría daño.
Presencia madura de las hazañas del mendigo, atadura de la dentadura de las fauces del estómago devorador, delineando en marcas sublimes, se formó un pozo petrolero del que emergió una forma burbujeante, ardiente en cólera mientras el indómito monstruoso aclaró una anciana de aspecto demoníaco, vislumbra en la eterna penumbra del bombillo. Traslúcido el azufre en humo que rasga el olfato.
—Mi señora..
—Explica el motivo del fracaso —repitió Ronia II.
La voz de Arcos es la voz del rey.
—Podemos callar a los periodistas...
—La paciencia tiene un límite, Arcos.
En el cuello de Arcos rozó el filo de un arma hecha de hielo.
—No lo ordené mi señora, ellos fueron a la casa del intendente —dijo Arcos en tono de súplica.
—Discreción ante todo, ¿Recuerdas? —dijo Ronia II chistando tres veces, negando.
—Sí, mi señora —asintió Arcos aún sin abrir los ojos.
—Callarás a los periodistas e irás al registro civil, necesito quemes todo documento relacionado con los jefes de familia de los huérfanos, si oponen resistencia tienes la autorización de asesinar a quién te dé la gana.
—Entendido, mi señora —dijo Arcos.
El silencio de un segundo agotó la paciencia. Ronia II asió la mano derecha de Arcos.
—¡Piedad! —rogó.
—Mírame cuando te hablo —dijo entre dientes.
Arcos abrió los ojos al aullar como un lobo herido. La escencia del azufre se unía al perfume de la carne chamuscada. El diablo en primera persona le causó náuseas.
—Quiero un informe detallado sobre el motivo del fracaso —aumentó la temperatura.
Arcos ya no sentía la mano.
—Entien...
—¿No puedes hablar?
Mostró la espada de hielo que había ocultado en sus ropajes comido por las ratas.
—¡Entendido! —suplicó Arcos.
Ronia II sonrió satisfecha.
—Corre como una rata —soltó Ronia II la mano de Arcos.
Latiendo el corazon a mil por hora, no detuvo la carrera que liberaría su alma de la araña que lo veía como una mosca.
La presidenta reía en una carcajada estridente haciendo temblar las paredes. Múltiples voces se unieron a un coro de frecuencias alteradas, desafinadas en un pentagrama acelerado de corcheas y fusas terribles al galopar de un jinete ofuscado en llamas.
Los ojos venosos de Arcos, faltando el aire en el pecho, estómago reducido, esófago en fogaje con el sabor del gusto al emesis encantador.
Buscó la palanca y libre de la muerte que saludaba en el espejo del ánima. Respiró profundo.