Capitulo 2

1807 Words
El conductor de Uber se sentó a esperar la salida de su pasajero de su Hondai Elantra 2017 mientras el hombre alto miraba por la ventana. Unos cuantos coches salpicaban el aparcamiento de la tienda que Carl Anderson había dejado a su hijo ilegítimo Jeffrey Anderson para que la gestionara. Estaba justo al lado de una pequeña tienda de la esquina que había sido una encantadora gasolinera cuando Jeff era más joven. Había caminado por esas calles y había tenido una infancia feliz antes del fallecimiento de su madre biológica. El barrio ahora era parte de los barrios marginales de la ciudad, pero Jeff estaba decidido a seguir sacando provecho de la tienda que su madrastra y su padre habían concebido una vez. El empujón nostálgico que el barrio le dio a Jeff también le provocó un nudo en el estómago. Odiaba pensar en viejos recuerdos. Ya era abrumador estar de vuelta en Texas. Recién llegaba y ya deseaba salir corriendo de ahí. El conductor hubiera querido decir algo sobre Jeff que estaba absorto en sus pensamientos y parecía no querer bajar de su vehículo, pero la mirada que le dirigió cuando tosió detuvo sus pensamientos de argumentar. Jeff finalmente abrió la puerta del auto, dándole al hombre la esperanza de que pronto se iría y lo recompensó con cinco estrellas de crítica. —Joder, no quiero volver a entrar ahí, — murmuró Jeff para sí mismo antes de salir del coche. En cuanto Jeff cerró la puerta, el conductor aceleró. No lo culpó. Había estado sentado incómodamente en el asiento trasero durante casi diez minutos, preguntándose si debía seguir adelante con aquello. Jeff se burló cuando abrió la puerta cerrada. No tenía llave y odiaba que le privaran de su herencia. No es que hubiera querido ese lugar de mierda. El lugar era un basurero y había visto días mejores. Jeff solía ser una persona prominente y dominaba el negocio de su familia. Pero a diferencia de su hermano menor y su hermana mayor, Jeff era un bastardo. La aventura de su padre, que se había prolongado durante 38 años, ahora atormentaba el estilo de vida, que antes era cómodo, de Jeff, y éste apretaba los dientes ante su desgracia. Tenía otras dos tiendas que "administrar" y ésta era la peor. Jeff debería ser millonario, sentado cómodamente en su antigua oficina con su secretaria arrodillada a su lado. Gracias a su hermana, Alicia, no lo era. Ella había quemado el testamento de Carl y había escrito uno nuevo en su nombre en el lecho de muerte de su padre. Ese nuevo documento era repugnante, ya que despojaba a Jeff de todo lo que había trabajado duro para conseguir. Si fuera por Alicia, su apellido sería confiscado y cambiado por el de soltera de su madre, West. Ella conocía bien a su medio hermano y puso un palo en la rueda en su fortuna con una pequeña palabra que Jeff despreciaba. Casamiento. Con esto, se aseguró de que su hermano Harrison tuviera una forma sencilla de combatir su dilema, y esa era casarse. Sabía que él no lo haría y se aprovecha de ello. Jeff tenía una fila de mujeres afuera de la puerta que, si les hubiera lanzado un anillo a los pies, habrían estado arrastrándose para recibirlo. Era un estímulo para el ego, pero Jeff no podía estar con una mujer. No le gustaban la mayoría de las mujeres y las veía como lo que eran: juguetes sexuales. Si el último documento de su padre sugiriera que llenaría la ciudad de bastardos como él, Jeff habría tirado a la basura el método anticonceptivo de su anterior amor. Pero estar atado era una decisión más compleja. No podía desempeñar el papel de marido para una mujer solo para que ella lo regañara amargamente y esperara que cambiara su forma de ser. A él le encantaba ser un perro despiadado, y a las mujeres les encantaba que él las usara. Jeff apoyó la mano en la ventanilla y miró hacia dentro para ver a quién veía, pero no había nadie dentro y eran casi las ocho de la mañana. Retrocedió y miró sus zapatos lustrados con una mueca. El polvo marrón cubría el brillo y pateó la tierra, maldiciendo su nueva vida. Mientras Jeff caminaba hacia la pequeña tienda de comestibles, buscó en su bolsillo su petaca llena. En Virginia, el licor fuerte siempre había sido su forma de lavar sus sentimientos, y aquí en Texas no era diferente. En el interior compró un paquete de mentolados. Su hábito de fumar había disminuido hace años, pero necesitaba algo para aliviar su tensión. Fumó uno en el estacionamiento, luego se encorvó para regresar a su tienda. Al ver a sus dos empleadas, puso los ojos en blanco por su apariencia. Ambas eran más pesadas de lo que le hubiera gustado. También eran diversas, lo que a Jeff no le importó. Se preguntó dónde podría estar su primo, por qué no estaba él a cargo de abrir y, en cambio, les había dado las llaves a las dos desconocidas. La mujer hispana estaba de espaldas, luchando por abrir la puerta, mientras la otra, a quien conocía de algún lugar, sospechaba que de la escuela secundaria, seguía hablando de su nueva política de uniformes. —No puedo usar esta mierda fea, muchacha. —Marsha se cruzó de brazos—. No estoy hecha para esto. En el trabajo parezco respetable, no como si estuviera vendiendo hamburguesas. —Bueno, escuché que McDonald's está contratando. —Su voz profunda interrumpió su discurso—. Ve y postula, cariño. Marsha jadeó. —Uh. —Eres libre de irte, —dijo Jeff, haciendo un ademán con la mano. Jeff se frotó la mandíbula con irritación y observó detenidamente el edificio y sus defectos. Fantaseaba con encender un fósforo y quemar el lugar hasta los cimientos. A pesar de que la habían descubierto, Marsha se mordió el labio ante su sensual presencia. Su pelo alborotado caía en ondas perfectamente lacias y su piel aceitunada combinaba bien con sus ojos color chocolate y su barba espesa y tupida. Todavía no había visto su sonrisa, pero su mandíbula severa era fuerte y flexionada mientras miraba a su compañera de trabajo con desprecio. Jeff gimió: —Veo que es bueno que ella no trabaje en McDonald's, ya que parece que no puede abrir una puerta simple, —afirmó, señalando las puertas de vidrio de la tienda. —Eres bastante inepta. Anna miró al hombre alto con el ceño fruncido por su rudeza. Se le abrió un poco la boca al darse cuenta de que su nuevo jefe era realmente atractivo. Se dio la vuelta rápidamente y movió el pomo, una forma segura de abrir la cerradura defectuosa. Ese pequeño vistazo la puso nerviosa y le temblaron las manos. Jeff miró su reloj, luego a las dos mujeres y sus labios se curvaron en una hermosa mueca de desprecio. Su tono tenía un dejo de diversión para ocultar su frustración: —Son las 8:17, ¿y ustedes dos recién están abriendo? Marsha recordó su actitud dominante. Sabía que sería un tipo duro y estaba lista para postularse como su favorito. —Oh, no abrimos hasta las nueve, señor Anderson —respondió ella con una amplia sonrisa. Jeff no le devolvió la sonrisa, pero asintió, manteniendo su expresión estoica y golpeando su pie con impaciencia mientras Anna luchaba por abrir la puerta. —¿Ustedes en serio no saben abrir puertas? —Es complicado, —explicó Marsha, mirando su figura fuerte y fibrosa. —Por lo general, a mí también me lleva un par de intentos. Dando un suspiro de frustración, Jeff se acercó a Anna y tomó la llave de sus manos temblorosas. —¿Qué te pasa, mujer? Cuando Jeff vislumbró sus delicados rasgos, se detuvo un momento. Era más joven de lo esperado, con dos grandes ojos de cierva mirándolo. Un par de largas pestañas revoloteaban inocentemente, pero sus cejas arqueadas se fruncían con una irritación que coincidía con la de él. No pudo pasar por alto el adorable puchero en su rostro fresco. Jeff se dio cuenta de que ella estaba enojada con él y cambió su tono a un regaño: —¿Cuál es tu problema, niña? Anna mantuvo su expresión y se encogió de hombros. Jeff se rió de su incompetencia e intentó abrir la puerta, lo cual fue una tarea difícil. —¿Por qué no gira...? —Jeff empujó hacia la izquierda y luego rápidamente tiró de la llave hacia la derecha. Anna sonrió con sorna y un "te lo dije" en la punta de la lengua, pero percibió un olor a colonia picante que le quitó un poco de amargura. Olía increíble y se concentró en la mancha gris que salpicaba su barba oscura. Era guapo, pero parecía un idiota por la forma en que hablaba. —Puerta de mierda —murmuró Jeff, girando los hombros antes de intentar nuevamente colocar la llave dentro de la cerradura. Anna mantuvo la cabeza gacha y ocultó una sonrisa mientras él hacía girar la llave. Mientras ella trabajaba allí, esa puerta había sido complicada. No se atrevió a reírse, pero se aclaró la garganta para no hacerlo. —¡Maldita sea!, —gritó Jeff, golpeando su gran mano contra la puerta de vidrio. Anna se encogió ante su voz fuerte. En silencio, se acercó a Marsha y se dio cuenta de que ese hombre tenía problemas de ira. Por muy atractivo que pareciera, había algo peligroso en él y no quería ser la próxima cosa contra la que su palma chocara. Marsha disipó la tensión con una voz sensual: —Este es el señor Jeffrey Anderson, el hijo del señor Carl. Si el hombre hubiera sonreído y no hubiera estado tan furioso, Anna habría hablado, pero en lugar de eso, asintió mientras él giraba su muñeca alrededor de la perilla cerrada. —No sé si me recuerdas a mí, pero ella es Anna, —presentó Marsha dulcemente mientras introducía agresivamente la llave en la cerradura. —Lamentamos mucho lo de su papá, Sr. Anderson. Volteó la cabeza para sonreír ante la falsa formalidad de Marsha. —Te recuerdo, creo que fuimos compañeros en el instituto. Halagada, Marsha rió entre dientes: —Puede ser, no estoy segura. He cambiado y veo que tú has cambiado bastante. —Maldito agujero de mierda —murmuró Jeff, ignorando a Marsha mientras luchaba con la puerta. —¿Dónde diablos está Marty? —Él no viene todos los días, así que... Marsha hizo una pausa y retrocedió mientras Jeff la fulminaba con la mirada. —¡Debería estar aquí todos los días! Marsha se estaba excitando un poco por lo agresivo que era el hombre. Su comportamiento masculino tóxico coincidía con su perfil. Era el hombre perfecto para ella.
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