—¿Y qué tal tu primer día, querido? —indagó Claudine—. Intuyo que por la carita que tienes, te fue muy bien. —Ni te imaginas, amiga. Me sentí tan... no sé cómo explicarlo. —Te sentiste como un pececito dentro del agua —completó la rubia. —Exacto. Toda mi vida estuve esperando por este momento. Entrenar en la escuela que fundó mi padre es tan... ¡alucinante! ¡j***r! ¡Mola mogollón! —¿Te aseguraste que nadie sospechara de ti? —Casi meto la pata con Rafael, pero supe cómo lidiar con eso. —¡Oh por Dios! ¿Qué hiciste? No me digas que estuviste a punto de declararle tu amor. —Tonta —Diana le dio un golpecito en el brazo. —¿Y qué pasó con eso? —la francesa se llevó una cucharada de sopa a la boca. —¿Con el qué? —Diana entornó los ojos. —¿Sigues enamorada de él, o ya lo superaste? —¿Per

