El silencio se apoderó de la sala, como si el aire mismo se hubiera congelado. Leonard, con su inocente curiosidad, miraba a los adultos sin comprender la magnitud del caos que acababa de estallar. Sus grandes ojos, cargados de confusión, se clavaron en Héctor.
—¿Eres mi papá? —preguntó el pequeño, su voz temblorosa, rompiendo a todos por dentro.
Elise sintió cómo el corazón se le desplomaba en el pecho. No podía dejar que la verdad destruyera a su hijo. Sin pensarlo dos veces, se agachó para abrazarlo con fuerza.
—Amor, vamos arriba —susurró, tratando de protegerlo de la tormenta que estaba a punto de desatarse.
—No —Héctor avanzó un paso, su voz cargada de dolor—. No lo apartes de mí, Elise… por favor.
Elise apretó los ojos, conteniendo las lágrimas. Estaba perdiendo el control, y lo peor de todo es que no podía permitirle a Héctor cruzar esa línea tan abruptamente.
—Necesita procesarlo —dijo ella, sin mirarlo.
—¿Procesar qué? —interrumpió Maurice con la voz rota—. ¿Que ha vivido una mentira? ¿Que yo no soy su padre?
Los ojos de Héctor destellaron con un profundo desprecio.
—Tú nunca debiste tocar lo que era mío.
—¡Basta! —gritó Elise, su voz rompiéndose en mil pedazos—. Esto no se trata de quién tiene más derecho… ¡es mi hijo!
El silencio volvió a caer, pero ahora cargado de rabia, dolor y secretos. Fue entonces cuando Elise lo supo: ya no podía seguir sosteniendo aquella farsa.
—Quiero hablar contigo a solas —dijo mirando a Héctor.
Maurice quiso intervenir, pero la mirada firme de Elise lo detuvo.
—Por favor.
Sin más que decir, Elise y Héctor caminaron hacia el jardín trasero. La noche comenzaba a caer y el aire, cargado de humedad, parecía tan espeso como el nudo en sus gargantas.
—¿Por qué lo ocultaste? —Héctor rompió el silencio con la voz destrozada.
Elise soltó una risa amarga.
—¿De verdad te atreves a preguntar eso? Te busqué, Héctor. Después de aquella noche, cuando me dijiste que no te buscara porque no me creías… desapareciste. Quise decirte que estaba embarazada, pero ya no estabas. Nadie sabía dónde encontrarte.
Héctor cerró los ojos, sintiendo una punzada desgarradora en el pecho.
—Mi padre me sacó del país —confesó—. Me amenazó con destruir a mi familia si no me alejaba de ti. Me convencieron de que lo mejor para ti era que yo desapareciera.
Elise dejó escapar un sollozo, sus lágrimas quemaban su piel.
—¿Y nunca pensaste en volver? ¿En buscarme?
Héctor tragó en seco.
—Pensé que estarías mejor sin mí… Pero cuando vi las noticias de tu boda con Maurice y te vi feliz, creí que ya me habías olvidado.
Elise dejó escapar una risa amarga y quebrada.
—¿Feliz? —negó con la cabeza—. Mis padres arreglaron esa boda en cuanto supieron que estaba embarazada. Vendieron mi vida por un maldito acuerdo económico. Maurice… —su voz se quebró—, él sabía que el bebé no era suyo, pero aceptó el trato porque también le convenía.
Héctor sintió cómo su corazón se partía en mil pedazos.
—Voy a recuperarlos —aseguró con voz firme—. A ti y a mi hijo.
Elise rió entre lágrimas.
—No es tan fácil. Leonard no te conoce. Él ama a Maurice como su padre.
—Y lo entiendo —admitió Héctor, respirando hondo—. Pero no vengo a arrebatárselo. Quiero ganarme su amor… y el tuyo, si es que aún existe algo.
Elise tembló.
—No puedo dejarlo todo así.
Héctor avanzó y tomó su rostro con delicadeza.
—No tienes que hacerlo. Solo dame la oportunidad de reconstruir lo que nos arrebataron.
Elise lo miró, desbordada por sentimientos encontrados.
—¿Me prometes que no desaparecerás esta vez?
—Lo juro por mi vida. Además… —su tono cambió, volviéndose frío y firme—. Ahora tengo el poder para protegerlos.
Elise lo miró desconcertada.
—¿A qué te refieres?
—Mi padre ya no está a cargo. En estos cinco años consolidé su imperio. No solo soy el consiliere, Elise… ahora soy el hombre más poderoso en el mundo del crimen. Si alguien intenta separarnos, lo destruiré.
Elise sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Héctor… no puedes hacer eso.
—Lo haré si es necesario —sentenció—. No voy a perderlos de nuevo.
Elise se tambaleó emocionalmente.
—Dame esta noche. Tengo que despedirme de Maurice y preparar a Leonard. Si realmente quieres recuperarnos, tendrás que hacerlo paso a paso.
Héctor asintió con la mirada inquebrantable.
Horas más tarde, cuando Elise entró en la habitación que compartía con Maurice, él ya lo sabía. Lo vio en sus ojos.
—Te vas con él, ¿cierto? —susurró.
Elise estalló en lágrimas.
—Lo siento… no quería que terminara así.
Maurice sonrió amargamente.
—Siempre supe que no me amabas. Solo esperaba que, con el tiempo, aprendieras a hacerlo.
Elise abrazo a Maurice .
—Gracias por todo lo que hiciste por mí y por Leonard. Pero ya no puedo seguir viviendo esta mentira.
Maurice tragó saliva, herido.
—Cuida de él… y de tu hijo.
A la mañana siguiente, con una maleta discreta y el corazón roto, Elise salió de la casa de los Meyer con Leonard en brazos. Al llegar a la acera, vio a Héctor esperándola.
—¿Lista? —preguntó con voz temblorosa.
Elise miró a su hijo y luego a Héctor… y asintió.
—Llévame a casa.
Pero cuando comenzó a colocar las maletas en la cajuela, la madre de Elise apareció en escena, arrebatando a Leonard de sus brazos.
—¡Estás loca! —exclamó con furia—. No dejaré que arruines tu vida y la de tu hijo.
Elise giró con lágrimas y desesperación.
—Devuélveme a mi hijo.
—No —espetó su madre—. No permitiré que te vayas con ese criminal.
Héctor dio un paso al frente, su expresión fría y letal.
—Señora Lambert, si no quiere que haga de esto un infierno para su familia, le sugiero que suelte al niño ahora mismo.
Elise jadeó.
—¡Héctor, no!
Pero su madre, con miedo en los ojos, soltó a Leonard, temblando ante el poder que emanaba de Héctor.
—Nos vamos —sentenció él, colocando a Leonard en el auto.
Elise lo miró con una mezcla de horror y amor. Sabía que acababa de cruzar una línea sin retorno.
—¿Qué has hecho?
—Proteger a mi familia —respondió él, arrancando el auto.
Mientras se alejaban, Elise supo que la guerra apenas había comenzado.